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Capitulo 4

El Contrato 18+ — booknet.com · All chapters

Capitulo 4

Eliza

Definitivamente, me había vuelto loca.

No existía otra explicación para que el hombre que más me desesperaba en el mundo estuviera frente a mí pidiéndome que fingiera ser su novia.

Su novia.

Lo miré en silencio durante unos segundos.

—Perdón... creo que escuché mal. ¿Qué acaba de decir?

La mandíbula de Bastián se tensó.

—Sé que suena absurdo, pero no tengo tiempo para explicaciones. Necesito que finjas ser mi novia durante unos minutos.

Solté una risa incrédula.

—¿Su novia? ¿Así, de la nada? Eso no tiene sentido ¿También tengo que cambiarme el nombre?

Por un instante pareció debatirse entre perder la paciencia o responder con calma.

—No. Sigues siendo Eliza. Solo... actúa como si estuviéramos juntos.

Lo observé con una ceja arqueada.

—Entiendo. Entonces vamos a fingir que tiene un romance con su asistente.

Su expresión se endureció.

—No tengo un romance con mi asistente.

—Todavía.

Me fulminó con la mirada.

—Eliza.

Tuve que morderme el labio para no reír.

—¿Puedes hacerlo o no? —preguntó finalmente.

Lo estudié unos segundos. Se notaba incómodo. Mucho. Y conocer a Bastián Müller era saber que pedir un favor debía costarle horrores.

Eso, por alguna razón, hizo que quisiera hacerlo sufrir un poco más.

Suspiré con dramatismo.

—Está bien. Acepto.

Él relajó apenas los hombros.

—Gracias.

—Pero esto le va a salir caro.

Una sombra de sonrisa apareció en sus labios.

—Pide lo que quieras.

Parpadeé.

¿Bastián Müller... sonriendo?

—Hay una condición más —añadió, dando un paso hacia mí—. Desde este momento vas a tutearme. Si vamos a fingir que somos pareja, nadie puede notar la diferencia.

Tragué saliva.

—Perfecto... Bastián.

Pronunciar su nombre por primera vez se sintió extrañamente íntimo. Él sostuvo mi mirada durante un instante.

—Muy bien. Ahora sonríe.

—No abuses de la confianza... Bastián.

Mi jefe extendió la mano hacia mí, dudé apenas un segundo antes de aceptarla. Su agarre era firme y sorprendentemente cálido. Sostuvo mi mirada un instante más de lo necesario, y algo en sus ojos hizo que mi respiración se volviera irregular.

Cuando me soltó, desvié la vista de inmediato.

Tranquila, Eliza.

Lo detestas.

Debía seguir recordándomelo.

Pero cualquier intento de recuperar la compostura desapareció cuando su mano se apoyó con naturalidad sobre la parte baja de mi espalda.

El contacto fue sutil.

Y, aun así, sentí un escalofrío recorrerme de pies a cabeza.

Maldita sea.

Necesitaba una copa.

Avanzamos por el salón como si lleváramos años haciendo aquello. Bastián caminaba con una seguridad imposible de fingir. No buscaba llamar la atención; simplemente la atraía. Las conversaciones parecían detenerse a nuestro paso y más de una mirada se posó sobre nosotros.

Yo solo intentaba no tropezar.

Cuando se detuvo a saludar a un empresario, aproveché la oportunidad para escapar unos pasos. Un camarero pasó junto a mí y tomé una copa de champán sin pensarlo.

El primer sorbo alivió apenas el nudo que tenía en el estómago.

Observé a Bastián desde la distancia. Hablaba con absoluta naturalidad, dominando cada conversación con esa mezcla de seguridad y frialdad que lo había convertido en uno de los empresarios más respetados del país.

Era su mundo.

Y yo me sentía completamente fuera de lugar.

Respiré hondo y terminé otro pequeño sorbo de champán. Solo tenía que sobrevivir unas horas, eso era todo.

Cuando Bastián terminó de hablar, buscó mi mirada de inmediato. Sus ojos se encontraron con los míos y caminó hacia mí con paso tranquilo.

—¿Todo bien? —preguntó en voz baja.

—Perfectamente.

Esperaba que mi sonrisa resultara más convincente de lo que yo misma me sentía. Él pareció estudiar mi expresión durante un instante antes de ofrecerme nuevamente el brazo.

—Ven. Aún tenemos a varias personas que convencer.

Acepté su brazo y, por segunda vez en la noche, entré en su órbita.

Y tuve la incómoda sensación de que mantener las apariencias iba a ser mucho más difícil de lo que había imaginado.

Pero no llegamos demasiado lejos.

Bastián se detuvo de golpe y sentí cómo toda la tensión regresaba a su cuerpo. La mano que descansaba sobre mi espalda se endureció apenas un instante, suficiente para hacerme comprender que algo había cambiado.

Levanté la vista hacia él.

Su expresión era una máscara de absoluta frialdad. La misma que utilizaba en la oficina cada vez que estaba a punto de destrozar a alguien con un par de palabras.

Seguí la dirección de su mirada.

Entonces los vi.

Lucien Kingston avanzaba hacia nosotros con esa arrogancia que parecía llevar cosida al traje. A su lado caminaba una mujer deslumbrante, envuelta en un vestido dorado que llamaba la atención de todo el salón.

Venus White.

La ex prometida de Bastián.

Comprendí al instante el motivo de aquella improvisada farsa.

Sin apartar la vista de ellos, sentí cómo la mano de Bastián ejercía una ligera presión sobre mi espalda, un gesto discreto que parecía decir una sola cosa.

No te mueveas.

—Müller, parece que tu cita finalmente llegó —dijo Kingston con una sonrisa cargada de condescendencia. Su mirada se deslizó hacia mí, evaluándome de arriba abajo sin ningún pudor—. Espera, ¿te conozco? Tengo la sensación de haberte visto antes.

—Es su asistente —intervino Venus con un tono que destilaba veneno—. Tan predecible, Bastián.

Reprimí las ganas de rodar los ojos. En cambio, me mantuve estoica. No era el momento de perder la compostura.

—Ella es Eliza Harper, mi novia —replicó Bastián con una calma que me sorprendió, entrelazando nuestros dedos en un gesto deliberado.

La reacción de Kingston fue inmediata.

Sus cejas se levantaron ligeramente, incapaz de ocultar la sorpresa. Pero el verdadero espectáculo estaba en Venus, cuya sonrisa se desdibujó al instante. Transformándose en una línea delgada de frustración.

—El cliché del jefe y la secretaria —rió Kingston, como si hubiera dicho la mejor broma de la noche—. Pero debo reconocerte algo Bastián, tiene un gusto exquisito. Es bellísima.

El comentario, aunque envuelto en halagos, era una puñalada dirigida tanto a Bastián como a mí.

Pude sentir la tensión en él. En su mandíbula apretada, en los dedos ligeramente rígidos en mi mano. Si no hacía algo, esto terminaría mal.

—Bueno, bien dicen que uno encuentra el amor donde menos lo espera, ¿no? —intervine con una sonrisa amable, deslizando mi mano por su brazo en un gesto casual pero intencionado.

Bastián me lanzó una rápida mirada de reojo, sorprendido por mi iniciativa. Pero no dijo nada.

Venus, en cambio, perdió la sonrisa por un instante. Sus dedos se aferraron con fuerza al brazo de Lucien.

Entonces Bastián habló.

—Ella es la mejor decisión que he tomado en mi vida.

Su voz sonó firme, pero extrañamente cálida.

Se giró hacia mí y sostuvo mi mirada.

—Todavía no entiendo qué hice para que aceptara estar conmigo... pero pienso pasar el resto de mi vida asegurándome de que nunca se arrepienta.

El aire pareció desaparecer a mi alrededor.

Sabía que estaba actuando. Sabía que todo era una mentira. Y, aun así, la forma en que me miraba hizo que, por un instante, me costara recordarlo.

Lucien apretó la mandíbula.

Venus desvió la vista primero.

Sin añadir una palabra, ambos se despidieron con una excusa apresurada y se alejaron entre los invitados.

Solo cuando desaparecieron de nuestra vista, Bastián soltó lentamente el aire y dejó caer su mano de mi cintura.

El silencio entre nosotros resultó extrañamente incómodo.

—Bueno... —murmuré con una sonrisa nerviosa—. Eso salió mejor de lo que esperaba.

Él siguió mirando el lugar por donde se habían marchado.

—Sí.

No había satisfacción en su voz.

Solo cansancio.

Lo observé de reojo.

—¿Venus... y Lucien?

Asintió una sola vez.

—Ahora están comprometidos.

No hizo falta que dijera nada más.

Todo encajó.

Guardé silencio unos segundos antes de volver a mirarlo.

—Lamento lo que acaba de pasar.

Por primera vez en toda la noche, sus ojos abandonaron la frialdad habitual para detenerse en los míos.

—No lo lamentes.

Hizo una breve pausa.

—Y.… gracias, Eliza.

Aquellas dos palabras, pronunciadas por Bastián Müller, resultaron mucho más inesperadas que toda la farsa que acabábamos de representar.

El resto de la noche transcurrió entre saludos, conversaciones y sonrisas perfectamente ensayadas. Permanecí junto a Bastián, interpretando el papel de su novia con una naturalidad que empezaba a inquietarme.

Él parecía haber nacido para moverse en este mundo. Saludaba con seguridad, respondía con precisión y, cada cierto tiempo, apoyaba una mano en mi espalda o rozaba mi cintura con una familiaridad que hacía nuestra actuación completamente creíble.

Yo solo esperaba no olvidar que todo era una mentira.

Desde el otro lado del salón, Venus no dejó de observarnos. Cada vez que Bastián se inclinaba para susurrarme algún comentario al oído o me dedicaba una sonrisa calculada, ella respondía con una mirada cargada de resentimiento.

Era evidente que nuestro teatro estaba funcionando. Y eso hacía que todo resultara todavía más peligroso.

Las horas comenzaron a pasar y el cansancio terminó por hacerse notar. Mis pies protestaban dentro de los tacones, y bastó un ligero tropiezo para que Bastián lo advirtiera.

—Es suficiente por hoy —dijo en voz baja—. Te llevaré a casa.

Abrí la boca para negarme por costumbre, pero ni siquiera me dio oportunidad. Minutos después caminábamos hacia la salida.

El aire fresco de la noche fue un alivio.

Su mano permanecía en mi espalda, guiándome con una naturalidad que seguía desarmándome más de lo que estaba dispuesta a admitir.

El coche nos esperaba en la entrada. Bastián abrió la puerta para que subiera primero y ocupó el asiento a mi lado unos segundos después.

Durante varios minutos ninguno de los dos habló.

Las luces de la ciudad se deslizaban al otro lado de la ventanilla mientras el silencio llenaba el interior del vehículo. Por primera vez desde que había comenzado aquella absurda farsa, no sabía qué decirle.

Intenté convencerme de que todo volvería a la normalidad el lunes.

Él recuperaría su actitud fría e insoportable. Yo volvería a discutir con él por su agenda, sus exigencias imposibles y su obsesión por controlarlo todo.

Era lo mejor.

Porque la alternativa implicaba admitir que, por unas horas, fingir ser la novia de Bastián Müller había resultado peligrosamente fácil.

Y eso era un problema.