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Capitulo 50

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Capitulo 50

Eliza

El día había amanecido soleado, por fin, después de varios en los que la lluvia parecía haberse empeñado en no darme tregua.

Bastián tampoco.

A pesar de todos mis esfuerzos por ignorar su presencia, era prácticamente imposible. Estaba ahí. Siempre. Como una maldita constante que se había instalado en mi vida sin pedir permiso.

Y ya no estaba segura de cuánto tiempo más sería capaz de soportarlo.

Había intentado mantener las distancias, pero él siempre encontraba la manera de aparecer por las mañanas y esperarme al final de la jornada para acompañarme a casa.

Los regalos y las flores se habían detenido después de que se lo pidiera. Sus palabras, en cambio, no.

Esas seguían conmigo.

Esas malditas palabras eran mucho más peligrosas que cualquier ramo de flores o joyas, porque se habían instalado en mi cabeza y aparecían justo cuando menos las necesitaba.

Cinco meses.

Cinco largos meses de tortura.

No había una sola noche en la que me acostara sin pensar en él. Y aquello empezaba a frustrarme hasta límites insospechados. Había venido a Buenos Aires para comenzar de nuevo, para reconstruir mi vida y dejar atrás todo lo que Bastián Müller representaba.

Pero, como siempre, el destino tenía un sentido del humor bastante jodido. Porque si era completamente honesta conmigo misma, lo amaba.

Quizá incluso más que antes.

Mi corazón seguía siendo el mismo de siempre: blando, vulnerable, estúpidamente dispuesto a perdonar a la persona equivocada.

Pero había algo que el amor no podía solucionar.

La confianza.

No confiaba en él.

No podía confiar en que fuera capaz de mantener una relación honesta, estable, y real. No podía entregarle otra vez mi corazón sabiendo que, en cualquier momento, podía decidir que ya no quería cargar con él y volver a arrojarlo al suelo.

Y yo no sobreviviría a otra ruptura.

Si no había confianza, ¿sobre qué demonios íbamos a construir algo nuevo?

No lo odiaba.

De verdad que no.

Lo había perdonado hacía mucho tiempo, aunque nunca se lo hubiera dicho. Pero perdonar no significaba olvidar. Él había roto algo dentro de mí y, por más que quisiera, todavía no encontraba la manera de repararlo.

Así que tenía que seguir adelante.

Lejos de él.

Lejos de todo lo que Bastián significaba para mí.

Y, aunque sabía perfectamente que probablemente era una pésima idea, terminé haciendo algo que jamás pensé que haría.

Acepté la sugerencia de Emma y descargué una aplicación de citas.

Sí.

Una aplicación de citas.

Al parecer, mi dignidad había llegado a un punto en el que necesitaba ayuda tecnológica para encontrar un hombre que no fuera Bastián Müller.

Mi primera cita fue un viernes por la noche.

Toda la valentía que había conseguido reunir durante la tarde desapareció en el mismo instante en que puse un pie en el restaurante.

Pedro —así se llamaba mi cita— era bastante guapo. También parecía agradable, educado y, por lo que podía notar, perfectamente normal.

El problema era que no sentía absolutamente nada.

Ni una chispa.

Ni mariposas.

Ni siquiera un pequeño cosquilleo.

Nada.

Aun así, decidí disfrutar de la cena. O, al menos, fingir que lo estaba haciendo. Y estaba en eso cuando lo vi, sentado en la barra.

Con un traje informal que le quedaba de muerte, como si hasta para arruinarme una cita tuviera que hacerlo vestido de manera impecable.

Bastián Müller.

Oficialmente, mi sombra.

No sabía si había llegado aquí por casualidad o si me había seguido. A esas alturas, sinceramente, daba igual.

Lo único que importó fue que nuestras miradas se encontraron.

Y entonces él vio a Pedro.

Fue casi imperceptible.

La tensión en su mandíbula. La forma en que se quedó completamente inmóvil. La suavidad que había aparecido en sus ojos al verme desapareció de inmediato, reemplazada por algo mucho más oscuro.

Posesividad.

Celos.

Una intensidad que me hizo olvidar por completo que había otra persona sentada frente a mí.

Nunca había tomado demasiado en serio aquella amenaza suya de que mataría a cualquier hombre que se me acercara.

Siempre había asumido que era una exageración, una de esas frases absurdamente posesivas que decía para provocarme cuando yo le pedía que se fuera y él se negaba.

No iba a matar a nadie, por supuesto.

Pero viéndolo en aquel momento...

Por primera vez, no estaba tan segura de que estuviera bromeando. Y lo peor fue lo que aquella expresión despertó en mí.

Una corriente de calor recorrió mi cuerpo, acompañada de una sensación que no quería reconocer. Porque, por mucho que intentara negarlo, había algo terriblemente atractivo en verlo así.

Por supuesto, no se quedó en la barra.

Porque, siendo Bastián, ¿qué posibilidades había de que simplemente se sentara y me dejara tener una cita tranquila?

Ninguna.

Se levantó.

Caminó hacia nuestra mesa con esa seguridad arrogante que parecía pertenecerle desde que nació y, en cuestión de segundos, hizo acto de presencia con toda la majestuosidad que lo caracterizaba.

La cita murió oficialmente en ese instante.

No hizo falta que dijera demasiado, su sola presencia fue suficiente. Y no hace falta que diga que jamás volví a ver a Pedro, ¿verdad?

De aquello ya había pasado una semana.

Una semana en la que intentaba convencerme de que aquella noche no había significado nada.

Una semana en la que me repetía que podía seguir adelante. Pero la verdad era mucho más sencilla.

Cada día que pasaba, mi resistencia se quebraba un poco más y lo peor era que empezaba a sospechar que, si Bastián seguía aquí... no tardaría demasiado en romperse por completo.

Con el correr de los meses, había aprendido que existían dos tipos de personas insoportables, las que hablaban demasiado y las que no necesitaban decir una sola palabra para volverte completamente loca.

Bastián pertenecía, sin ninguna duda, a la segunda categoría.

Estaba en el museo, intentando concentrarme en una exposición de arte contemporáneo que, sinceramente, no entendía demasiado, cuando lo vi.

Otra vez.

A cierta distancia.

De pie frente a una de las obras, con las manos en los bolsillos y esa expresión tranquila que parecía no alterarse jamás.

No se acercó, no me llamó, ni siquiera hizo el intento de captar mi atención. Simplemente estaba allí, como una sombra.

Mi sombra personal, millonaria, absurdamente atractiva y con una capacidad sobrenatural para aparecer en cualquier lugar donde yo decidiera respirar tranquila.

Solté un suspiro y volví la mirada hacia el cuadro.

—Es solo una pintura —murmuré para mí misma—. Concéntrate.

Lo intenté.

De verdad que lo intenté.

Pero podía sentirlo.

Incluso sin mirarlo, sabía dónde estaba. Era como si mi cuerpo hubiera desarrollado un radar exclusivo para detectar a Bastián Müller.

Un radar que odiaba profundamente.

Después de unos minutos, decidí que necesitaba aire.

Salí del museo y caminé hasta una cafetería cercana. Pedí un café y escogí una mesa junto a la ventana, intentando convencerme de que aquel pequeño paseo podía convertirse en una tarde normal.

Cinco minutos después, lo vi entrar.

Casi me atraganté con el primer sorbo.

Por supuesto.

Bastián caminó hasta el mostrador, pidió algo y luego recorrió el lugar con la mirada.

Nuestros ojos se encontraron. No sonrió y no hizo ningún gesto, solo inclinó ligeramente la cabeza, como si me hubiera visto por casualidad.

Después tomó su café y se sentó en una mesa bastante alejada de la mía, eso fue todo.

Ni una palabra.

Ni una provocación.

Ni un intento de acercarse.

Y, de alguna manera, eso era muchísimo peor. Porque podía enfadarme con él si me perseguía, podía exigirle que se marchara si intentaba hablar conmigo. Podía construir una barrera cada vez que me enfrentaba.

Pero ¿qué demonios hacía cuando él simplemente estaba allí?

Nada.

No me exigía nada. No me pedía nada. No intentaba convencerme de nada. Solo permanecía y eso me estaba volviendo loca.

Intenté concentrarme en mi teléfono.

Después en mi café.

Después en la gente que pasaba frente a la ventana.

Incluso fingí leer el menú.

Nada funcionó.

Mi mirada terminaba regresando hacia él. Bastián estaba sentado con el teléfono en una mano, completamente concentrado en lo que fuera que estuviera leyendo.

Parecía tranquilo.

Demasiado tranquilo.

Yo, en cambio, llevaba diez minutos luchando contra el impulso de levantarme y preguntarle qué demonios quería de mí.

Finalmente, perdí.

—Mierda.

Me levanté, tomé mi café y caminé hacia su mesa antes de poder arrepentirme. Él no levantó la mirada.

Me detuve frente a él.

Nada.

Ni siquiera fingió sorpresa.

Respiré hondo.

—¿Puedo?

Entonces dejó el teléfono sobre la mesa y levantó los ojos hacia mí. Y ahí estaba, esa mirada. La misma que había conseguido desarmarme tantas veces, pero esta vez no había arrogancia en ella.

Solo paciencia.

—Claro —respondió.

Me senté frente a él y durante unos segundos ninguno dijo nada. Yo jugueteé con la taza entre mis manos, intentando recordar por qué había hecho esta estupidez.

Él simplemente me observaba.

Sin presionarme.

Sin exigirme una explicación.

Esperando.

Y eso fue lo que terminó de desesperarme.

—¿Vas a seguir haciendo esto?

Su ceño se frunció ligeramente.

—¿Hacer qué?

—Aparecer.

Su mirada no se apartó de la mía.

—Sí.

Una respuesta tan simple que me dejó sin palabras.

—¿Por qué?

Bastián tomó aire lentamente.

—Porque me dijiste que no querías regalos, que no querías que te presionara y que necesitabas espacio.

Hizo una pausa.

—Así que te estoy dando espacio.

Solté una risa incrédula.

—¿Esto te parece darme espacio?

Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

—Estoy a varios metros de ti.

Lo miré, exasperada.

—Eres imposible.

—Probablemente.

Bajó la mirada hacia su teléfono, pero antes de volver a tomarlo añadió:

—Pero sigo aquí, Eliza. Y no voy a irme.

Y, por alguna razón, esas palabras fueron mucho más peligrosas que cualquier declaración de amor.

Porque una parte de mí, una parte que llevaba cinco meses intentando callar... quería que siguiera.

—Bastián...

—Quiero empezar de nuevo —dijo, mirándome con una calma que yo estaba muy lejos de sentir—. Quiero que tengamos un comienzo normal. Sin mentiras, sin juegos, sin contratos de por medio. Solo tú y yo, conociéndonos como debimos hacerlo desde el principio.

Me quedé mirándolo, todavía sintiendo el rastro de su tacto sobre mi piel.

¿Se había golpeado la cabeza?

Porque aquello tenía que ser algún tipo de efecto secundario.

—Hola, soy Bastián —añadió entonces, tendiéndome la mano con una media sonrisa.

Parpadeé.

No sabía qué demonios estaba haciendo, pero como tampoco tenía idea de qué otra cosa podía hacer, terminé estrechando su mano.

—Soy Eliza.

—Un placer conocerte, Eliza.

Su voz tenía esa calidez que siempre conseguía revolverme algo por dentro. Recuerdos, sensaciones, cosas que me había prometido no volver a tocar.

Aparté la mirada y me obligué a recordar dónde estaba.

En el medio de una cafetería, teniendo la conversación más absurda del universo con mi ex prometido falso.

—Entonces... ¿vienes aquí a menudo? —preguntó, llevándose a los labios lo que quedaba de su café, como si realmente estuviéramos en una primera cita.

Lo miré incrédula.

No.

No podía ser tan cursi.

Y, sin embargo, lo era.

Y para mi desgracia... era adorable.

—¿En serio?

Las comisuras de sus labios se elevaron y sus ojos se arrugaron ligeramente en las esquinas.

Jodidamente adorable.

Bastardo.

Sí, pero uno imposible de ignorar.

Muy bien, conciencia traidora. Se supone que estás de mi lado. No del suyo.

—Es una pregunta sincera —respondió, pasándose distraídamente la lengua por el labio inferior.

Dios.

¿Por qué hacía eso?

—Sé que lo es, pero...

Miré hacia afuera, hacia la puerta.

A cualquier lugar que no fueran sus ojos.

—¿Qué estás haciendo, Bastián? Y no me refiero al café.

La sonrisa desapareció poco a poco de su rostro. Por un instante, volvió a ser el hombre serio que conocía demasiado bien.

—Sé todo lo que me dijiste, Eliza.

Su voz perdió la ligereza.

—Y sé que no puedo volver atrás. No puedo borrar lo que hice ni cambiar lo que pasó, así que estoy aquí.

Hizo una pausa.

—Intentando empezar de nuevo.

Suspiré.

—Lo sé.

Me pasé una mano por el cabello.

—Por eso no te estoy pidiendo que vuelvas atrás, ni que olvides lo que pasó. Tampoco voy a pedirte nada para lo que no estés preparada.

Sus ojos permanecieron sobre mí.

—Solo quiero que seamos dos personas conociéndose otra vez. Una oportunidad para hacerlo bien, sin presión.

Ojalá fuera tan fácil.

Porque decirlo era sencillo.

El problema era que mi cuerpo seguía recordando demasiado bien cómo se sentía tenerlo cerca.

Y cuando la tensión se disipó, su sonrisa regresó.

Lenta.

Devastadora.

Me arrepentí de todas las veces que, en secreto, había deseado que me mirara así. Que me sonriera. Porque ahora, cada vez que lo hacía, sentía que algo dentro de mí cedía un poco más.

¿A quién quería engañar?

El Bastián Müller serio, arrogante y gruñón era jodidamente irresistible.

—Bastián... —intenté que sonara como una advertencia.

Me salió más parecido a un suspiro necesitado.

Su sonrisa se ensanchó apenas.

Maldito.

—Mira —continuó—, sé que acabamos de conocernos y que todo esto puede parecer un poco extraño, pero hay algo que necesito preguntarte.

—¿Qué cosa?

Respiró hondo.

—¿Te gustaría salir conmigo algún día?

Me quedé mirándolo.

No sabía si reír o llorar ante lo absurdo de aquella situación.

—Lo siento, pero ahora mismo no estoy interesada en salir con nadie.

—Está bien.

La rapidez de su respuesta me desconcertó.

—Entonces no será una cita.

Fruncí el ceño.

—¿Qué?

—Una cena —aclaró, con un brillo esperanzado en los ojos—. Una cena inocente entre dos personas que están intentando conocerse mejor.

—¿Una cena?

—Sí.

Se encogió de hombros con una despreocupación que conocía demasiado bien.

—Dos personas, una mesa, buena comida, quizá una botella de vino...

Hizo una pausa deliberada.

—Y, si todo sale bien, podemos hablar de postre.

Lo miré fijamente.

Él sostuvo mi mirada con una expresión de absoluta inocencia, aunque la chispa de picardía en sus ojos lo traicionaba por completo.

No pude evitar una pequeña sonrisa.

—Ha sido un placer conocerte, Bastián.

Me puse de pie y tomé mi café.

—Pero tengo que irme.

—Claro.

Por supuesto, me siguió hasta la puerta. La abrió para mí y esperó a que saliera primero.

Nunca había perdido ese toque de caballero que le salía de manera tan natural. Cuando pasé junto a él, escuché su voz.

—Si no es una cita, entonces dame tu número.

Lo miré por encima del hombro.

—¿Para qué?

Una sonrisa ladeada apareció en su rostro.

—Puedes estar tranquila. No voy a enviarte mensajes cada cinco minutos hasta conseguir que aceptes salir conmigo.

—¿Siempre eres así de insistente con las mujeres que acabas de conocer en una cafetería?

—No.

La respuesta fue inmediata.

Sus ojos encontraron los míos.

—Solo con la que no puedo dejar de pensar.

Y el aire cambió.

De repente, aquella cafetería, la calle, el ruido de la gente... todo pareció quedar muy lejos.

Solo estábamos él y yo.

Y durante un instante me dejé arrastrar por una fantasía peligrosa. Imaginar que éramos dos desconocidos que acababan de encontrarse.

Que tendrían su primera cita. Que descubrirían poco a poco quién era el otro. Que construirían algo real desde cero.

Fue un pensamiento dulce.

Irreal.

Pero dulce.

—Suponiendo que te dé mi número... —dije finalmente, alzando una ceja—, ¿vas a dejar de seguirme?

Su sonrisa apareció de inmediato.

Maldito sea.

—Quizá...

—Eres imposible.

—Me lo han dicho.

Terminé dictándole mi número.

Él lo escribió en su teléfono como si jamás lo hubiera tenido, pero quiso fingir que no.

Parte del juego.

Parte del hechizo.

Y quizá una pequeña parte de mí quería creer en él.

—Adiós, Bastián.

—Fue un placer conocerte, Eliza.

Su voz grave y suave consiguió que esas palabras sonaran tan reales que, por un segundo, casi pude creer que de verdad acabábamos de encontrarnos. Como si todo lo demás no hubiera ocurrido.

Como si esta vez... pudiéramos empezar desde el principio.