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Capitulo 41

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Capitulo 41

Eliza

El lunes llegó cruel y despiadado.

Había pasado todo el fin de semana intentando mantenerme entera, pero las lágrimas parecían no entender de orgullo ni de dignidad.

Aparecían cuando menos lo esperaba.

Mientras guardaba mi ropa, mientras intentaba dormir, o mientras recordaba la última mirada de Bastián antes de cerrar aquella puerta en mi cara.

Había sido un infierno.

Pero el lunes traía algo que no había tenido durante todo el fin de semana. Determinación, porque Bastián iba a escucharme.

Así fuera lo último que hiciera.

No porque todavía lo amara.

Aunque lo amaba.

Dios, cuánto lo amaba.

Sino porque, no estaba dispuesta a permitir que se quedara con una versión de mí que no existía. Merecía conocer la verdad. Merecía saber que aquellas fotografías no significaban nada y que yo jamás lo había traicionado.

No me merecía el trato que me había dado. Ni las acusaciones, ni sus insultos. Y mucho menos aquella mirada cargada de desprecio que todavía me ardía en el pecho.

Pero, por encima de todo, necesitaba que descubriera quién era realmente Venus. Porque si alguien había sido capaz de fabricar aquello con tanta precisión, era ella.

No lo llamé.

No le escribí.

Había prometido que, si me marchaba, asumiría las consecuencias. Y yo era una mujer de palabra, pero marcharme no significaba rendirme.

No sabía todavía cómo demostrar que aquellas fotografías eran falsas. No sabía quién las había tomado ni cómo habían llegado hasta sus manos.

Pero encontraría la manera.

Iba a demostrarlo.

Aunque tuviera que mover cielo y tierra. Aunque Bastián no quisiera escucharme y tuviera que enfrentarme a la mujer que había conseguido destruirnos.

Porque como que me llamaba Eliza Harper, no iba a permitir que una mentira decidiera el final de mi historia.

Me puse el vestido que mejor disimulaba las ojeras y me recogí el cabello con una firmeza que no sentía por dentro. Me miré al espejo.

Parecía una mujer entera.

No lo era.

Pero, por ahora, tendría que bastar. Tomé mi bolso y salí. Quince minutos después, estaba frente al edificio donde había dejado una parte de mi dignidad unos días atrás.

Me quedé unos segundos frente a las puertas de cristal. Respiré profundamente, mi corazón latía con tanta fuerza que parecía querer escapar de mi pecho.

Tenía miedo.

Por supuesto que tenía miedo.

Pero entré de todos modos. Subí hasta el piso de Bastián y caminé por el pasillo sin detenerme. Cada paso me acercaba al hombre que todavía amaba y, al mismo tiempo, a la posibilidad de que volviera a romperme.

Llegué frente a su despacho.

No toqué.

No tenía nada que anunciar.

Abrí la puerta y el mundo volvió a venirse abajo. Bastián estaba de pie junto a su escritorio y Venus demasiado cerca de él.

Mucho más cerca de lo que debería.

Ella sonreía.

Una sonrisa tranquila, satisfecha. Como si supiera exactamente lo que estaba haciendo, como si hubiera estado esperando que yo apareciera.

Como si ya hubiera ganado.

Mi mirada pasó de ella a Bastián. Él levantó los ojos y lo que encontré allí me dejó sin aire.

Frialdad.

Distancia.

Nada del hombre que me había abrazado hasta hacerme sentir protegida. Nada del hombre que había pronunciado mi nombre con ternura, que había dormido a mi lado, que había dicho que quería que me quedara para siempre.

Me miró como si yo fuera una completa desconocida.

Y Venus sonrió un poco más.

Sentí que algo dentro de mí se quebraba otra vez. Pero esta vez no lloré, no delante de ellos.

No iba a darle ese triunfo.

—¿Qué desea, señorita Harper? —preguntó.

Su voz.

La misma voz que alguna vez me había acariciado el alma.

La misma que había pronunciado mi nombre en la oscuridad, contra mi piel, mientras me hacía sentir que no existía ningún otro lugar donde quisiera estar.

Ahora sonaba distante.

Profesional.

Ajena.

Tragué saliva y di un paso hacia él.

—Necesitamos hablar. Solo te pido eso, que me escuches.

Bastián sostuvo mi mirada.

Fría.

Implacable.

Durante una fracción de segundo creí ver algo detrás de aquella máscara. Una grieta. Un destello de dolor.

Pero desapareció tan rápido que no supe si realmente había estado ahí.

—No tenemos nada que hablar. Puede irse.

—Bastián, por favor...

—Ya le dije que entre usted y yo no hay nada más que silencio.

Su tono era cortante.

—Ahora, si es tan amable, retírese antes de que me saque de mis casillas y la eche como se merece.

Señaló la puerta.

—Está interrumpiendo una reunión importante.

La sonrisa de Venus apareció en mi campo de visión. Burlona. Satisfecha. Y tuve que apretar los puños para no abalanzarme sobre ella.

No iba a darle ese gusto.

Tragué mi orgullo y volví a mirar a Bastián.

—Señor Müller, por favor...

—Salga de mi despacho.

—No.

Sus cejas se tensaron.

—¿Pretende que la eche?

—Quiero que me escuches.

Venus soltó una pequeña risa.

—¿Quieres que llame a seguridad?

Me giré hacia ella.

—Sal del despacho. Ya.

Por primera vez, la sonrisa de Venus vaciló. Bastián permaneció inmóvil. Esperaba que me enfrentara a él, quizá que volviera a suplicar.

Pero no lo hizo.

Venus se encogió de hombros con una elegancia estudiada.

—Como quieras.

Pasó junto a mí, pero antes de salir, me dedicó una última sonrisa. Una sonrisa tranquila. La sonrisa de alguien que estaba completamente convencida de haber ganado.

La puerta se cerró.

Volví a quedarme sola con él.

Y, de pronto, el silencio se volvió insoportable.

—Puedes echarme —dije, obligándome a mantener la voz firme—, pero no vas a callarme. No me iré de aquí sin que me escuches.

—Ya te dije que no...

Golpeé el escritorio con la palma.

El dolor me recorrió la mano como una descarga, pero apenas lo sentí.

—¡Me vas a escuchar, maldita sea! Aunque sea lo último que haga.

Bastián se quedó quieto.

Sus ojos se clavaron en los míos. Seguía furioso, pero ahora había algo más. Curiosidad, quizá incluso duda.

Respiré profundamente.

Me temblaba todo el cuerpo, pero ya había llegado hasta aquí. No podía volver atrás, no ahora.

—Las fotos no son reales, Bastián.

Su mandíbula volvió a tensarse.

—Sí, Henry estaba allí esa noche. Se acercó a saludar, eso fue todo. Emma estaba conmigo y puede confirmarlo. No pasó absolutamente nada.

Di un paso hacia él.

—Después Henry se fue con una chica. ¿De verdad crees que sería capaz de traicionarte así? ¿Después de todo lo que vivimos?

Sus ojos eran puñales.

No había compasión en ellos.

—¿Y por qué habría de creerte?

La pregunta me dejó sin aire. No por la duda, sino porque venía de él. De todos los hombres del mundo, de todas las personas a las que podría haber tenido que convencer de mi inocencia...

Era él.

El hombre que decía conocerme.

El hombre al que había entregado cada parte de mí.

—Porque me conoces.

Mi voz tembló.

—Porque sabes que puedo ser muchas cosas, pero jamás una mentirosa.

Me acerqué un poco más.

—Porque te di todo sin pedirte nada a cambio y porque nunca te fallé.

Me incliné sobre el escritorio, sosteniendo su mirada, aunque sentía que las piernas podían dejar de responderme en cualquier momento.

—Y si vas a elegir creerle a ella, a Venus, en lugar de creerme a mí... entonces merezco saberlo.

Tragué el nudo que tenía en la garganta.

—No por amor.

Lo miré directamente a los ojos.

—Por dignidad.

Bastián no respondió.

No se movió.

Era una estatua de hielo.

Las lágrimas ardían detrás de mis ojos, pero me negué a dejarlas caer. No delante de él, no otra vez.

—Estoy rota, Bastián.

La confesión salió más baja.

Más cansada.

—No solo por lo que Venus hizo. Sino también por lo que tú me hiciste.

Él permaneció en silencio.

—Por haberme condenado sin escucharme. Por haberme mirado como si fuera una más.

Respiré con dificultad.

—Y tú...

Mi voz se quebró.

—Tú eras mi todo.

El silencio que siguió fue todavía peor.

—Me quitaste el piso —continué— y ahora que apenas estoy intentando aprender a respirar otra vez, sigo aquí. Dándote esta verdad.

Lo señalé con un dedo tembloroso.

—Porque no quiero que algún día digas que no te lo advertí.

Bastián finalmente habló.

—Venus no me envió las fotografías.

Sentí un vacío inmediato en el estómago.

—¿Qué?

—Si eso es lo que te preocupa, no fue ella quien me abrió los ojos.

Cerré los ojos.

Dios.

Entonces, ¿quién?

¿Quién había hecho aquello?

¿Y por qué?

Cuando volví a abrirlos, Bastián seguía allí.

Inalcanzable.

—Sabes qué —susurré—. Ya no quiero tu perdón.

Él frunció apenas el ceño.

—Ni tus disculpas.

Me obligué a mantenerme firme.

—Solo quiero que sepas una cosa.

Sentí cómo algo dentro de mí terminaba de romperse.

—Tú, Bastián. Tú y solo tú me rompiste el corazón.

El silencio se instaló entre nosotros.

Nos miramos.

Él a mí.

Yo a él.

Y no hubo nada. Ni una palabra, ni un gesto. Ni siquiera esa pequeña grieta que había creído ver antes.

Solo vacío.

Bajé la mirada.

Ya no podía más.

Respiré profundamente y levanté la barbilla.

—De acuerdo, señor Müller.

Mi voz sonó extrañamente tranquila.

—Lo que había entre usted y yo ha terminado.

Bastián no reaccionó.

—Alégrese por Venus —continué—. O por quien haya conseguido abrirle los ojos.

Lo miré una última vez.

—Puede sentirse satisfecho de que su plan funcionó a la perfección.

Una sonrisa amarga apareció en mis labios.

—Felicitaciones.

Me giré antes de que pudiera ver cómo me quebraba, porque si lo miraba un segundo más, me rompería por completo. Y ya no quería romperme por él.

No después de todo aquello.

Mis tacones resonaron sobre el mármol mientras caminaba hacia la salida y cada paso era un esfuerzo.

Sentía las manos temblándome, las mejillas ardiendo y una rabia tan intensa que, si pudiera convertirla en fuego, probablemente habría reducido aquel edificio a cenizas.

Pero apenas crucé el umbral, Venus apareció frente a mí. Como si hubiera estado esperando.

Llevaba ese perfume caro que siempre parecía anunciar su presencia antes que ella misma y una sonrisa triunfante tallada en los labios.

Me miró de arriba abajo.

—Te lo dije, Eliza.

Su voz era melosa.

Demasiado dulce.

—Espero que al menos le hayas devuelto el anillo a Bastián. Era una pieza demasiado costosa para alguien tan... simple y sin gracia como tú.

Seguí caminando.

No valía la pena.

—Aunque, sinceramente...

Me detuve.

—Pensé que él confiaría un poco más en ti.

Giré lentamente la cabeza.

Venus sonrió.

—Parece que no estaba tan enamorado como decía, ¿no?

Ahí fue donde me tocó.

La herida que llevaba intentando mantener cerrada se abrió de golpe. La miré y, por primera vez desde que todo aquello había comenzado, no sentí ganas de llorar.

Sentí calma.

Una calma peligrosa.

—Yo que tú no cantaría victoria todavía, Venus.

La sonrisa de sus labios se tensó.

—Porque, aunque lo mío con Bastián haya terminado, jamás vas a lograr que él te ame.

Sus ojos brillaron con arrogancia.

—Entonces explícame, querida, ¿qué significa que yo esté entrando a su despacho y tú saliendo?

Se acercó un paso.

—¿De verdad creíste que un hombre como él podría tomar en serio a alguien como tú?

La miré en silencio.

No porque no tuviera respuesta, sino porque estaba intentando conservar la poca dignidad que me quedaba.

Pero Venus seguía hablando.

—Deberías aceptar que perdiste.

Algo dentro de mí terminó de romperse. Y decidí que, si iba a perderlo todo, al menos no me iría callada.

—¿Sabes qué?

Ella arqueó una ceja.

—Prefiero ser simple y sin gracia, pero honesta.

Di un paso hacia ella.

—Y fiel a lo que soy.

Su sonrisa desapareció lentamente.

—Prefiero eso a ser una muñeca de escaparate. Vacía por dentro y adornada por fuera.

La miré directamente a los ojos.

—Algún día alguien me amará por lo que soy.

Hice una pausa.

—Tú, en cambio, solo serás deseada mientras sirvas para adornar o para ser usada.

Venus palideció.

—No te atrevas...

—Porque eso fue lo que hizo Kingston contigo, ¿verdad?

Sus ojos se abrieron.

—Se cansó de ti y te cambió por una modelo más joven y con más dinero.

Su rostro se endureció.

—¿No es así?

—No te consiento que...

—¿Que te diga la verdad?

La interrumpí.

Ya no tenía miedo.

—Todos saben quién eres, Venus.

Mi voz salió firme.

—Una oportunista. Una busca fortunas desesperada por atención.

Ella dio un paso hacia mí.

—Cuidado con lo que dices.

—¿O qué?

Sostuve su mirada.

—¿Vas a inventar otra mentira?

El silencio cayó entre las dos.

—Y sí —añadí—. Sé que fuiste tú quien montó toda la farsa de las fotografías con Bastián, o al menos involucrada en esta mentira.

Por primera vez, algo parecido al miedo cruzó sus ojos. Fue apenas un instante, pero lo vi.

—No creas que no lo sé.

Venus recuperó rápidamente la compostura.

—No tienes ninguna prueba.

—Todavía.

La palabra quedó suspendida entre nosotras, pero entonces respiré hondo. Porque había algo que ella necesitaba escuchar.

—¿Sabes qué? Ganaste.

La miré una última vez.

—Quédate con él.

Sentí el corazón desgarrarse al pronunciar aquellas palabras.

—Se merecen el uno al otro, después de todo.

Sin darle tiempo a reaccionar, me di media vuelta y me marché.

El corazón me golpeaba con tanta fuerza que podía sentir cada latido en la garganta, pero, debajo de todo aquel dolor, había algo inesperado.

Paz.

Una paz extraña.

Había dicho en voz alta todo lo que llevaba meses tragándome. Había dejado de medir mis palabras, de cuidar sus sentimientos, de intentar proteger una relación que él mismo había destruido.

Por primera vez, no me importaba si mis palabras habían dolido.

Necesitaba decirlas.

Llegué a mi escritorio y recogí las pocas cosas que había dejado allí el otro día. Apenas eran unos cuantos objetos, pero cada uno parecía pertenecer a una vida que ya no existía.

Los guardé en mi bolso con movimientos mecánicos.

Entonces sentí su presencia. Levanté la mirada, Bastián estaba apoyado en el marco de la puerta de su despacho.

Me observaba.

Tenía el ceño fruncido y una expresión extraña, casi desconcertada, como si no comprendiera en qué momento habíamos llegado hasta aquí.

Qué ironía.

Ahora parecía confundido.

Ahora que ya era demasiado tarde.

—Entra en mi despacho, Eliza —murmuró.

Su voz ya no tenía la dureza de antes. Había algo parecido a una súplica, pero no me detuve.

Seguí caminando.

—Eliza...

Apreté los labios.

—Eliza, espera.

No giré la cabeza.

—Por favor.

Seguí avanzando hacia el ascensor. No quería escucharlo. No quería volver a mirarlo. Porque sabía que, si lo hacía, todo lo que había construido durante los últimos minutos se derrumbaría.

—Eliza.

Otra vez.

Y otra.

Mi nombre salió de sus labios una y otra vez mientras esperaba frente al ascensor.

No quiero llorar.

No pienso llorar.

Las puertas se abrieron.

Entré.

Y justo antes de que se cerraran, escuché su voz una última vez.

—Eliza, por favor...

Las puertas se juntaron entre nosotros y esta vez no hubo nada que pudiera detenerlas.

Cuando salí a la calle, el aire fresco golpeó mi rostro y respiré profundamente. Una vez. Dos. Como si pudiera expulsar de mis pulmones todo lo que tuviera que ver con él.

Su voz.

Su perfume.

Sus manos.

Sus besos.

Sus malditas palabras.

Levanté una mano y llamé a un taxi. Uno se detuvo frente a mí, me acerqué y tomé el tirador de la puerta.

Estaba a punto de abrirla cuando una mano me sujetó de la muñeca. Me quedé inmóvil.

No necesitaba mirar.

Sabía quién era.

Cerré los ojos con fuerza.

No.

Por favor, no.

Estaba a un segundo de quebrarme.

—Eliza.

Su voz llegó detrás de mí, ronca, agitada.

—Soy un imbécil.

Abrí los ojos lentamente.

—Por favor...

Bastián respiró con dificultad.

—Vuelve conmigo a la oficina.

Lo miré.

Por primera vez desde que había salido de aquel despacho, vi algo distinto en sus ojos.

Arrepentimiento.

—Tienes razón —continuó—. Necesitamos hablar.

Durante un instante, mi corazón traicionero quiso creerle. Quiso dar un paso hacia él, quiso olvidar las fotografías, sus insultos, aquella mirada llena de desprecio.

Y quiso volver a casa.

Volver a sus brazos.

Pero entonces recordé sus palabras.

Mujeres como tú tengo a montones.

Fui un idiota.

Vete.

Y entendí que algunas palabras no podían borrarse simplemente porque quien las había pronunciado se arrepintiera después.

Lo miré.

Y sonreí.

Por primera vez en mucho tiempo, sonreí frente a Bastián. Pero no era la sonrisa que él conocía. No había ternura y no había amor.

Era fría.

Vacía.

Como me sentía por dentro.

—¿Sabe una cosa, señor Müller?

Su expresión cambió.

—Ahora soy yo la que no quiere saber nada de usted.

Solté lentamente el aire.

—Para mí, esto se acabó.

Sus dedos se aflojaron alrededor de mi muñeca, aproveché el instante y me liberé. Abrí la puerta del taxi.

—Eliza...

No respondí.

Entré.

—¿A dónde vas?

Me detuve antes de cerrar la puerta y lo miré por última vez. Bastián estaba ahí, frente a mí, con el rostro que tantas veces había querido besar y que ahora solo conseguía hacerme daño.

Sentí un nudo en la garganta.

Pero no lloré.

—A la mierda me voy.

Cerré la puerta y el taxi arrancó. Me quedé mirando hacia adelante, no hacia él, o hacia la vida que acababa de dejar atrás.

Solo hacia la calle que se abría frente a mí.

Me negué a mirar por la ventana, porque sabía que, si lo hacía, quizá lo encontraría todavía ahí, observando cómo me alejaba.

Y no quería verlo.

No quería saber si me seguía mirando. No quería descubrir si finalmente entendía lo que acababa de perder.

Apoyé la cabeza contra el asiento y cerré los ojos. El silencio del taxi me envolvió y entonces permití que una lágrima escapara.

Solo una.

Porque, aunque acababa de hacer la mayor locura de mi vida, había algo que sabía con absoluta certeza.

Por primera vez en mucho tiempo, había hecho lo correcto.

Aunque tuviera el corazón hecho trizas. Aunque no tuviera un plan. Aunque no supiera dónde iba a vivir mañana. Y por, sobre todo, aunque no tuviera ni puta idea de cómo iba a arreglar mi vida.

Había elegido irme.

Y esta vez...

Me había elegido a mí.