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Capitulo 5

El Contrato 18+ — booknet.com · All chapters

Capitulo 5

Eliza

Me desperté más cansada de lo que me había acostado.

Había dormido apenas unas horas, suficiente para descansar el cuerpo, pero no la cabeza. Mi mente había pasado la noche reviviendo una y otra vez la gala, como si se negara a aceptar que todo aquello hubiera ocurrido de verdad.

¿De verdad fingí ser la novia de mi jefe?

Solté un bufido y escondí el rostro en la almohada.

No tenía sentido.

Bastián Müller era el hombre más insufrible, arrogante y controlador que conocía. La clase de persona capaz de arruinarme el día con una sola frase.

Entonces, ¿por qué seguía pensando en él?

Cerré los ojos con fuerza.

No era en la mentira.

Era en los pequeños detalles.

La firmeza de su mano sobre mi espalda durante toda la noche. La calidez de su voz cuando me presentó como su pareja. La forma en que aquel esmoquin parecía haber sido confeccionado exclusivamente para él.

Dios.

¿Qué demonios me pasaba?

Me incorporé de golpe y me pasé una mano por el rostro.

No.

Aquello tenía que terminar.

Me levanté y entré al baño sin siquiera detenerme frente al espejo. Abrí la ducha y dejé que el agua caliente cayera sobre mi cuerpo, intentando llevarse consigo el cansancio... y también aquellos pensamientos.

Apoyé la frente contra los azulejos y respiré hondo.

Todo volvería a la normalidad.

El lunes él sería, otra vez, el señor Müller: frío, exigente e insoportable. Y yo volvería a ser su asistente, eso era todo.

Pero, por mucho que intentara convencerme, una pregunta seguía abriéndose paso entre mis pensamientos.

¿Y si aquello no había terminado?

¿Y si volvía a pedirme que fingiera ser su novia?

El simple hecho de imaginarlo hizo que mi estómago se contrajera. Lo peor era que no sabía qué respuesta me asustaba más.

Decirle que no.

...o descubrir que, en el fondo, quería volver a decirle que sí.

Tal como había prometido, Emma apareció esa noche en la puerta de mi departamento cargando dos cajas de pizza y una bolsa llena de cervezas.

—Traje terapia —anunció levantando una de las cajas.

No pude evitar sonreír.

Minutos después, estábamos sentadas en el suelo de la sala, con la espalda apoyada en el sofá y las piernas estiradas sobre la alfombra. La mesa de centro había desaparecido bajo cajas de pizza, servilletas arrugadas y botellas vacías, el escenario perfecto para una noche entre mejores amigas.

Las dietas podían esperar hasta el lunes.

Emma estaba sentada con las piernas cruzadas, gesticulando con una porción de pizza en la mano mientras hablaba con el entusiasmo que la caracterizaba. Siempre había sido así. Incapaz de contar una historia sin involucrar todo el cuerpo.

La conocía desde la preparatoria.

Habíamos atravesado juntas exámenes imposibles, desilusiones amorosas, noches enteras soñando con el futuro y una cantidad vergonzosa de pizzas baratas. Los años habían cambiado muchas cosas, pero nunca nuestra amistad.

Emma seguía siendo mi lugar seguro.

La persona que conseguía hacerme reír incluso cuando estaba convencida de que el mundo se caía a pedazos.

Era hermosa, con su largo cabello rubio y unos ojos azules capaces de descubrir cualquier mentira antes de que saliera de mi boca. Pero lo más llamativo de ella nunca había sido su apariencia.

Era su personalidad.

Podía parecer un ángel... hasta que alguien se atrevía a meterse con las personas que quería.

Entonces era mejor apartarse de su camino.

—Te lo digo, Eliza, si ese jefe tuyo me hablara con esa cara de "soy mejor que el resto de la humanidad", no duraría ni una semana trabajando para él. El primer lunes le lanzaría el café encima solo para comprobar si siente emociones.

No pude contener la risa.

—¿Una semana? Aguantarías dos horas. Después le dirías exactamente dónde puede meterse sus informes.

Emma soltó una carcajada tan fuerte que casi se atraganta con la pizza.

—Alguien tiene que defender tu dignidad.

—Mi dignidad no paga la renta ni las cuentas.

—Y por eso llevas tres años soportándolo.

—Exactamente.

Le di otro mordisco a mi pizza mientras ella negaba con la cabeza.

—No sé cómo lo haces. Yo ya habría terminado en Recursos Humanos... o en una comisaría.

—Conociéndote, probablemente en ambos.

Me lanzó un almohadón sin previo aviso. Lo esquivé por poco y terminé riéndome todavía más.

Emma siempre había sido así.

Impulsiva, incapaz de quedarse callada y con un talento extraordinario para convertir cualquier desastre en una anécdota divertida. Éramos completamente distintas, pero quizá por eso nuestra amistad funcionaba tan bien. Cuando yo pensaba demasiado las cosas, ella actuaba. Cuando ella explotaba, yo era quien la hacía aterrizar.

Se limpió las manos con una servilleta y tomó un largo trago de cerveza.

—Ahora sí. Basta de distraerme. Quiero saber absolutamente todo sobre la gala.

Hice una mueca.

—Ya te conté lo importante.

—Mentira. Me diste un resumen ejecutivo. Yo quiero la versión extendida.

—No pasó nada.

Emma me dedicó una mirada de absoluta incredulidad.

—Eliza... tu jefe, el hombre que prácticamente sonríe una vez por década, te llevo a una gala. Siéntate y deja de insultar mi inteligencia.

—No me llevo, era trabajo.

—Eliza…

Suspiré.

Tenía razón.

—Está bien.

Ella dejó la cerveza sobre la mesa con una sonrisa triunfal.

—Sabía que ibas a ceder.

—Pero con una condición.

—¿Cuál?

La señalé con el borde de la pizza.

—No me interrumpas cada treinta segundos con una de tus teorías conspirativas.

Emma levantó una mano como si estuviera prestando juramento.

—Lo prometo.

La miré unos segundos.

—No te creo.

—Está bien... lo intentaré.

Solté una risa.

Era lo máximo que iba a conseguir de ella.

Tomé otro sorbo de cerveza y respiré hondo. Solo pensar en la noche anterior bastaba para que volviera a sentir un extraño cosquilleo en el estómago.

—Todo empezó cuando Bastián me pidió que fingiera ser su novia...

Los ojos de Emma se iluminaron al instante.

Se acomodó contra el sofá, tomó otra porción de pizza y me observó como si estuviera a punto de escuchar el mejor chisme del año.

Y, conociéndola, probablemente era así.

Cuando Emma se fue, el apartamento quedó sumido en un silencio casi incómodo.

Su risa desapareció junto con el sonido de la puerta al cerrarse, dejando atrás una calma que hacía unos minutos parecía imposible.

Me quedé inmóvil en medio de la sala.

Las cajas de pizza abiertas, las botellas de cerveza sobre la mesa y las servilletas arrugadas eran el único rastro de una noche que había conseguido distraerme... aunque solo fuera por un par de horas.

Suspiré y empecé a recoger.

Doblé las cajas de cartón, tiré los restos de comida y llevé las botellas hasta la cocina. Eran movimientos mecánicos, casi automáticos, como si mantener las manos ocupadas pudiera impedir que mi cabeza volviera al mismo lugar de siempre.

Abrí el grifo y el agua fría me hizo estremecer. Ni siquiera me había dado cuenta de que seguía tan distraída.

Apoyé ambas manos sobre la encimera de la cocina y bajé la cabeza unos segundos.

Había pasado todo el día intentando convencerme de que la gala no había significado nada. Que solo había sido una actuación. Un favor. Una noche extraña que terminaría olvidando tarde o temprano.

Entonces...

¿Por qué seguía recordando cada detalle?

¿Por qué volvía una y otra vez a la forma en que Bastián me había mirado delante de todos? ¿A la calidez de su mano sobre mi espalda? ¿A aquella sonrisa, tan breve como inesperada, que todavía era incapaz de sacar de mi cabeza?

Cerré el grifo con un golpe seco.

No.

Tenía que dejar de pensar en él.

Porque cuanto más lo hacía, más difícil empezaba a distinguir dónde había terminado la mentira... y dónde podían estar comenzando como me había gustado.

Cuando terminé de ordenar, el apartamento había recuperado su estado habitual.

Las luces permanecían apagadas y la única claridad entraba por la ventana, dibujando sombras sobre la sala.

Me quedé unos segundos apoyada en el respaldo del sofá, contemplando el orden recién recuperado. Ojalá organizar mi cabeza fuera tan sencillo como recoger unas cajas de pizza.

Con ese pensamiento fui al baño.

El sonido del cepillo contra mis dientes y el agua del grifo fueron lo único que rompió el silencio. Alcé la vista hacia el espejo apenas un instante.

Tenía una expresión de agotamiento que no se debía solo a la falta de sueño. Aparté la mirada antes de empezar a analizarme demasiado.

Me cambié por una camiseta vieja y unos pantalones de algodón, la ropa que siempre terminaba usando cuando necesitaba sentir que el mundo todavía tenía algo de normalidad.

Al acostarme, el colchón recibió mi cuerpo con un alivio casi inmediato.

Cerré los ojos, pero dormir era otra historia. Mi mente volvió, inevitablemente, a la gala. A las miradas, a las mentiras, a la mano de Bastián sobre mi espalda.

Resoplé con frustración y me giré hacia el otro lado de la cama.

No.

No iba a convertir aquello en algo más de lo que había sido. Solo había interpretado un papel, porque él necesitaba una novia ficticia y yo acepté ayudarlo.

Fin de la historia.

Me repetí esas palabras una y otra vez, como si insistir lo suficiente pudiera convertirlas en verdad.

Mañana todo volverá a la normalidad.

Me aferré a esa idea mientras el cansancio comenzaba, por fin, a imponerse sobre el torbellino de pensamientos.

Poco a poco, mi respiración se hizo más lenta.

Y, antes de darme cuenta, el sueño terminó por vencer donde mi razón había fracasado.