Capitulo 47
ElizaArgentina era hermosa.
Llevaba una semana en Buenos Aires y cada día descubría algo que conseguía sorprenderme.
Palermo, sobre todo, tenía un encanto que no esperaba. Sus calles arboladas, las fachadas antiguas mezcladas con edificios modernos, las terrazas llenas de gente, los parques escondidos entre el movimiento de la ciudad... Todo tenía una energía diferente.
Incluso el acento.
Al principio me costaba seguir algunas conversaciones, pero había algo musical en aquella forma de hablar que poco a poco comenzaba a resultarme familiar.
Todo era distinto.
Ajeno.
Nuevo.
Y, sin embargo, me hacía sentir extrañamente a salvo.
Todavía no había salido demasiado, me lo estaba tomando con calma. Necesitaba adaptarme a la ciudad, al trabajo, a los horarios y, sobre todo, a la idea de que ahora mi vida estaba aquí.
También al ático que Nicholas había conseguido para mí.
Me gustaba.
Era amplio, luminoso y tenía unos ventanales enormes por donde el sol entraba cada mañana. Además, estaba a pocos minutos del trabajo y, lo más importante, podía pagarlo con mi salario.
Eso significaba mucho para mí.
Era mío.
Un pequeño lujo que podía permitirme sin depender de nadie.
Aun así, había una parte de mí que seguía triste. Pequeña, escondida, pero persistente.
Una parte que todavía no conseguía soltarlo del todo.
Porque, por más que intentara convencerme de lo contrario, había conservado una esperanza ridícula hasta el último minuto. Incluso mientras esperaba para abordar el avión, había imaginado que Bastián aparecería.
Que irrumpiría en el aeropuerto como un loco, jadeando, con los ojos enrojecidos y el alma en las manos. Que me encontraría justo antes de subir al avión y me diría que todo había sido un error.
Que me amaba.
Que no quería perderme.
Que no me dejaría ir.
Pero no ocurrió.
No hubo carrera desesperada. No hubo declaración. No hubo Bastián. Solo hubo silencio.
Supongo que ahora está feliz, retomando la vida que había querido recuperar desde el principio.
Con Venus.
Y yo...
Yo solo había sido una pausa.
Un desliz.
Un paréntesis incómodo dentro de su vida perfectamente organizada. Respiré hondo y miré alrededor, las cajas seguían apiladas en una esquina del salón.
Había pasado una semana y todavía no había terminado de desempacar. Quizá porque hacerlo significaba admitir que esto era real, que me había ido y que no estaba de paso.
Pero, sobre todo, que Bastián ya no formaba parte de mi vida.
Respiré hondo y decidí que ya era suficiente, no podía seguir esperando algo que nunca había llegado.
Así que abrí las cajas.
Saqué mis libros, mis fotografías, mi taza favorita y algunos pequeños objetos que traje conmigo. Puse música, abrí las ventanas y dejé que el aire fresco recorriera cada rincón.
Quería que aquel lugar dejara de parecer un sitio prestado, y se pareciera a mí. Que tuviera color, vida, historia. Que se sintiera como un hogar
Porque yo había elegido estar aquí.
Había dicho que sí a una nueva ciudad, a un nuevo trabajo y a una versión de mí misma que no estuviera definida por el pasado.
Y aunque todavía dolía —aunque la herida seguía latiendo debajo de todas mis capas de dignidad y racionalidad—, sabía que había tomado la decisión correcta.
Este era mi comienzo.
Mi espacio.
Mi tiempo.
Nuevos aires.
Nueva vida.
Y quizá, algún día, un nuevo destino.
Después de casi todo el día moviendo cosas, colgando ropa, ordenando estantes y limpiando hasta el último rincón del ático, finalmente pude detenerme y contemplar el resultado.
Todavía faltaban algunos cuadros y ciertos detalles, pero ya se sentía mío. Emma se encargaría de ayudarme con lo que faltaba cuando viniera a visitarme.
Aunque eso todavía quedaba lejos.
Siete días.
Solo siete días.
Y ya la extrañaba como una loca. Su risa. Su voz. Su capacidad para saber exactamente qué me pasaba incluso cuando yo misma no tenía idea de lo que sentía. Emma siempre había sido mi brújula y ahora estaba a miles de kilómetros.
Me di una ducha larga, dejando que el agua caliente relajara la tensión acumulada en mis músculos. Después me puse algo cómodo y decidí salir a caminar.
Necesitaba conocer mi nuevo barrio.
Compré algunas cosas para el apartamento, caminé sin prisa y, aunque todavía no conocía bien las calles, disfruté de perderme un poco entre ellas.
Cuando regresé, llevaba varias bolsas en los brazos y una sensación extraña de tranquilidad.
Puse música suave, encendí algunas luces y me dispuse a cocinar. Solo para mí. Sin prisa, sin tener que preguntarme qué quería otra persona.
Sin necesidad de impresionar a nadie.
Abrí una botella de vino que había comprado por impulso y me serví una copa. El primer sorbo supo a libertad y fue justo cuando el aroma de la comida comenzaba a llenar el apartamento y la música flotaba suavemente a mi alrededor, que comprendí algo.
Me había olvidado de mí.
Durante demasiado tiempo había girado alrededor de Bastián. De sus llamadas a medianoche, de sus silencios, de sus cambios de humor.
De esa manera suya de mirarme y tocarme como si pudiera romperme y, al mismo tiempo, mantenerme atada a él. Me había acostumbrado tanto a sus atenciones que dejé de preguntarme qué necesitaba yo.
Me perdí en él con una facilidad que ahora me asustaba. Y no me di cuenta de cuándo había dejado de escuchar mi propia voz.
Bajé la mirada hacia la copa que sostenía entre los dedos.
Había confundido ser amada con sentirme deseada, había convertido sus gestos en promesas que él nunca hizo. Y había entregado demasiado de mí esperando que, de alguna manera, amar lo suficiente consiguiera que él me amara de vuelta.
Ya no.
Levanté la copa, miré mi reflejo distorsionado en el vino y sonreí. Una sonrisa pequeña, pero mía.
―Nunca más ―susurré.
No era una promesa para olvidar a Bastián de un día para otro. Era algo más importante, era una promesa para no volver a olvidarme de mí.
Nunca más permitiría que alguien nublara mi propia voz. Nunca más dejaría que amar a otra persona significara quererme menos.
Cené conmigo.
Y, por primera vez en mucho tiempo, no sentí lástima por la mujer que veía frente al espejo.
Sentí orgullo.
Todavía estaba herida, sí. Todavía había noches en las que probablemente lloraría, todavía me dolía.
Pero estaba aquí.
En una ciudad nueva, con un trabajo nuevo y en un hogar que empezaba a parecerse a mí. Pero, sobre todo, conmigo misma.
Quizá no sabía qué vendría después, pero por primera vez no necesitaba saberlo. Porque esta vez no estaba esperando que alguien viniera a salvarme, estaba aprendiendo a salvarme yo.
Y eso, quizá, era el verdadero comienzo.
Dos semanas.
Ese era el tiempo que había pasado desde que llegué a Buenos Aires y, poco a poco, empezaba a sentir que aquella ciudad dejaba de ser un lugar extraño para convertirse en algo parecido a un hogar.
Y el trabajo... el trabajo era incluso mejor de lo que había imaginado.
Había tenido suerte.
Nicholas había llegado prácticamente al mismo tiempo que yo y se había tomado la molestia de acompañarme durante los primeros días, presentándome al equipo, explicándome cada detalle y ayudándome a entender cómo funcionaba todo.
Sin él, probablemente habría tardado mucho más en dejar de sentir que estaba caminando sobre hielo.
El primer lunes había llegado terriblemente nerviosa. Temía no estar a la altura, equivocarme. Hacer una pregunta estúpida o, peor todavía, descubrir que todos esperaban mucho más de mí de lo que yo podía ofrecer.
Pero apenas crucé las puertas de la oficina y conocí al equipo, algo dentro de mí comenzó a relajarse.
No había encontrado aquel ambiente frío y competitivo que había imaginado. Todo lo contrario, se ayudaban, compartían consejos. Se pasaban cafés, bromeaban entre ellos y, cuando alguien necesitaba una ayuda, siempre aparecía otra persona dispuesta a ayudar.
Aquella camaradería sincera convirtió el trabajo en algo mucho más llevadero, más humano.
Al terminar la primera semana, ya me sentía bastante cómoda. Incluso me habían agregado al grupo de WhatsApp del equipo y me habían invitado a un
happy hour en un bar cercano.
Todavía me costaba creerlo.
Me estaban integrando mucho más rápido de lo que jamás habría imaginado y quizá lo más importante era que, por primera vez en mucho tiempo, estaba construyendo algo que no tenía absolutamente nada que ver con Bastián.
Una vida nueva.
Una vida mía.
Aquella tarde estaba tan concentrada revisando un último archivo que no escuché los pasos acercándose por detrás.
—Ya es tarde, Eliza.
La voz me sobresaltó.
Di un pequeño salto en la silla y me llevé una mano al pecho.
Nicholas estaba junto a mi escritorio, con esa sonrisa suya ligeramente irónica que me hacía sospechar que llevaba varios segundos observándome antes de decidirse a hablar.
—Dios, no te escuché entrar.
—Lo siento —murmuró.
Por su expresión, estaba bastante claro que no lo sentía demasiado.
—¿Estás intentando matarme del susto?
—No era mi intención.
—Pues te salió bastante bien.
Su sonrisa se amplió.
—Vamos, te invito a comer algo.
Miré la pantalla de mi computadora.
—Gracias, pero todavía me quedan unos documentos por terminar.
Nicholas inclinó ligeramente la cabeza.
—Eliza...
Su tono cambió.
Ya no sonaba divertido.
Era más suave.
Más cercano.
—Has trabajado muy duro esta semana. Incluso te has quedado después de hora varios días.
Miró mi escritorio lleno de documentos.
—Es tarde y tienes que cenar. ¿O me equivoco?
Bajé la mirada.
—No, no te equivocas.
—Entonces vamos.
Se incorporó y señaló la puerta con un gesto.
—Soy el jefe aquí. No puedes desobedecer una petición mía.
Lo dijo con una solemnidad tan exagerada que tuve que contener una sonrisa.
—Eso suena bastante autoritario.
—Lo soy.
—Qué miedo.
—Deberías tenerlo.
Finalmente cerré el archivo y guardé los documentos. Nicholas esperó pacientemente a que apagara la computadora.
—¿Ves? —dijo—. No era tan difícil.
—No te acostumbres.
—Demasiado tarde.
Lo miré mientras recogía mis cosas y, por alguna razón, terminé sonriendo. No sabía exactamente cuándo había ocurrido, pero algo había cambiado.
Ya no sentía que estuviera sobreviviendo, estaba empezando a vivir. Y quizá por eso, cuando Nicholas volvió a sonreírme y abrió la puerta para que saliera, no tuve ninguna necesidad de negarme.
—Está bien —cedí—. Pero solo porque me estoy muriendo de hambre.
—Eso era exactamente lo que esperaba escuchar.
Y salimos juntos de la oficina.
Fuimos en su auto hasta un restaurante que quedaba a pocos minutos de la oficina. El lugar tenía ese equilibrio perfecto entre lo moderno y lo íntimo: luces cálidas, madera oscura, mesas discretamente separadas y una música suave que invitaba a bajar la guardia.
Nos sentamos junto a una ventana desde donde podíamos ver la lluvia comenzar a cubrir las calles.
Nicholas ni siquiera miró la carta antes de pedir dos copas de vino. Decidí confiar en su elección y no me arrepentí.
El vino era suave, complejo y exquisito. Justo lo que necesitaba después de una semana que había sido mucho más intensa de lo que esperaba.
Cuando llegaron los platos, Nicholas levantó la copa y me observó por encima del borde.
—¿Cómo te está resultando todo hasta ahora, Eliza? ¿Te estás adaptando?
Asentí.
—Sí, me encanta. Todo aquí es maravilloso, la gente es muy cálida y el trabajo...
Sonreí.
—Es perfecto.
—Lo sabía.
La satisfacción en su rostro era evidente.
—No me imaginaba a nadie más que a ti para este puesto. Y déjame decirte algo, con solo una semana, has superado mis expectativas.
Sentí que mis mejillas se calentaban.
—¿En serio?
—Muy en serio.
Dejó la copa sobre la mesa.
—Eres dedicada, meticulosa y brillante. Estoy convencido de que esto es solo el comienzo para ti.
Sonreí, sinceramente agradecida.
—Gracias, Nicholas. De verdad —dije con sinceridad—. Gracias por esta oportunidad.
—El agradecido soy yo.
Durante unos segundos continuó comiendo en silencio, hasta que dejó los cubiertos a un lado.
—¿Puedo hacerte una observación?
Su tono había cambiado.
Asentí, un poco desconcertada.
—Desde que llegaste, he notado algo en ti.
Lo miré.
—Hay una tristeza en tus ojos que no combina con tu sonrisa.
Mi sonrisa desapareció lentamente.
—Sé que sonríes, que das lo mejor de ti y que estás intentando adaptarte...
Hizo una pequeña pausa.
—Pero creo que no son tus verdaderas sonrisas.
Sus palabras me golpearon con una precisión que no esperaba.
Había pasado días esforzándome por parecer bien. Convenciéndome de que estaba empezando de nuevo, de que había tomado la decisión correcta, de que podía dejar atrás todo lo ocurrido.
Y aquel hombre acababa de ver lo que yo llevaba días intentando esconder. Bajé la mirada hacia mi plato y sentí que los ojos comenzaban a arderme.
No.
No iba a llorar.
Mucho menos frente a mi jefe.
Pero había algo en su forma de decirlo que no me hizo sentir expuesta. No me estaba juzgando, solo parecía haberme visto.
—Yo... no sé qué decir —murmuré.
Nicholas suspiró.
—Lo siento, no debí inmiscuirme.
Negué suavemente con la cabeza.
—No, tienes razón.
Respiré hondo.
—Estoy tratando de dejar atrás algo que me rompió.
Mis dedos rodearon la copa.
—Esto... esta ciudad, este trabajo... es mi oportunidad de empezar de nuevo.
Nicholas permaneció en silencio unos segundos.
Después preguntó:
—¿Ese algo tiene nombre y apellido?
Lo miré.
No tenía sentido mentir.
—Sí.
Una sonrisa apenas perceptible apareció en sus labios.
—Entonces déjame decirte algo.
Su voz adquirió una firmeza inesperada.
—Es un idiota por dejarte ir.
Solté una pequeña risa, aunque la tristeza seguía ahí.
—No creo que él piense lo mismo.
—Eso es porque es un idiota de verdad.
No pude evitar sonreír.
Nicholas levantó su copa.
—Eliza, si me gustaran las mujeres, créeme que no dejaría ir a alguien como tú.
Me quedé mirándolo, sorprendida.
—Y como hombre, te aseguro que el día que se dé cuenta de lo que perdió, va a odiarse por ello.
Mis ojos volvieron a humedecerse.
No sabía si sus palabras eran ciertas, probablemente no. Pero, por alguna razón, necesitaba escucharlas. Necesitaba que alguien me recordara que perderme no significaba que yo valiera menos.
—Gracias —murmuré.
Nicholas simplemente asintió. Y, como si hubiera entendido que no necesitaba decir nada más, cambió de tema.
El resto de la cena transcurrió entre conversaciones mucho más ligeras.
Me habló de su familia, de los viajes que había hecho por trabajo y de cómo había terminado haciéndose cargo de la filial en Buenos Aires.
Yo le conté algunas cosas sobre mi llegada y terminamos riéndonos de mis primeros intentos por entender ciertas expresiones locales.
No volvió a mencionar el teme y se lo agradecí. Cuando terminamos, insistió en llevarme a casa.
—Puedo tomar un taxi —protesté.
—No.
Lo dijo con tanta seguridad que casi me hizo reír.
—Nicholas...
—No pienso dejar que te subas a un taxi con esta lluvia.
—No es para tanto.
Miró hacia la ventana.
Afuera, la lluvia había aumentado considerablemente.
—Eso dices porque no eres tú quien va a quedarse intranquila sabiendo que te fuiste sola.
Suspiré.
—Está bien.
El trayecto fue tranquilo.
La lluvia golpeaba suavemente el parabrisas mientras la ciudad pasaba iluminada al otro lado de las ventanas. No hablamos demasiado y, curiosamente, no sentí la necesidad de llenar el silencio.
Cuando llegamos, Nicholas estacionó frente al edificio.
—Mañana regreso a Estados Unidos —me informó antes de que bajara—. Tengo algunos negocios que atender y probablemente estaré fuera varias semanas.
—Entonces tendré que sobrevivir sin mi jefe durante un tiempo.
—Estoy seguro de que podrás hacerlo.
Sonreí.
—Cuida bien el fuerte en mi ausencia, ¿sí?
—Lo haré.
—Eso espero.
—Puedes confiar en mí.
Nos despedimos y subí al ático.
En cuanto cerré la puerta, dejé escapar todo el aire que parecía haber estado conteniendo durante horas.
Me quité los zapatos y me dejé caer sobre la cama. Estaba agotada. Solo tuve fuerzas para quitarme la falda y el sostén antes de meterme bajo las mantas.
La lluvia seguía cayendo sobre la ciudad y su sonido llenaba el apartamento con una calma extraña, casi reconfortante.
Cerré los ojos.
Pensé en Emma. En mi nuevo trabajo. En todo lo que había dejado atrás. Y, inevitablemente, pensé en Bastián.
Pero esta vez no dejé que el recuerdo me arrastrara.
Respiré hondo.
Todavía dolía. Probablemente seguiría doliendo durante un tiempo, pero no podía quedarme para siempre en aquel dolor.
Mañana volvería a levantarme, iría a trabajar y conocería un poco más de esta ciudad.
Seguiría construyendo mi vida. No como antes, no fingiendo que nada había ocurrido. Sino como alguien que, poco a poco, estaba aprendiendo a recoger sus pedazos y volver a encontrarse.
Y quizá eso era suficiente por ahora.
Paso a paso.
Día a día.
Volviendo a ser yo.