Capitulo 49
ElizaDebí suponer que, cuando el señor Müller decía algo, lo cumplía.
Y así fue como empezó.
Apareciendo.
Cada.
Maldito.
Día.
Lo veía por las mañanas, parado en la acera frente al edificio como una estatua tallada en arrogancia, paciencia y una cantidad preocupante de determinación.
Siempre llevaba una taza de café en una mano y, en la otra, alguna bolsa con panecillos, medialunas o cualquier otra ofrenda gastronómica que aparentemente considerara capaz de comprar mi perdón.
A veces simplemente me miraba.
Otras intentaba decir algo.
Yo hacía lo único que podía hacer para mantener mi cordura, me colocaba los auriculares, apretaba la mandíbula y pasaba de largo como si no existiera.
Aunque, por supuesto, lo veía.
Siempre lo veía.
También estaba allí cuando salía del trabajo. Como una sombra persistente de la que no conseguía librarme.
Caminaba a mi lado sin decir una palabra, adaptando su paso al mío. No intentaba tocarme, ni me bloqueaba el camino.
Ni siquiera exigía que lo escuchara, solo caminaba y eso, de alguna manera, era todavía peor.
Porque me acompañaba hasta la puerta de mi edificio y esperaba a que yo entrara. Solo entonces se marchaba.
Cada día.
Sin excepción.
¿Por qué demonios no se rendía? ¿Por qué no volvía a su vida? ¿Por qué tenía que empeñarse en recordarme que estaba ahí?
Lo odiaba por no respetar la distancia que necesitaba. Lo odiaba por aparecer, por insistir.
Lo odiaba por estar.
Pero, sobre todo...
Lo odiaba porque, en algún rincón vergonzosamente pequeño de mi corazón, ya no sabía si quería que se fuera.
Y eso era lo peor.
Si alguien me hubiera dicho meses atrás que Bastián Müller —el hombre que podía tener al mundo entero a sus pies— terminaría comportándose como una especie de acosador romántico, me habría reído en su cara.
Y, sin embargo, ahí estábamos. Él, convertido en una presencia constante y obstinada, yo, intentando convencerme de que no me afectaba.
Con el corazón convertido en un campo de batalla. Porque no había un solo día en que no apareciera algo.
Flores.
Tulipanes.
Peonías.
Lirios.
Rosas negras.
Siempre con una pequeña nota escrita a mano, con esa caligrafía elegante que reconocería entre mil.
Y siempre la misma frase al final.
Piensa en mí.Como si fuera posible no hacerlo.
Después llegaron las joyas. Los libros. La música que me gustaba. Los chocolates. Mis favoritos, por supuesto.
El hombre había convertido mis gustos personales en un proyecto de investigación. No tenía límites y yo necesitaba ponérselos. Necesitaba detener esto, porque cada uno de sus detalles me atravesaba como una maldita bala.
No era el precio.
Nunca me había importado el dinero.
Podía devolver las joyas, regalar los chocolates, guardar los libros y apagar la música.
Lo difícil era todo lo que venía detrás.
Como los recuerdos y las pequeñas cosas que nadie podía comprar ni fabricar. Esos eran sus verdaderos golpes bajos.
Como aquel cuadro.
Lo encontré una tarde al regresar del trabajo. Era una fotografía, una simple selfie. Inocente para cualquiera que no conociera su historia, devastadora para mí.
Éramos él y yo en su despacho.
Yo estaba sentada sobre su regazo, con el cabello completamente alborotado, riéndome de algo que ya ni siquiera recordaba.
Y él...
Él me miraba.
No a la cámara.
A mí.
Sonreía de una manera que casi nunca había visto en su rostro. Como si fuéramos felices, como si aquel momento fuera nuestro.
Como si nada pudiera romperlo.
Me quedé frente al cuadro durante varios minutos. Sin tocarlo, sin respirar siquiera. Y cuando finalmente lo hice, sentí que algo dentro de mí se desgarraba otra vez.
Lo llevé a mi habitación, lo apoyé contra la pared y después lo guardé. Al día siguiente lo saqué, lo miré y volví a guardarlo.
Así durante días.
No podía quedármelo a la vista, pero tampoco podía deshacerme de él. Porque aquella fotografía no era solo una imagen.
Era una versión de nosotros que todavía dolía demasiado perder.
La mujer de la fotografía sonreía sin miedo. Confiaba. Amaba. Y no sabía que unas semanas después estaría en otro país intentando aprender a vivir sin él.
Deslicé los dedos por el borde del marco.
―Maldito Bastián...
Susurré su nombre con rabia, pero mi voz no sonó furiosa. Sonó triste y esa fue la parte que más me dolió.
Porque podía esconder sus regalos.
Podía ignorarlo en la calle.
Podía fingir que sus mensajes no me afectaban.
Pero no podía borrar lo que había dejado dentro de mí. Ni todos los recuerdos que seguían apareciendo cuando menos los esperaba.
Y mucho menos podía borrar aquella fotografía.
Porque, aunque me doliera admitirlo, una parte de mí todavía quería recordar exactamente cómo se sentía ser esa mujer que él miraba como si fuera lo más importante de su mundo.
Cuando el mes llegó a su fin, yo era un cúmulo de emociones contradictorias: frustración, nostalgia, rabia, deseo.
Había noches en las que no conseguía dormir, atrapada en sus recuerdos, en su rostro, en su voz, en todo aquello que nos quedamos sin decir. Y otras en las que me preguntaba si realmente lo odiaba tanto como intentaba convencerme.
Estaba agotada.
Dividida entre sufrir un ataque de ansiedad o, simplemente, dejarme caer y desmoronarme.
Y lo peor de todo era que sabía que no podría resistir mucho más. La ley de hielo que había impuesto no estaba funcionando. Yo me estaba derritiendo, como el hielo de la Antártida.
Así que iba a tomar el toro por las astas y enfrentarlo. Porque lo que estaba en juego ya no era solamente mi tranquilidad.
Era mi corazón.
—Necesitamos hablar —dije el viernes por la tarde, apenas salí del trabajo.
Y, como todos los días, él estaba allí.
Apoyado con esa arrogancia tranquila contra su auto negro, como si esperarme durante horas fuera lo más normal del mundo.
Llevaba jeans oscuros y una camiseta negra que se ajustaba a sus hombros y marcaba cada músculo de su cuerpo. Las gafas de sol ocultaban sus ojos, pero no necesitaba verlos para sentir su mirada sobre mí.
Era una sensación abrasadora, imposible de ignorar.
¿Cuándo demonios iba a dejar de tener este efecto en mí?
Volver a verlo había sido como arrancar la costra de una herida que apenas empezaba a cerrar.
—Claro, Eliza —respondió con una calma exasperante—. Podemos hablar durante la cena. ¿Te parece bien?
—Eso no va a suceder.
Miré a mi alrededor. Algunos compañeros todavía salían del edificio y lo último que necesitaba eran miradas curiosas, susurros o rumores.
—Tienes que parar, Bastián. Hablo en serio.
Una de sus cejas se arqueó.
—¿Parar? —repitió—. ¿Qué se supone que debo parar, exactamente?
—Los regalos, esperarme aquí todos los días —dije—. Las flores, las atenciones... todo. Tienes que dejarlo.
—¿Por qué?
—Porque no va a funcionar —mentí.
Funcionaba.
Maldita sea, claro que funcionaba.
Cada detalle, cada gesto, cada cosa que parecía recordar de mí iba derritiendo poco a poco la barrera que había levantado entre nosotros.
Mi resistencia ya no era una muralla.
Era papel mojado.
—Deja de jugar conmigo, por favor. No tiene sentido, ya no hay nada aquí para ti... ni para nosotros.
La sonrisa desapareció de su rostro.
Y durante un segundo dejó de ser el hombre seguro, poderoso e intocable que todos conocían.
Solo quedó Bastián.
El hombre que me había roto el corazón.
—Te lo dije, Eliza. No estoy jugando.
Su voz perdió aquella ligereza arrogante.
—Si no quieres que te envíe regalos, dejaré de hacerlo. Si quieres que deje de aparecer con flores, lo haré. Pero no voy a irme, no voy a dejar de esperarte y mucho menos voy a dejar de amarte o de extrañarte.
Hizo una pausa.
—Porque nada... absolutamente nada tiene sentido sin ti.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Por qué? —pregunté, llevándome ambas manos al cabello—. ¿Por qué haces todo esto? Puedes tener a cualquier mujer que quieras, lo he visto con mis propios ojos. Mujeres hermosas, sofisticadas, ricas... todas pendientes de ti.
Solté una risa amarga.
—Entonces, ¿por qué sigues persiguiendo a alguien como yo? Una empleada cualquiera, con un apellido cualquiera y una vida que no tiene ni la mitad del brillo al que estás acostumbrado.
—Porque ninguna de ellas me interesa.
La respuesta llegó sin titubeos.
—Porque ninguna es tú, Eliza.
Tragó saliva.
Por primera vez, la seguridad abandonó ligeramente su rostro.
—Yo...
—No.
Mi corazón empezó a golpearme el pecho.
Llevaba semanas esperando escuchar aquello. Y ahora que estaba a punto de suceder, sentía que podía partirme en dos.
—No te atrevas a decirlo.
Sus ojos encontraron los míos.
—Te amo.
Dos palabras.
Dos malditas palabras que había deseado escuchar tantas veces y que ahora dolían como una herida abierta.
Su voz tembló apenas.
—Esa es la verdad, siempre lo fue. Tal vez no te merezca, pero estoy dispuesto a hacer todo lo necesario para llegar a merecerte. Porque lo que siento por ti es real, Eliza. Es tan intenso que a veces me duele. Y si me dejas...
Respiró hondo.
—Por ti sería capaz de incendiar el mundo entero.
Dios.
Quería creerle.
Con todo mi maldito corazón, quería hacerlo.
—No me amas.
Negué con la cabeza mientras mis ojos comenzaban a arder.
—Deja de decirlo.
No iba a llorar. No delante de él. Ya había derramado demasiadas lágrimas por aquel hombre.
—Claro que te amo. ¿Crees que yo elegí que ocurriera?
Dio un paso hacia mí.
—Yo tenía un plan. Quería recuperar a una mujer con la que todo fuera sencillo. Una relación que no me exigiera demasiado, algo que pudiera controlar.
Sus ojos se oscurecieron.
—Y entonces apareciste tú.
Se pasó una mano por la mandíbula.
—Entraste en cada rincón de mi vida sin pedir permiso. Me volviste loco con tus preguntas, con tu intensidad, con esa manera tuya de mirarme como si realmente pudieras verme. Me hiciste sentir celos, me hiciste preocuparme y me hiciste sentir cosas que nunca había sentido.
Su voz bajó.
—Me hiciste sentir, Eliza. Y no supe qué hacer con eso.
—Casi debería pedirte disculpas —murmuré con sarcasmo.
Era mi única defensa contra el dolor.
Su mandíbula se tensó.
—Nunca dije que fuera el príncipe azul.
Me sostuvo la mirada.
—Soy un hombre frío, cerrado. No sé hablar de lo que siento porque nunca aprendí a hacerlo, pero contigo... contigo quise intentarlo.
Su expresión se suavizó.
—Porque eres la única mujer que consiguió sacarme de mi zona de confort. La única que logró que todo lo demás dejara de importarme.
Sentí cómo algo dentro de mí se resquebrajaba. Una parte de mí quería creer cada palabra, pero no podía.
No otra vez.
—Aunque todo eso fuera cierto, Bastián, esto nunca se trató únicamente de amor.
Respiré hondo.
—Se trata de confianza, y yo ya no confío en ti.
Vi el dolor cruzar sus ojos, pero no me detuve.
—No confío en que no vuelvas a hacerme lo mismo. No confío en que, cuando las cosas se compliquen, no vuelvas a descartarme como si no significara nada, porque eso fue lo que hiciste.
Mi voz comenzó a quebrarse.
—Me arrancaste de tu vida como si jamás hubiera existido. Como si todo lo que vivimos hubiera sido una mentira.
Bajé la mirada.
—¿Y qué pasa si mañana despiertas y vuelves a cambiar de opinión? ¿Qué hago entonces? No podría soportarlo, Bastián. No podría pasar por eso otra vez.
Levanté los ojos hacia él.
—No tienes idea de cómo fue mi vida después de ti.
Estaba demasiado metido dentro de mi corazón. Y si volvía a perderlo, esta vez no sabía si conseguiría reconstruirme.
—Eliza...
Su voz salió apenas como un susurro.
Por un instante pensé que iba a llorar, pero Bastián no lloraba. Al menos, no delante de nadie.
—Por favor, mi amor.
La ternura en esas palabras me atravesó.
—Dime qué tengo que hacer, lo que sea. Haré lo que me pidas.
Negué lentamente.
—No hay nada que puedas hacer.
Me obligué a sostenerle la mirada.
—Lo siento, pero ya no tengo nada que darte.
El silencio cayó entre nosotros.
Bastián permaneció inmóvil durante varios segundos. Después, cuando volvió a hablar, su voz había cambiado.
Ya no suplicaba.
Sonaba decidido.
—Entonces tendré que intentarlo todo.
Hizo una pausa.
—Y después intentaré más.
Mi corazón dio un vuelco.
—No voy a rendirme contigo, Eliza —sostuvo—. Aunque fui yo quien lo arruinó. Aunque fui yo quien te hizo daño. Aunque sé que no tengo derecho a pedirte nada... no voy a rendirme.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—Porque no sé respirar en un mundo donde tú no estás.
Y, en el fondo, lo sabía. Bastián no se rendiría, al menos no hasta que consiguiera que volviera a mirarlo como antes.
El problema era que yo tampoco tenía claro qué quería.
Una parte de mí quería correr hacia él, esconder el rostro en su pecho y dejar que me amara.
Pero la otra, la que había quedado hecha pedazos el día que me dejó atrás... me gritaba que no lo hiciera.
Porque un amor sin confianza era un edificio construido sobre arena. Y yo necesitaba tierra firme.
Necesitaba algo que no pudiera desaparecer bajo mis pies.
Y Bastián...
Bastián todavía no era tierra firme.
—Vete a casa, Bastián —susurré, agotada—. Por favor. Tu vida no está aquí.
Señalé vagamente a nuestro alrededor.
—Tienes negocios, una empresa que dirigir.
Pero mientras pronunciaba aquellas palabras, sentí cómo se me encogía el estómago ante la sola idea de que miles de kilómetros volvieran a separarnos.
Era una contradicción con piernas. Una parte de mí quería que se marchara, la otra tenía miedo de verlo hacer eso.
Mis pensamientos chocaban unos contra otros y ya no sabía cuál escuchar. Entonces su voz me sacó de aquel caos.
—Lo dejé todo.
Parpadeé.
—¿Qué?
—Antes de venir aquí.
Me sostuvo la mirada.
—Renuncié a todo.
Lo observé sin comprender.
Bastián era la persona más ambiciosa que conocía. Su trabajo era prácticamente una extensión de su cuerpo. Nunca se detenía, ni siquiera se permitía unas vacaciones de verdad.
Bueno...
Una vez sí lo había hecho, cuando me enfermé. Y ahora estaba diciéndome que había dejado todo atrás.
—Es verdad —continuó, con una serenidad que solo consiguió alterarme más—. No podía seguir dirigiendo una empresa mientras mi cabeza y mi corazón estaban aquí.
Se señaló el pecho.
—Contigo.
Negué lentamente.
—Eso va a arruinarte.
—Tengo más que suficiente.
Su respuesta fue tan tranquila que casi me enfadó.
—Acciones, inversiones, ahorros. He trabajado durante años porque quería construir algo y lo hice.
Una pausa.
—Pero ahora quiero otra cosa.
Lo miré fijamente.
—¿Qué?
Dio un paso hacia mí.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza. Entonces sonrió, esa sonrisa. La maldita sonrisa que conocía cada una de mis debilidades.
—Quiero volver a enamorarte.
El aire pareció detenerse.
—No importa cuánto tiempo me lleve, puedo esperar.
Sus ojos no abandonaron los míos.
—Tengo toda una vida si es necesario, Eliza. Y pienso usarla entera si eso significa conseguir que algún día vuelvas a elegirnos.
Mi garganta se cerró.
—Porque yo sé que estamos destinados y lo sé porque nadie va a amarme como tú lo haces.
Su sonrisa se hizo más suave.
—Y tampoco habrá nadie que te ame como yo te amo a ti.