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Capitulo 43

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Capitulo 43

Bastián

Estaba agotado.

No era un cansancio que pudiera solucionarse durmiendo unas horas, era algo mucho más profundo.

Sentía el cuerpo pesado, como si llevara días arrastrándolo por el infierno. Y, en cierta forma, así era.

Hacía una semana que apenas dormía. Una semana desde aquella noche en que todo se había ido a la mierda y mi vida había comenzado a parecerse a una sucesión interminable de decisiones equivocadas.

Pero esta noche era diferente.

Porque ya no estaba solamente destruido por dentro. También sabía que había cruzado límites que jamás debí cruzar.

Había dicho cosas que no podía retirar. Había herido a la única persona a la que, en realidad, quería proteger.

Eliza.

Su nombre apareció en mi cabeza y sentí una presión insoportable en el pecho. Dejé caer la cabeza sobre la cama, no tuve fuerzas siquiera para acomodarme.

Las lágrimas comenzaron a deslizarse por mis mejillas.

Silenciosas.

Obstinadas.

Traicioneras.

No quería llorar.

Hacía demasiado tiempo que no me permitía hacerlo. Había aprendido a tragármelo todo, a mantener el rostro impasible, a esconder cualquier emoción detrás de una máscara que nadie pudiera atravesar.

Pero esta vez no funcionaba.

Esta vez dolía diferente, porque no era solamente culpa. También me habían herido.

Ella lo había hecho.

Cerré los ojos con fuerza, intentando apagar los recuerdos. La mirada de Eliza, su voz quebrándose mientras intentaba explicarme.

Las lágrimas que había tratado de ocultar.

Y aquella última frase.

Para mí, esto se acabó.

Apreté los dientes.

Mi mano buscó a tientas la botella sobre la mesita de noche. La encontré y la llevé directamente a los labios.

No necesitaba una copa.

No necesitaba pensar.

El alcohol bajó por mi garganta, quemándome por dentro. Bien. Que doliera. Tal vez era exactamente lo que merecía.

Otro trago.

Y otro.

Como si pudiera castigarme con cada sorbo por todo lo que había hecho.

La habitación comenzó a perder nitidez. Las sombras se mezclaron con los recuerdos y las luces parecieron demasiado lejanas.

No sabía si estaba más borracho, más triste o simplemente demasiado cansado para seguir luchando contra mí mismo.

Dejé la botella a un lado y cerré los ojos.

Entonces sentí que el colchón se hundía junto a mí. Fruncí el ceño y abrí los párpados con dificultad.

Durante unos segundos no pude enfocar.

Parpadeé.

Una vez.

Dos.

Y entonces la vi.

Me quedé inmóvil, porque no sabía si estaba despierto. Quizá era el alcohol, quizá el insomnio. O quizá mi propia mente había decidido regalarme una última crueldad.

Pero no.

Ella estaba aquí.

Esos ojos verdes que conocía demasiado bien me miraban fijamente. Había algo en ellos que me desarmó, una mezcla de fuerza y ternura.

La misma mirada que había conseguido atravesar todas mis defensas cuando yo todavía creía que podía mantenerla fuera.

Eliza.

Mi pecho se contrajo.

Había venido.

A pesar de todo. A pesar de mis errores. De mi orgullo, de las palabras que había utilizado para alejarla.

A pesar del daño que había causado.

Había venido.

Una parte de mí quiso creer que aquello significaba perdón. Que quizá había entendido mi rabia, que quizá podía arreglarlo.

Que quizá todavía había una oportunidad.

Me perdonó.

El pensamiento apareció en mi cabeza antes de que pudiera detenerlo.

No dijo una palabra, no hacía falta. Se acercó y subió a la cama, quedando sobre mí.

Su mirada no abandonó la mía y sentí que el corazón comenzaba a latirme con fuerza. Había algo hipnótico en sus movimientos, una calma que contrastaba con el caos que llevaba dentro.

Sus dedos se dirigieron al nudo del camisón de seda. El mismo que tantas veces había visto, el mismo que tantas veces había terminado en el suelo por mis propias manos.

Pero esta vez fue ella quien deshizo el nudo.

Lentamente.

Sin apartar los ojos de mí.

El tejido comenzó a deslizarse por sus hombros y durante un instante, todo pareció detenerse.

El alcohol.

La culpa.

Los recuerdos.

El dolor.

Todo desapareció bajo una sola certeza.

Ella estaba aquí.

Frente a mí.

Desnuda encima mío.

Tan hermosa que dolía.

Tragué saliva, como si pudiera tragarme también el nudo en mi garganta. No dije nada, porque las palabras se me habían perdido.

Lo único que podía hacer era mirarla, memorizarla, aferrarme a ella como si fuera mi único refugio en medio del caos.

Extendí la mano y la posé en su cintura con una delicadeza que no sabía que poseía, como si tocarla con demasiada fuerza pudiera romper el hechizo y hacerla desaparecer.

Ella se inclinó hacia mí. Sus labios quedaron a un suspiro de mí boca y su pecho rozó el mío. Durante un instante, olvidé hasta cómo respirar.

Y en ese momento, supe que, aunque estuviera roto, y aunque todavía doliera, tenía una oportunidad.

Una más.

Y esta vez… no pensaba desperdiciarla.

Sonreí, acariciando sus labios con mis dedos. Ella se enderezo y descendí por su cuerpo hasta que mi miembro se presionó contra la humedad de su entrepierna.

Pulgada a pulgada, me metí en su interior, deleitándome con la forma en que se retorcía y jadeaba cuando la movía marcando el ritmo.

Eliza me hace sentir vivo.

Feliz.

Pleno de nuevo.

Completamente dentro suyo, me inclino para posar los labios en el centro de sus pechos y subo besándole el cuello hasta llegar a su mandíbula.

Giro las caderas metódica y continuamente, pero con toda la delicadeza y lentitud que puedo, para mantenerla al límite.

Cuando mi boca llega a la suya, la saco hasta que solo queda dentro la punta de mi miembro. La miro, mis ojos clavados en los suyos y mis manos agarrando sus caderas, pero no me muevo.

Sonrío, me introduzco profundo de una sola embestida y al mismo tiempo muerdo su labio.

Eliza inhala agudamente y apoya ligeramente la palma de la mano izquierda en mi mejilla.

En cambio, mi mano se pasea por el lugar donde se unen nuestros cuerpos.

—Me he estado preguntando, mi amor —murmuro y presiono su punto sensible con el pulgar, haciéndola gemir.

—¿Qué? —jadea, me inclino hacia atrás y sigo girando las caderas.

Me estremezco cuando se retuerce de placer, pero resisto la necesidad de moverme más deprisa. En lugar de eso, mantengo el ritmo lento, disfrutando de la forma en que sus ojos verdes e impregnados de lujuria se fijan en los míos.

Son hermosos.

Eliza es fuego puro y yo placenteramente estoy dispuesto a quemarme en ella.

—¿Dime de quién eres? —pregunto y sonrió, mientras sigo meciéndome dentro de ella a un ritmo cada vez más acelerado. Ella jadea y cierra los ojos—. Tienes que contestarme Eliza o de lo contrario me detendré.

—Tuya, siempre tuya.

—Esa... —mi voz se rompe al volver a hundirme en su interior con tanta fuerza, tanta desesperación, que nuestros cuerpos estallan al unísono—. Es la respuesta más hermosa que he oído jamás, mi amor…

Mi amor…

Me desperté de golpe y durante unos segundos no supe dónde estaba.

Tenía el cuerpo cubierto de sudor, la piel erizada y una sensación punzante recorriéndome de pies a cabeza. El corazón me golpeaba el pecho con tanta fuerza que por un instante pensé que iba a salirse de él.

Respiré con dificultad.

Miré a mi lado.

—¿Eliza?

La palabra salió antes de que pudiera detenerla.

Nada.

Solo sábanas revueltas.

Intenté enfocar la vista y recorrí la habitación con los ojos, todavía atrapado entre el sueño y la realidad.

No había nadie.

Ella no estaba aquí, nunca había estado. Cerré los ojos y dejé escapar el aire lentamente.

Otra vez.

La misma maldita ilusión.

El mismo sueño que se repetía desde que se había ido. Tan vívido que, durante unos segundos, podía sentirla, escucharla, verla frente a mí.

Y después...

Nada.

Solo ese vacío.

Volví a hundir la cabeza en la almohada. Si tan solo las cosas pudieran volver a ser como antes.

Me desperté otra vez cuando la luz comenzó a filtrarse entre las cortinas. Rayos demasiado brillantes atravesaron la habitación como agujas directas a mis ojos.

Estaba boca abajo, medio enterrado entre las sábanas, con el pijama torcido y la cara hundida en la almohada.

Tenía la boca seca.

Los ojos me ardían.

¿Había llorado?

Probablemente.

Y el dolor de cabeza...

Joder.

Cada latido parecía golpearme el cráneo desde dentro.

Hacía tanto tiempo que no tenía una resaca así que había olvidado lo miserable que podía llegar a sentirse uno.

Un castigo merecido.

Eso era.

Por eso había pasado tantos años manteniéndolo todo bajo control. Mi rutina. Mi trabajo. Mis emociones.

Mi vida entera.

Porque cada vez que me permitía perder el control, terminaba exactamente así.

Vacío.

Roto.

Jodido.

—Joder... —mascullé, llevándome una mano a la frente.

Hasta respirar parecía aumentar el dolor.

Me obligué a incorporarme y terminé de pie con un esfuerzo que me hizo sentir como un anciano.

La habitación estaba malditamente iluminada, pero había algo más.

Su olor.

Me quedé inmóvil.

El perfume de Eliza todavía flotaba en el aire. Dulce. Suave. Familiar. Se había quedado atrapado en las sábanas, en las almohadas, incluso en mi piel.

Durante un instante cerré los ojos.

Y pude imaginarla.

Su cuerpo junto al mío. Su risa. Sus manos. La manera en que solía acercarse por detrás y abrazarme mientras yo intentaba trabajar.

La nostalgia me revolvió el estómago.

No era la resaca.

Era ella.

Tenía que alejarme de aquí, aunque solo fueran unos metros. Entré al baño y encendí la luz, el espejo me devolvió una versión de mí que apenas reconocí.

Ojos hundidos.

Cabello desordenado.

Barba de varios días.

Una expresión miserable.

Parecía un hombre que acababa de perder una guerra y, en cierta forma, eso era exactamente lo que había ocurrido.

Entré bajo la ducha sin pensarlo.

El agua caliente cayó sobre mis hombros y recorrió mi espalda como una redención mínima.

No consiguió quitarme el dolor de cabeza, tampoco la culpa. Pero relajó un poco la tensión que llevaba acumulada en los músculos.

Cerré los ojos.

Y entonces mi mente volvió a traicionarme.

Por un instante imaginé sus manos recorriendo mi espalda, como tantas veces. Eliza siempre sabía cuándo acercarse, cuando tocarme, cuando quedarse en silencio.

Abrí los ojos.

El agua seguía cayendo.

Ella no estaba aquí.

No iba a estarlo.

Terminé de ducharme, me sequé y, con la toalla alrededor de la cintura, fui hasta el botiquín.

Saqué un calmante y lo tragué con un vaso enorme de agua. Estaba deshidratado, revuelto. Como si alguien hubiera exprimido todo lo que había dentro de mí y hubiera dejado únicamente los restos.

Pero tenía que recomponerme.

Al menos lo suficiente para parecer humano.

Caminé hasta el vestidor y allí la realidad volvió a golpearme. La ausencia de Eliza.

No quedaba ningún vestido. Ningún color brillante. Ninguna de sus pequeñas cosas ocupando espacio. Ningún perfume.

Solo mi ropa.

Gris.

Negra.

Perfectamente ordenada.

Sin vida.

Como yo.

Me puse lo primero que encontré: una camiseta vieja y un pantalón de chándal. No tenía energía para pensar en nada más.

Bajé a la cocina.

Todo estaba exactamente donde debía estar y, sin embargo, nada se sentía igual. Puse la cafetera en marcha por pura costumbre y el sonido familiar comenzó a llenar el silencio.

Después preparé unas tostadas y huevos revueltos. El olor me revolvió el estómago, pero sabía que tenía que comer.

Necesitaba hacer algo.

Cualquier cosa.

Intentar comportarme como un hombre normal cuando por dentro solo quería gritar su nombre.

Me senté a desayunar.

Solo.

El silencio volvió a instalarse alrededor de mí, el mismo silencio que había existido antes de ella. Antes de que Eliza irrumpiera en mi vida y lo llenara todo de ruido.

Su risa.

Sus tazas de café olvidadas a medio terminar. La música que ponía mientras cocinaba. Su voz cantando desafinada sin importarle absolutamente nada. Sus pasos por los pasillos. Su costumbre de hablar conmigo, aunque yo estuviera concentrado en el trabajo.

Antes, aquel silencio era paz.

Ahora era ausencia.

Terminé de desayunar y me levanté. Lavé el plato. el vaso, la sartén. Movimientos mecánicos, automáticos, casi terapéuticos.

Al menos hacer algo con las manos impedía que mi cabeza se hundiera otra vez en ella.

Cuando terminé, fui al despacho, mi antiguo santuario.

Ordenado.

Preciso.

Impersonal.

O eso había sido.

Ahora también me resultaba extraño. Porque todo estaba en su sitio, excepto yo.

Me quedé de pie en medio de la habitación. Miré alrededor y comprendí algo que me revolvió todavía más el estómago.

Este definitivamente no era yo.

Yo no necesitaba gritar para imponerme. No era el hombre que perdía el control, que insultaba, que reaccionaba desde la rabia.

Mi arma siempre había sido otra.

El silencio. El control. La precisión quirúrgica con la que tomaba decisiones. La capacidad de mantenerme distante de todo aquello que pudiera hacerme daño.

Había construido mi vida alrededor de eso.

Hasta que llegó ella.

Eliza.

Y lo destruyó todo sin siquiera proponérselo. Lo peor es que no necesitó grandes gestos, ni prometerme nada.

Solo una mirada, una mano tibia sobre mi mejilla. La manera en que pronunciaba mi nombre como si realmente significara algo.

Como si yo significara algo.

Ella consiguió entrar donde nadie había entrado antes y me desarmó. Sin esfuerzo. Sin siquiera saber que lo estaba haciendo.

Y cuando finalmente comprendí lo que había hecho conmigo... ya era demasiado tarde.

Porque me había enamorado.

Y después la perdí.

Ahora estaba solo, rodeado de todo lo que antes había considerado suficiente.

Mi casa.

Mi dinero.

Mi trabajo.

Mi control.

Y nada de aquello servía para llenar el lugar que ella había dejado.

Me senté detrás del escritorio y apoyé los antebrazos sobre la superficie. Cerré los ojos. Había pasado toda mi vida creyendo que amar significaba darle a alguien el poder de destruirte.

Ahora sabía que era mucho peor.

Amar significaba descubrir que alguien podía convertirse en tu hogar... y luego tener que aprender a vivir cuando ya no estaba. Eliza me había roto y lo peor de todo era que se había llevado los pedazos consigo.

El teléfono comenzó a sonar sobre el escritorio.

Miré la pantalla.

Padre.

Cerré los ojos.

No tenía paciencia para esto.

No hoy.

No después de una semana de mierda en la que había conseguido destruir prácticamente todo lo que importaba.

El teléfono volvió a sonar.

Una vez.

Dos.

Tres.

Podía ignorarlo, era lo que quería hacer. Pero sabía que seguiría llamando, asique tomé el teléfono y contesté.

—¿Qué quieres?

Hubo un breve silencio al otro lado.

—Buenos días para ti también, Bastián.

La voz de mi padre consiguió tensarme de inmediato.

—No estoy de humor.

—Eso ya lo había imaginado.

Solté el aire.

—Entonces ahórrame el discurso y dime para qué llamas.

Mi padre soltó una pequeña risa.

—Solo quería saber cómo estabas.

—Estoy bien.

Mentira.

—Me alegra escucharlo.

Hubo otra pausa.

—Supongo que el pequeño capricho de tu asistente finalmente se te pasó.

Mi mano se cerró alrededor del teléfono.

Sentí cómo algo se tensaba dentro de mí.

—¿Qué dijiste?

—Vamos, Bastián. ¿Acaso lo que viste no fue suficiente?

Su tono tenía esa condescendencia que había aprendido a odiar desde niño.

—Te lo advertí desde el principio, esa mujer no estaba a tu altura.

Apreté los dientes.

—No hables de ella.

—¿Por qué? ¿Ahora vas a defenderla?

—Te dije que no hables de Eliza.

—Te dije que era una oportunista.

Su voz se volvió más segura.

—Y parece que, finalmente, has empezado a verlo.

Me levanté de la silla.

—No sabes absolutamente nada de ella.

—Sé suficiente.

—No.

Caminé hasta la ventana.

—No sabes nada.

—Bastián, eres mi hijo. Mi responsabilidad es asegurarme de que no destruyas tu futuro por una mujer que no tiene ni tu apellido, ni tu posición, ni tu mundo.

Sentí una rabia amarga subir por mi pecho.

—¿Mi futuro?

Solté una risa sin humor.

—¿Eso es lo que te preocupa?

—Por supuesto.

—No.

Negué con la cabeza.

—Lo que te preocupa es que haga algo que tú no aprobarías.

—Me preocupa que desperdicies tu vida.

—Mi vida es mía.

Silencio.

—Siempre has sido particular cuando se trata de mujeres.

—No sabes de lo que estás hablando.

—Sé exactamente de lo que hablo. Y, por fortuna, esta vez parece que has recuperado la razón.

Cerré los ojos.

—No vuelvas a llamarla oportunista.

—Lo es.

La respuesta fue inmediata.

—Te lo advertí. Esa clase de mujeres saben exactamente cómo acercarse a hombres como tú. Se muestran vulnerables, hacen que te sientas necesario y, cuando consiguen lo que quieren...

—¡Cállate!

Mi voz retumbó en la habitación.

Al otro lado hubo silencio.

—No vuelvas a hablar de ella así.

—¿Por qué te molesta tanto?

Mi padre soltó una risa seca.

—Porque parece que todavía estás bajo su influencia.

—No.

Miré el vacío detrás de la ventana.

—Estoy harto de escucharte.

—Solo intento hacerte entrar en razón.

—¿Y qué razón es esa?

Mi voz se volvió fría.

—¿Que debería estar con una mujer que tú consideres adecuada?

—Con una mujer que esté a tu altura.

Sentí que algo dentro de mí terminaba de quebrarse.

—¿Sabes qué?

Mi padre no respondió.

—Durante años pensé que tú eras exigente porque querías lo mejor para mí.

Tragué saliva.

—Ahora entiendo que simplemente no sabes amar a nadie que no puedas controlar.

—Bastián...

—No.

Lo interrumpí.

—Déjame terminar.

Respiré profundamente.

—Eliza podrá no tener mi apellido. Podrá no venir de tu mundo. Podrá no tener el dinero que tú consideras necesario para sentarse a nuestra mesa.

Apreté el teléfono.

—Pero tiene algo que tú nunca has sabido darme.

Silencio.

Mi voz se quebró apenas.

—Un corazón.

Mi padre soltó una risa incrédula.

—¿Ahora vas a darme lecciones sobre el amor?

—No.

Miré el escritorio.

Las fotografías.

Los recuerdos.

Todo lo que había perdido.

—Voy a decirte algo mucho más sencillo.

Hice una pausa.

—No quiero volver a verte.

Al otro lado hubo un silencio absoluto.

—¿Qué?

—Lo escuchaste.

—Bastián, estás alterado.

—Estoy perfectamente lúcido.

—No puedes hablarme así.

—Sí puedo.

Mi voz salió más firme.

—Y debería haberlo hecho hace mucho tiempo.

—Soy tu padre.

—Y yo soy tu hijo.

Solté el aire lentamente.

—Pero eso nunca te dio derecho a decidir quién debía ser, a quién debía amar o cuánto valía una persona por su apellido.

—Estás cometiendo un error.

—Quizá.

Miré hacia la puerta de mi despacho.

Por un instante pude imaginar a Eliza entrando con su taza de café, sonriendo, haciendo algún comentario absurdo que me habría hecho fingir molestia.

La imagen me dolió.

Pero no cambié de opinión.

—Pero esta decisión es mía.

Mi padre soltó una carcajada breve.

—No puedes romper los lazos con tu familia por una mujer.

Cerré los ojos.

La respuesta llegó desde un lugar mucho más profundo que la rabia.

—Si esto es lo que tú llamas familia...

Abrí los ojos.

—Entonces sí.

Silencio.

—¿Bastián?

—Prefiero no tener familia antes que seguir formando parte de una que me obliga a renunciar a quien soy.

—No sabes lo que estás diciendo.

—Lo sé perfectamente.

Mi voz bajó.

—Y por primera vez en mi vida, estoy eligiendo por mí.

—Tu madre no permitiría que...

—No metas a mamá en esto.

—Bastián...

—Adiós, papá.

—Escúchame.

—No.

Miré el teléfono una última vez.

—No quiero volver a verte nunca más.

Y colgué.

Me quedé inmóvil.

El silencio volvió a llenar la habitación, solo que esta vez no era el mismo silencio de antes.

Había algo diferente.

Algo definitivo.

Apoyé el teléfono sobre el escritorio y me pasé una mano por el rostro. Había perdido a Eliza, había roto con mi padre y, aun así, por primera vez en mucho tiempo, sentí que al menos una decisión había sido correcta.

Porque podía soportar que Eliza me odiara, podía soportar haberla perdido. Lo que ya no podía soportar era permitir que alguien volviera a hablar de ella como si no hubiera sido la persona que más había significado para mí.

Aunque ella ya no estuviera conmigo.

Aunque jamás volviera.

Eliza seguía siendo mi Eliza.

Y nadie iba a quitarme eso.