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Capitulo 38

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Capitulo 38

Bastián

En cuanto puse un pie en la sala de conferencias, mi atención dejó de pertenecerle al trabajo.

Hasta ese instante había estado leyendo un correo de mi director financiero en el teléfono, repasando mentalmente unas cifras que necesitaba analizar antes de la reunión. Pero entonces escuché su voz.

Eliza.

Me detuve junto a la puerta entreabierta.

Aquella voz dulce, familiar, tenía la absurda capacidad de desarmarme con una facilidad que todavía me desconcertaba. Bastó escucharla para que mi cabeza abandonara los informes y se llenara de recuerdos que no tenían absolutamente nada que ver con el trabajo.

El sabor de sus labios.

La suavidad de su piel.

La sensación de sus uñas sobre mi espalda.

Bajé la mirada hacia el teléfono, intentando recuperar la concentración, pero era inútil.

Todavía tenía las marcas de sus mordiscos en el pecho.

Sonreí para mis adentros.

Yo era un adicto y ella, por todos los infiernos, era mi droga secreta.

Nunca había permitido que una mujer conociera esa parte de mí. Esa necesidad de intensidad, de dejarme llevar, de sentir algo que atravesara las barreras que llevaba años construyendo alrededor de mí mismo.

Con Eliza sí.

Con ella no había tenido que fingir.

Sus mordiscos, sus arañazos, esa forma de entregarse sin reservas... todo aquello despertaba algo en mí que no sabía que existía. No lo sentía como dolor. Era intensidad. Una corriente eléctrica que atravesaba mi cuerpo y, de alguna manera, también conseguía atravesar mi maldita parálisis emocional.

Ella me hacía sentir.

Todo.

Y, sobre todo, me hacía sentir vivo.

Me esforzaba demasiado por mantener mi vida personal lejos de los ojos públicos. Si alguna vez trascendiera que el escurridizo magnate Bastián Müller podía ser cualquier cosa menos frío e inalcanzable cuando estaba a solas, las columnas de cotilleos tendrían material para meses.

Y no pensaba darles esa satisfacción.

Hasta Eliza, nunca había confiado algo así a una mujer.

Jamás.

No me gustaba confiar demasiado en la gente. La confianza tenía un precio: te hacía vulnerable.

Y yo había pasado demasiados años asegurándome de no serlo.

Su voz volvió a traerme al presente. La reunión comenzaría en diez minutos, pero Eliza ya estaba dentro de la sala, hablando con alguien.

Fruncí el ceño.

Parecía Alex Ross, el nuevo jefe de ventas. Me acerqué un poco más y observé la escena desde la puerta.

—El señor Müller necesita esas cifras para el lunes.

—¿Para cuándo? —preguntó Alex, distraído, sin apartar los ojos de su teléfono.

Sentí que mi mandíbula se tensaba.

—Estoy aquí, Alex —respondió Eliza—. Seguro que me has escuchado decir el lunes, tal y como ponía en el email que envié.

Me asomé por la puerta parcialmente abierta.

Alex estaba de pie frente a ella, con el teléfono en una mano y una expresión de absoluta indiferencia. Eliza, en cambio, sostenía una pila de carpetas azules contra el pecho, con los brazos cruzados y una paciencia que, por la ligera tensión de su mandíbula, empezaba a agotarse.

No podía culparla.

Alex llevaba poco tiempo en la empresa y ya había conseguido desarrollar una arrogancia que me resultaba irritante.

Entonces levantó la mirada y reparó en Eliza de una manera que no me gustó en absoluto.

—Puedes inventar algo para mí, ¿verdad? ¿Hacerme quedar bien con el jefe?

Eliza apretó los labios y negó con la cabeza.

—No, Alex, no puedo inventar algo para ti.

—Vamos, Eliza, ayuda a un tipo aquí —replicó, inclinando la cabeza mientras daba un paso hacia ella—. ¿Qué te parece esto? Tú me ayudas y yo seré bueno en retribuirte el favor.

Le guiñó un ojo.

Un rayo de ira me atravesó.

¿Cómo se atrevía a tirarle los perros a mi mujer?

Mis dedos se cerraron alrededor del teléfono.

Estuve a punto de entrar, ponerlo en su sitio y recordarle exactamente con quién estaba hablando.

Incluso consideré despedirlo, pero entonces Eliza hizo algo que me detuvo.

Chasqueó la lengua.

—Realmente no me acabas de pedir que falsifique datos en los informes de ventas. Debo haber entendido mal eso también, ¿verdad, Alex? Últimamente interpreto todo mal y, para que conste, te lo cuento porque somos cercanos y no quiero que haya malentendidos, ya que hay cámaras en la sala y el señor Müller lo observa todo.

Le guiñó un ojo y comenzó a colocar las carpetas sobre la mesa. Tuve que contener una sonrisa, porque no había cámaras.

Pero Alex no tenía por qué saberlo.

El hombre la miró boquiabierto durante varios segundos antes de palidecer. Era mentira y se la había creído demasiado rápido.

—Claro. No. No te pediría que hicieras eso.

—No lo creía —respondió ella con una sonrisa amistosa—. Así que, ¿qué tal si me tienes esos informes para el viernes en lugar del lunes? Solo para que pueda asegurarme de que todo esté preciso y listo a tiempo.

Alex se enderezó, intentando recuperar algo de dignidad.

—Sí, claro. El viernes.

Forzó una sonrisa.

—Los informes de ventas estarán en tu bandeja de entrada.

—Excelente, Alex. Gracias —dijo Eliza, con una amabilidad que ahora me resultaba sospechosamente divertida—. Es bueno trabajar en equipo.

Alex asintió y se marchó de la sala sin siquiera reparar en mí.

Esperé hasta que desapareció por el pasillo antes de entrar. Eliza levantó la mirada, nuestros ojos se encontraron y ahí estaba otra vez.

Esa chispa.

La misma que me hacía olvidar cualquier informe, reunión o problema empresarial que tuviera delante.

Sonreí lentamente.

—¿Cámaras? —pregunté.

Ella abrió mucho los ojos.

—¿Escuchaste eso?

—Todo.

Una sonrisa apareció en sus labios.

—Funcionó.

—Funcionó demasiado bien.

Se encogió de hombros, intentando aparentar inocencia.

—Solo estaba protegiendo los intereses de la empresa.

Solté una risa baja.

—Claro.

Me acerqué a la mesa y tomé una de las carpetas.

—Y yo que pensaba que eras incapaz de mentir.

—No miento.

Levanté una ceja.

—¿No?

—Solo... utilizo información estratégicamente.

La miré durante unos segundos.

—Voy a tener que vigilarte.

Su sonrisa se amplió.

—Deberías.

―Usted definitivamente es otra cosa, señorita Harper.

―Gracias señor Müller.

Por todos los cielos.

Quería hacerle cientos de cosas sucias en esa mesa de conferencias. Inclinarla y levantarle ese bonito vestido, tomarla con los dedos hasta que se mojara y luego hundirme en ella hasta el fondo.

Podría tumbarla y enterrar mi cara entre sus piernas hasta que se corriera en mi boca.

Todo eso y mas no sería suficiente con la mujer frente a mí.

Alguien entró detrás de mí y me devolvió de golpe a la realidad. Últimamente fantaseaba demasiado, pero no podía evitarlo.

Eliza se había convertido en una presencia constante en mi cabeza, una especie de obsesión silenciosa que se filtraba en los momentos más inoportunos. Me estaba consumiendo poco a poco y, por primera vez en mi vida, no estaba seguro de querer detenerlo.

Quizás simplemente tenía que dejarme llevar.

El equipo de desarrollo comenzó a entrar en la sala y cada uno ocupó su lugar. Me senté junto a Eliza, procurando mantener la expresión profesional que todos esperaban de mí.

Solo que mi pierna rozó la suya, fue apenas un contacto, pero fue suficiente. Encima de la mesa, todo era negocios. Informes, cifras, gráficos y proyecciones.

Debajo, el juego era completamente diferente.

Deslicé lentamente la mano por su pierna, apenas un roce, esperando alguna reacción.

Nada.

Su rostro permaneció perfectamente impasible. Ni siquiera levantó la mirada de los documentos que tenía delante, pero entonces separó ligeramente las piernas.

Sentí un vuelco en el pecho.

Joder.

La sangre me ardió en las venas y tuve que hacer un esfuerzo considerable para mantener la vista al frente. Quería inclinarme hacia ella, acercarme lo suficiente para perderme en ese aroma dulce que siempre conseguía desarmarme.

Pero no podía, no aquí. Así que me conformé con dejar la mano sobre su muslo, acariciando distraídamente la piel bajo la mesa mientras fingía escuchar la presentación.

Eliza seguía tomando notas con una tranquilidad admirable. Hasta que, aparentemente por accidente, empujó el bolígrafo hacia el borde de la mesa con el codo.

El objeto cayó al suelo.

Ella me miró.

Solo un segundo.

Se encogió de hombros con una expresión inocente y se inclinó para recogerlo.

Jodida bruja.

Lo que hizo después consiguió que todo mi autocontrol se tambaleara.

Su mano rozó mi pierna de camino al bolígrafo y, antes de incorporarse, me agarró por el pantalón y apretó mi miembro duro. Gruñí al sentir la presión.

Cuando me miró, me dedicó una pequeña sonrisa que solo yo pude interpretar. Sentí un escalofrío recorrerme entero.

Carraspeé.

—¿Todo bien, señor Müller? —preguntó alguien al otro lado de la mesa.

—Perfectamente.

Mentira.

Eliza volvió a sentarse como si nada hubiera ocurrido. Tomó el bolígrafo, continuó escribiendo y yo dejé de escuchar.

La presentación podía haber estado hablándome en otro idioma y no habría notado la diferencia. Toda mi concentración se había reducido a la mujer sentada a mi lado y a esa maldita sonrisa que parecía saber exactamente el efecto que tenía sobre mí.

Intenté respirar profundamente.

No funcionó.

Intenté concentrarme en los números de la pantalla.

Peor.

Finalmente, decidí que aquello tenía que terminar porque ya no podía soportarlo más.

—Lo siento, pero por un imprevisto —dije, tomando mi teléfono—. La reunión se cancela hasta mañana.

Todos me miraron con desconcierto, incluida la culpable de mi repentina falta de concentración.

Eliza apenas levantó una ceja.

La muy condenada estaba disfrutándolo.

—¿Algún problema? —preguntó el director de desarrollo.

—Nada que no pueda esperar hasta mañana.

No di espacio para preguntas.

Las personas comenzaron a recoger sus documentos y a abandonar la sala. Yo permanecí sentado unos segundos más, esperando recuperar la compostura antes de levantarme.

Eliza fue una de las últimas en moverse, cuando finalmente se puso de pie, me miró. Nuestros ojos se encontraron, no necesitábamos decir nada.

Ella sabía perfectamente lo que había hecho y yo sabía perfectamente lo que pensaba hacer al respecto.

La dejé caminar hacia la puerta, solo porque necesitaba esos pocos segundos para recuperar el control.

Aunque, siendo completamente honesto, tampoco desaproveché la oportunidad de admirar su figura mientras se alejaba.

Un pequeño gusto personal.

Cuando llegó al umbral, levanté la voz.

—Tú no.

Se detuvo.

Giró lentamente sobre sus talones y me miró por encima del hombro.

—¿Me necesita para algo más, señor?

La sonrisa que acompañó sus palabras terminó de destruir lo poco que quedaba de mi autocontrol.

Jodida mujer.

Iba a acabar conmigo.

—Trae tu culo aquí. Ahora.

Cerró la puerta, apoyándose en ella, con una sonrisa perversa curvándole los labios.

—Con cerrojo —dije, con la voz baja.

Mordiéndose el labio inferior se echó la mano a la espalda y cerró la puerta con cerrojo. La miré de arriba abajo, intentando decidir qué quería, porque la deseaba tanto que era casi imposible decidirse por una.

Pulsé el mando a distancia para cerrar las persianas y sus mejillas se sonrojaron. Antes de que pudiera darle ninguna orden, se acercó a la mesa, el fuego de sus ojos me llenó de curiosidad, preguntándome qué iba a hacer.

Permanecí en silencio.

Observando.

Volvió a lamerse los labios y se arrodilló frente a mí. La mera anticipación, la forma en que me bajaba la cremallera con un dedo, sin apartar los ojos de los míos, me ponía dolorosamente duro.

Se tomó su tiempo desabrochándome lentamente los pantalones y bajándome la cremallera.

Jodidamente loco me tenía.

—Mm —murmuró, bajándome la ropa interior y relamiéndose esos preciosos labios—. ¿Qué podría hacer con esto?

Me agarró por la base y deslizó la lengua por el exterior de mi miembro. Puse los ojos en blanco y gemí en voz baja. Me lamió un par de veces más, arrastrando lentamente su lengua por todo mi largo.

—Joder Eliza.

—Shh Bastián —un rápido movimiento de su lengua me hizo gemir de nuevo—. No podemos hacer ruido o todos ahí fuera se darán cuenta.

Habría hecho cualquier cosa en ese momento para que me la chupara y si lo que quería era silencio, silencio era lo que tendría.

Aunque luego se lo iba a hacer pagar.

Pasó la lengua por la punta y yo asentí con la cabeza, manteniendo la boca cerrada.

—Buen chico —volvió a rodear la base con los dedos y deslizó mi miembro dentro de su boca.

Joder.

Qué bien me sentí.

Empezó poco a poco, apretándome en la base mientras chupaba la punta. Tenía la boca resbaladiza, caliente y su lengua se deslizaba por el tronco. Cada vez que se hundía un poco más me tragaba otro gemido que soltaba como un gruñido bajo.

No podía evitarlo, la sola visión de su boca alrededor de mi era increíble. Ella se movió más rápido. Tomando más cada vez, sumergiéndose en mí.

Más profundo.

Le metí los dedos en el cabello y sus ojos se cerraron. Su suave gemido resonó por todo mi cuerpo. La miré, jugando con sus suaves hebras, mientras ella trabajaba mi miembro con la boca.

La presión crecía, también el calor y la tensión aumentaban.

Mis caderas se movían a su ritmo, introduciéndome en su boca. Deslizó una mano por debajo de mi camisa, extendiendo la palma sobre mis costillas. Sus dedos se curvaron y sentí el mordisco de sus uñas al clavármelas en la piel.

Sabía exactamente qué hacer para acabar con mi cordura.

Sacudí las caderas y apenas pude contener un gemido. Mi mano se aferró a su cabello y ella volvió a arañarme, sin dejar de hundirse en mí. La vi salir de su boca, húmeda y reluciente y los bordes de mi visión se nublaron.

Era una tortura de la mejor clase.

Me metió profundamente en su boca húmeda. La fricción de sus labios y su lengua me volvían loco. Su mano se deslizó más arriba, hacia mi pecho, donde clavo sus uñas y araño mi piel con fuerza.

—Joder —gruñí, incapaz de contenerme.

Aceleró el ritmo, meneando la cabeza mientras me tomaba una y otra vez.

La agarré del cabello, hipnotizado, a punto de perder el control. Y cuando levantó los ojos para mirarme y me araño el abdomen con fuerza, perdí la puta cabeza.

Exploté en su boca.

Mi miembro palpitaba mientras me corría. Fue tan repentino y fuerte que me abrumó los sentidos. Las oleadas de placer se apoderaron de mi cuerpo, dejándome indefenso.

Totalmente a su merced.

Jamás pensé que algo fuera mucho para mí, pero Eliza encontraba la manera de sacarme de balance todo el tiempo.

Cuando terminé, se sacó mi miembro de la boca mientras yo parpadeaba mirando al techo, completamente embriagado. Mi cabeza rebosaba de endorfinas y apenas podía pensar.

Respiré hondo y el mundo volvió a enfocarse. Seguía de rodillas, con las manos en mis muslos.

Su turno.

Le tomé la barbilla y le pasé el pulgar por el labio inferior.

—Eso Eliza, fue jodidamente increíble.

—Sí, tú...

—Quítate las bragas —en mi tono sólo cabía la obediencia.

Con los ojos clavados en los míos, se levantó. No intentó quitarse la falda primero, solo se la levantó y se deslizó las bragas por las piernas.

Buena chica.

Le desabroché el vestido y lo abrí lo suficiente para verle los pechos. Los acaricie frotando sus picos duros a través de la fina tela del sujetador.

Tirando de un lado hacia abajo, le di un par de golpecitos con la lengua mientras deslizaba la mano por la cara interna de su muslo.

Su entrepierna estaba húmeda y la sentí temblar mientras mis dedos acariciaban su suave piel.

—Bastián... —le pasé el pulgar por su punto sensible y la hice callar.

—Shh, tenemos que estar en silencio —se mordió el labio, gimiendo suavemente.

Aparté toda la mierda de papeles que quedaban en la mesa. Me alegré de que fuera tan grande y la tumbé.

Abrió las piernas y le subí el vestido.

—Mira qué bonito —di una lamida—. Dios, sabes jodidamente bien.

Volvió a gemir, y me encantaba escucharla hacer ese sonido. Era como el sonido más perfecto que nunca había escuchado en nadie más.

Con las manos en sus muslos, me puse a trabajar con la lengua. Empecé despacio, provocando, torturando. Arrastraba la lengua contra su humedad y sentí como su cuerpo se tensó. Arqueo la espalda y sus dedos se aferraron a la superficie de mi escritorio.

Deslicé dos dedos en su interior y ella apenas pudo evitar que un gemido escapara de sus labios. Le di golpecitos con la lengua y enrosqué los dedos para proporcionarle la fricción que necesitaba.

Su cuerpo se retorció y me agarró del pelo mientras movía las caderas contra mí.

Fui implacable.

Sin parar, lamí y chupé mientras trabajaba su entrepierna con mis dedos. Todavía excitado por mi propio orgasmo, me embriagaba con su sabor, y con la sensación de su humedad en mis dedos.

Esta dulce y hermosa mujer estaba tendida sobre mi escritorio y era toda mía. Nunca en mi vida me había sentido tan jodidamente poderoso. Respiró entrecortadamente y su entrepierna se cerró en torno a mis dedos. Le di más, lamiendo con la lengua su humedad.

Estaba tan cerca que podía sentirlo, casi como si estuviera a punto de correrme otra vez.

Su espalda se arqueó y se tapó la boca con una mano. La acompañé en su orgasmo, sin dejar de lamerla y embestirla con los dedos.

Ella se relajó, aun jadeando.

—Dios mío, para. No aguanto más —le di un último beso en su entrepierna y saqué los dedos—. Mierda Bastián —respiró—. Definitivamente, creo que acabo de morir.

La ayudé a sentarse en el borde de mi escritorio y parpadeó varias veces. Llevaba el cabello revuelto y la ropa desarreglada.

—¿Parar? —dije sujetando sus caderas—. Apenas y acabamos de comenzar.