Capitulo 48
ElizaMe encantaba Buenos Aires.
Había algo en su aire, en sus calles y en ese ritmo acelerado pero encantador de la ciudad que, poco a poco, había conseguido devolverme la sonrisa. Pero, sobre todo, me encantaba lo que Buenos Aires representaba para mí.
Un nuevo comienzo.
Aquí nadie me conocía.
No tenía pasado.
No había etiquetas, rumores ni miradas que me recordaran quién había sido antes de llegar. Podía reinventarme. Elegir quién quería ser. Y, por primera vez en mucho tiempo, aquella chispa creativa que creí apagada comenzaba a encenderse otra vez.
También estaba recuperando mi optimismo.
Cuando llegué, lo admito, estaba aterrada. Mudarse a una ciudad donde no conocía absolutamente a nadie había sido un salto al vacío.
Pero los primeros días me sorprendieron.
Mis compañeros de trabajo fueron cálidos, amables y, para mi enorme alivio, no había rastro de esa competitividad tóxica que había conocido en otros ambientes. Al contrario, se ayudaban, compartían ideas y siempre había alguien dispuesto a echar una mano.
Después de un mes y medio, incluso tenía mi pequeño grupo de amigos.
Compartíamos
happy hours en pubs, organizábamos noches de películas y, cuando teníamos tiempo libre, salíamos a recorrer distintos rincones de la ciudad.
No era la vida que había imaginado.
Era mejor.
Extrañaba a Emma, por supuesto.
Muchísimo.
Pero hablábamos por videollamada varias veces a la semana y me había prometido que vendría a visitarme a finales del verano.
Además, entre el trabajo, los talleres y la emoción de descubrir una ciudad nueva, apenas tenía tiempo para pensar en otra cosa.
Y, sinceramente, eso me venía bien.
Necesitaba este cambio. Necesitaba dejar de mirar hacia atrás. Y Argentina había terminado siendo el escenario perfecto para empezar de nuevo.
—¿Estás segura de que no puedes unirte a nosotros? —preguntó Manuel, uno de los editores del área—. Antares tiene las bebidas a mitad de precio hoy, es casi un crimen laboral no aprovecharlo.
Solté una risa y negué con la cabeza.
—La próxima, lo prometo. Tengo que terminar unos documentos y, sinceramente, estoy agotada.
—Me parece justo.
Manuel se encogió de hombros.
—Nos vemos mañana entonces, Eliza.
—Nos vemos.
No tardé más de media hora en terminar lo que me faltaba.
Cuando finalmente apagué el computador, guardé mis cosas en el bolso y rebusqué hasta encontrar mis auriculares.
La lluvia golpeaba con fuerza los enormes ventanales de la oficina.
Perfecto.
Otro día glorioso para recordar por qué necesitaba aprender a mirar el pronóstico antes de salir de casa.
Me coloqué el bolso al hombro y me encaminé hacia la salida, decidida a enfrentar el diluvio.
Estaba a punto de cruzar la puerta cuando escuché mi nombre.
—Eliza.
Me giré.
Nicholas estaba junto a la entrada, con el saco puesto y las manos en los bolsillos. Su expresión mezclaba preocupación con aquella calma suya que parecía no abandonarlo nunca.
Había regresado de Nueva York hacía dos semanas y, según me había contado, volvería a marcharse mañana por la tarde.
Me gustaba tenerlo en la oficina.
No solo porque aprendía muchísimo trabajando a su lado, sino porque su presencia tenía una manera extraña de hacerme sentir acompañada.
Entre nosotros no había una intimidad incómoda ni nada parecido. Solo una complicidad tranquila, una confianza que había surgido casi sin darnos cuenta.
De vez en cuando me invitaba a cenar o aparecía en mi ático con alguna serie bajo el brazo, y terminábamos compartiendo unas horas de conversación y risas.
Era una rutina sencilla. Sin pretensiones, pero reconfortante. Nicholas me recordaba un poco a Emma.
A esa sensación de hogar que había perdido cuando decidí marcharme.
—Afuera está diluviando —dijo, señalando la ventana con la cabeza—. Te llevo.
—No es necesario.
Saqué mi paraguas del bolso y lo levanté como si fuera una prueba irrefutable de mi preparación.
—Estoy perfectamente equipada.
Nicholas arqueó una ceja.
—Tonterías.
Señaló la puerta.
—Vamos.
—Puedo ir sola.
—Eliza.
Pronunció mi nombre con ese tono que ya había aprendido a reconocer. El tono de
no pienso discutir esto contigo .
Sonreí.
—Está bien, jefe.
—Buena decisión.
Salimos juntos.
La lluvia nos recibió con una fuerza que hizo que mi pequeño paraguas pareciera una decoración bastante inútil.
—¿Ves? —dijo Nicholas.
—No digas nada.
—No he dicho nada.
—Pero lo estás pensando.
Sonrió.
—Muchísimo.
Caminamos por la acera bajo nuestros paraguas, esquivando los charcos mientras la lluvia golpeaba la tela sobre nuestras cabezas.
El aire estaba fresco y húmedo. Por alguna razón, aquel sonido constante me relajaba.
Había algo relajante en caminar sin prisa, sin tener que llegar a ningún sitio inmediatamente, sin pensar en nada más allá del siguiente paso.
Durante unos minutos, simplemente disfruté.
De la ciudad.
De la lluvia.
De mi nueva vida.
Hasta que...
Ocurrió.
Una ráfaga de viento más fuerte me rozó el cuello y, con ella, un cosquilleo inesperado me recorrió la espalda.
Mi cuerpo se tensó.
Fue un escalofrío eléctrico, inmediato, irracional. Un presentimiento, uno que no había sentido en semanas. Uno que creí haber enterrado muy lejos de aquí.
No.
Era imposible.
Di un par de pasos más detrás de Nicholas, pero algo dentro de mí se congeló. Mis piernas dejaron de responder y el corazón comenzó a golpearme el pecho con una fuerza desmedida.
Un zumbido sordo se instaló en mis oídos, apagando por completo el sonido de la lluvia.
No podía moverme.
—¿Estás bien?
La voz de Nicholas llegó amortiguada. No pude responder, porque sentía algo. Una mirada sobre mí.
Una mirada que conocía demasiado bien.
―Eliza...
Esa voz.
Se me heló la sangre.
Esa maldita voz que había escuchado tantas veces en la oscuridad. La misma que había susurrado mi nombre, que había conseguido hacerme temblar con una sola palabra y que, después, había aprendido a odiar por todo lo que me hizo sentir.
La voz que juré no volver a escuchar.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Nicholas se detuvo en seco, me miró confundido y, al ver que yo no reaccionaba, se colocó frente a mí. Después siguió la dirección de mi mirada y giró lentamente la cabeza.
Cuando volvió a mirarme, su expresión había cambiado. Ya no había diversión ni ligereza en sus ojos, solo una gravedad que no le había visto antes.
—Eliza —repitió, frunciendo el ceño—. ¿Eres consciente de que quien acaba de llamarte es tu exjefe, Bastián Müller?
Cerré los ojos.
No necesitaba confirmación, ya lo sabía. Lo había sentido en cada célula de mi cuerpo antes de escuchar su nombre.
Negué lentamente con la cabeza.
―No...
Mi voz apenas fue un susurro.
Nicholas me observó unos segundos.
—¿Él es el nombre y apellido que querías borrar de tu vida?
Apreté la mandíbula.
Asentí.
El silencio entre nosotros duró apenas unos segundos, pero se sintió eterno.
—¿Quieres que hable con él? —preguntó.
Su tono era cuidadoso.
Atento a cada uno de mis gestos.
Negué inmediatamente.
—No.
Respiré hondo.
—Estoy bien.
La mentira salió tan débil que ni yo misma me la creí.
Me obligué a enderezarme.
—¿Vas a hablar con él? ¿Quieres que me quede?
Lo miré por fin.
—No hace falta.
Esta vez mi voz sonó un poco más firme.
—Esto es algo que tengo que enfrentar sola —dije intentando sonar segura—. Te llamo después.
Nicholas dudó, podía ver en sus ojos que no estaba convencido, pero finalmente asintió.
—Prométeme que me llamarás cuando llegues a casa.
—Te lo prometo.
Me sostuvo la mirada durante un instante más. Había preocupación en sus ojos y respeto. No intentó convencerme, no hizo preguntas, solo asintió y se marchó.
Lo observé alejarse unos pasos.
Después respiré, o intenté hacerlo. Me giré lentamente, porque todavía no podía mirarlo.
No estaba preparada.
Porque una parte de mí sabía que, en cuanto levantara la vista, todo aquello que había construido durante las últimas semanas podía desmoronarse.
Había pasado mes y medio aprendiendo a vivir sin él. A dormir sin él. A despertar sin esperar su voz. A caminar por una ciudad nueva sin buscarlo en cada rostro.
Había conseguido volver a sonreír. A sentirme orgullosa de mí misma, a imaginar un futuro que no lo incluyera.
Y ahora estaba aquí.
A unos pasos.
Como si el universo hubiera decidido poner a prueba cada una de las promesas que me había hecho.
La curiosidad fue más fuerte que el miedo, levanté la mirada y supe inmediatamente que había cometido un error.
Ahí estaba.
Bastián.
A menos de un metro de distancia.
De pie bajo la lluvia, sosteniendo un paraguas enorme sobre su cabeza. Vestía una camisa negra que se ajustaba a su pecho y tenía el cabello ligeramente húmedo, algunos mechones cayendo sobre su frente.
Parecía exactamente como lo recordaba. Y, al mismo tiempo, completamente diferente.
Más cansado.
Más serio.
Más...
Roto.
Por un instante, juraría que mi corazón dejó de latir. No lo había visto en persona desde aquella última vez. Desde el momento en que salí de su oficina con el alma hecha pedazos, convencida de que jamás volvería a cruzarme con él.
Y ahora estaba frente a mí.
Tan cerca que podía distinguir la tensión de su mandíbula, la profundidad de sus ojos y cada pequeño detalle que mi memoria se había esforzado tanto por olvidar.
Era demasiado.
Demasiado real.
Demasiado él.
Demasiado todo.
Sentí cómo el aire desaparecía a mi alrededor. Mi pecho se comprimió, como si una mano invisible lo estuviera apretando desde dentro.
Di un pequeño paso hacia atrás.
No.
No podía estar pasando, esto no podía ser real. Tal vez estaba cansada, tal vez el viaje, el trabajo, las emociones...
Tal vez mi mente simplemente estaba jugando conmigo. Porque esa era la única explicación lógica.
Bastián Müller no podía estar aquí.
No después de todo.
No después de que finalmente había empezado a sanar. Pero entonces sus ojos encontraron los míos y supe que no era una alucinación.
Era él.
Real.
Frente a mí.
Y me estaba mirando como si hubiera cruzado medio continente solo para encontrarme.
―No es real ―me dije a mí misma, cerrando los ojos con fuerza―. No está aquí. Es solo tu cabeza jugándote una mala pasada, Eliza. Estás cansada, eso es todo.
Respiré hondo.
Uno.
Dos.
Tres.
Entonces abrí los ojos. Seguía ahí, inmóvil. Mirándome y lo supe. No era un delirio, era Bastián Müller.
En Buenos Aires.
Frente a mí.
Bajo una lluvia torrencial.
Como si el destino hubiera esperado exactamente el momento en que empezaba a recomponerme para poner delante de mí aquello que tanto me había costado enterrar.
―Hola ―dijo en voz baja.
Ese tono.
Suave.
Familiar.
El mismo que tantas veces había conseguido provocarme escalofríos.
Y lo odié.
Porque si verlo había sido como recibir un puñetazo directo en el estómago, escucharlo fue como si un autobús me hubiera pasado por encima.
—Señor Müller —dije, odiándome por lo entrecortada que sonó mi voz—. No puede estar aquí.
Apenas pronuncié las palabras comprendí lo absurdas que eran. Estábamos en plena calle, él ya estaba frente a mí.
Y no había ningún lugar al que pudiera esconderme.
—¿Por qué está aquí?
Bastián apartó la mirada durante un segundo y lo vi tragar con dificultad. Sus ojos regresaron a los míos, buscando algo en mi rostro. Algo que, probablemente, ya no estaba allí.
En todos los años que lo conocí, jamás lo había visto así.
Nervioso.
Inseguro.
Casi vulnerable.
—Estoy aquí por ti, Eliza.
Sentí un tirón en el pecho.
—No tiene sentido.
Mi voz salió apenas por encima de un susurro.
—Ya no me necesita, señor Müller. Obtuvo lo que quería y no estoy interesada en ningún nuevo trato que esté tramando. Así que déjeme en paz.
El dolor cruzó su rostro.
Fue tan evidente que tuve que apartar la mirada.
—Esto no es un trato ni un juego —dijo—. Te lo prometo, Eliza. Solo soy yo... pidiéndote perdón.
Respiró profundamente.
—Pidiéndote que algún día no me odies más y me des una segunda oportunidad.
Su voz se quebró ligeramente.
—Y siempre te necesitaré, mi Eliza.
Mi Eliza.
Las dos palabras me atravesaron como una daga.
—Nunca tuve una oportunidad en primer lugar, señor Müller.
Me obligué a sostenerle la mirada.
—Y no lo odio.
Y decirlo en voz alta dolió más de lo que esperaba.
―Hace tiempo lo perdoné. Pero usted hizo sus elecciones y ahora tiene que asumir las consecuencias.
Apreté con más fuerza el mango del paraguas. El frío ya me había calado hasta los huesos.
—Ya no creo en sus palabras.
Bastián permaneció en silencio.
—Incluso si creyera en ellas... —continué— llegan con más de un mes de retraso.
La lluvia golpeaba con fuerza a nuestro alrededor.
—Estuvo a menos de media hora de distancia durante semanas. Pudo haberme buscado en cualquier momento, pero no lo hizo. Ni una sola vez.
Tragué saliva.
—¿Y ahora aparece en otro país pidiéndome una segunda oportunidad?
Negué con la cabeza.
—Es ridículo.
Lo verdaderamente ridículo era aquella pequeña y traicionera parte de mí que todavía quería creerle.
Joder.
Tenía que mantenerme fuerte.
Podía con esto.
Podía mirar al hombre que me había roto el corazón y no desmoronarme frente a él.
—Lo sé —suspiró.
Su expresión estaba tensa y entonces reparé en algo que no había querido notar. Se veía diferente.
El cabello revuelto. La camisa ligeramente arrugada. Sombras oscuras bajo los ojos.
Parecía agotado.
Por un instante me pregunté si estaba durmiendo bien y me odié inmediatamente por preocuparme.
Su bienestar ya no era asunto mío.
Él mismo había elegido que no lo fuera.
—No pensé con claridad —continuó—. No sé manejar mis emociones, Eliza. Me abrumé y dejé que Venus y mi padre me manipularan.
Cerró los ojos un instante.
—No es una excusa. Te traté horrible y me arrepiento cada maldito día.
—Ya no tiene importancia.
Mi respuesta fue más fría de lo que me sentía.
Bastián endureció el rostro.
—Todo lo que pudo haber sido... ya no será.
—Eliza, escucha...
—¿Se da cuenta de que mi vida tomó otro rumbo?
Sentí la necesidad de recordárselo a él y a mí.
—Estoy empezando de nuevo aquí. Y, por mi bien y por el suyo, espero que vuelva a su casa, a su empresa, a su mundo.
Una expresión extraña apareció en su rostro.
—Eso planeaba.
Fruncí el ceño.
—¿Qué significa eso?
Bastián respiró profundamente.
—Que me mudé a Buenos Aires.
Parpadeé.
—¿Qué?
—Hermosa ciudad, por cierto.
Por primera vez, su intento de humor no consiguió arrancarme una sonrisa.
—Me tomó tiempo organizarlo todo, por eso tardé. Tuve que hacer algunos arreglos en casa.
Se detuvo al notar mi expresión.
—Me verás mucho más a partir de ahora, Eliza.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
Y no fue por el frío.
—¿Eso cree?
Negué con la cabeza.
—No tiene nada que hacer aquí, vuelva a casa.
—Tengo mucho que hacer aquí.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—Empezando por ganarme tu perdón.
Hizo una pausa.
—Y conquistarte otra vez.
Su expresión se endureció.
—Y si crees, Eliza, que voy a rendirme... entonces no me conoces en absoluto.
Algo dentro de mí cedió.
No por amor.
Por agotamiento.
—No te conozco, Bastián.
La coraza comenzó a resquebrajarse.
—Conozco al magnate que da órdenes, al hombre que consigue lo que quiere. Pero cuando quise conocer al hombre que había detrás de todo eso, me cerraste la puerta en la cara.
Sentí que la garganta me ardía.
—Así que no, no sé quién eres.
Negué lentamente.
—Solo sé lo que me mostraste.
Mi voz se quebró.
—Y fue una ilusión, una fantasía.
Bastián se estremeció.
—Era real.
Su voz sonó áspera.
Rota.
—Todo lo que sentí. Todo lo que siento. Todo lo que te mostré y te dije... era real.
Dio un paso hacia mí.
—Lo que siento por ti, Eliza, es demasiado real.
Negué con la cabeza.
Me dolía el pecho y me costaba respirar.
—Ya no creo en tus palabras.
Las lágrimas amenazaban con aparecer, pero me negué a dejarlas caer.
—Sé que tienes el poder para hacer lo que quieras, pero si crees que voy a volver a caer... estás perdiendo el tiempo.
Tomé aire.
—Nunca me escuchaste y volviste con esa mujer cuando dijiste que ya no sentías nada por ella. Me juraste que cuidarías de mí y me fallaste.
Lo miré directamente.
—No creo más en tus mentiras.
Hice una pausa.
—Lo siento.
—No eran mentiras.
Su voz se volvió desesperada.
—Y es verdad que no siento ni sentí nada por ella.
Tragó saliva.
—Déjame explicarte, mi amor...
—¡No me llames así!
Las lágrimas finalmente nublaron mi visión.
Intenté contenerlas, de verdad lo intenté. Pero cada segundo frente a él estaba destruyendo las defensas que tanto me había costado construir.
—Te encargaste con esmero de destruir lo que teníamos.
Una lágrima escapó.
—Y cuando pienso en ti...
La voz se me quebró.
—Pienso en los buenos momentos.
Cerré los ojos un instante.
—Son esos los que quiero conservar.
Respiré temblorosamente.
—No voy a llenar mi corazón de odio, porque no me lo merezco.
Lo miré otra vez.
—Pero no soy un robot, Bastián. Me enamoré de ti.
La confesión salió rota.
—Y fui una estúpida por hacerlo, porque jamás me disté una verdadera oportunidad.
—Mi... Eliza, no.
Dio un paso hacia mí.
Yo retrocedí inmediatamente.
El dolor que apareció en su rostro fue devastador, su mano se cerró en un puño y durante unos segundos no dijo nada.
Cuando finalmente habló, su voz temblaba.
—Fui un idiota y me odio por eso.
Respiró profundamente.
—Pero te amo.
Mi corazón dio un golpe doloroso.
—Creo que te amo desde el momento en que bajaste de aquel auto con ese maldito vestido y me enamoré un poco más de ti cada día.
Apartó la mirada.
—Debería habértelo dicho mil veces.
Soltó una risa amarga.
—Pero soy un robot emocionalmente atrofiado.
Volvió a mirarme.
—Te pedí que dieras todo por mí y lo hiciste sin pedir nada a cambio. Y aun así no supe valorarte.
Su voz se volvió más baja.
—Apenas dormía. Solo pensaba en lo hermosa que eras, en cómo olías, en cómo era posible que te hubiera tenido a mi lado durante tanto tiempo sin haberte visto realmente.
Hizo una pausa.
—Pero ahora lo sé.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—No me permití verte porque... sí lo hacía, sabía que me enamoraría de ti.
Tragó saliva.
—Y eso me aterraba.
Apartó la mirada y se frotó la mandíbula. Parecía contener mucho más y yo no sabía si quería escucharlo.
Pero esperé.
—Gracias —dijo finalmente.
Su voz fue apenas un susurro.
—Gracias por tu bondad, por entrar en mi vida y llenarla de color.
Una sonrisa triste apareció en sus labios.
—Puede sonar estúpido, pero tu sol calentó mi alma fría. Y siempre voy a estar agradecido por eso.
Sus ojos volvieron a encontrarse con los míos.
Y me dolieron.
Porque una parte de mí quería hundirse en esas palabras. Aferrarse a ellas, creerle. Creer que esta vez era diferente.
Pero ya me había quemado y no sabía si sobreviviría a una segunda vez.
—Yo también sentía todo eso —murmuré—. Te habría dado todo.
Bajé la mirada.
—Pero ya no confío en ti, Bastián.
Respiré hondo.
—Solo... déjame en paz.
Lo miré una última vez.
—Por el bien de los dos.
Vi cómo su pecho se agitaba. Como si respirar se hubiera convertido en un esfuerzo.
—No puedo hacer eso, cariño.
Negó lentamente.
—Esperaré lo que sea necesario, pero mi mundo sin ti... no es un mundo.
Su voz se quebró.
—Mi vida sin ti no es vida.
Cerré los ojos.
No quería escucharlo.
Porque una parte de mí todavía quería creerle.
—Bastián, por favor.
Mi voz se volvió una súplica.
—Sigue adelante.
Tragué saliva.
—Con el tiempo, los dos encontraremos a las personas adecuadas.
Me obligué a sonreír.
—Esto fue bonito mientras duró, pero ya terminó.
El dolor en sus ojos casi consiguió hacerme retroceder.
Casi.
—Tú no eres el hombre que puede amarme como lo merezco y, probablemente, yo no sea la mujer que tú necesitas.
Respiré profundamente.
—Así que suelta esto.
Sus ojos se oscurecieron.
Sus hombros se tensaron.
—No, Eliza.
Su voz fue baja.
Contenida.
—Eso no va a pasar jamás.
Dio un pequeño paso hacia mí, pero se detuvo antes de acercarse demasiado.
—Porque no hay nadie más para mí que tú.
Negó con la cabeza.
—Así que no.
Apreté los dientes.
—No tienes ningún derecho.
Las palabras salieron como un golpe.
No quería conocer a nadie más, no estaba preparada. Pero él no tenía por qué saberlo.
No iba a permitirle pensar que todavía tenía poder sobre mí. Aunque, en el fondo, ambos sabíamos que lo tenía.
―No te pertenezco, Bastián.
Mi voz tembló.
―Ya no hay nada entre nosotros.
Tragué saliva.
―Ya no existe un nosotros.
Sus músculos se contrajeron y pude ver cuánto le dolían mis palabras. Bien. Quizá necesitaba que dolieran.
―Ahí es donde te equivocas, Eliza.
Su voz se tensó.
―Soy consciente de que la cagué, tremendamente.
Me sostuvo la mirada.
―Pero algún día voy a ganarme tu perdón.
Hizo una pausa.
―Ese que, en el fondo, todavía no me has dado.
Sentí que no podía soportar un minuto más.
―Ya no voy a discutir contigo. Es agotador.
Me temblaban las manos.
No podré concentrarme en nada más esta noche, pero al menos podré ir a casa y llorar hasta quedarme dormida como la patética e idiota que, al parecer, soy.
Bastián abrió la boca,
No lo dejé hablar.
―Puedes perder tu tiempo aquí si quieres. No va a cambiar nada.
Di un paso hacia atrás.
―Hemos terminado, Bastián.
Lo miré por última vez.
―Tú mismo lo dejaste muy claro aquel día en tu oficina.
La voz me salió apenas audible.
—¿Lo recuerdas?
Me giré antes de que pudiera responder.
Comencé a caminar.
No miré atrás.
No podía.
Solo podía concentrarme en poner un pie delante del otro y fingir que mis piernas no temblaban.
Fingir que mi corazón no estaba intentando regresar a él. Fingir que sus palabras no habían conseguido abrir una grieta en todo aquello que había construido durante las últimas semanas.
Porque quizá la historia entre nosotros todavía no había terminado. Quizá el destino tenía otros planes.
Pero esta noche...
Esta noche tenía que terminar.
Aunque fuera solo por mí.