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Capitulo 45

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Capitulo 45

Eliza

Cuando puse un pie en mi apartamento, sentí que todo mi cuerpo se rendía de golpe bajo el peso del cansancio.

Estaba molida.

Literalmente.

Y no era solo por el largo vuelo de regreso, ni por las horas de tensión acumulada en los hombros, ni siquiera por aquel silencio incómodo que había acompañado buena parte del trayecto.

Era por todo lo que había dejado atrás.

Por él.

Después de que Nicholas Callway —mi futuro jefe, si todo salía bien— me dejara en el hotel, recogí mi maleta con las manos todavía temblorosas y tomé el primer vuelo de regreso.

Tal vez debí quedarme.

Tal vez habría sido más fácil enfrentar la verdad a miles de kilómetros de distancia, en una ciudad donde ninguna esquina llevara su nombre y su sombra no pudiera perseguirme.

Pero no.

El primer golpe me estaba esperando aquí.

En casa.

Un periódico abandonado sobre el suelo, justo junto a la entrada, se encargó de recordármelo.

Me quedé mirándolo durante unos segundos antes de agacharme. La portada mostraba a Venus, sonreía radiante, impecable, como si el mundo le perteneciera.

Y debajo de su fotografía, un titular anunciaba su regreso junto al magnate de los negocios, Bastián Müller.

Sentí que algo dentro de mí se encogía.

Tragué saliva.

Podría decir que verla rompió mi corazón, pero ¿cómo se rompe algo que ya está hecho trizas?

No hubo un crack.

Ni un estallido.

Ni siquiera esa sensación dramática que aparece en las películas cuando alguien recibe una noticia capaz de cambiarle la vida.

Solo sentí un eco.

Un dolor conocido que volvió a recorrer cada rincón de mi pecho, como si mi corazón roto simplemente vibrara al reconocer una herida que todavía no había conseguido cerrar.

Me odié por ello.

Me odié por seguir sintiendo. Por seguir llorando. Por permitir que una fotografía pudiera hacerme tanto daño.

Mientras él...

Él simplemente había vuelto a su vida.

Con ella.

Con la misma facilidad con la que me había apartado de la suya, pero claro, ese había sido el plan desde el principio, ¿no?

Volver con Venus.

Siempre fue ella.

Quizá ya era hora de aceptarlo y dejar de pelear contra una realidad que nunca estuvo de mi lado.

Que yo me hubiera enamorado de Bastián no significaba que él hubiera hecho lo mismo conmigo.

Y estaba claro que no.

Tan claro como el agua, tan brutal como un portazo en plena cara.

Tal vez solo había malinterpretado todo. Cada detalle, cada gesto. Cada vez que buscaba mi mano, y cada palabra que me susurró en la oscuridad.

Cada mirada intensa que me hizo creer, aunque fuera por un instante, que yo era importante para él. Que era suya y que él también estaba cayendo.

No era amor.

Solo había sido deseo.

Atracción.

Una fantasía demasiado intensa que ninguno de los dos supo detener a tiempo. Y, aun así, dolía.

Joder que dolía.

Porque no se trataba únicamente de que hubiera vuelto con Venus. Era la forma en que lo había hecho, había desconfiado de mí y me había juzgado.

Me había echado de su vida sin siquiera concederme la oportunidad de explicarme. Como si todo lo que habíamos vivido pudiera reducirse a unas fotografías, como si yo no hubiera significado absolutamente nada.

Me llevé las manos al rostro y cerré los ojos con fuerza.

—Despierta, Eliza —susurré, sintiendo cómo la garganta se me cerraba—. No significabas nada.

Las palabras dolieron más cuando las escuché en mi propia voz.

Mi cabeza era un desastre.

Un remolino de pensamientos que se negaban a quedarse quietos. Intentaba ordenar uno y aparecían otros tres. Intentaba respirar y sentía que algo me apretaba el pecho.

No quería seguir así.

No quería hundirme en aquel letargo miserable que amenazaba con arrastrarme hacia un lugar oscuro.

Yo no era esa mujer.

No quería convertirme en ella, no quería despertarme cada mañana odiando al hombre que había amado.

Porque sí.

Lo había amado.

Todavía lo amaba.

Y quizá ese era el verdadero problema.

Cada parte de mí dolía. No solo el corazón, también el alma. Como si me hubieran arrancado algo de dentro y me hubieran dejado intentando descubrir cómo se supone que una persona vuelve a ser la misma después de eso.

No tenía idea de cómo repararme.

Pero necesitaba hacerlo.

Necesitaba sanar.

No por él.

Por mí.

No quería que este dolor terminara convirtiéndose en odio. No quería cargar con resentimiento, con rabia, con una versión de mí misma que solo supiera recordar todo lo que había salido mal.

El odio consume.

Arrasa.

Y cuando termina, solo deja cenizas.

No iba a darle ese poder, ni siquiera después de todo. Respiré profundamente y dejé la maleta en medio del pasillo.

No tenía fuerzas para desempacar.

Ya lo haría más tarde.

Más tarde podría decidir qué hacer con mi ropa, con mis cosas, con mi vida. Ahora necesitaba una tregua.

Solo eso.

Una tregua.

Busqué mi pijama y caminé descalza hasta el baño. Abrí el grifo de la bañera y dejé que el agua caliente comenzara a llenarla. Añadí sales, espuma y todo lo que encontré a mano, como si convertir aquel baño en un pequeño oasis pudiera convencer a mi cuerpo de que todavía existía algo parecido a la calma.

Cuando me sumergí, dejé escapar un suspiro.

El calor me envolvió lentamente y cerré los ojos. Por unos segundos, intenté imaginar que el agua podía llevarse algo de aquel dolor pegajoso que se había instalado en mi pecho.

Que podía arrastrar las lágrimas. Los recuerdos, su voz, sus manos, sus besos y su maldita mirada.

Todo.

Dormir.

Eso era lo que necesitaba.

Un baño caliente, muchas horas de sueño y, quizá, despertar con la cabeza un poco más fría.

Después pensaría.

Pensaría en el trabajo. En Los Ángeles. En Nicholas. En lo que vendría después. Porque irme lo cambiaba todo.

Cerrar este ciclo significaba mucho más que aceptar o rechazar una propuesta profesional, significaba dejar atrás la vida que había construido aquí.

Aceptar que en este lugar había sido feliz. Muy feliz. Pero que ya no podía seguir fingiendo que lo era.

También significaba dejar a Emma y solo pensar en eso hizo que se me formara otro nudo en la garganta.

Ella era mi hogar en esta ciudad.

Mi persona.

Mi amiga.

La única que había estado conmigo durante todo este desastre. Irme significaba alejarme de ella y eso dolía casi tanto como todo lo demás.

Quizá porque, si aceptaba ese trabajo, ya no habría vuelta atrás. Todo se acabaría definitivamente.

Hundí un poco más el cuerpo entre la espuma y solté una risa amarga.

—Joder, ¿a quién quiero engañar?

Abrí los ojos y contemplé el techo.

Ya se había acabado.

Bastián había tomado su decisión, había elegido a Venus y ahora me tocaba a mí elegir algo por una vez.

Elegirme a mí.

Me acomodé mejor en la bañera y cerré los ojos otra vez.

Solo necesitaba descansar, después encontraría la manera de recoger los pedazos. Después decidiría qué hacer con mi vida.

Pero esta hoy...

Hoy quería dormir antes de que mi mente volviera a traicionarme y me llevara, una vez más, hasta él.

Todavía no había sonado la alarma cuando unos golpes insistentes en la puerta me arrancaron del poco descanso que había conseguido.

Abrí un ojo.

Luego el otro.

Y durante unos segundos me limité a mirar el techo, intentando recordar por qué demonios alguien estaba intentando derribar mi puerta antes de que amaneciera.

Genial.

Muchas horas de sueño para no parecer un zombi, había pensado. Bueno, podían olvidarlo.

Quienquiera que estuviera al otro lado claramente no conocía el significado de palabras tan importantes como empatía, consideración o, simplemente, déjame dormir, maldita sea.

Los golpes volvieron.

—¡Ya voy! —gruñí, con la voz de alguien que acababa de regresar del más allá.

Salí de la cama arrastrando los pies y crucé el apartamento a tientas.

Cuando abrí la puerta, Emma entró como una ráfaga de viento, con el cabello recogido en una coleta desordenada, gafas de sol sobre la cabeza y una bolsa de papel en una mano.

Me quedé mirándola.

Luego asomé la cabeza al pasillo.

—¿Qué haces? —preguntó.

—Comprobando si alguien te persigue.

—Muy graciosa.

Cerré la puerta.

Emma levantó la bolsa como si estuviera presentando una ofrenda sagrada.

—Café y croissants —anunció—. Ahora cuéntame absolutamente todo del viaje.

La miré sin comprender.

—¿Qué hora es?

—Demasiado temprano para que lo cuestiones.

Y, como si aquel argumento tuviera algún sentido, caminó hasta el sofá y se sentó con la naturalidad de quien también pagaba el alquiler.

—Necesito lavarme los dientes —mascullé.

—Sí. Definitivamente.

Le lancé una mirada asesina antes de caminar hacia el baño.

Me lavé los dientes, la cara, intenté acomodarme el cabello y, después de mirarme al espejo durante dos segundos, decidí que cualquier esfuerzo adicional sería una pérdida absoluta de tiempo.

Todo en tiempo récord.

La NASA debería contratarme.

Cuando regresé al salón, Emma ya había sacado los vasos de café y los croissants de la bolsa. Me tendió uno de los cafés sin decir nada.

Lo acepté.

—Gracias.

—Bebe —ordenó—. Se enfría.

—Buenos días para ti también.

—El café frío es un crimen contra la humanidad, Eliza.

Me dejé caer en el sillón frente a ella y di el primer sorbo.

Cerré los ojos.

Oh.

Cafeína.

Tal vez sobreviviría.

—Ahora sí —dije—. ¿Por qué apareces en mi casa cuando ni siquiera salió el sol? Te recuerdo que estoy desempleada. Técnicamente tengo derecho a dormir hasta el mediodía y convertirme en una carga para la sociedad.

Emma mordió un croissant.

—Yo no estoy desempleada y tengo que entrar a trabajar en una hora y media. Así que habla.

—Emma...

—Con lujo de detalles.

Suspiré.

—Por supuesto.

—Y no omitas nada.

Claro.

¿Por qué me molestaba siquiera en resistirme?

Emma tenía una habilidad casi sobrenatural para detectar silencios sospechosos, respuestas incompletas y cualquier intento mío de cambiar de tema. A veces me preguntaba seriamente por qué no trabajaba para el FBI.

Sería aterradora.

Así que le conté todo.

La entrevista. Nicholas Callway. La impresión que me había causado. El tamaño de la empresa. La responsabilidad del puesto.

La oportunidad profesional que representaba.

Y, finalmente, lo más importante.

El lugar.

Emma dejó de masticar.

—¿Argentina?

Su voz salió tan aguda que casi derramé el café.

—Sí.

—¿Argentina, Argentina?

Fruncí el ceño.

—Hasta donde sé, solo hay una.

—¡Joder, Eliza!

Se levantó del sofá de golpe.

—Eso está en el fin del mundo.

Tengo nociones básicas de geografía, gracias.

—No te hagas la graciosa conmigo.

Me apuntó con el dedo.

—¿Vas a aceptar?

La pregunta cayó entre nosotras con mucho más peso del que debería haber tenido. Bajé la mirada hacia mi café.

—No lo sé, Emma.

Y era verdad.

Al menos eso quería creer.

Solo imaginarme viviendo tan lejos, empezando de cero, sin ella, sin mis rutinas, sin nada conocido, me formaba una bola incómoda en el estómago.

—Es una oferta increíble —continué—. Pero necesito pensarlo.

Emma volvió a sentarse.

—No te pregunté si es una buena oferta.

Levanté la mirada.

—Te pregunté si quieres aceptarla.

Guardé silencio.

Ella esperó.

—¿Te gustaría irte? —insistió.

Deslicé el pulgar por el borde del vaso.

—Necesito respirar.

Emma no dijo nada.

Yo tampoco durante unos segundos.

Hasta que finalmente murmuré:

—Supongo que viste el periódico de ayer.

Su expresión cambió. La ligereza desapareció de su rostro de inmediato y bajó la mirada.

—Lo vi.

Luego apretó la mandíbula.

—Jodido idiota.

No pude evitar una sonrisa triste. Emma volvió a mirarme y esta vez había auténtica rabia en sus ojos.

—Lo mataría con mis propias manos si no tuviera la desagradable costumbre de respetar la ley.

—Qué tranquilizador.

—Estoy hablando en serio.

—Eso es lo preocupante.

Emma resopló, pero enseguida su expresión volvió a endurecerse.

—Eliza... no quiero que aceptes irte a otro país solo porque ese cabrón no supo valorarte.

Sentí un tirón doloroso en el pecho.

—No lo hago por él.

Emma arqueó una ceja.

—Bueno —admití—. No del todo.

Ella cruzó los brazos.

—Ajá.

—Es cierto que quiero alejarme, porque necesito dejar de verlo en todas partes. Respirar un aire diferente y levantarme por la mañana sin pensar que podría cruzármelo en cualquier esquina o encontrarme su maldita cara en otro periódico.

Emma permaneció en silencio.

—Pero no es solo eso —añadí—. Esta oportunidad es enorme.

La emoción consiguió colarse entre todo aquel cansancio.

—Es el trabajo de mis sueños, Emma. Podría aprender muchísimo, y crecer profesionalmente. Hacer algo importante por mí misma.

Mi voz se volvió más baja.

—Algo que no tenga nada que ver con Bastián Müller.

Emma me observó durante unos segundos.

Entonces sus ojos comenzaron a brillar.

Oh, no.

—No —dije de inmediato—. Ni se te ocurra.

—¿Qué?

—Llorar.

—No estoy llorando.

—Tienes los ojos llenos de lágrimas.

—Es alergia.

—Nunca tienes alergia.

—Soy una mujer compleja.

Pero su voz se quebró y eso terminó conmigo. Emma se levantó y me abrazó con tanta fuerza que casi me derramó el café encima.

—Te voy a extrañar como una loca —murmuró.

Cerré los ojos.

La abracé también.

—Emma...

—Me vas a hacer mucha falta.

El nudo en mi garganta se hizo enorme.

—Todavía no acepté.

—Lo harás.

Me aparté apenas para mirarla.

—Tengo algunos días para decidir.

—Pero lo harás —repitió—. Porque es el trabajo que siempre quisiste.

No respondí.

Y quizá mi silencio fue respuesta suficiente.

Emma me miró durante unos segundos y entonces comprendí que estaba intentando sonreír para no ponerse a llorar de verdad.

—Tal vez —dije.

Le limpié una lágrima que acababa de escaparle.

—También podría buscar algo aquí.

—No.

—Podría quedarme contigo.

—No.

—Emma...

—Eliza.

Me sujetó por los hombros.

—No pongas tu vida en pausa por mí.

—Pero...

—Ni se te ocurra.

Su tono no admitía discusión.

—Tienes que pensar en ti ahora. En lo que quieres, en lo que mereces. Y si este trabajo es todo lo que dices que es, no puedes rechazarlo porque tengas miedo de dejarme.

Sentí que los ojos volvían a arderme.

—Me va a doler —admitió—. Muchísimo. Voy a llamarte a horas ridículas, voy a quejarme de la diferencia horaria y probablemente termine odiando a Argentina por robarme a mi mejor amiga.

Solté una risa húmeda.

—Pero tienes que volar, amiga.

Su expresión se suavizó.

—Tienes que brillar. Y vas a hacerlo.

Tuve que tragar saliva antes de poder hablar.

—¿Qué voy a hacer sin ti?

Emma fingió pensarlo.

—Nada, evidentemente.

Me reí entre lágrimas.

Ella también.

—Vas a ser un desastre durante las primeras semanas —continuó—. Vas a perder cosas, seguramente te subirás al transporte equivocado y vas a llamarme llorando porque no entiendes algún modismo argentino.

—Eso suena sospechosamente específico.

—Te conozco.

—Traidora.

—Pero vas a arreglártelas.

Me apretó una mano.

—Además, tendré la excusa perfecta para ir a visitarte.

—Ah, ¿sí?

—Por supuesto. Me sacrificaré heroicamente y viajaré hasta Argentina para comprobar que sigues viva.

—Qué generosa.

—Soy una santa.

—Una santa insoportable.

—Pero bien vestida.

Eso me hizo reír de verdad.

Emma sonrió, satisfecha.

—Y hablando de ropa, obviamente voy a tener que prepararte un guardarropa nuevo.

—¿Obviamente?

—No puedes llegar a otro país con esas combinaciones tuyas.

Abrí la boca, indignada.

—Mis combinaciones están perfectamente bien.

—Tienes un suéter con limones.

—Es bonito.

—Es un crimen textil.

—No vuelvas a hablar mal de mi suéter de limones.

—Prometo comprarte algo acorde al aire de Buenos Aires... o a la ciudad en la que termines.

Negué con la cabeza, todavía riendo.

Pero la risa se fue apagando lentamente, miré a mi amiga. A la persona que había estado conmigo en cada desastre, en cada decisión equivocada, en cada celebración y cada corazón roto.

Y sentí que algo dentro de mí se quebraba un poquito más.

—Cariño...

Emma alzó la vista.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por estar siempre.

Su expresión cambió.

Ya no hubo bromas.

Solo cariño.

—Siempre, Eliza.

Me tomó las manos.

—Puede que estemos a miles de kilómetros y que tenga que aprender a calcular una diferencia horaria absurda.

Sentí una lágrima resbalar por mi mejilla.

—Pero eres mi otra mitad —continuó—. Mi hermana del alma.

Me apretó los dedos.

—Y no existe distancia suficientemente grande para cambiar eso.

Esta vez fui yo quien la abrazó. Con fuerza, como si quisiera memorizarla. Su perfume, su calor. La manera en que siempre encontraba la forma de hacerme reír cuando el mundo parecía estar desmoronándose.

Y mientras la abrazaba entendí algo.

A veces las almas gemelas no llegan como amantes. No aparecen para besarte bajo la lluvia ni prometen compartir una vida contigo. A veces llegan convertidas en esa amiga que se sienta en tu sofá antes del amanecer con café y croissants.

La que te recoge cuando te rompes. La que te obliga a levantarte. La que se convierte en hogar cuando todo lo demás deja de serlo.

Podía no tener trabajo, podía tener el corazón destrozado. Podía estar a punto de comenzar una vida completamente nueva en un país que apenas conocía.

Incluso podía estar aterrada.

Pero la tenía a ella.

A Emma.

Mi mejor amiga. Mi hermana elegida. Mi brújula en medio del caos.

Y cuando nos separamos, ella volvió a mirarme con esa expresión que decía que ya sabía algo que yo todavía no estaba preparada para admitir.

—Vas a aceptar —dijo.

Solté una pequeña risa y desvié la mirada.

—No empieces.

—No estoy empezando nada.

Tomó su café.

—Solo te conozco.

No respondí.

Porque quizá ese era precisamente el problema.

Emma me conocía demasiado bien.

Y aunque todavía no había pronunciado las palabras en voz alta, mientras sostenía mi café entre las manos y pensaba en aquel trabajo, en Argentina y en todo lo que podía existir al otro lado del miedo...

Empecé a sospechar que mi decisión ya estaba tomada.

Para cuando Emma se fue, todavía no eran las nueve de la mañana.

Pensé en volver a dormir, pero estaba completamente despierta. El cansancio había desaparecido, reemplazado por una inquietud que no me permitía quedarme quieta. Así que desarmé la maleta, puse una lavadora y me preparé otro café, más por costumbre que por necesidad.

Necesitaba mantener las manos ocupadas.

Encendí el computador para revisar mis correos y encontré uno de Nicholas. Era breve, directo, pero suficiente para encender algo dentro de mí.

Espero tu respuesta. Y, sinceramente, espero que sea un sí.

Sonreí apenas.

En el fondo, sabía que ya había tomado una decisión.

Aun así, le respondí que le daría una respuesta definitiva antes de terminar la semana. Quería conservar, aunque fuera un poco más, la ilusión de que todavía tenía tiempo para pensarlo.

Su respuesta llegó casi de inmediato.

Estoy ansioso por saber tu decisión.

Cerré el computador.

Necesitaba aire.

Me vestí a toda prisa, como si permanecer un segundo más dentro de aquellas paredes pudiera asfixiarme. Tomé el teléfono, conecté mis auriculares de cable —sí, todavía usaba esos— y puse música.

No necesitaba una canción especial.

Solo ruido.

Algo que ahogara mis pensamientos.

Caminé durante horas sin rumbo hasta terminar en una pequeña cafetería escondida en una calle tranquila. Apenas tenía cuatro mesas y una vitrina con galletas caseras, pero había algo reconfortante en su sencillez.

Pedí un café y me senté junto a la ventana. Y entonces, inevitablemente, aparecieron los recuerdos.

Bastián.

Era absurdo cómo un nombre podía pesar tanto.

¿Cómo se podía amar tanto a alguien en tan poco tiempo? ¿Cómo podía entregar todo de mí y, de un momento a otro, quedarme con las manos vacías?

Bajé la mirada hacia mi taza.

Sí, estaba rota.

Pero por primera vez desde que todo había terminado, también sentía algo distinto.

Claridad.

No podía seguir estancada en aquella versión gris de mí misma. La mujer que arrastraba los pies por las mañanas y apenas reconocía su propio reflejo.

Yo no era esa.

Siempre había sido luz. Alegría. Optimismo. La que encontraba belleza incluso en medio del desastre. Y no iba a permitir que un hombre que no supo valorarme decidiera quién era yo.

Bastián podía tenerlo todo.

Dinero.

Éxito.

Mujeres hermosas dispuestas a estar a su lado.

Pero había algo que jamás podría comprar, amor verdadero. Y esa había sido su elección.

La mía sería diferente.

Yo me elegía a mí.

Elegía sanar.

Cerrar aquella herida.

Aceptar la oportunidad que tenía frente a mí y comenzar de nuevo. Quizá Argentina, con sus calles coloridas, su cielo cambiante y sus miles de posibilidades, era exactamente lo que necesitaba.

Porque ya no quería sobrevivir.

Quería vivir.

Y, por primera vez en mucho tiempo, quería hacerlo sin mirar atrás.

Quería ser feliz.

Así que sí.

Elegía dejar atrás a Bastián Müller.

Para siempre.