Capitulo 44
BastiánAparté la mirada del informe que llevaba horas intentando revisar y volví a abrir el correo electrónico.
Antes de que la bandeja de entrada terminara de cargar, apareció el fondo de pantalla.
Me quedé inmóvil.
La fotografía que Eliza había puesto una tarde, mientras jugábamos con mi ordenador, me golpeó en el estómago con la precisión de un puñetazo.
Qué oportuno.
Seguía ahí.
A pesar de todo, nunca lo había cambiado. Y la verdad era que, llegado a ese punto, ni siquiera estaba seguro de poder hacerlo.
Supongo que había desarrollado una especie de masoquismo emocional. La había visto incontables veces durante el día y todas las veces había dolido exactamente igual.
Era una fotografía de una noche cualquiera.
Un bar.
Unas copas.
Eliza insistiendo en que debíamos tomarnos una selfie. Yo había terminado aceptando, aunque probablemente había fingido que me molestaba mucho más de lo que realmente me molestaba.
Ella miraba directamente a la cámara.
Sus ojos verdes brillaban.
Tenía esa sonrisa descarada que parecía iluminar todo lo que la rodeaba, como si el mundo le perteneciera y ella no tuviera ninguna intención de pedir permiso para disfrutarlo.
Pero yo no miraba a la cámara.
La miraba a ella.
Y eso era lo que más me jodía, porque ahora podía verlo con una claridad insoportable.
Yo también estaba sonriendo.
No una sonrisa para la fotografía. Era una de verdad y parecía feliz. No… yo era feliz.
Y entonces comprendí que quizá había sido feliz durante mucho más tiempo del que me había permitido reconocer.
Estos días habían sido espantosos. Dejar entrar a Venus en mi vida había sido el segundo peor error que había cometido.
El primero había sido no escuchar a Eliza.
Había tenido la oportunidad. Ella estuvo frente a mí intentando explicarse y yo decidí no creerle.
Como si las fotografías fueran una verdad absoluta.
Como si conociera mejor una imagen que a la mujer con la que había compartido mi cama, mi casa y prácticamente cada maldito día de los últimos meses.
Incluso había tenido la mala suerte de cruzarme con Henry en una reunión. Una parte de mí, absurda e ingenua, esperaba que él desmintiera todo. Que me dijera que aquellas fotografías no significaban nada, que confirmara que entre él y Eliza no había ocurrido absolutamente nada.
En cambio, me dio un puñetazo en la nariz y, antes de marcharse, me llamó
un cabrón de talla mundial .
Todavía podía sentir el dolor.
Lo curioso era que ni siquiera me había enfadado tanto como debería. Porque, después de escuchar a Eliza, las palabras de Henry habían conseguido dejarme con más preguntas que respuestas.
No podía sacarme de la cabeza su voz.
Su rostro.
La forma en que intentó explicarme lo ocurrido mientras yo me negaba a escucharla.
Y, sobre todo, aquella última mirada antes de marcharse. Había algo en sus ojos, algo que no era solamente tristeza.
Era despedida.
Como si ella hubiera sabido antes que yo que ese era el final y quizá lo era. Quise ir detrás de ella, detenerla. Decirle que regresara y que me explicara todo otra vez.
Que me gritara si era necesario. Quise decirle que había sido un imbécil. Y que merecía ser escuchada.
Que yo...
Que yo no quería perderla.
Pero no pude.
Fue como si algo me hubiera clavado al suelo y Venus supo exactamente qué decir. Qué insinuar, qué tocar. Cómo alimentar la parte más insegura y desconfiada de mí.
Se quedó allí mientras Eliza se marchaba.
Y yo la dejé ir.
La dejé ir.
Cerré los ojos.
Me pasé una mano por el rostro.
Siempre había sido pésimo para mostrar lo que sentía. Cuando algo me dolía, me cerraba. Cuando algo me importaba demasiado, levantaba muros. Cuando tenía miedo de perder el control, me aferraba todavía más a él.
Una estrategia brillante, hasta que apareció Eliza y convirtió todas mis certezas en una mierda.
Odiaba cómo había terminado todo.
No se suponía que fuera así, yo quería que se quedara. Quería despertarme con ella, quería verla caminar por mi casa con sus pijamas ridículos y escucharla cantar mientras preparaba café.
Quería sus libros tirados por cualquier parte. Sus tazas olvidadas, sus comentarios absurdos y u risa.
Quería a Eliza.
La amaba.
Y, aun así, la había echado de mi vida. Supongo que hay cosas que uno simplemente no está destinado a conservar.
Durante años había creído que el amor era una debilidad.
Ahora entendía que la verdadera debilidad era no saber qué hacer cuando finalmente encontrabas algo que no querías perder.
Decían que las cosas que comienzan con una mentira nunca terminaban bien. Y aquello había empezado con una.
Un acuerdo.
Un contrato.
Una farsa.
Quizá el final siempre había estado escrito desde el principio.
Ahora Eliza estaba fuera de mi vida y su ausencia dolía mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Pero no podía quedarme aquí lamentándome. Había una cosa que siempre había sabido hacer.
Trabajar.
Podía controlar una empresa.
Podía resolver problemas.
Podía negociar contratos, cerrar acuerdos y tomar decisiones millonarias sin pestañear.
Eso era terreno conocido, el amor no. Así que me aferraría a lo único que todavía podía controlar.
El trabajo.
No por amor.
No por ella.
Por mí.
Siempre había estado solo y durante mucho tiempo me había convencido de que eso era suficiente.
Tomé aire y volví a mirar la pantalla.
La fotografía seguía allí.
Eliza sonriendo.
Yo mirándola.
Apreté la mandíbula.
Necesitaba cambiar ese fondo de pantalla y necesitaba hacerlo antes de terminar arrancándome la cabeza.
Cerré el correo y abrí la agenda. Había demasiadas cosas pendientes, lo primero sería contratar una nueva secretaria.
Una que no cantara mientras trabajaba. Una que no dejara tazas de café por todas partes. Una que no llenara mi casa de libros, risas y caos.
Una que no fuera Eliza.
Porque si seguía viendo su rostro cada vez que encendía el ordenador, no iba a conseguir trabajar ni cinco minutos.
Para el mediodía, seguía sin conseguir trabajar.
Había pasado horas frente a la pantalla, leyendo las mismas líneas una y otra vez sin retener una sola palabra. Y, como si eso no fuera suficiente, tampoco había conseguido dejar de pensar en ella.
Eliza.
Su nombre parecía haberse instalado en mi cabeza con la intención de volverme loco.
Finalmente, cerré el portátil.
Necesitaba salir.
Respirar.
Aunque solo fuera durante una hora.
Reservé una mesa en un restaurante cercano y llegué cinco minutos antes. Elegí una junto a la ventana, me senté y fingí leer el menú mientras una camarera dejaba un trago frente a mí.
No tenía hambre.
Tampoco sed.
Solo estaba cansado.
Mis días se habían convertido en jornadas interminables que parecían no terminar nunca. Trabajaba hasta el agotamiento y, cuando finalmente llegaba a casa, descubría que tampoco podía descansar.
Era como estar atrapado en un maldito espiral sin salida.
Entonces la silla frente a mí se movió.
Levanté la mirada.
Emma.
Se sentó después de dejar el bolso a un lado. La observé unos segundos, perfecto. Esto tampoco iba a ser un almuerzo tranquilo.
—¿Tienes un minuto?
La miré.
—Claro. ¿En qué puedo ayudarte?
—¿Te importa si me siento?
Miré la silla.
Después a ella.
—Ya lo has hecho, ¿no?
—Cierto. Tenemos que hablar.
Su mirada se clavó en mí.
No era una mirada amable, era la clase de mirada que parecía examinar cada detalle de mi rostro buscando una grieta.
—Por favor. Adelante.
Emma acomodó su cabello y respiro hondo.
—Bastián, tenemos un problema.
No pude evitarlo.
Mi mandíbula se tensó, yo sabía perfectamente cuál era el problema. Tenía nombre y apellido.
—¿Tenemos? —pregunté—. ¿Nosotros?
—Sí, nosotros.
Hizo una pausa.
—¿Tienes idea de dónde está Eliza ahora mismo?
La pregunta me tomó desprevenido.
—No.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué? ¿No sabes dónde está?
—Sé exactamente dónde está.
Sentí una incomodidad inmediata.
—¿Dónde?
—En Los Ángeles.
Algo se hundió en mi estómago.
—¿Qué carajo hace Eliza en Los Ángeles?
Emma cruzó los brazos.
—¿Recuerdas que la despediste?
Asentí lentamente.
El nudo de culpa apareció otra vez.
—Tuvo que buscar trabajo —continuó—. Consiguió una entrevista telefónica con el CEO de una compañía. Le fue tan bien que la invitaron a una entrevista presencial.
Hizo una pausa.
—Se fue esta mañana.
Abrí los ojos.
—¿Qué carajo?
Me incorporé.
—No puede irse así, sin más.
Emma arqueó una ceja.
—Exactamente.
—¿Exactamente qué?
—Que tenemos que hacer algo.
Se inclinó hacia mí.
—Quiero lo mejor para Eliza y, sinceramente, cambiar de ciudad, alejarse de ti y empezar de cero podría ayudarla.
Su mirada se endureció.
—Tú más que nadie deberías entenderlo.
Me quedé callado.
Eliza en Los Ángeles.
Eliza lejos de Nueva York.
Eliza construyendo una vida en la que yo no existía.
La idea me produjo una sensación de pánico que no estaba dispuesto a reconocer.
—Pero —continuó Emma— no estoy ni remotamente convencida de que esto sea lo mejor para ella.
—¿Por qué?
—Porque hay algo que todavía no ha resuelto.
—¿Qué?
Emma me miró como si la respuesta fuera obvia.
—Tú.
Bajé la mirada.
—Obviamente eres su verdadero amor.
Sentí un golpe en el pecho.
—Y si hay alguien que merece tener su final feliz con la persona que ama, es mi amiga.
Su voz se volvió más firme.
—No estoy haciendo esto por ti. Créeme, después de lo que le hiciste, te mereces que no vuelva a mirarte jamás.
La culpa volvió a aplastarme.
—Pero su corazón te eligió.
Emma suspiró.
—Para bien o para mal.
Se recostó en la silla.
—No sé si soy una buena o una pésima amiga por estar aquí, pero no quiero que Eliza tome decisiones importantes con el corazón roto.
No tuve tiempo de responder.
—Y ni siquiera creo en el amor verdadero —continuó—, pero Eliza está hecha para eso.
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—Es como una princesa de cuento. Luminosa, optimista y con una suerte horrible para las citas.
Me miró.
—Pero princesa al fin.
No pude evitar una sonrisa mínima.
—Déjame ser clara contigo, Bastián.
La sonrisa desapareció de su rostro.
—Lo arruinaste.
Hizo una pausa.
—Y lo arruinaste en grande.
No respondí.
—No estoy en tu equipo. Estoy en el de ella.
Su mirada se clavó en mí.
—Pero estoy aquí porque, aunque ella diga que está bien, no lo está. Y como parece que tú no vas a mover un dedo, decidí canalizar mi
Lizi interior e intentar encontrar algo bueno en ti.
Me observó de arriba abajo.
—Aunque te advierto que está siendo bastante difícil ayudarte.
—¿Ayudarme?
—Sí.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué?
—Porque es obvio que tienes que arreglar esto.
—¿Por qué es culpa mía?
La pregunta salió antes de que pudiera detenerla y me sentí verdaderamente estúpido al hacerla.
Emma me miró fijamente.
—¿Esa es una pregunta seria?
No respondí.
—Quizá fui demasiado duro con ella —admití finalmente—, pero esas fotografías...
—¿Demasiado duro?
Emma soltó una risa incrédula.
—Eso es el eufemismo del siglo.
Se inclinó hacia mí.
—¿De verdad vas a confiar en unas fotografías que te mandó una mujer desesperada por tu dinero?
—Esto no tiene que ver con Venus.
—Claro que tiene que ver con ella.
—Ella no me envió las fotografías, no tiene nada que ver con eso.
Apoyé los antebrazos sobre la mesa.
—Pero la forma en que Henry y Eliza aparecían juntos...
Negué con la cabeza.
—No sé. Yo confié en Eliza, confié en ella más que en nadie.
La miré.
—Y me equivoqué.
Emma me observó durante unos segundos.
—¿Te sientes traicionado por algo que no ocurrió?
No respondí.
—Yo estuve allí aquella noche —continuó—. Nada de lo que muestran esas fotos es real.
—¿Las viste siquiera?
—No necesito verlas.
Su respuesta fue inmediata.
—Estuve todo el tiempo con ella.
Se inclinó hacia mí.
—Y, más importante aún, Eliza es la persona más honesta que conozco. Jamás traicionaría a alguien.
—Ya sé que es buena, pero...
—No.
Me interrumpió.
—No digas,
pero .
Su tono se suavizó.
—No estoy diciéndolo porque sea mi amiga, lo digo porque es verdad. Eliza es buena. De verdad.
Bajé la mirada.
Tenía razón.
Lo sabía.
Siempre lo había sabido.
—Es normal que necesites tiempo para procesar todo esto —continuó—. Pero ahora necesito que saques la cabeza de tu culo y hagas algo.
Levanté la mirada.
—¿Qué?
—Arreglarlo.
Señaló la mesa.
—Y traer de vuelta a nuestra chica.
—¿Perdón?
—Aunque no quieras admitirlo, tú la conoces.
Su expresión se suavizó.
—Sabes cómo es, sabes que tiene un corazón enorme. No puedes haber convivido con ella, haberla tenido a tu lado todos los días y no haberte dado cuenta.
Me froté la barbilla.
No tenía argumentos, porque si, Eliza tenía el corazón más grande que había conocido.
Había entrado en mi vida sin pedir permiso y había conseguido que todo pareciera diferente.
—No sé qué pensar.
Mi voz salió más baja.
—Estoy confundido.
Emma se quedó callada unos segundos.
Después hizo una pregunta.
—Déjame hacerte una.
—¿Cuál?
—¿La amas?
No tuve tiempo de construir una respuesta.
—Sí.
La palabra escapó de mi boca.
Simple.
Desnuda.
Sin defensas.
Me quedé inmóvil.
La había pronunciado.
Como si llevara demasiado tiempo encerrada dentro de mí y hubiera encontrado una grieta por donde escapar.
Emma sonrió apenas.
—Eso pensaba.
Negó con la cabeza.
—Todos lo sabíamos.
Me puse de pie de golpe.
—Joder.
Levanté una mano para llamar a la camarera.
—Le dije que se fuera.
La culpa me golpeó con fuerza.
—Ni siquiera la escuché.
Miré a Emma.
—Y ahora está en una maldita entrevista en Los Ángeles.
—Bien.
Fruncí el ceño.
—¿Bien?
—Estás avanzando.
—¿Y si acepta el trabajo?
La pregunta salió demasiado rápido.
—¿Y si se queda allí? ¿Y si se va definitivamente?
Saqué el teléfono.
—Ella cree que no la amo. Cree que todo fue una mentira.
Busqué su contacto.
—Nunca se lo dije.
Emma me miró.
—Eso es bueno.
Levanté la mirada.
—¿Bueno?
—Significa que todavía tienes algo que decirle.
Estaba a punto de llamar cuando una voz dulce llegó desde mi lado.
—Bastián, amor.
Me quedé inmóvil.
No.
No podía ser.
Giré la cabeza.
Venus.
Emma levantó una sola ceja y su expresión decía claramente:
Más te vale tener una explicación increíblemente buena.Venus se acercó a la mesa con esa seguridad arrogante que siempre había tenido. Vestía de rojo y llevaba una sonrisa que no me gustó en absoluto.
Antes de que pudiera detenerla, se inclinó y me besó.
Me aparté inmediatamente.
—¿Qué demonios haces?
Ella sonrió.
—Hola a ti también.
Emma la observaba como si acabara de descubrir una especie nueva de animal venenoso.
—¿Amor? —repitió, lentamente.
Venus tomó mi brazo.
—Sí, querida.
Se sentó a mi lado sin pedir permiso.
—Bastián y yo hemos retomado nuestra relación.
Intenté retirar el brazo.
—Venus, eso no es...
—¿Y tú eres...? —preguntó ella, mirando a Emma de arriba abajo con absoluto desprecio.
Emma sonrió.
Fue una sonrisa pequeña.
Peligrosa.
—Desde ahora, tu peor pesadilla.
Venus parpadeó.
Emma ni siquiera le dio tiempo de responder.
Se giró hacia mí.
—Y tú, Bastián, eres un idiota de talla mundial.
—Emma...
—No. Déjame terminar.
Su mirada estaba llena de decepción.
—No te entiendo. La amas, lo sé. Lo acabas de admitir.
Venus se tensó.
—¿Qué?
Emma la ignoró.
—Y aun así no le crees.
Su voz se elevó.
—Dejas que esta mujer te use como si fueras un juguete roto y luego te sorprendes cuando Eliza se marcha.
Negó con la cabeza.
—¡Eliza tenía razón! Se merecen estar juntos.
Señaló a Venus.
—Ustedes dos.
El sarcasmo destilaba en cada palabra.
Venus soltó una risa.
—Ah, ya veo.
Me miró.
—Eres una de sus amigas.
Volvió los ojos hacia Emma.
—Debí suponerlo. Ustedes son tan sentimentales...
La recorrió con la mirada.
—Y tan poco refinadas.
Emma sonrió.
Pero esta vez no había humor.
—¿Yo?
Se levantó lentamente.
—Querida, tú me das exactamente lo mismo.
Tomó su bolso.
—No eres más que una sombra.
Venus frunció el ceño.
—¿Qué?
—Un eco patético del pasado de un hombre que todavía no sabe qué hacer con sus propios sentimientos.
Después me miró a mí.
Y esa mirada dolió.
—Y tú...
Hizo una pausa.
—Olvídate de todo lo que te dije.
—Emma...
—Olvídate de que vine.
Su voz se quebró apenas, pero se mantuvo firme.
—Por un maldito segundo pensé que eras el hombre que ella necesitaba.
Negó con la cabeza.
—Pensé que podías corregir tu error.
Tomó aire.
—Pero no.
Me sostuvo la mirada.
—No la mereces, Bastián.
Se dio la vuelta.
—Espera.
Pero no se detuvo, no me dio oportunidad de explicarme. No me permitió decirle que estaba equivocado, que acababa de comprenderlo, que necesitaba verla.
Nada.
Se marchó.
Me quedé mirando cómo desaparecía entre las mesas y, por primera vez, entendí exactamente lo que Eliza había sentido cuando yo la había echado de mi oficina.
La misma impotencia.
La misma desesperación.
La misma sensación de ver cómo alguien se alejaba mientras tú no conseguías encontrar las palabras correctas para detenerlo.
Solo que esta vez había sido yo quien había probado mi propia medicina. Y sabía exactamente lo que significaba.
Me había quedado solo.
Otra vez.
Y había conseguido perder a Eliza por segunda vez en una misma semana.