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Capitulo 39

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Capitulo 39

Bastián

Los últimos días con Eliza habían sido un sueño.

Uno de esos sueños de los que uno no quiere despertar porque, por primera vez, la realidad parecía mucho mejor que cualquier fantasía.

No era solo deseo.

Aunque Dios sabía que lo deseaba.

Era algo mucho más profundo. Una necesidad que se había instalado en mí sin pedir permiso y que, en lugar de desaparecer con el tiempo, parecía crecer cada día.

No podía dejar de buscarla, besarla, tocarla.

No importaba si estábamos en casa, en la oficina o simplemente compartiendo el mismo espacio; siempre terminaba encontrando alguna excusa para acercarme a ella.

Eliza se había convertido en mi adicción más dulce.

Y yo estaba completamente perdido.

Había empezado a hacer cosas que, apenas unas semanas atrás, habría considerado impensables, como dejar la oficina a mitad del día solo para llevarla al cine. Cancelar una reunión porque quería verla. Encontrar cualquier pretexto para tenerla cerca cuando, en realidad, lo único que necesitaba era su compañía.

Incluso había empezado a mirar mi agenda de una manera diferente.

Antes, cada espacio vacío significaba una oportunidad para trabajar, ahora significaba una oportunidad para estar con ella. Eliza estaba haciendo estragos en mi vida y, por primera vez, no quería arreglarlos.

Quería quedarme exactamente así.

Porque había algo en ella que había conseguido atravesar todas las defensas que llevaba años construyendo. Me hacía reír cuando no quería hacerlo, me obligaba a hablar cuando mi primer instinto era callar.

Conseguía que bajara la guardia sin siquiera intentarlo y me hacía sentir cosas que todavía no sabía nombrar sin que mi pecho se apretara.

Era demasiado.

Demasiado intenso. Demasiado real. Pero también era lo mejor que me había pasado. Por eso había tomado una decisión, una definitiva.

Ya no quería seguir fingiendo.

No quería más excusas, ni acuerdos, ni planes diseñados para convencer al resto del mundo de algo que nosotros ya no éramos capaces de negar.

Quería pedirle que se quedara.

Conmigo.

No como mi prometida ficticia. No como mi asistente. Ni como parte de una estrategia absurda que había comenzado por razones que ahora me parecían ridículas.

Quería que se quedara porque quería compartir mi vida con ella.

Quería despertarme a su lado.

Quería llegar a casa y encontrarla ahí.

Quería escuchar su voz desde otra habitación, descubrir sus cosas ocupando espacio en mi casa y dejar de fingir que aquello me molestaba.

Quería que fuera real.

Toda ella.

Su calor cuando dormía junto a mí. Su aroma dulce, ese que parecía quedarse adherido a mi ropa después de que se marchaba. Su risa escandalosa. Sus conversaciones interminables.

La manera en que fruncía la nariz cuando algo no le gustaba y cómo me miraba cuando sabía que estaba intentando ocultar una sonrisa.

Quería incluso sus pequeñas manías.

Todo.

La quería conmigo.

Siempre.

Sabía que la decisión final era suya, no pensaba presionarla. Si quería volver a su apartamento, a su vida de antes, respetaría su decisión, aunque me partiera en dos.

Pero, si era completamente honesto conmigo mismo, esperaba que dijera que sí. Necesitaba que dijera que sí y quizá esa era la parte que más miedo me daba. Porque ya no se trataba de quererla, se trataba de admitir cuánto la necesitaba.

Entré en nuestra habitación justo cuando Eliza estaba dejando su teléfono sobre la mesita. Me detuve en el umbral, había pensado quedarme en casa esa noche.

Solo quería cambiarme la ropa de trabajo por algo más cómodo, quizá pedir comida y pasar una noche tranquila.

Pero entonces la vi.

Y olvidé por completo lo que estaba pensando.

Llevaba el cabello arreglado y se movía por la habitación con esa naturalidad que todavía conseguía sorprenderme.

Nuestra habitación.

La palabra apareció en mi cabeza sin que pudiera evitarlo.

Y sonreí.

Porque, aunque técnicamente todavía no lo fuera, hacía días que había dejado de sentir que ella era una invitada en mi vida.

Eliza pertenecía aquí.

Y yo quería asegurarme de que también quisiera quedarse.

—Ahí estás —dijo ella al verme.

—Hola —respondí con una sonrisa.

Había algo en su expresión que me hizo detenerme un segundo. Esa mirada suya, brillante y juguetona, que últimamente parecía reservarme a mí.

—Estaba hablando con Emma sobre la hora en la que pasará a buscarme.

—¿Quieres que te lleve? —pregunté, acercándome.

—No hace falta, ella vendrá por mí.

Asentí, aunque mis ojos continuaron recorriéndola con una atención que ya ni siquiera intentaba disimular.

La miré unos segundos más.

Sus ojos tenían ese brillo travieso que siempre conseguía dejarme sin aire.

—¿Qué pensabas hacer?

Una sonrisa lenta apareció en sus labios.

—Pensaba darme un baño... pero podría cambiar de planes.

Jodida mujer.

Siempre sabía exactamente qué decir para provocarme. Me acerqué un poco más, deteniéndome frente a ella.

—No, toma el baño —dije mientras comenzaba a arremangarme la camisa—. Quiero mirar.

Sus cejas se arquearon.

—¿Qué?

Sostuve su mirada.

—Quiero verte mientras te bañas, Eliza.

Se mordió el labio inferior y, durante un instante, pareció debatirse entre reírse y desafiarme.

Ganó lo segundo.

Se levantó lentamente sin decir una palabra y caminó hacia el baño.

La seguí.

No podía negar el efecto que tenía sobre mí, porque bastaba con verla alejarse, con imaginarla bajo el agua caliente, para sentir cómo mi autocontrol empezaba a tambalearse.

Y, por la sonrisa que llevaba en los labios mientras abría la puerta del baño, sospechaba que ella lo sabía perfectamente.

La luz tenue que dejé en prendida hacía que su piel brillara.

Mientras se desnudaba lentamente frente a mí, el deseo me golpeó con la fuerza de una tormenta. No podía apartar la vista de sus curvas, de su forma delicada de moverse. Cuando su cuerpo entró en contacto con el agua, casi sentí que me ahogaba solo de mirarla.

—¿Qué piensas hacer? —preguntó mientras se sumergía, dejando solo su rostro y sus pechos expuestos al vapor.

Sonreí como un idiota enamorado.

Me quité la ropa sin apuro, sin dejar de mirarla, y me metí a la bañera con ella. La tomé de la cintura y la senté sobre mí, encajando nuestras pieles como dos piezas diseñadas para encajar.

—Recordarte a quién le perteneces, justo antes de que te vayas —le susurré, besando su cuello.

—Estás loco... ¿Y quién dijo que era tuya?

Me besó antes de que pudiera contestar.

Un beso hambriento, profundo, desesperado. Sentía sus pechos comprimidos contra mi pecho, su respiración agitada, su calor envolviéndome.

Mis manos descendieron por su espalda hasta su trasero, apretándolo con fuerza. Ella gimió suavemente contra mi boca. Cuando mis dedos se enredaron en su cabello y tiré de él, un gemido escapó de su garganta.

—Dios, Bastián… —jadeó contra mi cuello, frotando su centro contra mí.

Todo mi autocontrol se esfumó.

La adoraba.

Adoraba cómo era capaz de ser dulce y salvaje al mismo tiempo. Cómo podía hacerme perder la cabeza y al mismo tiempo devolverme la paz.

Pasó su lengua por mi cuello mientras mis manos exploraban cada rincón de su cuerpo. Besé su clavícula, mordí su piel, adoré sus pechos con mi boca. Cuando mi lengua rozó su piel, ella clavó las uñas en mi nuca.

No lo soporté más.

La tomé por las mejillas, la miré a los ojos y la volví a besar con todo el deseo acumulado de esos días.

—Joder, Eliza...

Se alzó apenas y me colocó justo donde ambos queríamos.

Nos miramos un instante, un segundo cargado de electricidad y promesas, y luego se dejó caer sobre mí, envolviéndome por completo.

El gemido que escapó de su boca me hizo perder la razón.

Comencé a moverla, guiando el ritmo desde sus caderas mientras su cuerpo bailaba sobre el mío. Cada embestida era un latido más fuerte.

El agua salpicaba, la música suave de fondo se confundía con nuestros gemidos, y yo no podía pensar en nada más que en ella.

—Sí, Eliza... sí...

Mi cuerpo se tensó y la explosión de placer me arrasó como un huracán. Ella jadeó mi nombre justo cuando la sentí derrumbarse sobre mí.

Nos quedamos abrazados, en silencio, el agua ahora tibia. Pero nuestros cuerpos ardían. La miré y me besó de nuevo. Lento, profundo, íntimo.

Y en ese instante, mientras sentía su respiración calmarse contra la mía, su cuerpo aún temblando en el mío, supe que no quería volver a dormir sin ella.

La quería así.

Cada noche.

Cada mañana.

Cada día de mi vida.

Una hora y una ducha bastante más extensa de lo necesario después, Eliza finalmente se fue a su noche de chicas con Emma.

La vi desaparecer por la puerta y, apenas esta se cerró, la casa quedó sumida en un silencio extraño.

Antes habría agradecido aquella tranquilidad.

Ahora no.

La extrañaba.

Joder, la había extrañado en cuanto salió por la puerta.

Me quedé unos segundos mirando el lugar por donde se había ido, con las manos en los bolsillos y una sonrisa involuntaria tirando de la comisura de mis labios.

Definitivamente estaba perdido.

La alarma del portero sonó y me obligó a volver a la realidad. Fui a buscar la pizza que había encargado, pagué con un gesto automático y regresé al interior con la caja caliente entre las manos.

Cuando volví a entrar en la sala, me detuve un instante.

Su presencia seguía allí.

En el aroma dulce que todavía flotaba en el aire. En una manta que había dejado doblada sobre el sofá. En una taza que había olvidado sobre la mesa.

Pequeñas cosas.

Detalles insignificantes que, antes de Eliza, jamás habría notado. Ahora parecían formar parte de mi vida.

Me dejé caer en el sillón y apoyé la caja de pizza sobre las piernas. Tomé una porción y, con el primer bocado todavía en la boca, encendí el televisor.

Elegí una película de acción.

Una de esas que Eliza decía que veía únicamente para complacerme, aunque después terminaba mucho más concentrada en la trama que yo.

Sonreí al recordarla.

—Seguro que ya estás criticando mis películas —murmuré para mí mismo.

Negué con la cabeza y le di play.

Nunca había sido un hombre de películas, mucho menos de sentarme una noche de sábado a comer pizza frente al televisor.

Mi vida siempre había estado llena de reuniones, llamadas, informes, decisiones, inversiones y problemas que necesitaban una solución inmediata. Cuando tenía tiempo libre, buscaba otra cosa que hacer con él.

No sabía estar quieto y no sabía desconectarme. O, al menos, eso creía. Porque desde que Eliza había irrumpido en mi vida, estaba aprendiendo.

No grandes cosas.

Pequeñas.

Aprendiendo que no todo tenía que ser productivo. Que una noche podía consistir simplemente en una pizza, una película mediocre y el recuerdo de la mujer que amabas riéndose antes de salir por la puerta.

Que podía dejar el teléfono sobre la mesa sin comprobarlo cada cinco minutos y que podía respirar.

Ella me estaba enseñando, sin siquiera intentarlo, a bajarle el volumen al caos que llevaba dentro.

A veces todavía me sentía extraño cuando no estaba trabajando. Como si no supiera muy bien qué hacer con las horas que no tenían un propósito definido.

Pero esta noche no.

Esta noche estaba tranquilo.

Me acomodé mejor en el sillón, estiré las piernas y tomé otra porción de pizza. La película avanzaba, aunque no tenía idea de qué estaba pasando.

El protagonista probablemente acababa de descubrir que el gobierno quería matarlo, o que su mejor amigo era un espía, o alguna otra estupidez típica del género.

Y, por primera vez, no me importaba demasiado.

Miré alrededor.

La casa seguía silenciosa, pero ya no se sentía vacía.

Porque Eliza había conseguido algo que jamás había imaginado posible: convertir un lugar en un hogar.

No era la casa.

Era ella.

Su risa llenando los espacios. Sus cosas desperdigadas por las habitaciones. Sus libros sobre la mesa. Sus zapatillas abandonadas donde no correspondía.

Su voz llamándome.

Todo aquello que antes habría considerado una interrupción se había convertido, de alguna manera, en lo que más quería encontrar cuando regresaba a casa.

Suspiré y sonreí.

Estaba jodidamente enamorado. Y, aunque todavía me costaba admitirlo en voz alta, ya no me asustaba tanto como antes. Porque si amar a Eliza significaba aprender a disfrutar de estas pequeñas cosas, entonces estaba dispuesto a aprender.

Incluso a soportar sus películas románticas.

Bueno...

Eso último todavía estaba por verse.

Volví la atención a la pantalla justo cuando una explosión hizo temblar los parlantes.

—Esto sí es cine —murmuré.

Y entonces me reí solo.

Porque sabía exactamente lo que Eliza habría dicho.

Bastián, eres imposible.

Negué con la cabeza.

Sí.

Probablemente lo era, pero por primera vez en mucho tiempo, no me sentía solo. Y sabía exactamente por qué.

Cuando terminé de comer, llevé los restos a la cocina, lavé los platos con movimientos mecánicos y regresé a mi despacho con el vaso de whisky todavía a medio terminar.

La casa estaba en silencio.

Solo quedaba el eco lejano de la música que había dejado encendida después de la película, un murmullo casi imperceptible que se perdía entre las paredes.

Me detuve frente al escritorio y respiré hondo antes de sentarme. Había papeles que podía revisar para matar el tiempo. Aunque la verdad era mucho más sencilla.

No podía dejar de pensar en Eliza.

Había planeado esperarla despierto.

Quería verla llegar, escuchar sus pasos por el pasillo y recibirla con un beso. Quería abrazarla, preguntarle cómo había sido su noche y, cuando estuviéramos solos, decirle aquello que llevaba días dando vueltas en mi cabeza.

Quería pedirle que se quedara.

Conmigo.

Tomé un sorbo de whisky y obligué a mis ojos a concentrarse en los contratos que tenía sobre la pantalla.

Uno.

Dos.

Tres páginas.

Leí las mismas líneas dos veces antes de darme cuenta de que no había retenido absolutamente nada.

Resoplé y me pasé una mano por el cabello. La firma digital apareció al final del documento.

Después vino otro.

Y otro.

Intenté sumergirme en el trabajo, recuperar esa concentración que tantas veces había utilizado para escapar de cualquier cosa que no supiera manejar.

Durante unos minutos funcionó, hasta que el teléfono vibró sobre el escritorio. Mi corazón reaccionó antes que mi cabeza.

Eliza.

Pensé que sería ella.

Quizás quería que fuera a buscarla. Tal vez me había enviado una fotografía de su noche, alguna de esas pequeñas cosas que últimamente compartía conmigo sin pensarlo demasiado.

Incluso imaginé su sonrisa mientras escribía algún mensaje dulce.

Tomé el teléfono, desbloqueé la pantalla y todo lo que había dentro de mí se detuvo.

Fotos.

Una detrás de otra.

La primera era de ella.

Sonriente.

Radiante.

Hermosa.

Sentí una punzada absurda de orgullo antes de pasar a la siguiente. Eliza riéndose, con la cabeza ligeramente echada hacia atrás y una copa en la mano.

La siguiente.

Ella hablando con alguien.

La siguiente.

Ella junto a un hombre.

Fruncí el ceño.

Pasé el dedo por la pantalla.

La siguiente fotografía me hizo olvidar cómo respirar.

El hombre estaba demasiado cerca de ella. Mucho más de lo que me habría gustado y mi cuerpo se quedó completamente rígido. Miré la imagen durante varios segundos, esperando encontrar algo que me permitiera interpretarla de otra manera.

No lo encontré.

El tipo la miraba con una confianza que me revolvió el estómago.

Y Eliza...

Eliza no se apartaba.

Sentí que algo se quebraba dentro de mí.

Otra fotografía apareció y después otra.

No eran besos ni caricias explícitas, pero bastaba con el lenguaje corporal. Con la cercanía, con la confianza con la que ese imbécil la miraba. Con la manera en que ella no se apartaba.

Todo aquello era suficiente para que una oleada de emociones me atravesara.

Primero fue la ira. Después, la incredulidad. Y debajo de ambas apareció algo mucho peor.

Miedo.

Miedo de haberme equivocado. De haber interpretado cada gesto de Eliza como algo que no era, De haber creído que aquel beso significaba lo mismo para ella. De haber construido una historia en mi cabeza mientras ella simplemente seguía viviendo su vida.

Dejé el teléfono sobre el escritorio, pero apenas unos segundos después volví a tomarlo.

No podía quedarme esperando.

Me puse de pie tan rápido que la silla retrocedió con un golpe seco. El borde del escritorio tembló y el vaso de whisky se volcó.

El líquido se derramó sobre los documentos.

No hice absolutamente nada por detenerlo. La mancha oscura comenzó a extenderse sobre las hojas, absorbiendo lentamente la tinta.

La miré durante un instante.

Y tuve la extraña sensación de estar observando exactamente lo que acababa de suceder con mi vida.

Algo que hasta hacía unos minutos parecía claro, ordenado, bajo control.

Ahora estaba arruinado.

Tomé la chaqueta del perchero y me la puse con movimientos bruscos. Las llaves, El teléfono, La cartera.

No sabía exactamente qué iba a hacer. No sabía si quería ir a buscarla, enfrentarla, pedirle una explicación o simplemente alejarme antes de decir algo que no pudiera retirar después.

Solo sabía que no podía quedarme aquí.

No podía sentarme en esta casa, rodeado de cada cosa que me recordaba a ella, mientras mi cabeza repetía una y otra vez las mismas imágenes.

Crucé el despacho y cerré la puerta detrás de mí.

Mi corazón golpeaba con fuerza contra las costillas y la mandíbula me dolía de tanto apretarla.

Ira.

Dolor.

Humillación.

Desilusión.

Todo se mezclaba dentro de mí hasta convertirse en una masa imposible de separar, pero debajo de todo aquello seguía estando el miedo.

El maldito miedo.

Porque por primera vez en mi vida había hecho algo que jamás me permitía hacer. Había confiado, había bajado la guardia. Había dejado de analizar cada posibilidad, de mantener una salida preparada, de protegerme de las consecuencias.

Con Eliza no había tenido un plan B.

Ni una estrategia de escape.

Ni una barrera.

Me había entregado por completo y ahora, mientras caminaba hacia la salida, sentí algo que me resultaba mucho más aterrador que la ira.

Me sentí vulnerable.

Completamente expuesto.

Como un hombre que había construido toda su vida alrededor del control y, finalmente, había encontrado a alguien capaz de quitárselo con una sola sonrisa.

Ella.

Y si esas fotografías significaban lo que parecía...

Entonces no solo había perdido el control.

Había puesto mi corazón en manos de alguien que quizá nunca había pensado quedarse con él.