Capitulo 53
Eliza—Dijiste que era el amor de tu vida.
Mi voz apenas consiguió salir.
—Frente a todos... frente a un montón de extraños.
Bastián no apartó los ojos de mí.
—Sí.
Una respuesta sencilla.
Sin excusas.
Sin intentar suavizarlo.
—¿Por qué?
Él levantó lentamente una mano y rozó mi mejilla con la yema de los dedos. El contacto fue tan delicado que mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
Bastián lo notó.
Por supuesto que lo notó.
—¿Por qué? —repitió, con una sonrisa pequeña, triste y tensa.
Apretó la mandíbula antes de continuar, como si estuviera buscando la manera correcta de decir algo que llevaba demasiado tiempo guardándose.
—Verás, yo...
Su pulgar recorrió despacio mi mejilla.
—Tú sabes que nunca he sido bueno expresando lo que siento y todo esto me resulta demasiado expuesto. Demasiado vulnerable.
Respiró hondo.
—Pero lo dije en serio, Eliza.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—Estoy dispuesto a hacer lo que sea para recuperarte —sostuvo—. Lo que sea.
Su pulgar descendió hasta la curva de mi mandíbula con una ternura que me hizo cerrar los ojos durante un instante.
—Y esta...
Su voz se volvió más baja.
—Esta es la primera vez que me dejas tocarte en más de cuatro meses.
Abrí los ojos de golpe.
Estuve a punto de negarlo, de decirle que estaba exagerando. Pero no pude, porque era verdad.
De pronto, recordé todas las veces que me había apartado de él. Todas aquellas mañanas en las que había mantenido una distancia prudente. Las tardes en las que caminaba a su lado sin permitir que nuestras manos se rozaran.
Las ocasiones en que había visto sus dedos buscar los míos y había fingido no darme cuenta. No porque no quisiera tocarlo, sino precisamente porque quería hacerlo demasiado.
Porque sabía que, si me permitía sentir su calor, si dejaba que sus brazos me rodearan, si volvía a reconocer la sensación de sus manos sobre mí... iba a ceder.
Y eso me aterraba.
Había pasado meses construyendo una fortaleza alrededor de mi corazón y Bastián nunca intentó derribarla por la fuerza, simplemente esperó.
Pero ahora comprendía algo que había intentado ignorar.
Él también había sufrido cada una de mis distancias y lo había visto en sus ojos. En la manera en que se quedaba quieto después de que yo me apartara. En esos pequeños segundos de dolor que desaparecían antes de que pudiera preguntarle nada.
—Ven conmigo —murmuró.
No supe por qué, pero esta vez no busqué una excusa. No discutí y no retrocedí. Simplemente lo seguí.
Salimos del salón en silencio.
El ruido de la fiesta quedó atrás mientras caminábamos por el pasillo hasta el ascensor.
Cuando las puertas se cerraron, quedamos solos. Bastián presionó el botón del último piso y mi pecho se apretó.
No pregunté adónde íbamos, creo que una parte de mí ya lo sabía. Cuando las puertas se abrieron, descubrí el enorme pent-house del hotel.
Y me quedé sin aliento.
Todo estaba bañado por una luz cálida y tenue. Había velas por todas partes, cientos, quizá miles. Su luz danzaba sobre las paredes, sobre los muebles, sobre el suelo cubierto de pétalos de rosas.
La enorme cama también estaba rodeada de ellos. Era precioso. Mágico. Irreal. Y tan íntimo que sentí que algo se quebraba dentro de mí.
—Te busqué después —susurré.
Carraspeé, intentando controlar la voz.
No funcionó.
Mi barbilla comenzó a temblar.
—No pude encontrarte.
Bastián me observó con una expresión suave.
—Era tu noche.
Hizo una pausa.
—No quise interrumpirla.
Sentí que el nudo de mi garganta se hacía más grande.
—Pensé que te habías ido...
Y eso fue suficiente, algo dentro de mí simplemente cedió.
Las lágrimas comenzaron a caer antes de que pudiera detenerlas. Primero una, después otra y, de pronto, estaba llorando.
No eran lágrimas elegantes ni silenciosas.
Eran meses de miedo, rabia, amor, nostalgia y dudas saliendo de mi cuerpo de golpe.
Me cubrí el rostro con ambas manos.
—Eliza...
Su voz fue lo único que escuché, al segundo siguiente, sus brazos me rodearon y me aferré a él.
Sin orgullo.
Sin distancia.
Sin pensar.
Hundí el rostro contra su pecho y respiré. Su olor, su calor, su presencia. Todo aquello que había intentado olvidar.
—Nunca te dejaría, mi Eliza —murmuró contra mi cabello.
Mis dedos se cerraron alrededor de su camisa y entonces comprendí algo que me dolió admitir.
Había olvidado lo segura que me sentía entre sus brazos.
Era como volver a casa.
Como si el mundo pudiera estar incendiándose a nuestro alrededor y, mientras él me sostuviera, nada pudiera alcanzarme. Bastián acarició lentamente mi espalda. No intentó besarme, no intentó aprovecharse de aquel momento, simplemente me sostuvo.
Hasta que mi respiración comenzó a calmarse.
—¿Quieres que me vaya? —preguntó finalmente.
La pregunta fue tan suave que casi me rompió de nuevo.
Negué con la cabeza.
Seguía con el rostro hundido contra su pecho.
—No...
La palabra salió apenas como un susurro. Y fue entonces cuando comprendí cuánto lo había extrañado.
No solo verlo o escucharlo. Lo había extrañado a él. Su cercanía. Sus manos. Su calor. La sensación de pertenecer a ese espacio que creábamos cuando estábamos juntos.
Lo había visto todos los días durante meses y, aun así, había sentido su ausencia. Porque verlo no era suficiente, yo quería sentirlo.
Bastián apoyó la mejilla sobre mi cabello.
—¿También me extrañas, mi Eliza?
Su voz cambió.
Había algo de miedo en ella.
Como si realmente temiera mi respuesta.
Asentí.
No podía hablar.
Y mientras permanecía entre sus brazos, finalmente entendí cuál había sido mi verdadero problema todo ese tiempo.
No era que no creyera en él.
Era que no confiaba en mí.
No confiaba en mi capacidad para volver a amar sin perderme. No confiaba en poder entregarme sin miedo a que volviera a doler. Pero quizá había estado equivocada, yo no me había equivocado al amarlo.
Nunca.
Solo necesitaba encontrarme a mí misma antes de volver a entregarme por completo.
Bastián se apartó ligeramente. solo lo suficiente para poder mirarme. Mantuvo un brazo alrededor de mi cintura y levantó mi barbilla con delicadeza.
Sus ojos buscaron los míos y durante un instante ninguno de los dos dijo nada. No hacía falta.
—¿Quieres que me quede?
La pregunta parecía sencilla, pero ambos sabíamos que no estaba hablando de esta noche, ni de la fiesta, ni siquiera de esta habitación.
Hablaba de nosotros.
De todo lo que todavía podía existir entre los dos.
Tragué saliva.
Y asentí.
Apenas un movimiento.
—Sí.
No terminé de pronunciar la palabra cuando Bastián me atrajo hacia él. Su boca encontró la mía y esta vez no hubo dudas.
No fue un beso dulce ni tímido.
Fue desesperado.
Feroz.
Como si los dos hubiéramos pasado demasiado tiempo conteniéndonos y finalmente hubiéramos dejado de luchar.
Mis manos se aferraron a su camisa y un estremecimiento recorrió su cuerpo. Solo entonces comprendí lo tenso que había estado todo ese tiempo.
Hasta que me tuvo entre sus brazos.
Hasta que le devolví el beso.
Entonces pareció liberar el aire que llevaba meses conteniendo. Se separó apenas, respirando con dificultad.
Una sonrisa ladeada apareció en sus labios.
—Sabes que ya no hay forma de deshacerte de mí, ¿verdad?
Entrelazó sus dedos con los míos.
—Eso no habría sucedido, aunque quisiera —respondí, dejando escapar una risa temblorosa.
Su sonrisa se hizo más amplia.
—Así me gusta.
Volvió a besarme, esta vez más lento. Más profundo. Sin la desesperación del primero, pero con toda la emoción acumulada durante meses.
Su aroma, su calor, su presencia...
Todo volvió a resultarme familiar.
Demasiado familiar.
Tan familiar que, por primera vez, no quise escapar. No quise pensar en el pasado y no quise preguntarme qué ocurriría mañana.
Solo quería estar allí.
Con él.
Y no me di cuenta de que nos habíamos movido hasta que mi espalda encontró suavemente la pared.
Bastián se detuvo un instante y sus ojos buscaron los míos. Como si, incluso ahora, necesitara asegurarse de que yo seguía eligiendo quedarme.
Y esta vez no tuve miedo.
Le rodeé el cuello con los brazos.
Y lo acerqué nuevamente a mí.
—¿Bastián?
—¿Mmm? —respondió, mordisqueando mi labio inferior.
—No vuelvas a romperme el corazón.
Su rostro cambió, se suavizó como si mis palabras lo hubieran golpeado en lo más hondo.
—No lo haré, mi Eliza. Confía en mí.
—Lo hago,
Y era verdad.
Esta noche lo había visto tal como era, sin máscaras ni escudos. Y lo creía con cada fibra de mi ser.
Entonces sonrió.
No cualquier sonrisa, una de esas que tenía el poder de destruir a toda la población femenina de un solo golpe.
Sentí el calor subir a mis mejillas.
—Extrañaba que me llamaras así.
—¿Cómo?
—Mi Eliza —sus ojos ardían de deseo y ternura a partes iguales.
—¿Sí?
Con lentitud casi reverente, deslizó mi vestido hacia arriba.
—¿Qué más extrañabas, mi Eliza? —susurró mientras llevaba su mano dentro de mis bragas, tocando justo donde mi cuerpo más lo anhelaba—. ¿Extrañabas esto?
Un gemido se escapó de mis labios.
—Sí…
—¿Y esto? —presionó su cuerpo contra el mío, su erección dura como el acero empujándose contra mi muslo.
El deseo me recorrió como lava. No recordaba la última vez que lo había sentido así.
Estaba al borde de explotar.
—Sí. Por favor… —gemí, sin vergüenza, sin orgullo. Solo necesidad.
—Menos mal que estamos solos, mi Eliza —gruñó junto a mi oído—. Porque voy a tomarte contra esta pared hasta que olvides tu propio nombre. Pero antes…
Su mano se cerró suavemente en torno a mi garganta, sin apretar, pero dominando. Mi centro pulsó en respuesta.
—Cuéntame del idiota que estaba abrazándote. ¿Lo dejaste tocar lo que es mío?
Negué jadeando, y con el pulso desbocado.
—No… nunca —susurré—. Lo juro, no pienso en él de esa manera.
Su agarre se tensó ligeramente.
Luego me giró con firmeza y presionó mi mejilla contra la pared. El frío del mármol se clavó en mi piel ardiente y mis pechos se endurecieron de inmediato.
Con una mano apartó mis bragas y con la otra se desabrochó el cinturón.
El sonido fue una promesa.
—Bien, no pienses en él. No pienses en nadie más —gruñó junto a mi oído—. Soy el único en tu mente, en tu boca… y dentro de ti. ¿Lo entiendes?
—Sí —jadeé.
Estaba tan delirante de lujuria que le habría prometido el alma si me lo pedía.
—¿A quién perteneces, mi Eliza?
Su miembro rozó mi entrepierna húmeda y casi me hizo venirme con solo eso.
—A ti… siempre a ti, mi amor.
Bastián soltó un suspiro, y esa fue la única advertencia antes de que se estrellara contra mí.
Y entonces no hubo más pensamiento.
Solo la embestida de su cuerpo contra el mío, el ritmo feroz de sus caderas, su miembro llenándome con cada movimiento, y el placer invadiéndome como una tormenta que arrasaba con todo.
Estaba a punto de venirme cuando me hizo girar una vez más, esta vez para poder mirarlo.
Su piel estaba cubierta de una fina capa de sudor, enrojecida por el esfuerzo. Y sus ojos… sus ojos oscuros ardían de deseo.
Era salvaje.
Hermoso.
Absolutamente mío.
Me alzó con fuerza y me llevó hasta la cama, donde me depositó con cuidado sobre un lecho de pétalos de rosas perfectamente desparramadas.
—Simplemente perfecta —murmuró, con la voz áspera por la necesidad, mientras se quitaba lo poco que le quedaba de ropa.
Sus labios atraparon los míos, duros y exigentes, y me rendí sin oponer resistencia. Lo dejé entrar, no solo en mi cuerpo, sino también en mi corazón, en mi alma, y en cada rincón que alguna vez pensé que estaban rotos.
Bastián y yo encajábamos como si hubiéramos sido hechos el uno para el otro. Cada roce, cada mirada, cada palabra no dicha, lo confirmaban.
Él era perfecto para mí… y en ese instante, supe que no podría ser más feliz por ello.