Capitulo 52
ElizaEl fin de año llegó sin que siquiera me diera cuenta.
Y todavía me costaba creer todo lo que había ocurrido durante estos meses. Había sido una experiencia estimulante, agotadora, estresante y, en muchos sentidos, completamente surrealista.
Pero también había sido exactamente lo que necesitaba.
El trabajo era el que siempre había soñado y mis compañeros habían conseguido que la experiencia fuera todavía mejor.
Esta noche estaba en el gran salón de un hotel Alvear, rodeada de luces, música y conversaciones, en la fiesta que la empresa había organizado para celebrar el cierre del año.
Al día siguiente comenzaban oficialmente las vacaciones. Aunque, para mí, el día anterior había sido mi último día como empleada.
Nicholas —mi jefe, mi mentor y, con el tiempo, uno de mis mejores amigos— abriría una nueva sucursal en Nueva York.
Y yo había pedido mi reubicación.
Estar en Buenos Aires había sido una experiencia increíble. Había conocido una ciudad que terminé queriendo, construido amistades, recuperado una parte de mí que creía perdida y crecido profesionalmente de una manera que jamás habría imaginado.
Pero, después de pensarlo mucho, comprendí algo.
Extrañaba mi casa.
Extrañaba mi vida.
Y, aunque me había resistido durante meses a reconocerlo, la necesidad de volver había terminado siendo más fuerte que mi deseo de quedarme.
Así que iba a volver.
—¿Cómo te sientes?
La voz de Nicholas me sacó de mis pensamientos, se acercó con una copa en la mano. Su cabello estaba perfectamente peinado y el traje gris le quedaba tan bien que resultaba casi ofensivo.
Después de todo este tiempo, podía decir sin ninguna duda que éramos amigos. Además de haber formado un equipo extraordinario.
Nicholas había sido el mejor mentor que podría haber pedido.
—Siento... todo —admití, soltando una pequeña risa nerviosa—. Todavía no puedo creer que este haya sido mi último día aquí.
Levanté mi copa.
—Creo que también podría vomitar.
Nicholas echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada.
—No tienes ninguna razón para estar nerviosa, Eliza.
Me dedicó una mirada orgullosa.
—Ya no trabajarás aquí, pero seguirás siendo mi directora general. Estoy muy feliz de haberte dado ese puesto, lo has hecho excepcionalmente bien.
Sonreí.
El ascenso me había tomado completamente por sorpresa, pero también había sido una de las mayores satisfacciones de mi vida profesional.
Que Nicholas confiara en mí de aquella manera significaba muchísimo.
—Espero no decepcionarte.
—No lo harás.
La seguridad de su respuesta consiguió tranquilizarme más de lo que esperaba.
—Trabajaré muy duro.
—Lo sé, Eliza.
Tomó una copa de la bandeja de un camarero que pasaba junto a nosotros y la levantó.
—Por los nuevos comienzos y por muchos éxitos más.
Sonreí y choqué mi copa con la suya.
—Salud.
Bebimos.
Un hombre llamó la atención de Nicholas desde el otro extremo del salón y él levantó una mano a modo de saludo.
—Tengo que hablar con él, nos vemos después.
—Claro.
Lo vi alejarse y volví a quedarme sola con mis pensamientos. Estaba emocionada, muchísimo, pero había una persona a la que todavía no le había contado mis planes.
Bastián.
Hacía unos días que no nos veíamos, aunque seguíamos intercambiando mensajes de vez en cuando. No sabía cuáles eran sus planes para esta noche, lo había invitado a la fiesta, pero no había venido.
Quizá había decidido regresar a casa para pasar las fiestas. Y, si era sincera, una parte de mí no podía culparlo.
Bastián y yo habíamos conseguido algo que, meses atrás, me habría parecido imposible.
No sabía si podía llamarlo amistad.
Definitivamente no éramos una pareja.
Pero tampoco éramos aquellos dos desconocidos heridos que se enfrentaban constantemente. Habíamos avanzado, mucho y desde aquella primera cita, las cosas comenzaron a suavizarse entre nosotros.
No volvimos.
Todavía no.
Pero encontramos una nueva manera de estar cerca.
Él seguía esperándome algunas mañanas frente a mi edificio y, cuando podía, me acompañaba de regreso por las tardes. A veces hablábamos durante todo el trayecto, otras veces caminábamos en silencio.
Y, curiosamente, esos silencios ya no resultaban incómodos.
Cuando finalmente llegó mi biblioteca, fue él quien apareció para ayudarme a montarla. Pasamos casi toda una tarde rodeados de cajas, libros y piezas de madera que parecían diseñadas específicamente para acabar con nuestra paciencia.
Terminamos riéndonos.
También comenzamos a salir de vez en cuando. Una cena. Una película. Un café. Pequeñas cosas, nada que pudiera llamarse una relación, pero tampoco nada que pudiera llamarse indiferencia.
Había pasado muchísimo tiempo antes de llegar a ese punto y, de alguna manera, lo habíamos conseguido.
Bastián no solo estaba intentando recuperarme, estaba intentando demostrarme que podía ser diferente.
Y yo podía verlo.
Lo veía en sus gestos, en su paciencia, en la manera en que aceptaba mis límites sin discutirlos.
Poco a poco, había conseguido recuperar una pequeña parte de mi confianza. Una parte diminuta, frágil, pero real.
Lo suficiente para dejarlo entrar un poco más en mi vida. No lo suficiente para entregarle mi corazón otra vez.
Todavía no.
Porque había una herida que seguía ahí. La herida de aquella vez, la de sus palabras, la de la facilidad con la que había creído que yo podía traicionarlo.
Podía ver cuánto le dolía cada vez que lo alejaba. Lo veía en sus ojos, en la tensión de su mandíbula, en esos pequeños silencios que aparecían cuando comprendía que todavía no estaba preparada para darle lo que quería.
Y me dolía.
Mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Pero el amor que sentía por él también había sido mucho más profundo de lo que yo misma había querido aceptar. Y algunas heridas no desaparecían porque amaras a la persona que las había causado.
Se necesitaba tiempo.
Paciencia.
Y, sobre todo, aprender a confiar otra vez.
Yo todavía estaba aprendiendo y Bastián, por primera vez, parecía dispuesto a esperarme.
La retroalimentación del micrófono atravesó el salón y, poco a poco, las conversaciones se apagaron.
El presentador subió al escenario para dar el típico discurso de cierre.
Yo apenas lo escuchaba, mi mirada seguía recorriendo el salón, buscándolo entre los invitados, junto a las mesas, cerca de la barra.
Nada.
La decepción comenzó a instalarse en mi pecho. Había pensado que quizá vendría y una parte de mí, una parte que me negaba a reconocer, había esperado verlo aparecer.
Entonces el presentador volvió a hablar.
—...Damas y caballeros, esta noche tendremos una actuación especial. Pero antes de eso, un invitado nos ha pedido la palabra para compartir un mensaje muy especial para una persona aún más especial.
Hizo una pausa.
—Señor Müller, bienvenido.
¿Qué?
Levanté la cabeza de golpe.
El estómago se me cayó hasta los pies.
Ahí estaba.
Bastián.
Vestía un esmoquin negro que parecía hecho para él. El cabello perfectamente peinado. El rostro serio, casi ilegible. Pero yo lo conocía demasiado bien. Podía ver la tensión en su mandíbula, la contención en sus ojos.
Y mi corazón empezó a latir con tanta fuerza que lo sentí en la garganta, en el pecho, en cada maldito rincón de mi cuerpo.
Bastián tomó el micrófono.
—Sé que esto es una gran sorpresa.
Su voz grave llenó el salón.
—No soy el artista invitado.
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—Pero estoy intentando recuperar al amor de mi vida.
Sentí que dejaba de respirar.
—Y, aunque sé que no le gustan los regalos, decidí hacer algo diferente esta noche. Quiero que sepa cuánto la amo.
Bajó la mirada durante un segundo y cuando volvió a levantarla, sus ojos encontraron los míos.
—Verán... ella entró en mi vida y cambió todo lo que creía saber.
Mi garganta se cerró.
—Ella era todo lo que yo no era. Tenía un corazón puro, confiaba en las personas y era optimista incluso cuando yo solo veía problemas. Me enseñó a mirar el mundo de otra manera.
Su voz se volvió más baja.
—Con ella descubrí la belleza de las cosas que antes ni siquiera veía. Descubrí la alegría. Y, sobre todo, descubrí lo que significa amar.
Una pausa.
—Pero lo arruiné.
Sus palabras cayeron sobre el salón como piedras.
—Lo arruiné de una manera que todavía no sé cómo reparar. Y ahora no soy más que la sombra del hombre que fui, esperando con todo mi corazón que algún día vuelva a mirarme como antes.
Sus ojos volvieron a encontrar los míos.
—Que vuelva a sonreírme como solo ella sabe hacerlo.
Su expresión se suavizó.
—Y que vuelva a iluminar el mundo.
Respiró hondo.
—Mi mundo.
Nadie dijo una palabra, la sala entera parecía contener el aliento, yo también. Mi corazón golpeaba tan fuerte que podía escucharlo en mis propios oídos.
Entonces Bastián bajó el micrófono.
Y se apartó.
Un pianista tomó asiento frente a un enorme piano de cola que ni siquiera había notado hasta ese momento y las primeras notas comenzaron a llenar el salón.
No necesitaba saber el nombre de la canción para entenderla.
Era amor.
Era pérdida.
Era todo aquello que duele cuando quieres a alguien que ya no sabes cómo recuperar.
La melodía era hermosa. Dolorosamente hermosa. Me llevé una mano a la boca, cada nota parecía atravesarme directamente el pecho.
No podía apartar los ojos del escenario y no podía dejar de pensar en él.
En todo lo que habíamos sido, en todo lo que habíamos perdido y en todo lo que todavía, a pesar de mí misma, deseaba recuperar.
Cuando la canción terminó, el salón estalló en aplausos. Pero yo apenas los escuché, busqué a Bastián y lo encontré al otro extremo del salón.
Nuestros ojos se encontraron y durante un largo instante ninguno de los dos se movió.
Su mirada decía demasiadas cosas.
Una promesa.
Una disculpa.
Una súplica.
Después desapareció entre la multitud y mis pies se movieron antes de que pudiera pensarlo.
Di apenas dos pasos.
—Eliza.
Una mano se apoyó suavemente sobre mi brazo.
Nicholas.
—Antes de que te vayas, hay alguien a quien quiero que conozcas.
Me señaló a un hombre que estaba unos metros más adelante.
—El socio ejecutivo en América está aquí y quiere saludarte.
Miré por encima del hombro.
Ya no podía verlo.
—Claro...
Mi respuesta salió automática.
—¿Todo está bien? —preguntó Nicholas—. Pareces un poco... distraída.
Tragué saliva y forcé una sonrisa.
—Sí, lo siento. Supongo que estoy un poco abrumada por todo esto.
No era exactamente mentira, pero tampoco era toda la verdad. Porque mi corazón seguía en aquel escenario.
Con él.
Con aquel hombre que acababa de desnudarse emocionalmente delante de cientos de personas solo para decirme que me amaba. Y no podía dejar de pensar en la forma en que me había mirado antes de marcharse.
Como si acabara de entregarme el corazón y estuviera esperando que yo decidiera qué hacer con él.
—Esa fue una gran actuación, ¿eh? —comentó Nicholas mientras comenzábamos a caminar—. Al parecer, el gran Bastián Müller no piensa rendirse contigo, Eliza.
Solté una risa nerviosa.
Mi pecho se apretó.
—¿Ya le dijiste que vuelves a casa?
Negué con la cabeza.
—Todavía no.
Nicholas se detuvo.
Me miró con aquella expresión suya que siempre mezclaba cariño, complicidad y un toque de preocupación.
—Bueno, mi hermosa pelirroja...
Me acarició suavemente la mejilla.
—Vas a tener que tomar muchas decisiones, y pronto.
Sonrió.
—Porque ese hombre está completamente loco por ti y es bastante evidente que no tiene ojos para nadie más.
Me guiñó un ojo y me dio un pequeño empujón en dirección al hombre que esperaba.
—Ve.
Anthony Jones.
El socio ejecutivo en Nueva York.
Durante los siguientes quince minutos mantuve una conversación que se sintió como una eternidad. Anthony era agradable, incluso interesante, pero yo estaba aquí solo de cuerpo presente.
Cada palabra que decía parecía alejarme un poco más del lugar donde realmente quería estar.
Nicholas se disculpó en algún momento para hablar con el director de relaciones públicas, así que continué sonriendo y respondiendo como una persona funcional mientras mi mente repetía una sola pregunta.
¿Dónde demonios está Bastián?Finalmente, Anthony se distrajo al reconocer a otro invitado y me entregó su tarjeta.
La recibí con una sonrisa educada.
—Muchas gracias.
En cuanto pude, me alejé. Tenía que encontrarlo, pero esta noche parecía que el universo había decidido ponerme obstáculos.
—¡Eliza! ¿Es verdad que te vas a Nueva York?
Una compañera de marketing apareció frente a mí con una sonrisa enorme.
Asentí.
—Sí.
No alcancé a decir nada más, otra persona se unió a la conversación, después otra y otra. Cada vez que encontraba un espacio para escapar, alguien volvía a detenerme.
Abrazos.
Felicitaciones.
Risas.
Brindis.
Todos sinceros. Todos afectuosos. Y completamente ajenos a la tormenta que llevaba dentro.
Cuando finalmente conseguí liberarme, las luces del salón estaban mucho más tenues. Los camareros comenzaban a recoger las bandejas vacías y los invitados se marchaban en pequeños grupos.
Me dolían los pies, me ardían las mejillas de tanto sonreír y mi estómago protestaba por los míseros canapés que había conseguido comer durante toda la noche.
Pero nada de eso importaba.
No lo había encontrado.
Caminé hasta el lugar donde lo había visto por última vez. Nada, ni una señal. Ni siquiera un indicio de que hubiera estado aquí.
Solo quedaba la canción, que todavía resonaba dentro de mí, como un eco imposible de silenciar.
No podía creerlo.
¿De verdad se había ido sin decirme nada?
Después de lo que había hecho, de lo que había dicho y de exponerse de esa manera delante de todo el mundo.
¿Simplemente se había marchado?
Me quedé quieta en medio del salón casi vacío y entonces llegó la decepción. Lenta. Amarga. Profunda.
Lo había buscado.
Había esperado encontrarlo.
Y él... ya no estaba.
Había conseguido convencerme de que Bastián se había marchado. Quizá era mejor así, quizá aquella canción, aquella declaración frente a todo el salón y la forma en que me había mirado antes de desaparecer eran simplemente su manera de cerrar la noche.
Una despedida.
Una última locura antes de dejarme en paz.
Estaba intentando creerlo cuando alguien se acercó por detrás.
—¡Eliza!
Me giré y reconocí a Manuel, uno de mis compañeros del área de marketing.
—¡Manuel!
Sonreí.
Habíamos trabajado juntos desde que llegué a Buenos Aires y, aunque nunca habíamos sido especialmente cercanos, siempre había sido amable conmigo.
—No puedo creer que mañana ya no estés —dijo, abriendo los brazos.
—Yo tampoco.
Reí y acepté su abrazo.
—Hoy es oficialmente mi último día.
—Entonces tenemos que celebrar.
Se separó apenas para mirarme.
—Vas a hacerlo increíble, siempre lo haces.
Sonreí.
—Gracias.
Manuel volvió a abrazarme y, por un instante, conseguí olvidarme de todo. Hasta que una voz sonó detrás de mí.
—Suéltala… ella esta ocupada.
Suave.
Demasiado suave.
Pero también cortante.
Cargada de una autoridad que no necesitaba elevarse para hacerse notar. Mi sonrisa desapareció.
—Para siempre…
El mundo pareció detenerse.
Mi cuerpo se tensó antes incluso de que pudiera girarme. Me giré lentamente y ahí estaba.
Bastián.
A menos de dos metros de distancia.
El esmoquin seguía impecable, aunque había algo diferente en él ahora. Quizá era la expresión de su rostro y la mirada oscura, fija en el punto exacto donde mi mano todavía descansaba sobre el brazo de Manuel.
La retiré de inmediato, como si me hubiera quemado. Bastián levantó los ojos hasta encontrarse con los míos y todo el ruido del salón desapareció.
No había música.
No había conversaciones.
No había gente alrededor.
Solo él.
Solo yo.
Y todo aquello que habíamos intentado mantener bajo control durante los últimos meses.
Sus ojos descendieron un instante hacia mi mano, después regresaron a mi rostro. No parecía enfadado, eso habría sido más sencillo.
Parecía contenido. Demasiado contenido. Como si estuviera sujetando algo dentro de sí con todas sus fuerzas.
—Bastián...
Mi voz salió mucho más baja de lo que pretendía.
Él no respondió inmediatamente.
Manuel, en cambio, carraspeó a mi lado.
—Bueno...
Miró entre nosotros.
La tensión debía ser tan evidente que incluso él podía sentirla.
—Creo que alguien vino a reclamar tu atención.
Lo miré con los ojos muy abiertos.
—Manuel...
Pero él sonrió, divertido.
—Espero que volvamos a vernos pronto, Harper.
Y, antes de que pudiera responder, se alejó.
Lo vi marcharse.
Después volví lentamente hacia Bastián.
—¿Para siempre?
Repetí sus palabras, alzando una ceja.
—¿Qué se supone que significa eso?
Su mandíbula se tensó.
—Que no me gustó verlo tocándote.
Solté una risa incrédula.
—¿Perdón?
—No estoy diciendo que tengas que darme explicaciones.
Su tono se suavizó.
—No tienes que hacerlo.
Eso me desarmó un poco.
—Pero no voy a mentirte, Eliza. Me puse celoso.
Lo miré fijamente.
—No tienes derecho.
—Lo sé.
No discutió.
Ni siquiera intentó justificarse.
Simplemente dio un paso hacia mí.
—Pero tampoco puedo fingir que no siento nada.
Mi corazón dio un golpe.
—Bastián...
—Te vi abrazarlo.
Sus ojos recorrieron mi rostro.
—Y por un segundo tuve miedo de haber esperado demasiado.
La intensidad de su mirada me dejó sin palabras.
—No quiero volver a cometer el mismo error de decidir por ti. No quiero decirte con quién puedes hablar, a quién puedes tocar o quién puede acercarse a ti.
Hizo una pausa.
—Pero si algún día decides darle ese lugar a otro hombre...
Tragó saliva.
—Quiero que sepas que voy a sentirlo.
Mi pecho se apretó.
Porque aquello no era una exigencia, era una confesión. Y quizá por eso dolía mucho más.
—No puedes aparecer después de todo lo que pasó y actuar como si todavía tuvieras derecho a reclamarme.
—No estoy reclamándote.
Sus ojos no se apartaron de los míos.
—Estoy intentando recordarte que sigo aquí.
El aire se quedó atrapado en mis pulmones.
—Y que sigo amándote.
Bajó la voz.
—Pero esta vez no voy a decidir por ti.
Su mirada se suavizó.
—La decisión será tuya.
Y allí estaba otra vez.
Ese hombre que llevaba meses intentando demostrarme que podía hacerlo diferente.
Ese hombre que había aprendido a quedarse sin exigir. Y yo odiaba que una parte de mí quisiera creerle.