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Capitulo 37

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Capitulo 37

Eliza

El sábado había llegado con una tranquilidad que parecía casi irreal después de la semana que habíamos tenido.

Y, sin embargo, Bastián llevaba toda la tarde encerrado en su despacho.

No era difícil imaginarlo allí dentro. La camisa arremangada, el ceño fruncido, los ojos clavados en alguna pantalla mientras intentaba resolver el problema que había surgido en la empresa.

Lo conocía lo suficiente como para saber que, cuando algo se complicaba, podía pasar horas enteras intentando encontrar una solución sin siquiera darse cuenta de que el tiempo avanzaba.

Pero esta vez no pensaba permitirlo.

Habíamos tenido una semana agotadora. Reuniones, llamadas, compromisos, problemas familiares, trabajo acumulado y apenas un momento para respirar. Y aunque Bastián jamás lo admitiría, necesitaba descansar.

Así que decidí que esta noche no habría restaurantes elegantes, ni eventos, ni teléfonos sonando cada cinco minutos.

Solo nosotros.

Una buena comida.

Una botella de vino.

Y quizá una película o un baño de espumas y sales.

Un plan sencillo.

Perfecto.

Me até el cabello y miré nuevamente la olla sobre la cocina.

Carne estofada.

Había pasado buena parte de la tarde preparando todo con una concentración casi obsesiva. Había cortado las verduras, dorado la carne, preparado la salsa y dejado que todo se cocinara lentamente hasta que el aroma comenzara a llenar cada rincón de la casa.

El olor era increíble.

O al menos eso esperaba.

No podía evitar sentir un poco de presión. Cocinar para Bastián seguía siendo algo que me ponía nerviosa, incluso ahora que nuestra relación había dejado de ser aquella farsa que habíamos inventado al principio.

Él podía contratar al mejor chef de Nueva York si quería y, aun así, yo quería hacer esto.

Para él.

Probé un poco de la salsa con una cuchara y cerré los ojos. Perfecto, o bastante cerca.

Sonreí satisfecha y bajé el fuego.

Entonces miré alrededor. La cocina estaba impecable, pero había algo diferente en la forma en que la estaba viendo.

Ya no me parecía ajena, ya no sentía que estaba entrando en el espacio de otra persona. Me movía por aquí con una naturalidad que me sorprendía.

Abrí un cajón sin pensar.

Sabía dónde estaban los cubiertos, dónde guardaba Bastián las copas, dónde encontrar las servilletas.

Incluso sabía qué tabla utilizar para cortar el pan.

Me quedé quieta unos segundos.

Y entonces sonreí.

Dios.

Me estaba moviendo por esta casa como si fuera mía, como si siempre hubiera pertenecido allí y lo más extraño era que ya no me parecía extraño.

Al principio, vivir con Bastián había sido una sucesión de incomodidades. Cada pasillo, cada habitación, cada objeto parecía recordarme constantemente que estaba viviendo en casa de mi jefe.

Ahora era diferente.

Ahora conocía sus rutinas, sabía cómo le gustaba el café, sabía qué lado de la cama prefería. Conocía qué camisa se ponía cuando quería estar cómodo y cuál elegía cuando tenía una reunión importante. Reconocía cuándo estaba preocupado, aunque insistiera en que no pasaba nada.

Sabía cuándo necesitaba espacio y cuándo, aunque jamás lo pidiera, necesitaba que alguien se acercara y simplemente se quedara a su lado.

Y él también me conocía.

A veces demasiado.

Podía descubrir mi mal humor con una sola mirada, sabía cuándo estaba fingiendo estar bien y había aprendido a reconocer esa pequeña sonrisa que aparecía en mi rostro cuando algo me hacía verdaderamente feliz.

Como ahora.

Me apoyé contra la encimera y respiré profundamente.

Las cosas con Bastián estas últimas semanas habían sido... soñadas.

No perfectas.

Nunca perfectas.

Habíamos tenido discusiones, malentendidos, miedo y demasiadas emociones que ninguno de los dos sabía manejar al principio.

Pero ahora... ahora me sentía como si estuviera flotando.

Era una sensación difícil de explicar.

Como si durante años hubiera estado caminando con los pies firmemente plantados en el suelo y, de repente, alguien hubiera cortado todos los hilos que me mantenían allí.

No sabía cuánto duraría y no quería pensar en eso, solo quería disfrutarlo.

Tomé la botella de vino que había elegido y la llevé hasta la mesa del comedor. Después regresé por los platos, quería que todo fuera especial, pero no exagerado.

Bastián no necesitaba otra noche llena de formalidades.

Quería algo cálido.

Íntimo.

Nuestro.

Coloqué los platos frente a cada silla y después puse los cubiertos. Dos copas, una botella de vino, una pequeña fuente con pan recién cortado.

Y entonces aparecieron las velas.

Había comprado unas pequeñas, de aroma suave, porque quería que la mesa tuviera algo especial sin convertirla en una escena de película romántica demasiado evidente.

Las encendí una por una.

La luz cálida comenzó a reflejarse sobre la mesa, suavizando las líneas elegantes del comedor.

Me alejé unos pasos para observar el resultado.

Sonreí.

Sí.

Era exactamente lo que quería.

Una cena tranquila.

Una noche sin obligaciones.

Solo él y yo.

Miré el reloj.

Todavía faltaba un poco.

La película ya estaba preparada en la enorme sala que parecía un cine privado. Había elegido una que sabía que probablemente le gustaría, aunque estaba casi segura de que Bastián terminaría quedándose dormido a mitad de camino.

La idea me hizo reír.

Ese hombre podía pasar diez horas negociando con inversionistas sin pestañear, pero una película de dos horas en el sofá parecía ser suficiente para acabar con él.

Volví a la cocina.

La carne seguía cocinándose lentamente, el aroma era cada vez más intenso. Me serví un poco de agua y bebí mientras miraba hacia el pasillo que llevaba al despacho.

Bastián seguía allí.

Suspiré.

Me pregunté si debía ir a buscarlo. Probablemente no. Cuando se concentraba, odiaba que lo interrumpieran, pero también sabía que, si esperaba a que él decidiera terminar por sí solo, podía pasar otras tres horas encerrado allí.

Así que tendría que encontrar una manera de sacarlo.

Quizá solo necesitaba una excusa.

La cena está lista.

No.

Demasiado formal.

Ven a comer.

Tampoco.

Si no sales de ese despacho en cinco minutos, voy a entrar y arrastrarte yo misma.

Sonreí.

Eso sonaba más a mí y probablemente funcionaría. Me apoyé nuevamente contra la encimera, había algo increíblemente doméstico en todo aquello.

Yo cocinando.

La mesa preparada.

Una película esperando.

Una botella de vino.

Y Bastián al otro lado de aquella puerta.

Durante mucho tiempo había pensado que una vida así no era para mí. Que mi mala suerte en el amor era una especie de karma. Pensé que tal vez, tenia que probar con cosas más impredecibles. Ahora entendía que quizás me había equivocado.

Porque esto... esto era exactamente lo que quería.

Yo no era una mujer que necesitara eventos espectaculares o que la llevaran a restaurantes de lujos, tampoco que me regalaran cosas imposibles de comprar.

Yo quería noches como esta.

Quería cocinar para él y verlo aparecer en la cocina con el cabello desordenado. Quería discutir sobre qué película mirar, quería despertarme a su lado un domingo sin tener ningún lugar al que ir. Quería conocer sus pequeños hábitos y dejar que él conociera los míos.

Quería una vida.

Nuestra vida.

Y pensar aquello todavía conseguía hacerme sonreír como una idiota.

Tomé una cuchara y volví a probar la salsa.

Esta vez estaba perfecta.

—Al menos una cosa salió bien —murmuré para mí.

Entonces escuché un ruido detrás de mí.

Me giré.

La puerta de la cocina seguía vacía, probablemente había sido el sonido de alguna tubería.

Volví a mirar el reloj.

Suspiré.

Cinco minutos más.

Solo cinco.

Después iría a buscarlo.

Apagué finalmente el fuego y dejé la olla tapada para conservar el calor. Luego acomodé una última vela en el centro de la mesa y la encendí.

La llama tembló suavemente y me quedé observándola. Había algo hipnótico en aquella pequeña luz, algo tranquilo, algo que me hizo pensar en nosotros.

En cómo había comenzado todo, en lo absurdo que había sido aquel acuerdo. En cómo jamás habría imaginado que fingir estar enamorada de mi jefe terminaría convirtiéndose en la cosa más real que había sentido en mi vida.

Y ahora estaba allí.

Preparando su comida.

Esperándolo.

Sonriendo solo porque sabía que, en unos minutos, lo tendría frente a mí.

Me llevé una mano al pecho, mi corazón latía rápido. No por nervios, por felicidad, porque quizá eso era lo que significaba sentirse en casa.

No el lugar.

No las paredes.

No los muebles.

Una persona.

Alguien que hacía que incluso una noche cualquiera pareciera especial.

Caminé lentamente hacia la puerta de su despacho y me detuve.

—Vamos, Müller —susurré con una sonrisa—. Sal de ahí.

Y justo cuando iba a tocar escuché el clic de la perilla girandose, mi sonrisa se hizo inevitable.

Había terminado de trabajar.

Y yo estaba lista para recordarle que, al menos por una noche, el mundo podía esperar.

La puerta se abrió y Bastián apareció finalmente frente a mí, en cuanto nuestras miradas se encontraron, sonrió.

Fue una sonrisa pequeña, cansada, pero tan genuina que sentí que algo dentro de mí se aflojaba.

Había pasado demasiadas horas encerrado en aquel despacho. Se le notaba. Tenía el cabello ligeramente desordenado, las mangas de la camisa arremangadas y esa expresión de agotamiento que intentaba disimular detrás de su habitual compostura.

Me acerqué sin pensarlo.

Rodeé su cuello con los brazos y me puse de puntillas para dejarle un beso suave en la mejilla.

—¿Cómo estás?

Él soltó el aire lentamente y apoyó las manos en mi cintura.

—Cansado.

La sinceridad de su respuesta me hizo sonreír.

—¿Has terminado?

—Sí —respondió, cerrando los ojos un instante—. Y ahora mismo muero por meterme en la cama contigo.

Solté una pequeña risa.

—Ah, ¿sí?

—Muchísimo.

Le acaricié la mejilla con el dorso de los dedos. Bajo mis manos podía sentir la tensión que todavía acumulaba en la mandíbula.

—Entonces tendrás que esperar un poquito más.

Abrió los ojos y me miró con una mezcla de resignación y curiosidad.

—¿Por qué?

—Ven conmigo.

Tomé su mano y tiré suavemente de él. No protestó, solo entrelazó sus dedos con los míos y me siguió.

Cuando entramos en el comedor, se detuvo.

Sus ojos recorrieron la mesa, las velas encendidas, las copas, el vino y todo lo que había preparado durante la tarde.

Durante unos segundos no dijo nada.

Yo empecé a ponerme nerviosa.

—No es gran cosa...

—Eliza.

Su voz me hizo levantar la mirada.

Él seguía observando la mesa.

—Todo se ve hermoso.

Sonreí.

—Quería sorprenderte.

Bastián volvió los ojos hacia mí.

—¿A mí?

—Sí, a ti.

Me acerqué un poco más.

—Has trabajado todo el día y es sábado, Bastián, se supone que deberías estar descansando.

—Tenía cosas que resolver.

—Lo sé.

Le acomodé distraídamente el cuello de la camisa.

—Por eso quería consentirte un poco.

Algo cambió en su expresión, su mirada se volvió más suave.

—Ya lo haces.

Mi corazón dio un pequeño vuelco.

—Bueno, hoy quería hacerlo oficialmente.

Una sonrisa apareció en sus labios.

—Entonces creo que debería sentarme antes de que cambies de opinión.

—Buena decisión.

Nos sentamos juntos y por primera vez en todo el día, pareció relajarse.

La cena terminó siendo mucho más larga de lo que había planeado. No porque tuviéramos demasiada comida, sino porque ninguno de los dos parecía tener prisa.

Hablamos.

Nos reímos.

Nos besamos entre plato y plato, como si no pudiéramos pasar demasiado tiempo sin tocarnos.

A veces era apenas un beso rápido. Otras, Bastián simplemente buscaba mi mano sobre la mesa y entrelazaba nuestros dedos.

Me gustaba eso.

Los pequeños gestos.

Esos que nadie veía.

Esos que no necesitaban una explicación.

Mientras servía un poco más de vino, él comenzó a contarme cómo había avanzado el negocio en el que llevaba trabajando durante semanas.

Su expresión cambió mientras hablaba.

Incluso cansado, sus ojos recuperaban esa intensidad que siempre aparecía cuando algo realmente le importaba.

—Si conseguimos cerrar este acuerdo esta semana, podemos acelerar todo el proyecto —me explicó.

—Eso es bueno.

—Muy bueno.

—Entonces deberías estar sonriendo más.

Me miró con una ceja levantada.

—¿Estoy sonriendo poco?

—Demasiado poco.

—No sabía que ahora tenía supervisión de sonrisas.

—Alguien tiene que hacerlo.

Se rio.

Y ese sonido me hizo sonreír.

Bastián volvió a explicarme algunos detalles. Yo lo escuché atentamente, aunque había partes demasiado técnicas para mí.

No necesitaba entender cada cifra, me bastaba con verlo ilusionado. Había algo hermoso en esa versión de él, la que aparecía cuando dejaba de ser el hombre frío y controlado de la oficina.

—¿Y tú? —preguntó después—. ¿Cómo fue tu día?

—Mucho menos emocionante que el tuyo.

—Lo dudo.

—Créeme.

Sonreí mientras tomaba un sorbo de vino.

—Mi mayor logro fue conseguir que la carne no terminara convertida en carbón.

—Entonces considero que ha sido un día exitoso.

—¿Te gustó?

Su mirada se detuvo en mí.

—Me encantó.

Y no supe si hablaba de la comida.

Probablemente no.

La cena terminó entre conversaciones tranquilas y pequeños gestos de cariño. Cuando finalmente dejamos los platos a un lado, me levanté y extendí la mano hacia él.

Bastián la miró.

Después me miró a mí.

—¿Qué tienes planeado ahora?

Sonreí.

—Seguir mimándote.

—¿Más?

—Mucho más.

Tomó mi mano y se levantó.

—Empiezo a pensar que casarme contigo fue una excelente decisión.

Me reí.

—Ni siquiera estamos casados.

—Detalles.

Lo guie por el pasillo.

—Ven.

—¿A dónde?

—Ya lo verás.

Cuando llegamos a la habitación, Bastián se detuvo junto a la puerta.

—¿Ahora sí podemos meternos en la cama?

—Todavía no.

—Eliza...

—Confía en mí.

Lo dejé allí y entré en el baño.

Abrí el grifo de la bañera y dejé que el agua comenzara a llenarla. Añadí espuma hasta conseguir una capa blanca y abundante que cubrió casi toda la superficie.

Encendí un par de velas pequeñas.

No quería exagerar.

Solo quería que todo se sintiera tranquilo.

Cálido.

Nuestro.

Cuando salí, Bastián seguía donde lo había dejado, aunque ahora tenía los brazos cruzados sobre el pecho.

—¿Qué estás haciendo?

—Preparándote un baño.

Su expresión cambió.

—¿Para mí?

—Para los dos.

Su sonrisa apareció lentamente.

—Definitivamente voy a acostumbrarme a esto.

Me acerqué y tomé sus manos.

—Eso espero.

Él bajó la mirada hacia nuestros dedos entrelazados.

Después volvió a mirarme.

—No sabes cuánto necesitaba esto.

Mi sonrisa se suavizó.

—Sí lo sé.

Le acaricié la mano con el pulgar.

—Por eso lo hice.

Bastián se inclinó y dejó un beso sobre mi frente.

—Gracias.

Cerré los ojos un instante.

—De nada.

Y por un momento nos quedamos así. Sin hablar, y sin necesidad de hacerlo. Después entramos al baño juntos.

El vapor comenzaba a llenar el ambiente y las velas proyectaban sombras suaves sobre las paredes. El agua caliente parecía borrar lentamente el cansancio que había acumulado durante toda la semana.

Bastián se dejó caer con un suspiro.

—Dios.

Me reí.

—¿Eso significa que apruebas?

—Significa que acabas de convertirte en mi persona favorita del mundo.

—¿Solo ahora?

Me miró.

—No, eso ocurrió hace mucho.

Mi corazón dio un vuelco.

Me acomodé a su lado y apoyé la cabeza sobre su hombro.

Él pasó un brazo alrededor de mí.

Y ahí estaba.

La calma.

La sensación de que no teníamos que ir a ninguna parte, que nadie nos esperaba, que durante unas horas el mundo podía quedarse al otro lado de aquella puerta.

Bastián me quito la ropa lentamente, dejando besos por toda mi piel. Yo hice lo mismo y en cuento su cuerpo hizo contacto con el agua suspiro.

Me acomode entre sus piernas y apoya mi espalda contra su pecho. La sensación de su piel con la mía me recorrió de pies a cabeza.

—Creo que podría quedarme aquí toda la noche.

—Podemos hacerlo.

—¿Y mañana?

—Mañana no tienes permitido trabajar.

Se rio suavemente.

—¿Quién te nombró jefa?

Gire la cabeza para mirarlo.

—Yo misma.

—Entonces tendré que obedecer.

Sonreí y volví a acomodarme contra él. El agua estaba en su punto justo, las velas ardían lentamente y sus brazos me rodeaban con una seguridad que hacía que todo pareciera sencillo.

No necesitábamos una cena de lujo, ni una escapada espectacular, ni grandes planes, solo necesitábamos esto.

Una noche tranquila.

Un poco de vino.

Una bañera llena de espuma.

Y el hombre que, de alguna manera, había conseguido convertirse en mi lugar favorito del mundo.