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Capitulo 42

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Capitulo 42

Eliza

Levantarse y seguir viviendo era una mierda.

Así, sin adornos.

Dolía.

Dolía respirar. Dolía abrir los ojos por la mañana y tardar apenas unos segundos en recordar que él ya no estaba. Dolía el silencio, y la ausencia de una voz que se había convertido en parte de mis días sin que siquiera me diera cuenta.

Después de mi desastroso intento por hablar con el señor Müller —porque me negaba rotundamente a llamarlo Bastián; no se había ganado ese privilegio—, había caído en una espiral de tristeza y autocompasión que empezaba a rozar lo patético.

Y lo peor era que yo era perfectamente consciente de ello. Me veía desde fuera y no me reconocía.

Por primera vez en mi vida, estaba decepcionada de mí misma. No por haberlo amado, eso jamás.

Sino por haber permitido que su ausencia me dejara tan vacía.

Pero, sinceramente, tampoco tenía fuerzas para hacer algo al respecto. No quería levantarme y no quería fingir que estaba bien.

No quería sonreírle a nadie y responder que todo marchaba de maravilla cuando sentía que llevaba un agujero en el pecho.

No, no iba a morir de amor.

No era tan dramática.

Al menos no oficialmente.

Pero alguien tendría que explicarme cómo demonios se supone que una se levanta cada mañana con una sonrisa y un poquito de esperanza cuando el hombre que ama la echa de su vida sin pensarlo dos veces.

¿Cómo se supone que una continúa adelante cuando él decide creerle a otra mujer antes que a ti?

Y lo peor era que Bastián no era ingenuo. Sabía perfectamente quién era Venus, sabía que ella había estado con él por interés, por su dinero, por su apellido y por todo lo que representaba.

Sabía que nunca lo había amado de la manera en que decía hacerlo. Y, aun así, eligió creerle.

Eso era lo que más dolía.

Podía aplaudir de pie a cualquiera que fuera capaz de levantarse, sacudirse el polvo y seguir adelante con dignidad.

Yo no podía.

Yo lloraba.

Lloraba por las noches. Lloraba en la ducha. Lloraba cuando recordaba una conversación absurda, una sonrisa, un beso, una de sus malditas camisas.

Lloraba por cada decisión que había tomado.

Por mi pésimo gusto para enamorarme. Por mi eterno optimismo romántico. Por esa parte de mí que, contra toda lógica, había creído que esta vez sería diferente.

Que esta vez alguien se quedaría.

Que esta vez el amor sería suficiente.

Qué ingenua.

El destino, una vez más, había decidido reírse de mí y lo peor era que yo había vuelto a creerle.

De nuevo.

Sabía que, tarde o temprano, iba a superarlo.

Un día despertaría y él ya no sería lo primero que cruzara por mi cabeza. Volvería a reír sin sentir que estaba traicionando algo. Podría escuchar su nombre sin que el corazón se me hiciera un nudo.

Lo sabía.

Pero ese día no había llegado. Y, si era completamente sincera conmigo misma, tampoco esperaba que llegara mañana.

Por ahora solo podía hacer una cosa.

Sobrevivir un día más.

Aunque doliera como el infierno.

—¿Eliza? —La voz de Emma llegó desde el otro lado de la puerta, seguida de tres golpes secos—. ¿Estás ahí?

—Pasa —conseguí responder, aunque mi voz sonó tan apagada que dudé de que pudiera considerarse humana.

La puerta se abrió despacio.

El chirrido de las bisagras resonó por el apartamento con una intensidad absurda, como si hasta ellas estuvieran cansadas de mi existencia.

Emma entró y se quedó inmóvil.

Primero miró las cajas, después el sofá cubierto con una manta arrugada. Luego las tazas sucias sobre la mesa de centro, los platos olvidados con restos de comida y, finalmente, a mí.

Su ceño se frunció.

—Dios...

Dejó escapar el aire lentamente.

—¿Qué demonios pasó aquí?

No respondí.

Emma avanzó entre las cajas con cuidado, como si estuviera entrando en una zona de desastre donde cualquier movimiento en falso pudiera provocar una tragedia.

Las cajas seguían exactamente donde las habían dejado los de la mudanza días atrás.

No había abierto ninguna.

Ni una sola.

—Bastián me dejó —dije finalmente.

Sin dramatismo.

Sin lágrimas.

Como si estuviera hablando del clima.

Emma giró la cabeza hacia mí.

—¿Qué?

Su expresión cambió por completo.

—¿Cómo que te dejó?

Me encogí un poco bajo la manta.

—Eso.

—¿Por qué no me llamaste, Lizi?

—No pude.

Bajé la mirada.

—Y además estabas de viaje.

Fue un error mirarla después de decirlo, porque la preocupación en sus ojos me desarmó. Sentí inmediatamente ese ardor conocido detrás de los ojos y parpadeé varias veces.

No quería llorar.

Otra vez no.

Emma no dijo nada, simplemente se acercó, se sentó a mi lado y me rodeó con los brazos.

Me dejé caer contra ella.

Su perfume suave y limpio contrastaba de una manera casi ofensiva con mi propio olor a helado, encierro y tristeza.

—Sea lo que sea que haya pasado —susurró mientras me abrazaba—, estoy segura de que tú no hiciste nada malo, cariño.

Cerré los ojos.

—El único que no piensa lo mismo es el innombrable.

Emma se apartó apenas para mirarme.

—Pues que al innombrable le den.

Una pequeña sonrisa tiró de mis labios.

—Es un idiota —continuó, completamente seria—. Un maldito idiota si no es capaz de darse cuenta de la mujer increíble que tiene delante.

Suspiró.

—Estuviste tres años a su lado. Aguantaste su frialdad, su carácter imposible y todas sus malditas complicaciones. Lo apoyaste en ese estúpido plan sin pedirle nada a cambio.

Su voz se endureció.

—¿Y así es como te lo agradece?

Negué con la cabeza.

El nudo que tenía instalado en la garganta no me permitió responder.

—No se merece ni una puta lágrima tuya —sentenció Emma—. Eres demasiado para él, Eliza. Demasiado.

Me acarició el cabello.

—Y, en el fondo, lo sabes.

Sí.

Probablemente tenía razón.

El problema era que saberlo no hacía que doliera menos. Porque, si de verdad yo era tan fuerte como Emma decía, ¿por qué llevaba días usando el mismo pijama viejo?

No el pijama bonito.

No.

El otro.

Ese que probablemente ni el gato de una persona con problemas de higiene aceptaría ponerse.

Llevaba el cabello recogido en un moño que, según mi criterio, era práctico y funcional. Según el espejo, parecía una patata que había perdido una pelea con una goma elástica.

Y el resto del apartamento parecía competir conmigo para determinar quién estaba más deprimido.

Una caja de bombones abierta sobre la mesa, de la que solo quedaban los chocolates frutales porque, obviamente, hasta en mi crisis emocional el universo tenía que castigarme.

Un recipiente de helado derretido, cucharas por todas partes, pañuelos hechos bolas, botellas vacías y una caja de pizza con manchas de grasa.

El festival oficial de la autocompasión.

Respiré profundamente y me acurruqué todavía más contra Emma. Tenía razón, Bastián no se merecía ninguna de mis lágrimas.

Pero ¿cómo se suponía que debía convencer de eso a la parte de mí que todavía lo amaba?

Los sentimientos no desaparecían porque una decidiera que eran inconvenientes. Y, claramente, yo no era tan fuerte como había querido creer.

Porque incluso después de todo lo que me había dicho...

Seguía llorando por él.

Emma estiró una mano y levantó la tapa de la caja de pizza. Miró dentro y su nariz se arrugó inmediatamente.

—Eliza Harper...

Dejó caer la tapa.

—¿Qué demonios estás haciendo con tu vida?

Me encogí de hombros desde debajo de la manta.

Emma señaló alrededor.

—¿Cuánto tiempo llevas así?

—Volví el viernes por la noche.

Hice un pequeño esfuerzo por recordar.

—La última vez que vi al señor Müller fue el lunes.

Levanté la mirada.

—Así que... una semana.

Emma abrió mucho los ojos.

—¿Hiciste todo esto en una semana?

Su mirada recorrió las cajas, las botellas y los pañuelos.

—¿Por qué no me llamaste antes?

—No estaba preparada para enfrentarte todavía.

—Oh, cariño...

Su expresión se suavizó.

Se sentó en el borde del sofá.

—¿Y qué vas a hacer ahora?

Me incorporé apenas.

La manta resbaló de mi hombro.

—No lo sé.

Miré mi apartamento.

—Quizá me corte el cabello.

Emma frunció el ceño.

—Ni se te ocurra.

—Necesito un cambio.

—Tu cabello es precioso.

Me señaló.

—Y tú, aunque últimamente parezcas empeñada en demostrar lo contrario.

Solté una pequeña risa.

—Necesito sentir que algo cambia, Emma.

Mi sonrisa desapareció.

—Especialmente ahora que tengo que buscar trabajo, porque, sorpresa, también soy desempleada.

Emma me observó unos segundos.

—Está bien. Si necesitas un cambio, podemos hablar de eso.

Señaló mi pijama.

—Pero empieza por ducharte.

Después señaló mi cabello.

—Y por ponerte ropa que no huela a derrota y queso viejo.

—No huele a queso.

Emma levantó una ceja.

—No voy a discutir eso contigo.

Me hizo sonreír otra vez.

—No estás en condiciones de tomar decisiones importantes.

—Solo quiero sentir que tengo control sobre algo...

Mi voz bajó.

—Me siento como un desastre.

Miré mis manos.

—Como si no tuviera control sobre nada. Ni sobre mi vida, ni sobre lo que siento... nada.

Respiré profundamente.

—Y duele demasiado.

Emma se acercó y apoyó una mano cálida sobre mi pierna.

—Lo sé, Lizi.

Me acarició con ternura.

—Pero tenemos que empezar a avanzar, aunque sea poquito a poquito.

—¿Avanzar?

—Sí.

Me miró con seriedad.

—Porque si no, vas a pasar meses revolcándote en tu propia miseria.

Abrí los ojos.

—¡Ha pasado menos de una semana!

Mi voz salió indignada.

—Todavía tengo derecho a revolcarme.

Emma sonrió.

—Por supuesto que lo tienes.

Me dio una pequeña palmada en la pierna.

—Y vamos a salir.

La miré con sospecha.

—¿Salir?

—Sí. Vamos a celebrar tu ruptura como Dios manda.

—Emma...

—Vamos a emborracharnos.

—Es la mañana.

—Eso nunca ha detenido a nadie.

La miré incrédula.

Ella levantó un dedo.

—Y si alguien pregunta, diremos que estamos siguiendo una tradición médica muy antigua.

—¿Cuál?

—Bloody Marys y martinis de desayuno.

No pude evitar reír.

—Buen argumento.

Emma sonrió, satisfecha consigo misma.

—Lo sabía.

—Pero bebí vino dos noches seguidas.

Levanté una mano.

—No creo estar preparada para más alcohol.

Emma bajó la mirada y tomó una botella vacía que estaba junto al sofá.

La levantó entre dos dedos.

—¿Cuánto vino?

—Eso.

Señalé la botella.

—Una botella.

Emma me miró.

Luego miró la botella.

Después volvió a mirarme.

—¿Una sola?

Asentí.

Ella dejó caer la botella sobre la mesa con un pequeño golpe.

—Oh, señor.

Se acomodó a mi lado y me rodeó los hombros.

—Está bien, cariño.

Su voz se volvió más suave.

—Dímelo todo.

Tomé aire.

Y hasta respirar parecía doler.

—Alguien... y creo que fue Venus, le mandó unas fotos al señor Müller de la noche que salimos. La noche en que nos encontramos con Henry Blackwell.

Emma frunció el ceño.

—¿Y qué tienen que ver esas fotos contigo?

Bajé la mirada.

—Estaban tomadas desde un ángulo en el que parecía que Henry y yo...

La garganta se me cerró.

Tragué saliva.

—Parecía que nos estábamos besando.

Emma abrió los ojos.

—¿Qué?

—Él creyó que era verdad.

—¡Pero yo estaba ahí! —exclamó, indignada—. ¡Eso no pasó!

—Lo sé.

—¿Le dijiste que las fotografías estaban manipuladas?

—Se lo expliqué todo. Le dije que Henry solo se acercó a saludar, que tú estabas conmigo, que no pasó absolutamente nada.

Me limpié una lágrima.

—Incluso le dije que Henry se fue después con otra chica que lo estaba esperando.

Emma negó con la cabeza.

—Entonces, ¿qué hizo?

—No quiso escucharme.

Mi voz se quebró.

—Me echó de su oficina.

Emma soltó un suspiro cargado de rabia.

—Imbécil.

—Eso mismo pensé.

—No. Peor. Imbécil se queda corto.

Por primera vez, una sonrisa diminuta consiguió abrirse paso entre mis lágrimas.

—Solo quiso escucharme después de que le dije unas cuantas verdades a la arpía de Venus.

—¿Y entonces?

—Entonces sí quiso que volviera a hablar con él porque, según sus propias palabras...

Hice comillas con los dedos.

—Fue un imbécil.

Emma me miró con incredulidad.

—¿Y tú qué hiciste?

—Le dije que lo nuestro había terminado.

Me encogí de hombros.

—Que ahora la que no quería saber nada de él era yo. Recogí mis cosas y me fui.

Emma me observó durante unos segundos.

—Y después viniste aquí.

—Sí.

—Pero no sin antes pasar por la tienda para abastecerte de suministros.

Señaló el desastre que nos rodeaba.

—Helado, bombones, vino, pizza y una cantidad preocupante de pañuelos.

Levanté las manos.

—No sabía qué otra cosa hacer.

Emma me rodeó con los brazos y me apretó contra ella.

—Oh, Eliza...

Me acarició la espalda.

—Eres un desastre.

—Gracias.

—Pero vas a salir de esto. Te lo juro.

Su voz se volvió más firme.

—Vas a sanar, vas a volver a reír y vas a recuperar tu vida.

Se apartó apenas para mirarme.

—Y él...

Hizo una pausa.

—Él va a arrepentirse durante el resto de su vida de haber sido tan idiota.

Me acarició la pierna y, de pronto, su expresión cambió.

Bajó la mirada.

Luego volvió a mirarme.

—Mujer...

—¿Qué?

—¿Dejaste de afeitarte?

Miré mis piernas.

—¿Para qué molestarme?

Emma abrió la boca, horrorizada.

—Estoy destinada a tener citas horribles hasta que me rinda y muera sola.

Suspiré dramáticamente.

—Así que estoy ahorrando tiempo y energía.

Emma intentó no reír.

—Eliza...

—Tal vez dentro de veinte años vuelva a intentarlo.

Me encogí de hombros.

—Para entonces agradeceré haber congelado mis óvulos.

Emma soltó una carcajada.

—Muy bien, se acabó.

Se puso de pie.

—Vamos a salir.

—¿Qué?

—Martinis para el desayuno, vodka para el almuerzo y ya veremos qué nos pide el cuerpo después.

Señaló el baño.

—Pero primero, ducha.

—No puedo salir.

—¿Por qué?

—Tengo una entrevista telefónica esta tarde.

Hice una mueca.

—No puedo desperdiciarla, no después de haberme quedado sin trabajo.

Emma se quedó quieta.

—¿Te echó?

—No directamente.

Suspiré.

—Pero, básicamente, sí.

Miré mis manos.

—Ya no importa.

—Importa para mí.

Señaló mi aspecto.

—Pero si vas a tener una entrevista, tenemos que hacer algo contigo.

—Es por teléfono.

—¿Y si es por videollamada?

Me señaló de arriba abajo.

—Vas a tener que mostrar tu cara, que normalmente es hermosa.

Miré mi pijama.

Después el desastre de mi cabello.

Luego el apartamento.

—Tienes un punto.

—Tengo muchos.

Me puse de pie.

—Además, si apareces así, van a pensar que la empresa está contratando personas para una película de terror.

—Gracias por tu apoyo.

—Para eso están las amigas.

Sonreí apenas y entonces sentí otra vez el ardor detrás de los ojos. La sonrisa desapareció, no pude evitarlo.

Las lágrimas volvieron a caer.

Emma no dijo nada, solo se acercó y me abrazó. Esta vez lloré de verdad. Lloré hasta que me dolió el pecho, hasta que la respiración se me volvió irregular, hasta que sentí que ya no me quedaba nada dentro.

Emma no intentó detenerme, solo me acarició el cabello y me sostuvo. Cuando finalmente conseguí calmarme, me alcanzó un vaso de agua y una caja de pañuelos.

Tomé un sorbo.

—Tengo que confesarte algo.

Emma se sentó a mi lado.

—¿Qué?

Miré el vaso entre mis manos.

—No era solo un juego.

Ella no respondió.

—Me enamoré de él.

Las palabras salieron en un susurro.

—Sé que no debía. Sé que todo comenzó como un acuerdo, que se suponía que no tenía que pasar nada de esto...

Tragué saliva.

—Pero me enamoré.

Emma me miró con una ternura que hizo que se me humedecieran otra vez los ojos.

—Eso me quedó claro hace bastante, Lizi.

Solté una risa triste.

—¿Por qué dejé que pasara?

Negué con la cabeza.

—¿Por qué me enamoré de alguien que no confía en mí?

Emma suspiró.

—Porque no eliges de quién te enamoras.

Me tomó la mano.

—Bastián actuó como un idiota. Eso es verdad.

Hizo una pausa.

—Pero que haya actuado así no significa necesariamente que no te amara.

La miré.

—A veces las personas se asustan. A veces no saben qué hacer con lo que sienten. Y otras veces reaccionan de la peor manera posible.

Bajé la mirada.

—Tal vez.

Tomé otro pañuelo y lo hice una bola antes de lanzarlo sobre la mesa.

—Pero cuando tuvo la oportunidad de elegirme...

Mi voz se quebró.

—No lo hizo.

Respiré profundamente.

—Prefirió dudar de mí.

Miré a Emma.

—Y eso lo dice todo.

Ella me observó en silencio durante unos segundos. Después puso esa expresión que conocía perfectamente.

La de te quiero, pero voy a arrastrarte personalmente hasta la ducha si no te mueves .

—¿Puedo seguir revolcándome en mi miseria después de la entrevista?

—Sí.

Sonreí apenas.

—Pero solo después de ducharte y comer algo que no venga en una caja de cartón.

Suspiré.

Tomé otro pañuelo y me limpié la nariz.

—Está bien.

Me levanté con esfuerzo.

—Me levantaré.

Emma asintió.

—Bien.

—Pero solo un poco.

—Un poco está bien por hoy.

Caminé hacia el baño, arrastrando los pies y evitando cuidadosamente mi reflejo en el espejo.

No quería verme.

No todavía.

Cerré la puerta y abrí el agua caliente, el vapor comenzó a llenar el baño. Entré bajo la ducha y dejé que el agua me golpeara el cuerpo.

No podía lavar el dolor.

No podía borrar a Bastián.

Tampoco podía arreglar mi vida en una sola mañana, pero quizá podía regalarme unos minutos sin pensar.

Unos minutos para respirar.

Y, por ahora, eso tendría que ser suficiente, porque sanar no significaba dejar de doler de un día para otro.

A veces solo significaba levantarse, ducharse, comer algo y decidir que, aunque fuera por hoy, ibas a seguir.

Y eso...

Era un buen lugar para empezar.