Capitulo 51
BastiánHabía estado nervioso todo el día.
Yo.
Nervioso.
Una palabra que jamás pensé que tendría que utilizar para describirme, y mucho menos por una llamada telefónica.
Aunque seguía esperándola cada mañana y cada noche, había dejado pasar dos días antes de atreverme a llamarla. No quería agobiarla, después de todo, que me hubiera dado su número ya era un avance enorme.
Uno que no estaba dispuesto a arruinar por apresurado.
Y había algo más.
No había vuelto a salir con ningún hombre. Aquello, sinceramente, era demasiado bueno para mi salud mental.
Llevaba más de cinco meses instalado en Buenos Aires y recuperar a Eliza estaba resultando mucho más difícil de lo que jamás había imaginado. Pero no me arrepentía ni un solo segundo de haberlo dejado todo para venir tras ella.
Porque tenía algo claro.
No existía un punto medio para mí. O me quedaba aquí definitivamente... o me marchaba con ella.
No había otra opción.
No estaba dispuesto a construir una vida en la que Eliza no estuviera.
Mi Eliza.
Miré la pantalla de mi teléfono.
Una vez.
Dos.
Cinco minutos después, seguía exactamente igual. Suspiré profundamente y marqué su número antes de que pudiera cambiar de opinión.
Un timbre.
Dos.
Tres.
Comencé a caminar de un lado a otro de la habitación.
Ridículo.
Había cerrado acuerdos millonarios sin que me temblara una sola mano. Había tomado decisiones capaces de cambiar el rumbo de empresas enteras sin necesitar más de unos minutos para pensarlo.
Y ahora estaba aterrorizado ante la posibilidad de que una mujer no quisiera contestar mi llamada.
La mujer que amaba.
La mujer que podía destruirme con un simple
no.¿Cómo demonios había terminado convertido en este hombre?
El teléfono seguía sonando.
Pasaron las nueve.
Sabía lo eficiente que era Eliza, siempre lo había sido. Pero ya no era mi empleada, así que no tenía idea de cuánto trabajo le exigía Nicholas. Aun así, no me costaba imaginarla dando el cien por ciento de sí misma.
Eso era algo que siempre había admirado de ella y que ahora me hacía sentir orgulloso de una manera que no sabía explicar.
Había calculado la llamada para después de su ducha, cuando probablemente ya estuviera en casa, quizá metida en la cama.
Su cama.
La idea me atravesó con una fuerza inesperada. Quería compartir una cama con ella otra vez, quería despertarme a su lado.
Quería escucharla quejarse porque le había robado las sábanas, verla caminar por la habitación medio dormida y volver a sentir que ese lugar era también mío.
Cuatro timbres.
Cinco.
Mi mano se cerró alrededor del teléfono. Había dado por hecho que respondería, después de todo, me había dado su número aquella tarde.
Eso tenía que significar algo.
¿No?
De lo contrario, simplemente se habría marchado.
Una parte de mí, sin embargo, esperaba que lo hiciera. Cada rechazo suyo dolía. Cada vez que me apartaba sentía como si me clavaran una daga directamente en el pecho.
Y sabía que me lo había ganado.
Yo había sido quien la había destruido. Yo había pronunciado aquellas palabras. Yo había decidido que las fotos eran suficientes para condenarla sin siquiera darle la oportunidad de explicarse.
Había sido un maldito idiota.
Lo sabía.
Ella tenía todo el derecho del mundo a odiarme, a desconfiar de mí y a mantenerme a kilómetros de distancia. Pero saber que lo merecía no hacía que doliera menos.
El teléfono seguía sonando.
Seis timbres.
Contuve el aire.
Por primera vez en mucho tiempo, no tenía ningún control sobre lo que iba a ocurrir a continuación.
Y odiaba esa sensación.
Porque al otro lado de aquella llamada estaba la única persona en el mundo cuya respuesta podía hacerme sentir invencible...
o terminar de romperme.
—¿Hola?
Su voz llegó a través de la línea, clara y dulce, como la primera bocanada de aire después de permanecer demasiado tiempo encerrado.
Solté el aire que ni siquiera sabía que estaba conteniendo y una sonrisa apareció en mis labios sin que pudiera evitarlo.
—Hola, soy Bastián.
Intenté sonar casual.
Fracasé miserablemente.
—Bastián... —musitó, como si estuviera haciendo memoria—. Lo siento, no recuerdo a ningún Bastián.
Golpe bajo.
Uno perfectamente calculado.
—Nos conocimos en la cafetería, el jueves por la tarde —le recordé, dejando escapar una pequeña risa.
—Ah... ese Bastián.
Pude escuchar la sonrisa en su voz y, por primera vez en mucho tiempo, sentí que algo dentro de mí se aflojaba.
Era un pequeño avance.
Pero lo tomaría.
—No pensé que fueras a tardar dos días en llamar. Parecías del tipo de hombre que llama apenas consigue un número.
Me detuve frente a la ventana y dejé que mi mirada se perdiera entre las luces lejanas de Puerto Madero.
—Estuve a punto de llamarte esa misma tarde.
Bajé la voz.
—La verdad es que tuve que contenerme.
Mi reflejo en el cristal me devolvió la imagen de un hombre que apenas reconocía. Ojeras, rostro cansado, demasiado tiempo sin dormir y demasiado arrepentimiento acumulado.
—Estoy desesperado, Eliza.
El silencio que siguió fue tan profundo que por un instante solo pude escuchar los latidos de mi propio corazón.
Nunca había dicho aquello en voz alta. Nunca había admitido que alguien podía tener semejante poder sobre mí.
Pero con ella ya no tenía espacio para el orgullo, no después de todo lo que había perdido.
Miré la pantalla para asegurarme de que la llamada seguía activa.
Seguía ahí.
Seguía escuchándome.
—Yo nunca he...
Me aclaré la garganta.
La voz amenazó con fallarme.
—Nunca he tenido que perseguir a nadie, asique no sé si estoy haciendo esto bien.
Solté una respiración corta.
—Pero quería escuchar tu voz.
Hice una pausa.
—Solo eso.
No intenté adornarlo y no busqué las palabras perfectas. Con Eliza ya no quería esconderme detrás de nada.
Solo me quedaba la verdad.
Otro silencio.
Sentí el dolor subir desde el pecho hasta la garganta. La extrañaba. Dios. La extrañaba tanto que respirar parecía requerir un esfuerzo.
—Desde que te fuiste, nada volvió a ser igual.
Mi mirada permaneció perdida en la oscuridad detrás del cristal.
—La casa... mi vida... todo se siente vacío sin ti, Eliza.
—Bastián, no...
Su voz cambió.
La pequeña complicidad de hacía unos segundos desapareció, sustituida por algo mucho más frágil.
—Es la verdad.
Cerré los ojos.
—Tu aroma se quedó en todas partes durante semanas. En nuestras cosas, en la cama...
Tragué saliva.
—En mí.
Me pasé una mano por el cabello.
—Me aferré a todo eso porque no quería que desapareciera. Todo lo que era tuyo seguía allí.
Mi voz se quebró ligeramente.
—Todo, menos tú.
Respiré con dificultad.
—Nunca imaginé que fuera posible extrañar a alguien de esta manera, porque es como si me faltara el aire.
El dinero.
El poder.
Las empresas.
Todo aquello que durante años había creído suficiente para construir una vida perfecta no servía de nada.
Decían que el dinero podía comprarlo todo, era mentira. Yo tenía más dinero del que cualquier hombre necesitaba y, aun así, era incapaz de comprar lo único que realmente quería.
A ella.
De vuelta en mi vida.
Volviendo a quererme.
Porque la amaba.
Incluso antes de comprender qué demonios me estaba ocurriendo, ya la amaba. Y ahora la amaba con una intensidad que me consumía.
—Di algo, Eliza... —pedí finalmente, casi en un susurro—. Por favor.
Pasaron unos segundos antes de que respondiera.
—Con el tiempo, Bastián, esto va a pasar.
Su voz era suave.
Demasiado suave.
—Solo necesitas conocer a alguien más. Eres un Müller, puedes tener a la mujer que quieras.
Titubeó.
—No me necesitas.
Una pausa.
—En realidad... nunca me necesitaste.
Aquellas últimas palabras me golpearon más fuerte de lo que esperaba.
—No.
La respuesta salió demasiado rápido.
—No quiero a nadie más.
Me apoyé contra el cristal.
—Te quiero a ti.
Mi voz bajó.
—Solo a ti, mi Eliza.
Cerré los ojos.
—Quiero todo de ti. Tu forma de pensar, tu bondad, tu sonrisa. Esa manera que tienes de iluminar una habitación sin siquiera intentarlo. Me encanta cómo brillan tus ojos cuando te ríes.
Respiré hondo.
—Tú haces que mi mundo tenga luz.
Una pequeña risa ahogada llegó desde el otro lado de la línea, o quizá fue un sollozo.
No supe cuál de las dos cosas me dolió más.
—Quiero tus colores —continué—. Tu optimismo, tus preguntas interminables. Incluso esa maldita costumbre tuya de hacerme perder la paciencia.
Sonreí apenas.
—Quiero todo eso.
Mi voz se volvió más baja.
—Porque eso es lo que haces conmigo, Eliza. Tomas algo completamente ordinario y consigues convertirlo en algo extraordinario. Ves lo bueno incluso cuando no hay nada bueno que ver.
Abrí los ojos.
—Incluso en mí.
El silencio volvió a instalarse entre nosotros.
Pero esta vez no me apresuré a llenarlo.
—Y supongo que soy lo bastante egoísta para querer que sigas viendo cuánto te amo.
Tragué saliva.
—Cuánto te necesito.
Miré mi reflejo una última vez.
—Hoy. Mañana. Dentro de diez años. Todos los días que me queden.
Mi pecho se apretó.
—Te quiero para el resto de mi vida, Eliza.
Y después de una pausa, añadí, con toda la certeza que había encontrado en mi vida:
—Y si existen otras vidas después de esta... también te elegiría en todas ellas.
Otro sollozo, mucho más silencioso esta vez, atravesó la línea. Cerré los ojos, ojalá pudiera verla.
Ojalá pudiera tenerla frente a mí, rodearla con mis brazos, tomar su rostro entre mis manos y hacerle entender que cada palabra que había pronunciado era cierta.
No estaba jugando. No estaba improvisando. No iba a rendirme. Porque con Eliza, lo único que me servía era el para siempre.
Nunca menos.
—Sé que llegué tarde, sé que fallé de mil maneras y que nunca he sido precisamente bueno hablando de lo que siento, pero...
Me detuve para tragar saliva.
Las emociones se acumulaban en mi pecho, demasiado grandes para un hombre que había pasado toda su vida intentando mantenerlas bajo control.
—Dame una oportunidad.
Mi voz salió más baja.
—Solo una cita, es todo lo que te pido.
El silencio que siguió fue interminable. El primero había parecido eterno, este, en cambio, fue una tortura.
Miré el teléfono, como si pudiera encontrar en la pantalla alguna pista sobre lo que estaba pensando.
Nada.
Solo su respiración al otro lado.
Mi corazón golpeaba con tanta fuerza contra mis costillas que por un instante temí que fuera a detenerse justo aquí, en el momento en que más necesitaba que siguiera funcionando.
Entonces, finalmente, escuché su voz.
Suave.
Temblorosa.
Cargada de una emoción que no supe identificar.
—De acuerdo, Bastián.
Casi dejé de respirar.
—Solo una.
Una sonrisa apareció en mis labios. Una sola cita. Para ella, quizá no significaba demasiado.
Para mí...
Era la primera oportunidad que había tenido en cinco meses de volver a conquistar a la mujer que amaba y pensaba aprovecharla.
El domingo me desperté eufórico.
Acelerado.
Con la sensación absurda de que estaba a punto de correr una maratón, el corazón instalado en la garganta y una sonrisa que llevaba horas intentando borrar sin conseguirlo.
Eliza había dicho que sí.
Una sola cita.
Una oportunidad.
Pero para mí significaba mucho más. Significaba que, después de cinco meses de puertas cerradas, por fin había una pequeña rendija por la que podía entrar.
Nunca me había permitido sentir tanto y ahora que lo hacía, todo me desbordaba. Lo aceptaba, porque cada emoción que Eliza despertaba en mí, incluso las que me aterraban, era lo mejor que me había ocurrido en la vida.
Había pasado todo el sábado preparando esta noche.
Mis nervios habían sido un espectáculo bastante vergonzoso. Cambié de ropa tres veces, revisé la iluminación, encendí velas, moví los muebles y volví a cambiarlos de sitio.
Solo, después de pensar demasiado en qué podía gustarle, terminé ordenando su comida, china favorita.
Todo tenía que ser perfecto. Pero, sobre todo, tenía que ser sincero. Sin poses, sin máscaras, sin el hombre que había sido antes.
Solo yo.
El timbre sonó y me quedé inmóvil. Por un segundo, olvidé hasta cómo respirar, después fui hacia la puerta y la abrí.
Y ahí estaba ella.
Eliza.
Hermosa.
Siempre había sido hermosa, pero esta noche había algo diferente. Quizá era saber que estaba aquí porque había elegido venir. Quizá era simplemente que llevaba demasiado tiempo imaginando ese momento.
—Hola, Eliza.
No pude contenerme.
La abracé.
Mis labios rozaron su mejilla en un gesto torpe, demasiado afectuoso para una primera cita y, aun así, fue lo único que pude hacer.
—Me alegra muchísimo verte.
Ella tardó apenas un segundo en responder al abrazo.
—Yo también me alegro de verte.
La calidez de su voz me atravesó, quise guardar aquella frase en algún lugar seguro y conservarla para siempre.
Hubo un breve silencio.
Eliza apartó la mirada.
Mis nervios, que ya estaban al límite, volvieron a dispararse.
—Pasa, por favor.
Intenté sonar tranquilo.
No lo conseguí.
Ella entró y miró alrededor.
—¿Debo preocuparme porque esta cita sea en tu casa?
Sonrió con cierta diversión. Llevaba un atuendo sencillo, cómodo, y aun así consiguió dejarme sin aire.
—Solo si le temes a una noche tranquila y a la comida china.
Eso consiguió arrancarle una pequeña risa.
—Tienes una opinión bastante alta de tus habilidades para organizar citas.
—Nunca te quejaste antes.
Puso los ojos en blanco, aunque una sonrisa pequeña apareció en sus labios y aquello fue suficiente.
Un pequeño avance.
Una victoria diminuta.
Pero la tomaría.
La guie hacia el estudio y antes de abrir las puertas, dudé. Ridículo. Era un hombre adulto, había dirigido empresas, tomado decisiones que involucraban millones y enfrentado situaciones mucho más difíciles que esta.
Y, sin embargo, me sentía como un adolescente esperando la reacción de la chica que le gustaba.
Porque, de alguna manera, esto sí era nuestra primera cita. La primera de verdad. Sin un contrato. Sin una mentira. Sin una relación fingida que esconder detrás.
Solo nosotros.
Abrí las puertas.
Eliza entró y se quedó quieta.
Sus ojos recorrieron la habitación.
Sobre la alfombra había dispuesto cojines mullidos, acomodados de la manera que sabía que le gustaba. Las velas repartidas por todo el lugar proyectaban una luz cálida y suave y en el centro, una mesa baja esperaba con distintos platos de comida china.
Su favorita.
Mis dedos temblaron ligeramente.
—¿Esto es un plan maestro para asegurarte de que no pueda salir de aquí?
La tensión de sus hombros pareció desaparecer por primera vez.
Sonreí.
—No puedo confirmarlo ni negarlo.
Me encogí de hombros.
—Pero si decides quedarte, no voy a detenerte.
Nuestras miradas se encontraron, la sonrisa abandonó lentamente su rostro y sus ojos se volvieron serios.
Vulnerables.
Más ella.
—¿Qué estamos haciendo, Bastián? —preguntó en voz baja.
Levanté la mano casi sin pensarlo y mi pulgar rozó suavemente la curva de su labio inferior.
El contacto duró apenas un instante, pero fue suficiente para que todo mi cuerpo recordara lo que significaba tocarla.
—Estamos teniendo una cita.
La miré a los ojos.
—Y estamos intentando arreglar las cosas. Como lo harían dos personas que todavía quieren descubrir si pueden tener algo juntos.
Ella tragó saliva.
—La mayoría de las personas no son como nosotros.
—No hay nada malo en ser diferentes.
Bajé la mano y respiré profundamente antes de continuar.
—Dame una oportunidad real, Eliza.
Mi voz perdió toda seguridad.
—Yo... quizá podrías volver a casa conmigo algún día.
Me corregí.
—O podríamos empezar algo completamente nuevo aquí. No me importa cómo, solo quiero que exista un nosotros que no tenga nada que ver con las mentiras del pasado.
Su respiración se volvió más lenta.
Más temblorosa.
—¿De verdad crees que es tan fácil? ¿Que volver contigo va a arreglarlo todo?
Negué.
—No.
Mi respuesta salió sin dudar.
—No creo que sea fácil y sé que una cena no puede borrar lo que hice.
Me acerqué apenas.
—Pero puede ser un primer paso.
Incliné el rostro y mis labios rozaron los suyos. Apenas un toque, un suspiro. Nada más.
Pero fue suficiente para recordarme cuánto había extrañado aquello.
—Tú y yo, mi Eliza.
Apoyé mi frente contra la suya.
—Ese es el destino en el que creo. Y estoy dispuesto a caminar cada paso, cada día, durante todo el tiempo que haga falta hasta llegar allí.
Ella permaneció inmóvil.
—¿Quieres saber un secreto?
Asintió apenas.
—¿Cuál?
Sonreí.
—Que cuando se trata de ti y de mí, solo existe un para siempre.
La miré directamente a los ojos.
—Nunca menos que eso.
Tomé aire.
—Puede llevarme días, semanas, incluso toda una vida, pero no existe otra mujer para mí, Eliza.
Mi voz se volvió un susurro.
—Y si mi para siempre no es contigo... entonces no será con nadie.
Sus ojos comenzaron a brillar.
—Fui tuyo. Soy tuyo.
Hice una pausa.
—Y siempre voy a serlo.
Ella no respondió.
Se quedó allí, frente a mí, con los ojos llenos de emoción y la respiración agitada. Y, por primera vez, no intenté arrancarle una respuesta.
No la necesitaba.
No todavía.
Porque quizá el amor no siempre se demuestra con palabras. A veces se encuentra en el silencio que queda después de pronunciarlas.
Y aquel silencio, por primera vez en cinco meses... no se sintió como una despedida.