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Capitulo 40

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Capitulo 40

Eliza

Me desperté sola y lo primero que hice fue buscarlo por inercia. Mi mano recorrió el colchón hasta detenerse en el lado de Bastián.

Frío.

Intacto.

Fruncí el ceño y abrí los ojos del todo.

Durante unos segundos permanecí quieta, mirando el espacio vacío a mi lado. Anoche, cuando había regresado, él no estaba.

Supuse que habría salido, quizá a tomar aire o a resolver alguna de esas cosas que siempre parecían exigir su atención. También era posible que hubiera terminado en la oficina, incapaz de desconectar incluso un sábado.

Pero ahora, con la luz pálida de la mañana filtrándose entre las cortinas y el silencio extendiéndose por la habitación, algo no terminaba de encajar.

No había señales de él.

Ni una almohada hundida.

Ni una manta apartada.

Ni siquiera el aroma de su perfume parecía reciente.

Me incorporé lentamente, mirando alrededor como si pudiera encontrar una explicación escondida en algún rincón.

Nada.

—Probablemente salió temprano —murmuré para mí misma.

Aunque ni siquiera yo soné convencida.

Bastián no era precisamente un hombre de notas románticas, pero desde que me había mudado allí, nuestras rutinas se habían entrelazado de una forma tan natural que ya me costaba recordar cómo era mi vida antes de él.

El café de la mañana. Sus camisas abandonadas en lugares donde no deberían estar. Mis libros ocupando espacios que antes estaban vacíos. Las discusiones absurdas sobre qué película ver. Su mano buscando la mía mientras caminábamos por la casa sin siquiera pensarlo.

Y la cama.

Nuestra cama.

Me había acostumbrado demasiado rápido a despertarme junto a él. A sentir su calor, a encontrar su brazo alrededor de mi cintura incluso cuando dormía. A abrir los ojos y descubrir esos ojos azules observándome con una intensidad que todavía conseguía hacerme olvidar mi propio nombre.

Sacudí la cabeza.

No.

No iba a empezar a imaginar cosas, seguramente estaba trabajando. Por supuesto que estaba trabajando.

Ese hombre probablemente podía convertir un sábado por la mañana en una reunión de negocios de tres horas si se lo proponía.

Con un suspiro, aparté las sábanas y fui al baño.

El agua tibia ayudó a despejar el ligero aturdimiento de la noche anterior. Habíamos bebido más de la cuenta, sí, pero también habíamos reído hasta que me dolieron las mejillas y bailado hasta que mis pies dejaron de responder.

Había necesitado aquella noche.

Necesitaba a Emma, necesitaba olvidarme durante unas horas de todas las complicaciones que se habían acumulado en mi vida y, sobre todo, necesitaba recordar que podía ser simplemente Eliza.

Sin acuerdos.

Sin mentiras.

Sin preguntas.

Aunque había una pequeña verdad que no podía negar. Lo había extrañado, mucho. Incluso mientras bailaba y reía o cuando Emma me gritaba algo al oído por encima de la música, y mi mirada se iba hacia la puerta cada cierto tiempo, esperando encontrarlo.

Como si una parte de mí hubiera estado esperando que apareciera.

Ridículo, pero cierto.

Terminé de arreglarme poco después. Elegí un traje de chaqueta y pantalón que me hacía sentir elegante y segura, dejé el cabello suelto sobre los hombros y tomé mi bolso.

Quería verlo.

No.

Necesitaba verlo.

Quería contarle cómo había sido mi noche. Quería escuchar cómo había pasado él la suya. Quería acercarme, rodearle el cuello con los brazos y robarle un beso antes siquiera de darle los buenos días.

Y, si era completamente sincera conmigo misma, quería despertarme a su lado. Quería recuperar ese pequeño ritual que ya comenzaba a sentirse nuestro.

Salí de la habitación y cerré la puerta detrás de mí. Mientras bajaba las escaleras, una sonrisa involuntaria apareció en mis labios.

Los últimos días con Bastián habían sido un sueño. Un sueño extraño, inesperado y absolutamente maravilloso.

Aquel hombre que durante tanto tiempo había parecido inaccesible se había convertido en alguien completamente diferente cuando estábamos solos.

Seguía siendo intenso. Seguía siendo arrogante. Seguía teniendo esa mirada capaz de intimidar a cualquiera.

Pero conmigo...

Conmigo era atento.

Era paciente.

Era sorprendentemente tierno.

Y en la intimidad podía ser tan apasionado que todavía me costaba creer que el mismo hombre que dirigía una empresa con la precisión de un cirujano pudiera perder el control de esa manera cuando estaba conmigo.

Sonreí al recordarlo y negué con la cabeza.

Dios.

Estaba completamente enamorada. Sin excusas. Sin medias tintas. Sin aquella absurda necesidad de convencerme de que podía salir ilesa de aquello.

Ya no quería hacerlo.

Por primera vez en mi vida, no quería protegerme de lo que sentía. Quería sentirlo todo. Incluso el miedo y la incertidumbre.

Porque estar con Bastián hacía que todo pareciera valer la pena.

Había algo casi mágico en descubrir quién era él cuando nadie más estaba mirando. En ver cómo se relajaba conmigo, cómo sonreía más, cómo buscaba mi mano sin darse cuenta.

En la forma en que me llamaba mi Eliza , como si esas dos palabras fueran suficientes para decir todo lo que todavía no se atrevía a pronunciar.

Y yo lo sabía.

Sabía que me amaba.

Quizá todavía no había dicho la palabra. Quizá seguía buscando la manera de hacerlo, como si incluso para eso necesitara tener el control.

Pero lo veía.

En sus ojos. En sus gestos. En la forma en que me cuidaba. En cómo me buscaba cuando estaba en otra habitación. En la manera en que su expresión cambiaba apenas yo entraba en ella.

No necesitaba que lo dijera todavía.

Podía sentirlo.

Y eso me hacía caminar por aquella casa con la sensación absurda de que, después de tanto tiempo, la vida finalmente había decidido ponerse de mi lado.

Llegué a la cocina y me detuve.

Silencio.

Fruncí ligeramente el ceño.

—Bastián...

No hubo respuesta.

Miré alrededor, la cafetera estaba apagada y eso sí era extraño. Me acerqué a la encimera y dejé el bolso sobre ella. Quizá había salido rápido, quizá había tenido que resolver algo urgente.

Quizá...

Me obligué a detener el pensamiento antes de que pudiera convertirse en preocupación. No iba a arruinar una mañana por una ausencia de la que probablemente tendría una explicación perfectamente lógica.

Tomé aire.

Y sonreí otra vez.

Salí de la casa y tomé un taxi directo a la oficina, con una sonrisa todavía dibujada en los labios y una ligereza en el pecho que no había sentido en mucho tiempo.

Había pasado todo el trayecto pensando en Bastián, en lo mucho que lo había extrañado y en las cosas que quería decirle en cuanto lo viera. Pero apenas crucé las puertas del edificio, esa sensación comenzó a desvanecerse.

Algo no estaba bien.

El vestíbulo estaba extrañamente silencioso. Demasiado silencioso.

No estaba Linda en su escritorio. No se escuchaban las voces del equipo, ni el sonido de los teléfonos, ni el murmullo constante que normalmente llenaba cada rincón de aquella planta. Todo parecía detenido, suspendido en una quietud incómoda que me erizó la piel.

Fruncí el ceño.

Intenté convencerme de que no significaba nada. Quizá había una reunión. Quizá todos estaban ocupados en algún otro piso.

Pero cuanto más avanzaba por el pasillo, más difícil me resultaba ignorar el nudo que empezaba a formarse en mi estómago.

Dejé mis cosas sobre el escritorio sin siquiera sentarme y caminé directamente hacia la oficina de Bastián.

Tal vez él pudiera explicarme qué estaba pasando.

Llegué a su puerta y levanté la mano. Dos golpes suaves resonaron en el silencio, esperé.

Nada.

Tragué saliva y volví a mirar la puerta.

—¿Bastián?

—Pasa.

La voz de Bastián llegó desde el otro lado de la puerta. Seca. Sin emoción. Abrí y, apenas crucé el umbral, una sensación helada me recorrió el cuerpo.

La oficina estaba en penumbra.

Las persianas permanecían cerradas y la única luz encendida era la de la lámpara sobre su escritorio. El resto del espacio parecía haberse hundido en sombras.

Y él también.

Bastián estaba sentado detrás del escritorio, con los codos apoyados sobre la superficie y las manos entrelazadas frente a la boca. Tenía la mirada fija en un punto cualquiera, como si llevara horas allí, atrapado dentro de sus propios pensamientos.

No me miró.

Sonreí apenas, aunque algo dentro de mí ya comenzaba a sentirse incómodo.

—Buenos días...

No respondió.

Me acerqué un poco más.

—Bastián.

Entonces levantó la mirada y supe que algo había cambiado, porque no reconocí esos ojos.

Días atrás me habían mirado con deseo, ternura, incluso con una calidez que todavía podía sentir sobre mi piel cuando cerraba los ojos.

Ahora eran fríos.

Oscuros.

Lejanos.

Su mandíbula estaba tan tensa que podía ver el músculo contraerse junto a su mejilla.

Era la máscara que tanto había temido. La del hombre inaccesible, controlado, impenetrable, solo que esta vez había algo más detrás.

Dolor.

Muchísimo dolor.

—¿Has dormido bien? —preguntó.

La calma de su voz resultaba mucho más aterradora que un grito.

Me quedé mirándolo.

—Sí... ¿tú?

No respondió.

Su silencio me hizo tragar saliva.

—¿Qué ocurre?

Bastián sostuvo mi mirada durante unos segundos.

—Nunca esperé esto de ti.

Sentí que el corazón me daba un vuelco.

—¿Qué?

—De todas las personas, Eliza... —su voz se volvió más grave—. Jamás creí que tú fueras esa clase de mujer.

Fruncí el ceño.

—¿De qué estás hablando?

Él apartó la mirada y abrió uno de los cajones del escritorio. Sacó un sobre blanco y lo dejó sobre la mesa.

Durante un instante, ninguno de los dos se movió. Entonces Bastián lo empujó hacia mí y el golpe seco contra la madera me hizo estremecer.

—Míralas.

No entendía nada.

Tomé el sobre con manos cada vez más temblorosas y lo abrí. Las fotografías cayeron sobre el escritorio.

Una.

Dos.

Tres.

Sentí que el aire desaparecía de la habitación.

Era yo.

Yo con Henry.

En una aparecíamos riendo, cada uno con una copa en la mano. En otra, su brazo rodeaba mi cintura mientras yo sonreía.

Y entonces vi la última.

Me quedé inmóvil.

La fotografía había sido tomada desde un ángulo perfecto para hacer parecer que Henry y yo estábamos besándonos.

—No...

La voz apenas me salió.

Levanté la mirada hacia Bastián.

—No entiendo...

Él no dijo nada.

—¿Cómo...? —tragué saliva—. ¿Cómo llegaron estas fotos hasta ti?

Pero la respuesta apareció en mi cabeza antes de que pudiera terminar la pregunta.

Venus.

Claro.

Tenía que ser ella.

Di un paso hacia Bastián, pero él se puso de pie inmediatamente.

—¿Me puedes decir qué significa eso, Eliza?

Su voz era tan fría que me dolió.

—No... no es lo que crees.

—Entonces dime qué es.

—Te juro que no pasó nada.

—¿Nada?

La palabra salió cargada de incredulidad.

—Nada —repetí, sintiendo cómo las lágrimas comenzaban a acumularse en mis ojos—. Anoche nos encontramos de casualidad. Henry se fue poco después. Emma estaba con nosotros, puede confirmártelo. No pasó nada, Bastián. Nada.

Él soltó una risa breve, sin humor.

—¿De verdad esperas que crea eso?

—Sí, porque no hice nada.

—¿Cómo pudiste hacerme esto?

—¡No hice nada!

Mi voz rebotó contra las paredes.

Bastián comenzó a caminar de un lado a otro, pasándose una mano por el cabello. Parecía contener algo que estaba a punto de desbordarse.

—¡Por el amor de Dios, Eliza! ¿Qué demonios tienes con Henry?

—¿Qué?

—¡No te hagas la inocente!

—¡No me estoy haciendo la inocente!

Me acerqué.

—Por favor, escúchame.

Él se detuvo.

—Anoche nos encontramos de casualidad. Eso es todo. Estuvimos hablando, Emma estaba allí y...

—¡No te creo!

El grito me hizo retroceder.

—¡Te estoy diciendo la verdad!

—¿Y desde cuándo?

—¿Desde cuándo qué?

—¿Desde cuándo ocurre esto? —señaló las fotografías—. ¿Desde la fiesta? ¿Fue desde entonces?

Abrí la boca, indignada.

—¡Basta! Estás diciendo tonterías. Sí, anoche estuvimos en el mismo bar, pero no pasó nada. ¡Te lo juro! ¡Tienes que creerme!

Bastián cerró los ojos y por un instante, el silencio llenó la habitación. Esperé. Esperé que respirara, que pensara. Que me mirara y reconociera que yo no podía hacerle algo así.

Pero cuando volvió a abrir los ojos, ya había tomado una decisión.

—El trato se ha terminado, señorita Harper.

Mi corazón se detuvo.

—¿Qué?

—Recoja sus cosas y márchese.

Sentí el golpe antes de comprender las palabras.

—No...

Negué con la cabeza.

—No, no dijiste eso.

—Sí.

—Bastián, por favor...

—Solo vete.

—Esto es un error.

—Un error que no puedo perdonar.

Sentí que las lágrimas comenzaban a deslizarse por mis mejillas.

—No puedes hacer esto. No después de todo lo que...

Mi voz se quebró.

—Escúchame, por favor.

—Ya escuché suficiente.

—¡No! ¡No has escuchado nada!

Él apretó la mandíbula.

—¿Qué más me ocultas?

—Nada.

—¿Ibas a seguir fingiendo?

Lo miré sin entender.

Entonces algo cambió en su expresión. Durante una fracción de segundo, la rabia dejó espacio al dolor.

—Porque yo... —hizo una pausa y tragó saliva— iba a pedirte que vivieras conmigo.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué?

Sus ojos encontraron los míos.

—De verdad, Eliza. Sin juegos. Sin contrato. Sin fingir.

Mi respiración se volvió irregular.

—Bastián...

—Para siempre.

Esa última palabra me atravesó.

Las piernas comenzaron a temblarme.

—Dios...

Él soltó una risa amarga.

—Pero tú ya tenías tu propia versión del para siempre, ¿no?

—No.

—Una en la que jugabas conmigo...

Negó lentamente con la cabeza.

—Y con él.

—¡Eso no es cierto!

—No me mientas.

—¡No te estoy mintiendo!

Me acerqué otro paso.

—Nunca te haría eso.

—Las fotografías dicen otra cosa.

—¡Las fotografías no cuentan lo que pasó!

—¿Entonces qué cuentan, Eliza?

—¡Nada! ¡Porque no pasó nada!

Su mirada se clavó en mí. Por un segundo, pareció vacilar, pero la duda desapareció casi de inmediato.

—No te preocupes —dijo finalmente—. Estás libre ahora. Puedes estar con Henry todo lo que quieras, ya no tendrás que esconderlo.

Sentí que algo dentro de mí se rompía.

—¿Cómo puedes decir algo así?

Mi voz temblaba.

—¿Cómo puedes ser tan cruel?

Bastián se acercó.

—¿Cruel?

Su mirada era devastadora.

—Cruel es confiar en alguien y descubrir que te miente en la cara.

—¡Yo no te mentí!

—Entonces explícame esto.

Señaló las fotografías.

No pude.

No porque no tuviera una explicación, sino porque cualquier explicación sonaba absurda frente a aquellas imágenes.

—No es lo que parece...

—Eso es lo que todos dicen cuando los descubren.

—¡Bastián!

—No hace falta que digas nada.

Su voz bajó.

Y eso fue peor.

—Mujeres como tú tengo a montones.

Sentí que el mundo se detenía.

—¿Qué?

—Dispuestas, sonrientes, traicioneras.

Cada palabra cayó como una bofetada.

—Pensé que tú eras distinta.

Respiró hondo.

—Fui un idiota.

Las lágrimas ya no dejaron de caer.

—¿Es en serio?

Él no respondió.

—¿Así es como me ves ahora? —pregunté, con la voz rota—. ¿Cómo una cualquiera?

Su rostro permaneció impasible, pero sus ojos estaban llenos de algo que no supe descifrar.

—Como alguien capaz de vender lo más valioso que teníamos por una copa y una sonrisa.

Me llevé una mano al pecho.

—Lo más valioso que teníamos...

Reí entre lágrimas.

—¿Y realmente crees que yo haría eso?

—Ya no sé qué creer.

—Entonces escúchame.

Me acerqué hasta quedar frente a él.

—Si me marcho sin que me escuches, sin que me dejes explicarte, tú mismo estarás arruinando lo que teníamos.

Sus ojos se clavaron en los míos.

—¿Te parece poca consecuencia saber que la mujer que amo y mi socio parecen algo más que amigos?

Mi corazón se detuvo.

—¡Eso es mentira!

—Las fotos no mienten.

Su voz salió baja.

Casi rota.

—Pero yo sí te estoy diciendo la verdad.

Nos quedamos mirándonos.

Por un instante, quise lanzarme a sus brazos. Quise obligarlo a escucharme, recordarle cada beso, cada noche, cada pequeño momento en el que me había hecho sentir que aquello era real.

Pero Bastián retrocedió, caminó hacia la puerta y la abrió.

—Vete, Eliza.

Sentí que me faltaba el aire.

—Bastián...

—No quiero volver a verte aquí.

Y cerró la puerta.

Sin mirarme.

Sin darme una oportunidad más.

Me quedé inmóvil en el pasillo, mirando aquella puerta como si pudiera atravesarla con la mirada.

Las lágrimas corrían por mi rostro.

¿Por qué no me había escuchado? ¿Por qué no había confiado en mí? ¿Por qué, después de todo lo que habíamos vivido, había sido tan fácil para él creer que yo podía traicionarlo?

Apreté los labios para contener un sollozo, tomé mi bolso y comencé a caminar. Cada paso pesaba como si llevara piedras atadas a los pies.

Llegué al ascensor con la vista borrosa y presioné el botón. Las puertas se abrieron, levanté la mirada y el corazón me dio un vuelco.

Henry Blackwell estaba allí.

El hombre que aparecía en aquellas malditas fotografías.

Henry frunció el ceño apenas me vio.

—Eliza, ¿qué sucede? —preguntó, visiblemente preocupado—. ¿Te hicieron algo?

Negué con la cabeza, aunque las lágrimas ya volvían a caer.

—No... solo...

Intenté hablar, pero la voz se me quebró.

—Me tendieron una trampa. Le mandaron unas fotos a Bastián... donde tú y yo...

No alcancé a terminar.

La puerta de la oficina se abrió de golpe y el estruendo me hizo dar un respingo. Me quedé congelada.

Y entonces escuché su voz.

—Bueno... ya no se esconden, por lo que veo.

Era un látigo.

Fría.

Cortante.

Cargada de un rencor que jamás había escuchado dirigido hacia mí. Me giré despacio, Bastián estaba en la puerta.

Tenía la mandíbula apretada, los puños cerrados y los ojos oscurecidos por una furia que parecía a punto de consumirlo.

—Quiero a los dos fuera de mi empresa, ahora.

Henry lo miró sin entender.

—¿Qué demonios te pasa?

Dio un paso hacia él.

—¿Para esto me citaste?

Bastián soltó una risa amarga.

—Sabía que en la fiesta te había gustado —espetó, clavando los ojos en Henry—, pero no pensé que te conformarías con mis sobras.

Sentí que las palabras me atravesaban el pecho.

Mis sobras.

Por un instante, dejé de respirar.

El hombre que unas horas atrás había sido mi hogar ahora hablaba de mí como si fuera un objeto que alguien más había tomado.

Henry endureció el gesto.

—No sé qué está pasando, pero sea lo que sea, no justifica que le hables así.

Se colocó ligeramente delante de mí.

—Eliza es una mujer que merece respeto.

—Ella no merece nada de mí.

Bastián señaló hacia la puerta.

—Y tú tampoco. Los dos fuera.

—Bastián... —susurré.

Él ni siquiera me miró y eso dolió más que cualquier grito. Henry se volvió hacia mí.

—Vamos, Eliza.

Su mano se apoyó con cuidado en mi espalda.

Yo apenas podía moverme.

Tenía el cuerpo entumecido, la garganta cerrada y una presión insoportable en el pecho. Quería desaparecer, quería despertar y descubrir que todo aquello era una pesadilla.

Pero no lo era.

Henry comenzó a guiarme hacia el ascensor.

Antes de entrar, se giró hacia Bastián.

—No dejes que te traten así nunca más.

Luego sostuvo su mirada.

—Y tú, Bastián... vete al infierno.

Las puertas comenzaron a cerrarse y mi mirada se encontró con la suya por última vez.

Bastián permaneció inmóvil, endurecido por la rabia. Tan cerca y, al mismo tiempo, más lejos que nunca.

No había rastro del hombre que me había abrazado en nuestra cama, que había cocinado para mí, que había cuidado de mí cuando estaba enferma.

Solo quedaba aquel extraño.

Las puertas se cerraron y con ellas sentí que también se cerraba todo lo que alguna vez había imaginado junto a él.

Mi corazón no se rompió de golpe, se hizo pedazos lentamente. Henry insistió en acompañarme hasta casa, me negué porque necesitaba estar sola.

Durante el trayecto apenas pronuncié palabra. Cuando finalmente llegamos, él permaneció a mi lado unos minutos, esperando.

Entonces le conté todo.

Las fotografías. La discusión. Lo que Bastián había creído. La forma en que me había echado.

Henry escuchó en silencio, cada vez más serio. Su mandíbula se tensaba mientras le explicaba que aquellas imágenes no significaban absolutamente nada.

Cuando terminé, se quedó mirándome unos segundos.

—Lo siento, Eliza.

Solo pude asentir, porque ya no tenía fuerzas para llorar por nadie más.

Entré en la casa y, por primera vez, agradecí que estuviera vacía. El silencio me recibió como una bofetada.

Caminé por los pasillos sin mirar demasiado a mi alrededor. Cada rincón guardaba un recuerdo. Cada objeto parecía pertenecer a una vida que, hasta esta mañana, había creído que era mía.

Llegué a la habitación.

Nuestra habitación y me detuve en el umbral.

No.

Ya no era nuestra.

Era su habitación.

Solo suya.

Y de repente, aquel lugar que había sido mi refugio se convirtió en el escenario de todo lo que acababa de perder.

Me acerqué al armario y saqué una maleta. Empecé a guardar mis cosas, sin pensar demasiado y sin doblarlas con cuidado.

Solo quería terminar.

Lo que no entrara allí lo mandaría a buscar después. Cuando pudiera volver sin sentir que el pecho se me partía en dos.

Las lágrimas no dejaban de caer.

Lloré por cada palabra que Bastián me había dicho. Por la forma en que me había mirado, por la facilidad con la que había decidido creer que era capaz de traicionarlo.

Lloré por todo lo que habíamos perdido antes siquiera de tener la oportunidad de llamarlo nuestro.

Y lloré de rabia.

Odié a Venus.

La odié por haber calculado cada movimiento, por haber encontrado la manera perfecta de destruir algo que apenas estaba comenzando a nacer.

Pero también odié a Bastián.

Por no haber confiado en mí. Por haber preferido creer en unas fotografías antes que en mis palabras. Por haberme condenado sin siquiera darme la oportunidad de defenderme.

Él le creyó a ella.

No a mí.

Y quizá esa era la verdad que más dolía, porque quizá jamás me había amado como me hizo creer.

Cuando terminé de guardar mis cosas, me senté en el borde de la cama. El silencio era insoportable.

Mis ojos recorrieron la habitación hasta detenerse en una camisa de Bastián, abandonada sobre el sofá.

Me quedé mirándola durante unos segundos. Después me levanté y la tomé entre mis dedos.

Todavía olía a él.

A esa mezcla de colonia y café que tantas veces había quedado impregnada en las sábanas, en sus camisas, en mi memoria.

La acerqué a mi rostro.

Cerré los ojos.

Y el dolor fue todavía peor.

Porque por un instante pude imaginar sus brazos alrededor de mí. Su voz diciéndome mi Eliza, sus labios sobre mi frente, su cuerpo junto al mío.

Nuestra vida.

Todo aquello que había empezado a creer que podía ser real.

Apreté la camisa contra mi pecho mientras las lágrimas volvían a empaparme el rostro. Pensé que esta vez sería diferente. Que esta vez el amor sería suficiente, que no tendría que fingir, que podría amar a alguien sin miedo a perderlo al día siguiente.

Y que, por fin, alguien se quedaría.

Pero estaba equivocada.

Otra vez.

Me obligué a soltar la camisa. La dejé sobre la cama y cerré la maleta. Me limpié las lágrimas con el dorso de la mano y respiré profundamente.

No quería irme así.

No quería que terminara de esta manera.

Pero Bastián había tomado su decisión. Y yo no iba a suplicarle a un hombre que no confiaba en mí que me permitiera quedarme.

Caminé hacia la puerta, pero antes de salir, miré la habitación una última vez.

Había llegado aquí creyendo que finalmente había encontrado un hogar, ahora me iba con el corazón hecho cenizas.

Cerré la puerta detrás de mí.

Esta vez no miré atrás.

Esta vez no habría regreso.