Capitulo 35
BastiánLos últimos cinco días se me habían hecho interminables.
Eliza había ido a visitar a sus padres y, aunque jamás habría intentado impedirle algo así, su ausencia pesaba sobre mí mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Había sido cuestión de semanas, quizá incluso menos, para que aquella mujer se colara en cada aspecto de mi vida sin que yo pudiera hacer nada al respecto.
Ahora, sin su risa recorriendo la casa, sin su voz llamándome desde otra habitación, sin el sonido ligero de sus pasos sobre el suelo, todo parecía extrañamente apagado.
Vacío.
La encontraba en todas partes.
En la oficina, donde sus habituales
buenos días se habían convertido en una parte absurda pero imprescindible de mi rutina. En la cocina, donde todavía podía imaginarla preparando café mientras yo fingía concentrarme en el teléfono. En el sofá, donde solía acurrucarse con un libro y alguna de sus copas de vino.
Incluso echaba de menos sus malditos pantaloncitos cortos.
Había algo en ella que conseguía llenar de color mis espacios grises. Su energía, su manera de hablar, esa costumbre de mirarme directamente a los ojos como si no hubiera nada en mí capaz de intimidarla.
Eliza había conseguido algo que nadie había logrado antes. Había hecho que mi vida dejara de parecerme suficiente.
Y sí.
Estaba jodidamente atrapado.
No era fácil para mí reconocerlo. Todavía había momentos en los que no sabía qué hacer con todo aquello que sentía. Había pasado demasiados años creyendo que tener el control significaba no necesitar a nadie.
Ahora sabía que estaba equivocado.
Porque necesitaba a Eliza.
No de una manera que me hiciera menos independiente, sino de esa forma mucho más peligrosa en la que alguien empieza a convertirse en una parte esencial de tu vida.
Y yo quería que ella se quedara.
No por el acuerdo.
No por la farsa.
Por mí.
Por nosotros.
Suspiré y dejé la pluma sobre el escritorio. La pila de documentos frente a mí parecía no tener fin, pero hacía varios minutos que estaba leyendo la misma página sin absorber una sola palabra.
Dos días.
Solo faltaban dos días para que regresara y ya estaba pensando en cómo recibirla, porque quería sorprenderla.
Llevarla a cenar a algún lugar bonito, íntimo, lejos del ruido y de las miradas. Un sitio con luces tenues, buena comida y una botella de vino que pudiéramos compartir sin ninguna prisa.
Aunque, si era completamente sincero conmigo mismo, la cena era apenas una excusa.
Quería tenerla para mí durante unas horas.
Escucharla hablar.
Verla sonreír.
Tenerla sentada frente a mí y recordar cuánto había cambiado mi vida desde que apareció.
Incluso había empezado a considerar algo todavía más absurdo. Tomarme unos días libres y llevarla lejos de aquí.
Una playa, quizá.
Un lugar donde no hubiera reuniones, llamadas, compromisos familiares ni ninguna otra cosa que pudiera interponerse entre nosotros.
Solo ella y yo.
Y ese cuerpo suyo que había conseguido volverme loco desde el primer día.
Sonreí para mí mismo.
Sí.
Definitivamente sería el maldito paraíso en la Tierra.
El día se arrastró con una lentitud tortuosa, como si cada minuto se empeñara en poner a prueba mi paciencia. Revisé informes, firmé documentos y atendí llamadas que normalmente habrían ocupado toda mi atención.
Este día, sin embargo, nada conseguía retenerla demasiado tiempo. Solo podía pensar en una cosa.
En dos días, Eliza estaría de vuelta.
Cuando el reloj finalmente marcó las seis, cerré la laptop sin pensarlo dos veces. Me puse el saco, recogí los últimos documentos y empecé a guardarlos en el maletín.
Lo único que quería era salir de aquí.
Desconectarme.
Quizás tomarme un whisky y, por una vez, dejar de pensar en todo lo que todavía no sabía cómo decirle.
Entonces llamaron a la puerta.
Fruncí el ceño.
No esperaba a nadie.
Y había decidido no ponerle reemplazo a Eliza mientras estuviera fuera, así que tampoco podía ser alguien de su equipo.
—Adelante —dije distraídamente, concentrado en guardar el último folder.
—Bastián…
Levanté la mirada y todo el cansancio del día pareció concentrarse en una sola persona.
Venus.
Estaba de pie en el umbral de mi oficina, impecable como siempre. El vestido de diseñador, los tacones, y el cabello perfectamente acomodado.
Todo en ella parecía calculado hasta el último detalle, como si hubiera pasado horas preparándose para causar exactamente el efecto que esperaba.
El problema era que ya no lo causaba en mí.
Me sorprendió verla, sí. Pero nada más. No sentí deseo, ni nostalgia, ni siquiera rabia. Solo una indiferencia absoluta.
Y quizá eso fue lo que más me llamó la atención.
Después de todo, había pasado demasiado tiempo intentando recuperar algo que, ahora podía verlo con claridad, nunca había sido realmente mío.
Desde aquella noche en el restaurante, cuando Eliza nos había visto juntos, Venus apenas había ocupado un rincón de mi mente. Y cuando lo hacía, no era por ella.
Era por el daño que había provocado.
Por la expresión de Eliza.
Por la forma en que había conseguido hacerle creer que yo todavía quería a otra mujer.
Y eso me enfurecía mucho más que cualquier cosa que Venus pudiera hacerme.
—¿Qué necesitas? —pregunté seco, sin moverme.
Venus entró con pasos lentos y seguros. Sus tacones resonaron contra el suelo de mármol mientras se acercaba al escritorio.
—Veo que por fin entraste en razón —dijo con una media sonrisa—. Ya era hora de que te deshicieras de esa chica tan… común.
Sentí que la mandíbula se me tensaba.
Cerré el maletín con un clic.
—No me deshice de nadie —repliqué con frialdad—. Mi Eliza está de licencia.
Sus cejas se elevaron inmediatamente.
—¿Mi Eliza? —repitió con sorna—. ¿Hasta cuándo vas a seguir con esta farsa, Bastián? Ambos sabemos que esa asistente tuya no es más que un pasatiempo, un capricho del que pronto te aburrirás.
La miré fijamente y por primera vez, sus palabras no consiguieron hacerme dudar. Porque ya no había nada que cuestionar.
—Vete, Venus —dije sin rodeos, sosteniendo el maletín en la mano—. No tengo tiempo ni ganas para esto.
Ella no se movió.
Por supuesto que no.
Se plantó frente a mí con esa seguridad arrogante de quien todavía cree tener algún tipo de poder sobre la persona que tiene delante.
—Por favor —susurró, acercándose un poco más—. Sabemos que aún me deseas. Esto, todo esto… es solo tu manera retorcida de recuperarme. Y funcionó. Quiero volver contigo, Bastián. Quiero lo que teníamos.
Me quedé inmóvil.
No porque sus palabras hubieran despertado algo en mí. Sino porque, de repente, todo resultaba increíblemente sencillo.
Venus nunca había sido el amor de mi vida.
Había sido una costumbre.
Una elección cómoda.
Una relación construida alrededor de apariencias, expectativas y una versión de mí que ya no quería seguir siendo.
Había querido recuperarla porque pensé que volver al pasado sería más fácil que enfrentar lo que estaba ocurriendo con Eliza.
Qué equivocado había estado.
Porque aquel error me había llevado hasta ella y Eliza había cambiado absolutamente todo.
Cuando Venus levantó las manos y trató de rozarme el pecho, reaccioné de inmediato. Le sujeté las muñecas y aparté sus manos con firmeza, sin necesidad de elevar la voz.
—No me interesas, Venus —dije lentamente, mirándola a los ojos—. No me interesas en lo más mínimo. Y si me arrepiento de algo, es de no haberte puesto un límite antes. Así que escúchame bien; Eliza no es un capricho. Es la mujer que amo.
El silencio que siguió fue absoluto.
Sus ojos se abrieron ligeramente y por primera vez, Venus parecía no tener una respuesta preparada.
Pero la sorpresa duró poco.
Su expresión volvió a endurecerse.
—¿Amor? —bufó con desdén—. ¿Tú? Vamos, Bastián. No digas estupideces. Tú no sabes lo que es el amor. A ti solo te importa el sexo, el poder, y el dinero. Esa es tu naturaleza. Y cuando esa chica ya no pueda mantener tu interés, cuando la novedad desaparezca, vas a darte cuenta de lo que en realidad necesitas.
No respondí.
No porque sus palabras me hubieran afectado. Sino porque sabía que cualquier respuesta que le diera sería darle una importancia que ya no merecía.
Ella dio otro paso hacia mí.
—Cariño, tú y yo sabemos que ella está por debajo de ti. Que jamás estará a tu altura.
Algo dentro de mí se endureció.
—Vete —repetí.
Mi voz salió más baja.
Más fría.
Mucho más peligrosa.
—No voy a decirlo otra vez. Si no te vas ahora, te haré sacar por seguridad.
Venus levantó la barbilla, intentando conservar una dignidad que ya había perdido hacía mucho.
Tomó su bolso y caminó hacia la puerta.
Pero, justo antes de salir, se detuvo.
Se giró.
Y me lanzó una última mirada.
—Llámame cuando vuelvas a ser el hombre que eras. El que tenía el mundo en las manos, el que sabía lo que quería. Entonces me desharé de Kingston.
No respondí.
La puerta se cerró detrás de ella.
Solo cuando escuché el timbre del ascensor alejándose, me permití soltar el aire que había estado conteniendo.
Me quedé quieto unos segundos y entonces sonreí. No porque Venus hubiera desaparecido, sino porque, por primera vez, sabía exactamente qué quería.
A Eliza.
No como mi asistente, no como mi prometida de mentira y no como parte de un acuerdo.
La quería a ella.
A la mujer que había conseguido entrar en mi vida sin pedir permiso y cambiarla por completo.
Tomé el abrigo y el maletín y salí de la oficina. Pero ya no iba directo a casa, después de aquella conversación necesitaba un trago fuerte.
Y quizá también tiempo para descubrir cómo decirle a Eliza algo que, hasta hacía unas semanas, jamás habría imaginado pronunciar.
Que ella… era mi todo.
Llegué a casa casi a medianoche.
Todo estaba a oscuras y, por un instante, me quedé quieto en la entrada, debatiéndome entre refugiarme en mi despacho o subir directamente a la habitación.
Dormir sin Eliza ya no se sentía igual.
Me había acostumbrado a su aroma dulce impregnando las sábanas, al calor de su cuerpo junto al mío, a encontrarla dormida a mi lado cada mañana.
Me había acostumbrado a ella.
A tenerla en mi vida.
Y ahora que sabía lo que significaba perderla, aunque solo fueran unos días, no estaba dispuesto a fingir que su ausencia no me afectaba.
Subí directamente a nuestra habitación.
No estaba ebrio. El whisky apenas me había dejado una calidez tenue recorriendo el cuerpo, suficiente para hacerme desear una ducha caliente y unas horas de sueño. No quería pensar, mucho menos sentir.
Solo quería cerrar los ojos y dejar que el mundo desapareciera hasta la mañana. Pero en cuanto abrí la puerta, me detuve.
Su aroma.
Dulce.
Suave.
Inconfundible.
Estaba allí, suspendido en el aire, atrapado entre las sábanas y las paredes, como si su presencia hubiera decidido esperarme incluso antes de que ella lo hiciera.
Inspiré profundamente.
El pecho se me contrajo, no era una ilusión y no era mi imaginación jugando conmigo después de cinco días sin verla.
Ella estaba ahí.
En nuestra cama.
En la cama, que durante los últimos cinco días había parecido demasiado grande, demasiado fría, demasiado vacía.
Eliza dormía profundamente, abrazada a mi almohada como si fuera lo único capaz de mantenerla tranquila. Su cabello estaba desparramado sobre la funda blanca y algunos mechones cubrían parte de su rostro.
Parecía completamente en paz y por un segundo, sentí que algo dentro de mí se quebraba.
No merecía siquiera mirarla.
Había pasado cinco días echándola de menos como un maldito idiota, y ahora estaba ahí, a pocos centímetros de mí.
Me acerqué despacio. Con cuidado, como si cualquier movimiento brusco pudiera romper aquel instante.
Me senté en el borde de la cama y simplemente la observé.
Era preciosa.
Pero no era una belleza sencilla, de esas que uno puede describir con unas cuantas palabras.
La belleza de Eliza iba mucho más allá.
Era de esas que se te mete bajo la piel. Que se instala en el pecho y te cambia la respiración sin pedir permiso.
Con una ternura que todavía me sorprendía encontrar en mí, levanté la mano y aparté un mechón de cabello de su mejilla.
Ella frunció ligeramente la nariz.
Ese gesto.
Ese maldito gesto que adoraba.
Y entonces abrió los ojos.
Verdes.
Tan jodidamente verdes que, por un instante, olvidé cómo respirar.
—Hola —susurró.
Su voz fue un bálsamo.
Una caricia después de cinco días de silencio.
—Volviste —murmuré, incapaz de esconder la emoción que me atravesó.
Ella sonrió con esa dulzura que podía desarmarme incluso cuando no lo intentaba.
—Todo estaba bien en casa —dijo, extendiendo los brazos hacia mí—. Y te extrañaba demasiado, así que pensé… en volver y dormir contigo.
No necesité escuchar nada más. Me incliné hacia ella, necesitando sentirla. Necesitando comprobar que era real.
Nuestros labios se encontraron en un beso lento, cargado con todo el anhelo que había acumulado durante aquellos cinco días.
No había prisa.
Solo alivio.
Solo nosotros.
—Gracias —susurré contra su piel, hundiendo el rostro en la curva de su cuello y respirando profundamente su perfume—. No sabes la falta que me hiciste, mi Eliza. No vuelvas a dejarme… o juro que esta vez no lo aguanto.
Ella no respondió.
No hizo falta.
Me regaló esa sonrisa suya.
La misma que podía iluminar una habitación entera.
Después se inclinó hacia mí y volvió a besarme, esta vez con una calma que contrastaba con el torbellino que tenía dentro.
Atrapó mi labio inferior entre los dientes antes de soltarlo lentamente. Y en ese pequeño gesto creí escuchar todo lo que todavía no habíamos sido capaces de decir en voz alta.
Te amo.Te necesito.Estoy aquí.Quizás ella todavía no comprendía cuánto poder tenía sobre mí. Cómo su sola presencia podía cambiar el ritmo de mis días, cómo una sonrisa suya podía silenciar pensamientos que llevaba años intentando controlar.
Cómo una simple caricia era capaz de calmar tormentas enteras dentro de mi pecho.
Pero yo sí lo sabía.
Eliza ya no era simplemente la mujer que amaba. Era mi refugio. Mi lugar seguro en un mundo que durante demasiado tiempo había sentido hostil.
Era mi ancla cuando empezaba a perderme en mi propia cabeza. La única persona capaz de mirar mis partes más oscuras sin apartarse. La única que había conseguido tocar mis heridas sin hacerme sentir débil por tenerlas.
La única que se había quedado.
Ella era mi hogar.
Y quizá por eso, después de cinco días sin ella, había comprendido algo que me aterraba admitir.
No quería volver a una vida en la que Eliza no estuviera.
Quería despertarme con su cabello sobre mi pecho. Escuchar su risa recorriendo la casa, verla caminar descalza por la cocina y discutir con ella por alguna estupidez.
Quería todo.
Lo cotidiano.
Lo imperfecto.
Lo real.
Quería su amor envolviéndome como un abrigo en pleno invierno.
La miré mientras nuestros labios todavía permanecían cerca, y sentí una certeza tan brutal que ya no podía ignorarla.
Si alguna vez volvía a perderla, no sabía si sería capaz de reconstruirme. Porque esto ya no era únicamente amor, era algo más profundo.
Más absoluto.
Más aterrador.
Era necesidad.
Era pertenencia.
Era la sensación de haber encontrado, después de toda una vida buscando sin saber qué buscaba, el lugar exacto al que quería volver.
Eliza.
Mi hogar.
Mi vida.