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Capitulo 36

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Capitulo 36

Bastián

Hoy era el cumpleaños de Eliza.

Y, para mi propia sorpresa, nunca había estado tan ilusionado por la llegada de una fecha.

Quería darle todo.

No solo un regalo. No solo una cena o una celebración bonita. Quería darle un día que recordara durante años, hacerla sentir especial de todas las formas posibles, porque si alguien merecía el mundo entero, era ella.

Nunca había faltado a la oficina por voluntad propia. Ni un solo día. Hasta que apareció Eliza y entonces lo había hecho dos veces.

Dos malditas veces había cambiado mi agenda, cancelado reuniones y dejado asuntos importantes en manos de otros solo porque quería quedarme a su lado.

Ella había conseguido romper cada una de las reglas que había seguido durante años.

Y lo peor era que no me arrepentía.

La observé dormir, completamente absorto.

La luz tenue de la mañana se filtraba entre las cortinas y dibujaba suaves sombras sobre su rostro. Su cabello estaba desparramado sobre la almohada y algunos mechones cubrían parte de su mejilla.

Es hermosa.

Su piel, su cuerpo, esa manera tan natural de ocupar cada espacio a su alrededor… todo en ella podía resultar tentador.

Pero ya no era eso lo que más me atrapaba.

Eran sus ojos.

Su sonrisa.

La forma en que podía iluminar una habitación sin siquiera proponérselo.

Eliza era luz.

Y yo, después de tantos años acostumbrado a vivir en mis propias sombras, ya no sabía cómo volver a la oscuridad.

Ni quería hacerlo.

Porque esta mujer había cambiado mis prioridades, mis planes y hasta la manera en que entendía mi propia vida.

Y ahora que sabía lo que se sentía tenerla, había una verdad que ya no podía ignorar.

No quería alejarme de ella.

Nunca.

Sin poder evitarlo, motivado por el deseo que siempre provocaba en mi comencé a dejar besos por toda la piel de su espalda. Eliza se giró somnolienta y yo, ya tenía una sonrisa lobuna en mi rostro.

No tarde en poner sus brazos encima de su cabeza para deslizarme con mi boca por su cuerpo soplando lento, provocando que su piel se erizara al instante.

Cuando llegué a sus muslos solté sus brazos para poner sus piernas en mis hombros, moviéndola hasta lograr tenerla justo como quería. Sin dudar me apodere de sus pechos acariciándolos y apretándolos con mis manos.

Me dedique a darle besos por sus muslos. Provocándola, generando que se moviera inquieta por no tenerla donde quería y por eso le pellizque la dureza en sus pechos. Ese gesto la hizo morderse el labio inferior mientras yo seguía jugando con sus picos por demás sensibles sin ninguna contemplación.

Recorrí su piel con mi lengua muy lentamente, lamiendo todo el camino hasta su centro.

Jodido dios.

Cerré los ojos y sus manos sujetaron con fuerza mi cabello. Gemí cuando mi boca encontró su humedad, tomándola entre mis labios, chupando y acariciando con mi lengua.

Nunca me cansaría de esto.

Cuando tire suavemente de ese lugar que hacía que cada nervio de su cuerpo ardiera de deseo no pudo evitar mover las caderas para acercarme más a mí.

No le di tiempo a nada cuando aumenté la presión y la velocidad, chupando más fuerte mientras se retorcía bajo mi lengua.

—Dios, Bastián... —gimió enloquecida por la marea de placer que le estaba dando.

Elevo sus caderas hacia arriba haciendo presión desesperada por más contacto. Llevo su mano hacia su boca en un intento por acallar los escandalosos gemidos que estaba soltando. Pero mi mano se lo impidió porque quería escucharla, y porque sus gemidos eran el mejor sonido del jodido mundo.

Mordió fuerte sus labios cuando el orgasmo la atravesó por completo gritando mi nombre.

—Feliz cumpleaños nena —su sonrisa, su mirada vidriosa y su piel enrojecida con su pecho agitado me calentaron el corazón.

Y desee con todas mis fuerzas que esto no se terminara nunca.

Besé sus muslos mientras los espasmos iban pasando hasta que me subí encima de ella. Sus hermosos ojos brillaban y me beso con tanta ternura que por varios segundos nos quedamos mirándonos fijamente perdidos en esa burbuja que hacía todo lo demás desaparecer.

Su mano ahueco mi rostro y me perdí en sus caricias, ansioso de sentir su piel contra la mía.

—¿Que voy a hacer contigo mi Eliza?

La realidad, a veces, tenía la desagradable costumbre de imponerse a los deseos.

Por mucho que hubiera querido quedarme en casa con Eliza durante todo su cumpleaños, una reunión de emergencia me había obligado a ir a la empresa.

Y después de pasar casi toda la tarde encerrado entre informes, llamadas y decisiones que podían esperar perfectamente hasta el lunes lo único que quería era terminar de una vez y volver a casa.

A ella.

En realidad, había planeado llevarla a cenar. Un lugar bonito, una mesa tranquila, una botella de vino y unas horas solo para nosotros. Pero Emma había organizado una salida para ella. Algo sobre un club o un bar. Ya ni siquiera recordaba cuál de los dos.

Lo único que sabía era que Eliza quería salir con su amiga.

Y no iba a quitarle eso.

Después de todo, ya me estaba dando mucho más de lo que jamás había esperado de ella. Había cambiado su rutina, compartía su vida conmigo y estaba haciendo espacio para mí en un mundo que existía mucho antes de que yo apareciera.

Así que podía ceder una noche.

No era precisamente mi plan ideal. Los clubes no eran lo mío. Demasiada gente, demasiado ruido y demasiados hombres mirando a Eliza como si tuvieran derecho a hacerlo.

Pero era su cumpleaños.

Y quería estar con ella.

Eso era suficiente.

Apagué el computador y miré la hora. Todavía faltaban unas horas, perfecto. Cerré la oficina y regresé a casa.

Cuando llegué, todo estaba tranquilo. Dejé las llaves y el maletín sobre la mesa, me quité el saco y aflojé el nudo de la corbata.

Eliza no estaba.

Por supuesto.

Estaría con Emma, probablemente ocupada en ese misterioso ritual femenino que, según parecía, requería unas cuatro horas para elegir un vestido.

Nunca había entendido cómo podían necesitar tanto tiempo para arreglarse, pero sabía que cuestionarlo sería un error.

Así que no lo hice.

Subí a la habitación, dejé la ropa a un lado y me metí en la ducha. El agua caliente me ayudó a quitarme de encima el cansancio de la jornada, aunque no consiguió sacar a cierta pelirroja de mi cabeza.

De hecho, parecía conseguir exactamente lo contrario.

Pensé en su sonrisa, en cómo se vería esa noche. Y, sobre todo, en lo mucho que quería verla.

Cuando terminé, me vestí y regresé a mi despacho. Cerré la puerta detrás de mí, me senté frente al escritorio y encendí nuevamente el computador.

Si tenía que ser crítico conmigo mismo, últimamente mi concentración tenía un problema bastante evidente.

Se llamaba Eliza.

Esa mujer se había instalado en mi cabeza y aparecía a cada rato, sin importar cuánto intentara concentrarme en otra cosa.

Abrí un informe.

Leí la primera línea.

Volví a leerla.

No entendí absolutamente nada.

Suspiré y me pasé una mano por el rostro. Miré el reloj, todavía faltaban dos horas para salir.

Dos horas.

Podía hacerlo.

Solo tenía que trabajar.

Me incliné sobre el escritorio y obligué a mis ojos a regresar al documento. Pero apenas unos segundos después, mi mente volvió a traicionarme.

Sonreí de lado.

Estaba completamente perdido y, por primera vez en mi vida, no me molestaba en absoluto.

Poco antes de las nueve, tomé las llaves del auto y salí de casa. El lugar no quedaba a más de veinte minutos, así que llegué sin inconvenientes. Apenas estacioné, le envié un mensaje a Eliza.

Bastián [21:25]: ¿Dónde estás?

Su respuesta llegó casi de inmediato.

Eliza [21:27]: Llegando.

Sonreí sin poder evitarlo.

La esperé afuera, con una ansiedad que me resultaba casi ridícula. Habían pasado apenas unas horas desde la última vez que la había visto y, aun así, parecía que necesitaba tenerla nuevamente a mi lado.

No entendía qué demonios me estaba pasando.

Una sacudida de anticipación me recorrió mientras esperaba.

¿Qué se habría puesto?

Con Eliza nunca podía saberlo.

Esa mujer se había convertido en otro de mis tormentos. No entendía cuándo ni cómo había conseguido meterse tan profundamente bajo mi piel. Intentaba no mirarla todo el tiempo. Intentaba no pensar en ella cada cinco minutos.

Últimamente fracasaba miserablemente en ambas cosas. Y, para ser sincero, aquello empezaba a asustarme, porque jamás me había ocurrido con nadie.

Nunca había sentido que una persona pudiera alterar mi estado de ánimo con una sonrisa, una mirada o el simple sonido de su voz. Cerca de Eliza, mi autocontrol parecía desaparecer poco a poco.

Me gustaba besarla.

Me gustaba tenerla cerca.

Me gustaba saber que era yo quien conseguía hacerla estremecer.

Y esa necesidad de ser el único hombre capaz de provocar esas reacciones en ella me volvía jodidamente posesivo.

No estaba acostumbrado a sentir nada de aquello.

Yo tenía un plan.

Un plan sencillo.

Claro.

Sin complicaciones.

Y entonces apareció Eliza y convirtió cada una de mis certezas en un maldito desastre.

Las puertas de un taxi se abrieron frente a mí.

Primero bajó Emma.

Llevaba un vestido negro corto y el cabello recogido, y apenas tuve tiempo de registrarlo porque, un segundo después apareció ella.

Eliza.

Me quedé completamente inmóvil.

Joder.

Su cabello de fuego caía en suaves ondas sobre sus hombros y contrastaba con el dorado de su vestido corto y ajustado, que se amoldaba a su figura con una elegancia que me dejó sin palabras. Los finos tirantes dejaban sus hombros al descubierto y la abertura que recorría una de sus piernas era suficiente para acabar con la poca cordura que me quedaba.

Y sus labios.

Pintados de un rojo intenso.

Me recordó inmediatamente a la noche de la gala y como en aquella oportunidad había vuelto a dejarme sin aliento.

Era tan jodidamente hermosa que, por un instante, olvidé incluso que estaba esperando a que saliera del taxi.

Entonces me sonrió.

Y fue suficiente.

Esa sonrisa radiante me tenía a sus pies antes de que siquiera hubiera cruzado la calle.

Sus ojos encontraron los míos y su sonrisa se hizo todavía más grande.

—Ahí estás —dijo, separándose de Emma para acercarse a mí. Sus dedos tocaron las solapas de mi chaqueta—. Qué guapo estás.

Sonreí.

—Estás hermosa —respondí, recorriéndola con la mirada antes de volverme hacia su amiga.

—Hola, Bastián —saludó Emma con un pequeño gesto de la mano.

Eliza miró por encima del hombro.

—Estaremos allí en un momento.

—Genial, nos vemos en el VIP.

Emma se dirigió hacia la entrada y desapareció entre la gente. Yo volví toda mi atención a la mujer que tenía delante.

A mi mujer.

Aunque todavía me resultara extraño pensar en ella de esa manera.

—¿Te gusta? —preguntó, girando sobre sí misma para mostrarme el vestido.

La miré de arriba abajo.

—Estás increíblemente sexy y adorable en ese vestido.

Una sonrisa satisfecha apareció en sus labios.

—Gracias, me encanta este estilo en ti.

—En realidad no me veo mal —me dio una pequeña palmadita en el pecho.

Solté una risa.

—Relájate, lo estás haciendo bien. Vamos a divertirnos, esta noche es solo para pasarla bien y festejar.

Divertirse podía ser una exageración. Pero no iba a quejarme, no mientras tuviera a esa mujer a mi lado.

Entramos juntos al lugar y subimos por las escaleras que conducían al primer piso, donde habían reservado el VIP.

Mientras avanzábamos, deslicé el pulgar por su nuca, sintiendo la suavidad de su piel bajo mis dedos.

Ella ladeó ligeramente la cabeza.

—¿Cómo está mi lápiz labial?

Miré su boca.

Ese rojo brillante era prácticamente una provocación.

Tuve que contener el impulso de besarla solo para comprobar cuánto tiempo tardaría en desaparecer.

—Perfecto.

Coloqué una mano en la parte baja de su espalda y la conduje hasta nuestra mesa. Un camarero llegó poco después con una bandeja de champán. Emma nos dio una copa a cada uno y tomó otra para ella.

Yo necesitaba algo bastante más fuerte, pero por el momento me conformé con el champán.

Emma levantó su copa.

—Un brindis —dijo—. Por mi hermosa amiga, que todos tus deseos se cumplan.

Eliza sonrió.

Sus ojos se encontraron con los míos.

Había algo en aquella mirada que me atravesó de una manera inesperada. Un torrente de emociones que consiguió erizarme la piel incluso en medio del ruido.

Levanté mi copa.

Por ella.

Siempre por ella.

Un hombre se acercó a Emma poco después. Le dijo algo que no alcancé a escuchar y luego miró a Eliza con una sonrisa antes de perderse entre la gente que bailaba.

Mi atención siguió el movimiento durante un segundo.

—¿Bar? —preguntó mi chica.

La miré.

—Claro que sí.

Le di su trago y tomé un sorbo del mío.

Eliza observó el lugar con una sonrisa, absorbiendo cada detalle. Sus ojos brillaban y había una alegría genuina en su expresión.

Y yo disfrutaba viéndola así.

Feliz.

Libre.

Lejos de cualquier preocupación.

Después del primer trago, nos alejamos de la mesa y comenzamos a recorrer el lugar. Entre conversaciones, risas y un par de bebidas más, el tiempo empezó a pasar sin que me diera cuenta.

Emma seguía en la pista de baile.

En un momento, sus ojos encontraron los de Eliza y las dos se sonrieron desde la distancia.

Yo me quedé observando a mi pelirroja.

Era su cumpleaños.

Y, por primera vez en mucho tiempo, lo único que quería era asegurarme de que terminara la noche sonriendo.

Eliza me arrastró hasta el centro de la pista y, cuando pegó su cuerpo al mío, no tuve ninguna intención de resistirme.

La música había cambiado a un ritmo lento y sensual, perfecto para ella. Se movía con una seguridad que conseguía desarmarme, y cuando pasó deliberadamente la cadera contra mí, una oleada de calor me recorrió de pies a cabeza.

La sujeté de la cintura y la detuve por un instante, inclinándome hacia su oído.

Ella simplemente sonrió.

Esa sonrisa.

Joder.

La atraje más hacia mí, no solo porque no quería soltarla, sino porque había demasiados ojos siguiéndola desde el otro lado de la pista. Hombres que llevaban toda la noche mirándola como si tuvieran derecho a hacerlo.

No me gustaba.

En absoluto.

Mi mano se cerró un poco más sobre su cintura y mi mirada recorrió el lugar. Que miraran, podían hacerlo todo lo que quisieran.

Pero ella estaba conmigo.

El anillo que llevaba en el dedo lo dejaba bastante claro.

Y, aunque aquello había comenzado como una mentira, había algo profundamente satisfactorio en verla llevarlo ahora que yo sabía que lo que sentía por ella era completamente real.

Sin embargo, en medio de todo aquello ocurrió algo que no esperaba. Y fue darme cuenta de que me estaba divirtiendo.

De verdad.

Hacía mucho tiempo que no me sentía así.

Tomamos tragos, bailamos hasta que las piernas empezaron a protestar, nos burlamos el uno del otro y terminamos riéndonos su amiga.

Y por unas horas, dejé de pensar.

Dejé de ser el CEO.

Dejé de ser el hombre que tenía que tomar decisiones, controlar cada situación y mantener siempre una expresión imperturbable.

Mientras hacía girar a Eliza en medio de la pista, el dorado de su vestido capturó las luces del lugar y volvió a dejarme sin palabras.

Era preciosa.

Pero esta noche había algo diferente.

Quizá era su sonrisa. Quizá la forma en que se reía. O quizá era simplemente la manera en que me miraba.

Sentí una libertad que no había experimentado en años.

Esta noche no era Bastián Müller, el CEO multimillonario. No era el hijo de nadie y no era el hombre que tenía que cumplir expectativas.

Solo era Bastián.

Un hombre celebrando el cumpleaños de la mujer que había conseguido moverle el mundo entero de su eje.

Y, por primera vez, no quería estar en ningún otro lugar.

Reí.

Sonreí.

Bailé como nunca antes.

Y no me importó quién pudiera estar mirando.

Cuando la música cambió nuevamente, acerqué a Eliza hasta mí. Ella levantó la mirada y nuestros ojos se encontraron.

Le levanté suavemente la barbilla.

No necesitaba decir nada.

Me incliné y la besé.

No porque tuviéramos que hacerlo o para mantener las apariencias. Ni siquiera porque alguien estuviera observándonos.

La besé porque quería hacerlo.

Porque, en este instante, no existía ningún otro lugar donde prefiriera estar ni ninguna otra cosa que quisiera hacer.

Y, sobre todo, no había nadie más con quien quisiera compartir ese momento.

Solo ella.

Mi Eliza.