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Capitulo 46

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Capitulo 46

Bastián

Los últimos días fueron el mismísimo infierno.

No solo por todo lo ocurrido con Eliza, sino porque, justo cuando había decidido hablar con ella, una de las sucursales en Seattle se incendió y tuve que viajar de emergencia.

Intenté convencerme de que podía esperar.

No quería hacerlo por teléfono. Me parecía demasiado impersonal y Eliza merecía más que una llamada apresurada después de todo lo que le había hecho.

Pero cada hora que pasaba aumentaba el miedo.

Desde que Emma se marchó furiosa de aquel restaurante, después de decirme exactamente lo que necesitaba escuchar, una idea no ha dejado de perseguirme:

Puedo perder a Eliza para siempre.

Otra vez por mi culpa. Por callar, por no preguntar y por no aclarar las cosas cuando todavía estaba a tiempo.

Sé que la cagué.

Y no puedo estar más arrepentido.

Todo me sobrepasó. Nunca he sido bueno expresando lo que siento y, aunque no es una excusa, la intensidad de lo que sentía por Eliza terminó desbordándome.

Dejé que la peor persona que conozco se metiera en mi cabeza y consiguiera que dudara de la mujer que más amo.

No hay un solo día en que no me arrepienta.

Tal vez Eliza nunca quiera volver a verme y no podría culparla, yo mismo me culpo.

Probablemente lo haga durante el resto de mi vida.

Cuando finalmente llego a casa, estoy agotado. Ni siquiera tengo el teléfono a mano; durante el viaje apenas pude acceder a mis contactos y archivos como necesitaba. Lo único que quiero es dejar las maletas, darme una ducha rápida y salir a buscarla.

Necesito hablar con Eliza.

Necesito verla.

Necesito saber dónde está.

Pero apenas cruzo la puerta, escucho la última voz que quería oír en este momento.

—Bastián, al fin regresas.

Venus está de pie junto a la mesa. El periódico descansa abierto sobre ella, colocado de una manera demasiado deliberada como para ser una casualidad.

Se acerca con una sonrisa que no consigue despertar en mí absolutamente nada.

—Te estaba esperando.

Mi mandíbula se tensa.

—¿Qué haces aquí? —pregunto, cortante—. ¿Cómo entraste?

—Con la llave que me diste.

Lo dice como si fuera lo más normal del mundo.

—Eso fue cuando salíamos, Venus. Hace una vida.

Extiendo la mano.

—Devuélvemelas, por favor.

Su expresión cambia.

—¿Qué te pasa? —pregunta mientras se acerca y roza mi brazo—. Estamos juntos. Es lógico que venga y te espere...

Le detengo la muñeca antes de que pueda tocarme otra vez.

—Tú y yo no estamos juntos, Venus. Hace mucho que dejamos de estarlo.

La suelto inmediatamente.

Estoy demasiado cansado para fingir paciencia.

—Fui un idiota por escucharte —digo—. Por dejarte entrar en mi cabeza siquiera un segundo, pero ya no más.

—¿De qué hablas?

—De que no quiero saber nada de ti.

La miro directamente a los ojos.

—Y no importa si Eliza me perdona o no. Aunque ella no vuelva a aceptarme, jamás volvería contigo.

Venus suelta una risa incrédula.

—No seas ridículo. Tú y yo tenemos historia, Bastián. Dos años juntos. ¿Y con ella qué? ¿Meses? —su voz es arrogancia pura—. Ya jugaste a la casita, ahora vuelve a ser el hombre que eras conmigo.

Siento algo parecido a la rabia, pero ya no es la rabia que me hacía perder el control.

Es claridad.

—¿De verdad no te cansas?

Mi voz permanece firme.

—Esos dos años contigo no se comparan con los pocos meses que viví con ella. Porque cada uno de esos días con Eliza fue real. Intenso. Verdadero.

Trago saliva.

—Me cambió la vida.

Venus permanece inmóvil.

—Logró lo que tú nunca pudiste.

Su ceño se frunce.

—¿Y qué fue eso?

La respuesta me sale sin siquiera pensarlo.

—Tenerme.

El silencio cae entre nosotros.

—Porque desde que cruzó esa puerta, fui suyo.

La miro y, por primera vez, no siento ninguna necesidad de ocultarlo.

—Y probablemente lo seré siempre.

Doy un paso atrás.

—Es a ella a quien amé, amo y amaré por el resto de mi vida.

El rostro de Venus cambia.

La furia aparece en sus ojos.

—Estás diciendo tonterías.

—¿Lo estoy?

Mi voz baja, pero cada palabra pesa.

—A diferencia de mi compromiso contigo, si ella me hubiera insinuado que quería casarse conmigo, me habría arrodillado sin pensarlo. Habría dado todo por construir una vida con ella.

Respiro hondo.

—Porque la amo como nunca te amé a ti.

Venus palidece y durante unos segundos no dice nada. Hasta que finalmente encuentra la única arma que todavía le queda.

—Una lástima que no le creíste cuando más importaba.

Sus palabras me golpean porque son ciertas.

Bajo la mirada durante un instante.

—Sí.

No intento defenderme.

—Lo es.

Levanto los ojos hacia ella.

—Pero al final del día... aquí perdimos todos.

—¿Qué quieres decir?

Su expresión cambia y algo en sus ojos se quiebra porque sabe exactamente lo que viene.

—Yo perdí a Eliza.

Hago una pausa.

—Pero tú, Venus... tú también perdiste.

Señalo el periódico sobre la mesa.

—No creas que no sé qué Kingston te dejó por tus múltiples infidelidades. Sé que venir a mí fue tu jugada desesperada para mantener el estilo de vida que tenías.

—Eso no es cierto...

—Claro que lo es.

Tomo el periódico y lo levanto apenas antes de dejarlo caer nuevamente sobre la mesa.

—Y esa noticia sobre nosotros volviendo...

La miro con desprecio.

—Ya la desmentí, personalmente.

Venus abre los ojos.

—Se acabó el teatro.

—¿Qué? ¡No! Tú no puedes...

—Sí puedo.

Mi voz no admite discusión.

—Y lo hice.

Tomo aire.

—A partir de ahora, te toca trabajar duro para mantener ese estilo de vida sin el dinero de Kingston... y definitivamente sin el mío.

Su expresión se desmorona.

—Bastián, por favor... yo te amo.

La miro.

No siento culpa y no siento duda.

Solo una certeza absoluta.

—Pero yo no.

Las palabras salen heladas.

—Y no volvería contigo, aunque fueras la última mujer sobre la faz de la tierra.

—Bastián...

Intenta acercarse.

Retrocedo.

—Vete.

Venus se queda quieta.

—Y no regreses jamás, porque no te quiero cerca.

La miro una última vez.

—No te quiero en mi vida.

Mi voz es tan fría que, por un momento, parece no saber qué hacer. Finalmente, toma su bolso, camina hasta la puerta y se marcha sin mirar atrás.

Cuando la puerta se cierra, me quedo inmóvil.

Entonces respiro.

Por primera vez en semanas, siento que puedo hacerlo sin tener a Venus, a mi padre, a las fotografías o a mis propios errores apretándome el cuello.

El silencio que deja detrás es espeso, casi insoportable. Pero también trae algo que no había tenido en días.

Claridad.

Estoy derrotado.

Vacío.

Y no tengo ninguna excusa que ofrecerme, pero tengo una certeza clavada en el pecho.

Voy a buscar a Eliza.

No sé si querrá verme, no sé si todavía queda algo que pueda reparar. Pero si existe una mínima posibilidad de recuperarla, voy a pelear por ella.

Esta vez no voy a quedarme quieto.

Subo las escaleras casi corriendo, como si el tiempo pudiera escaparse entre mis dedos. Entro en mi habitación, dejo el saco sobre la cama y me meto bajo la ducha.

El agua apenas consigue enfriar la ansiedad que me quema por dentro. No me demoro, cuando termino me visto en cuestión de minutos, tomo las llaves y salgo de casa.

No tengo un plan y no tengo garantías. Solo sé una cosa, necesito ver a Eliza y esta vez, no voy a permitir que el miedo vuelva a decidir por mí.

Manejo sin pensar.

No recuerdo cuántos semáforos crucé ni si estaban en rojo o en verde. No recuerdo el tráfico, las calles ni el tiempo que tardé en llegar.

Solo sé que tengo que verla, tengo que hablar con ella. Y no importa si quiere escucharme o si, cuando me vea, decide cerrar la puerta en mi cara. Necesito decirle la verdad.

Toda la maldita verdad.

Veinte minutos después, estoy frente a la puerta de su apartamento.

Toco el timbre.

Nada.

Vuelvo a tocar.

Una vez.

Dos.

Tres.

El silencio que me devuelve la puerta comienza a convertirse en un castigo. Saco el teléfono para llamarla, pero me detengo.

¿Y si cambió de número?

¿Y si no quiere responderme?

Aprieto la mandíbula.

No.

No puedo empezar a imaginar escenarios, solo necesito que abra.

Vuelvo a tocar.

—¿Joven?

La voz a mi espalda me hace girar.

Una mujer mayor está asomada desde la puerta del apartamento contiguo. Me observa con una mezcla de curiosidad y cautela.

—La niña no está.

Siento un vacío inmediato en el estómago.

—¿Hace mucho que salió? —pregunto, intentando mantener la voz firme—. Estoy buscándola.

—Como una hora.

Hace una pequeña pausa.

—Pero...

Da unos pasos hacia mí, con una expresión que cambia lentamente de curiosidad a algo parecido a la compasión.

No me gusta.

—Ella se fue —repite.

Frunzo el ceño.

—Sí, ya me lo dijo. Pero esperaré.

La mujer niega suavemente con la cabeza.

—No...

Mi pecho se tensa.

—Se fue del edificio.

Señala la puerta de Eliza.

—Me dejó sus plantas y.… se despidió.

Por un instante, no comprendo lo que acaba de decir.

—¿Qué?

La palabra apenas consigue salir de mi garganta.

—¿Cómo que se fue?

Doy un paso hacia ella.

—¿A dónde se fue?

La mujer parece dudar.

—Creo que dijo...

Mira hacia un lado, tratando de recordar.

—Argentina.

El mundo se detiene.

Argentina.

La palabra atraviesa mi pecho como una bala.

No.

No puede ser.

Me quedo inmóvil frente a ella, incapaz de procesarlo. Como si mi cabeza se negara a aceptar algo que mi corazón ya entendió.

Eliza se fue.

Se fue sin mí.

Se fue porque yo la rompí.

Doy un paso atrás.

Y después otro.

El aire parece haberse vuelto demasiado pesado para entrar en mis pulmones.

Todo mi universo, el que durante meses había girado alrededor de una mujer que nunca creí necesitar, acaba de derrumbarse en cuestión de segundos.

Así.

De golpe.

Como si hubiera estado sostenido por un solo hilo y alguien acabara de cortarlo sin avisar.

—¿Joven? —escucho a la mujer decir detrás de mí.

No respondo.

Salgo del edificio casi tambaleándome, cada paso pesa y el miedo me consume. Me carcome por dentro, porque nunca había sentido algo así.

Ni siquiera cuando perdí negocios. Ni cuando enfrenté fracasos. Ni cuando pensé que podía perderlo todo.

Porque esto es diferente.

Esto tiene nombre. Tiene ojos. Tiene una sonrisa que ahora mismo daría cualquier cosa por volver a ver.

Eliza.

Y por primera vez en mi vida conozco el verdadero significado de la palabra pérdida.

No sé cuándo se fue, no sé si todavía tengo alguna posibilidad de alcanzarla. Solo sé que esta vez no puedo llegar tarde.

Porque el miedo que me aprieta el pecho ya no huele a una simple despedida, huele a pérdida definitiva.

Tardo lo que parece una eternidad en llegar hasta el auto.

Conduzco.

Bueno... decir que conduzco es bastante generoso.

Rompo prácticamente todas las leyes de tránsito que encuentro en el camino. La ciudad parece haberse puesto de acuerdo para detenerme, calles cerradas, semáforos eternos, embotellamientos, conductores que parecen tener todo el tiempo del mundo.

¿Nadie en esta maldita ciudad sabe conducir?

Golpeo el volante.

—¡Muévete!

El auto de delante no se mueve.

—¡Vamos, joder!

Nada.

—¡Tengo que llegar al aeropuerto!

Como si alguien fuera a escucharme. Maldigo, toco la bocina y vuelvo a golpear el volante. Cada segundo que pierdo se siente como si alguien me arrancara otro pedazo de esperanza.

Cuando finalmente llego al aeropuerto, ni siquiera pienso claramente. Bajo del auto y corro.

Literalmente.

Sí.

Yo.

Bastián Müller.

Corriendo por un aeropuerto como el protagonista de un cliché barato de película romántica y me importa una mierda. Porque si correr como un idiota entre desconocidos me da una posibilidad de alcanzar a Eliza, bienvenida sea la humillación.

Corro por los pasillos, esquivo personas, casi atropello a un hombre con una maleta y escucho a alguien protestar a mi espalda.

No me detengo.

Solo necesito llegar, solo necesito encontrarla. Entonces levanto la vista hacia la pantalla de salidas.

Y todo dentro de mí se detiene.

Vuelo 310 a Argentina —Despegado.

No.

Parpadeo.

Vuelvo a mirar.

Como si las letras pudieran cambiar si las observo el tiempo suficiente. Pero no lo hacen, porque el vuelo ya salió.

Ese era el vuelo.

El único.

Me quedo inmóvil.

El ruido del aeropuerto desaparece de golpe. Las voces, los pasos, los anuncios por los altavoces... todo se vuelve distante, amortiguado, como si acabara de hundirme bajo el agua.

Solo existe esa pantalla.

Y esas dos palabras.

Vuelo despegado.

El pecho se me cierra, intento respirar, pero el aire no llega hasta mis pulmones. Mis manos comienzan a temblar, están heladas.

Inútiles.

Y entonces siento cómo el estómago se me cae, como un bloque de cemento, llevándose consigo la última esperanza que me había mantenido en pie.

Eliza se fue.

De verdad se fue.

Y yo no pude detenerla.

Me duele el pecho. Me arde la garganta. Tengo un grito atrapado detrás de los dientes que no consigo sacar. Pero el dolor más profundo no está en mi cuerpo, está en algún lugar mucho más hondo.

En el alma.

Porque nunca había entendido realmente lo que significaba perder algo hasta este momento. Hasta verla desaparecer sin siquiera haber tenido la oportunidad de decirle cuánto la amo.

El avión se fue.

Eliza se fue.

Y yo...

Yo llegué tarde.

Otra vez.

Aprieto los puños, como siempre. Como cuando me necesitó y no estuve, como cuando tuve la oportunidad de creerle y elegí dudar.

Como cuando la herí y la dejé marcharse. Como cuando finalmente entendí que quería hacer las cosas bien y ya era demasiado tarde.

Siempre demasiado tarde.

Una parte de mí quiere gritar su nombre. Quiere correr hasta la pista, detener el avión con mis propias manos, hacer cualquier maldita cosa que consiga devolverme a mi Eliza.

Otra solo quiere caer de rodillas y rendirse, pero no hago ninguna de las dos. Me quedo de pie. Inmóvil. En medio de un aeropuerto que continúa funcionando como si nada hubiera ocurrido.

La gente sigue caminando. Los aviones siguen despegando. Las voces siguen anunciando destinos.

El mundo continúa.

Solo que el mío acaba de detenerse.

Bajo la mirada y cierro los ojos. Por primera vez, no tengo un plan, no tengo una solución y no tengo nada que pueda arreglar con dinero, contactos o una llamada.

Solo tengo este vacío.

Y una pregunta que se repite dentro de mi cabeza, una y otra vez, como un maldito mantra.

¿Y si esta vez… ya no hay regreso?