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Capitulo 54

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Capitulo 54

Eliza

El aire de la noche era perfecto.

Tenía esa tibieza suave, casi primaveral, que acariciaba la piel sin llegar a sofocarla. Caminábamos tomados de la mano por uno de los parques más encantadores de París, después de haber cenado en un pequeño restaurante escondido entre una callejuela adoquinada y edificios antiguos.

No era lujoso.

Tampoco demasiado concurrido.

Pero la comida había sido excepcional y el ambiente, íntimo y acogedor, parecía hecho a nuestra medida.

Había algo en París que conseguía transformar lo sencillo en algo extraordinario. Quizá fuera la ciudad, o quizá fuera la persona que caminaba a mi lado.

Como la noche estaba demasiado bonita para encerrarnos en el hotel, decidimos prolongarla con un paseo.

A nuestro alrededor, París seguía despierta.

Risas lejanas, conversaciones que se mezclaban unas con otras. El sonido ocasional de una bicicleta pasando cerca y algún ladrido perdido en la distancia.

Sobre el césped todavía quedaban algunas parejas tendidas sobre mantas, contemplando el cielo despejado y refugiadas en esa pequeña burbuja que solo parecía existir para ellos.

Las farolas iluminaban los senderos con una luz tenue, proyectando sombras largas sobre el camino.

Todo parecía tener un brillo especial.

Y sí.

Era cierto lo que decían.

París tenía algo de mágico.

Una energía difícil de explicar, una especie de encanto que hacía que hasta caminar de la mano por un parque se sintiera como formar parte de una historia.

Nuestra historia.

Había pasado un año desde aquella noche en Buenos Aires.

Un año desde que, después de meses de miedo, dolor y distancia, finalmente había decidido dejar de luchar contra lo que sentía. Un año desde que había dicho que sí.

Dos días después habíamos regresado a casa juntos.

Y desde entonces no habíamos vuelto a pasar una sola noche separados. Me mudé definitivamente con Bastián.

Al principio tuve miedo.

No de él.

De mí.

De volver a confiar. De entregarme completamente. De descubrir que aquella felicidad podía desaparecer de un momento a otro.

Pero Bastián hizo algo que jamás pensé que sería capaz de hacer.

No me pidió que olvidara y no me exigió que confiara. Me demostró, día tras día, que podía hacerlo.

Y cada mañana al despertar a su lado, cada noche que terminábamos juntos, cada discusión absurda, cada risa y cada pequeño momento cotidiano se convirtieron en una nueva confirmación de que habíamos tomado la decisión correcta.

Un año después, seguía eligiéndolo.

Y él seguía eligiéndome a mí.

Bastián también había vuelto a ocupar la presidencia de su empresa. Y, para sorpresa de nadie, había regresado con más fuerza que nunca. Consolidó negocios, cerró acuerdos importantes y consiguió que su imperio creciera todavía más.

Seguía siendo el hombre brillante, exigente y peligrosamente competente que había conocido.

Solo que ahora sabía que, debajo de toda aquella frialdad, existía un hombre capaz de amar con una intensidad que todavía conseguía sorprenderme.

Yo también había cambiado.

Acepté el desafío de ocupar el puesto de directora ejecutiva y descubrí que, después de todo, podía ser mucho más ambiciosa de lo que alguna vez había creído.

Había trabajado muchísimo para llegar hasta aquí y cada logro tenía un sabor especial.

El dulce sabor de saber que me lo había ganado.

Que no era la mujer que había llegado a esta historia creyendo que no tenía suficiente brillo para pertenecer al mundo de Bastián Müller.

Ahora tenía mi propio lugar.

Mi propia voz.

Mi propia carrera.

Y, por primera vez en mi vida, no sentía que tuviera que elegir entre amar a alguien y no perderme a mí misma.

Podía tener ambas cosas.

Podía tenerlo a él.

Y podía seguir siendo yo.

Bastián apretó ligeramente mi mano mientras caminábamos.

Lo miré de reojo.

—¿Qué?

—Nada.

Sonrió.

—Solo estaba pensando en lo mucho que me gusta verte feliz.

Negué con la cabeza, divertida.

—Sigues siendo bastante cursi para alguien que una vez aseguró que no tenía sentimientos.

—Nunca dije que no tuviera sentimientos.

Alzó una ceja.

—Dije que no sabía qué hacer con ellos.

Solté una carcajada.

—Eso sí.

Él llevó mi mano a sus labios y depositó un beso sobre mis nudillos.

—Por suerte, tú me has enseñado.

Mi corazón hizo aquella pequeña cosa ridícula que todavía conseguía hacer cada vez que me miraba de determinada manera.

Un año.

Y seguía consiguiendo desarmarme.

Bastián había planeado este viaje en secreto. Había hablado con Nicholas para conseguirme unos días libres sin que yo sospechara nada y había organizado cada detalle.

El restaurante.

El hotel.

Los paseos.

París.

Todo.

Era su manera de celebrar mi primer año como directora ejecutiva y yo todavía no terminaba de asimilarlo.

Nos detuvimos frente a la fuente central del parque.

Era una estructura imponente, coronada por una enorme cúpula plateada de la que brotaban chorros de agua en perfecta sincronía.

Un anillo de luces envolvía la base y teñía cada gota de destellos dorados, haciendo que el agua pareciera convertirse en miles de pequeños cristales suspendidos en el aire.

Entonces comenzó la música.

Los primeros acordes de una pieza clásica se deslizaron por el parque y, como si hubiera estado esperando exactamente ese instante, la fuente cobró vida.

Los chorros se elevaron al ritmo de la melodía, primero con suavidad y después con una fuerza creciente. Subían, caían y volvían a levantarse en perfecta armonía, como si el agua estuviera bailando.

Como si París hubiera decidido detener el tiempo durante unos minutos.

Me quedé contemplándola en silencio, con la cabeza apoyada contra el hombro de Bastián.

A nuestro alrededor, la ciudad continuaba respirando. Se escuchaban voces lejanas, pasos sobre el camino, alguna risa perdida entre los árboles. Pero todo parecía amortiguado, como si existiera una burbuja invisible alrededor de nosotros.

Y, por primera vez en mucho tiempo, sentí que no necesitaba nada más.

Tenía a mi lado al hombre que amaba, estaba viviendo una vida que alguna vez había parecido demasiado perfecta para ser real y estaba en París, bajo aquella luz tenue y dorada, contemplando un espectáculo que parecía salido de un cuento.

¿Qué más podía pedir?

Bastián apretó suavemente mi mano. Giré el rostro hacia él y descubrí que no estaba mirando la fuente.

Me estaba mirando a mí.

Había algo distinto en sus ojos. Una emoción profunda que no conseguí descifrar del todo. Algo que parecía querer decirme muchas cosas sin pronunciar una sola palabra.

Sonreí.

Él entrelazó nuestros dedos y acercó un poco más su cuerpo al mío.

—Es absolutamente precioso —murmuré, casi con reverencia.

Bastián pasó un brazo alrededor de mi cintura y comenzó a acariciarme la espalda con movimientos lentos, distraídos, como si quisiera conservar aquel instante en la memoria.

—Lo es —respondió.

Pero por la manera en que lo dijo, supe que no hablaba únicamente de la fuente.

Mi sonrisa se hizo más amplia.

La música comenzó a suavizarse poco a poco, como un suspiro que se apaga. Los chorros de agua fueron perdiendo altura hasta convertirse en finos hilos que apenas brillaban bajo las luces.

Pensé que el espectáculo había terminado.

Entonces, sin previo aviso, un estruendo de platillos y trompetas rompió el silencio.

Me sobresalté.

Un enorme chorro de agua salió disparado desde lo alto de la cúpula y alcanzó el cielo con una fuerza impresionante antes de desplomarse sobre la fuente. El impacto levantó una nube de niebla que se extendió por el aire y se deshizo bajo las luces como una lluvia de pequeñas estrellas.

Aunque estábamos bastante lejos, algunas gotas llegaron hasta nosotros. Solté una carcajada.

Fue espontánea, limpia, feliz. De esas que nacen antes de que una tenga tiempo siquiera de pensarlo.

—¡Dios mío! —exclamé, riendo mientras intentaba protegerme de las gotas.

Bastián sonrió.

Y entonces dijo mi nombre.

—Eliza.

Su voz era diferente. Más baja. Más suave. Había algo en ella que consiguió hacerme dejar de reír poco a poco.

Lo miré.

—¿Qué?

Él no respondió enseguida.

Solo me observó.

Durante unos segundos, permaneció en silencio, con nuestros dedos todavía entrelazados y aquella expresión en el rostro que me hizo sentir que estaba a punto de decir algo importante.

—Te amo —susurró finalmente.

Dos palabras.

Solo dos.

Y, aun después de todo ese tiempo, seguían teniendo el poder de hacer que algo dentro de mi pecho se contrajera.

Cada vez que Bastián me las decía, una parte de mí seguía sintiendo que estaba viviendo un sueño. Una versión perfecta de aquello que alguna vez había deseado en secreto, cuando todavía no sabía si alguien podía amarme de la manera en que yo necesitaba ser amada.

Lo miré sin responder, no porque no tuviera nada que decir. Sino porque, de repente, sentí que cualquier palabra sería demasiado pequeña.

Quería guardar aquel momento exactamente como estaba.

Su mirada. Su mano sosteniendo la mía. La música alejándose poco a poco. Las luces doradas sobre el agua.

París.

Nosotros.

Como una fotografía que pudiera esconder para siempre en algún rincón de mi memoria.

Finalmente sonreí y me acerqué para rodearlo con los brazos.

—Yo también te amo.

Bastián besó mi frente.

Y durante unos segundos nos quedamos así, abrazados frente a la fuente, mientras el parque comenzaba a recuperar su ritmo habitual.

Estaba cansada.

Habíamos caminado durante horas y el día había sido largo, así que cuando Bastián sugirió que regresáramos, no protesté.

Aunque había algo extraño en él, lo había notado desde la mañana. Había estado nervioso, distraído.

Demasiado pendiente del teléfono y, al mismo tiempo, demasiado empeñado en mantenerlo lejos de mí. En algunos momentos parecía estar pensando en otra cosa y, cuando yo le preguntaba qué ocurría, respondía con alguna excusa relacionada con el trabajo.

Quise creerle.

Después de todo, conocía a Bastián. Incluso de vacaciones, una parte de su cerebro parecía permanecer conectada a sus negocios.

Así que no insistí.

Tomamos un taxi de regreso al hotel y llegamos enseguida. Cuando Bastián abrió la puerta de nuestra suite, me quedé completamente inmóvil.

Durante unos segundos no fui capaz de procesar lo que estaba viendo.

Rosas.

Había rosas por todas partes. Cientos. Quizá miles. Pétalos rojos cubrían el suelo, la cama, la mesa y cada rincón de la habitación.

Las velas repartidas por el espacio proyectaban una luz cálida y dorada que hacía que todo pareciera irreal, como si hubiera entrado en una de esas escenas románticas que solo existen en las películas.

La emoción me cerró la garganta y sentí que los ojos comenzaban a arderme. Bastián se detuvo detrás de mí, su pecho se apoyó contra mi espalda y, sin decir una palabra, deslizó las manos por mis brazos hasta entrelazarlas con las mías.

Cerré los ojos.

Intenté respirar.

No quería llorar.

Pero no era únicamente el gesto.

Era él.

Todo él.

El hombre que tenía detrás de mí no era el mismo que había conocido años atrás. Era el hombre que había aprendido a quererme, a escucharme, a luchar por nosotros. El hombre que había cometido errores y después había tenido el valor de enfrentarse a ellos. El hombre que había conseguido que volviera a confiar en él.

Mi Bastián.

Nuestro amor.

Todo lo que éramos ahora.

Me besó suavemente el cabello antes de tomar mi mano y conducirme hacia el balcón.

Allí había preparado otra sorpresa.

Una pequeña mesa redonda esperaba junto a la baranda, perfectamente dispuesta para dos. Dos copas de champán descansaban junto a una cubitera, acompañadas de un plato con fresas frescas y chocolates oscuros.

Mis favoritos.

Por supuesto que eran mis favoritos.

Bastián recordaba esas cosas.

Siempre lo hacía.

—¿Te sorprendí? —susurró junto a mi oído.

Un escalofrío me recorrió desde la nuca hasta los brazos. Asentí, porque no confiaba en mi voz.

Tenía la garganta demasiado cerrada y los ojos llenos de lágrimas.

Lo amaba.

Dios, cuánto lo amaba.

Lo amaba de una forma que todavía me parecía imposible explicar. No solo con la mujer que era ahora, sino también con todas las versiones de mí misma que habían existido antes de él y después de él.

Con la mujer que había llegado a su vida pensando que aquello era un simple acuerdo. Con la que se enamoró sin darse cuenta. Con la que tuvo que marcharse para aprender a elegirse a sí misma. Y con la que ahora podía mirarlo sin miedo.

Me giré hacia él.

Bastián tomó mi rostro entre sus manos.

Lo hizo con esa delicadeza que siempre conseguía desarmarme, como si todavía temiera romper algo dentro de mí, aunque ya no quedaran grietas entre nosotros.

Sonrió.

Y me besó.

Fue un beso lento. Profundo. Lleno de todo aquello que ninguno de los dos necesitaba decir.

No fue un beso de deseo.

Fue un beso de reconocimiento. De gratitud. De promesas que no necesitaban pronunciarse para existir.

Cuando se separó, apoyó su frente contra la mía.

—Tengo una sorpresa para ti, mi amor.

Solté una pequeña risa.

—¿Otra?

Él sonrió.

Y entonces lo vi.

La chispa nerviosa en sus ojos.

Bastián Müller podía enfrentarse a una junta de accionistas, cerrar negocios millonarios y entrar en una sala llena de personas dispuestas a desafiarlo sin que un músculo de su rostro se alterara.

Pero en ese momento estaba nervioso.

Por mí.

Algo dentro de mi pecho dio un pequeño vuelco. Lo vi girarse hacia la Torre Eiffel y seguí la dirección de su mirada.

—Mira —murmuró mientras me rodeaba por detrás.

Apoyé la espalda contra su pecho y obedecí.

La Torre Eiffel brillaba frente a nosotros, majestuosa, recortada contra un cielo completamente despejado.

—Bastián…

No terminé la frase.

Una pequeña chispa apareció en el cielo.

Después otra.

Y otra.

Parpadeé.

Los destellos comenzaron a elevarse uno detrás de otro, como pequeñas estrellas que despertaban en medio de la noche.

Al principio pensé que eran fuegos artificiales, pero entonces empezaron a ordenarse.

A conectarse.

Una luz llevaba a otra y aquella a la siguiente, formando un efecto dominó que se extendía lentamente sobre el cielo.

Destellos plateados.

Dorados.

Rosados.

Todos apareciendo con una suavidad casi irreal, sin explosiones estruendosas, sin romper la quietud de la noche.

Era como contemplar una lluvia de estrellas creada especialmente para nosotros y entonces entendí lo que estaba ocurriendo.

Las luces comenzaron a formar letras.

Mi respiración se detuvo.

Una palabra.

Después otra.

Y finalmente una tercera.

Tres palabras que hicieron que todo lo demás desapareciera.

¿Quieres casarte conmigo?

El mundo se detuvo.

No escuché la ciudad. No escuché la música que comenzaba a sonar a lo lejos. Ni siquiera fui consciente de mi propia respiración.

Solo podía mirar.

Mirar aquellas palabras suspendidas sobre París.

Mi corazón golpeaba con tanta fuerza que parecía querer escapar de mi pecho. Giré lentamente el rostro, Bastián ya no estaba detrás de mí.

Estaba frente a mí.

Y me miraba con una sonrisa que jamás olvidaría. Una sonrisa nerviosa, esperanzada, completamente enamorada.

Entonces, muy despacio, se arrodilló.

Sentí que las piernas me temblaban.

—Bastián…

Mi voz salió rota.

Él tomó mis manos entre las suyas y las sostuvo con firmeza. No apartó los ojos de los míos.

En sus manos había seguridad.

En su mirada, entrega.

Y en aquella expresión que conocía tan bien, algo que hizo que las lágrimas finalmente escaparan.

Mi corazón estalló.

Porque de repente comprendí que no estaba viendo simplemente una propuesta de matrimonio.

Estaba viendo una elección.

La suya.

La mía.

La nuestra.

Después de todo lo que habíamos perdido, de todo lo que habíamos tenido que reconstruir, aquel hombre estaba de rodillas frente a mí pidiéndome que volviera a elegirlo.

Y no había una sola parte de mí que quisiera hacer otra cosa.

—Eliza... mi Eliza —dijo, y su voz me caló hasta los huesos—. Tienes el corazón más grande que he conocido y sé que soy jodidamente egoísta por pedirte esto, pero... quiero que me lo des para siempre.

Sus dedos se cerraron un poco más alrededor de los míos.

—Todo lo que tengo para ofrecerte es esto —se señaló el pecho—. Y aunque quizá no sea suficiente, te lo entrego entero, sin reservas. Te amo con todo lo que soy, con todo lo que tengo.

Sus ojos ardían de emoción.

—Durante años creí que no existía una mujer perfecta para mí. Pensé que no sabría amar. Que no era capaz, que no tenía las herramientas para hacerlo. Y entonces llegaste tú... y cambiaste todo en menos de un suspiro.

Tragó saliva.

—La primera vez no lo hice bien, lo sé. Pero me prometí a mí mismo que sería mejor, por ti. Porque siempre has sido tú, Eliza y siempre serás tú.

Sus ojos brillaron todavía más.

—Así que, con este corazón que te pertenece, te pregunto... —hizo una breve pausa, como si incluso después de todo lo que habíamos vivido necesitara reunir valor para pronunciar aquellas palabras—. ¿Quieres casarte conmigo?

Me cubrí la boca con ambas manos.

Todo mi cuerpo temblaba.

Las lágrimas comenzaron a deslizarse por mis mejillas antes de que pudiera detenerlas.

—Sí, Bastián.

Mi voz salió apenas como un susurro.

Negué con la cabeza, riendo entre lágrimas.

—Sí. Dios mío, sí.

No tuve tiempo de hacer nada más.

Me lancé hacia él y lo abracé con todas mis fuerzas. Bastián todavía estaba de rodillas, pero me rodeó la cintura y me apretó contra su pecho como si quisiera asegurarse de que aquello era real.

Apoyó la frente en mi cabello y soltó una respiración temblorosa.

—Te amo tanto, mi Eliza —murmuró, con la voz quebrada.

—Y yo a ti, mi amor.

Nos quedamos abrazados durante unos segundos que parecieron eternos.

Las lágrimas seguían cayendo por mis mejillas, cálidas y dulces, pero ya no me importaba.

Habíamos llegado hasta aquí.

Juntos.

Después de todo.

Finalmente, Bastián se puso de pie y me ayudó a hacerlo a mí. Entonces llevó una mano al interior de su chaqueta y sacó una pequeña caja.

La reconocí antes de que siquiera la abriera y mi corazón volvió a acelerarse, Bastián levantó la tapa con cuidado.

Dentro había un anillo de oro blanco con una piedra central rodeada de pequeños diamantes. Bajo la luz de las velas, brillaba con tanta intensidad que parecía tener luz propia.

Era precioso.

Perfecto.

Y entonces lo reconocí.

Mi respiración se cortó.

—Bastián... —jadeé, llevándome una mano al pecho—. Este... este es igual al que me probé cuando elegimos el anillo falso.

Él sonrió.

Esa sonrisa suya que todavía conseguía hacer que me olvidara de cómo respirar.

—Eso es porque es el mismo —dijo—. El que te probaste.

—No... —lo miré, incrédula—. ¿Cómo es posible?

Sacó el anillo de la caja y lo sostuvo entre sus dedos.

—Lo compré al mismo tiempo que el otro.

Parpadeé.

—¿Qué?

Él soltó una pequeña risa, algo nerviosa.

—¿Compraste este cuando todavía estábamos fingiendo?

—Sí.

—¿Por qué harías eso?

Bastián bajó la mirada hacia el anillo durante un instante.

—No lo sé.

Su sonrisa se volvió más suave.

—Fue un impulso y yo no suelo tener impulsos. Siempre pienso las cosas, analizo todo, intento tener el control. Pero te vi...

Levantó los ojos hacia mí.

—Vi cómo te brillaban los ojos cuando lo miraste. Escuché cómo decías que era el anillo de tus sueños. Supongo que, aunque en ese momento no lo entendiera, una parte de mí ya sabía que eras la mujer de mi vida.

Acarició el borde de la caja con el pulgar.

—Que ese anillo estaba hecho para ti.

Una nueva lágrima cayó por mi mejilla.

—Bastián...

Él la atrapó con el pulgar antes de que llegara a mis labios.

—Es perfecto —susurré—. Todo esto fue perfecto.

Miré hacia el cielo y luego volví a él.

—¿Y las bengalas? ¿Cómo lo hiciste?

Una sonrisa cómplice apareció en sus labios.

—Tuve un poco de ayuda.

Solté una risa.

—Por supuesto.

—No hay nada que no haría por verte sonreír —dijo, acercándose un poco más—. Y si algún día me pides la jodida luna, ten por seguro que la bajaré para ti.

Lo miré durante unos segundos.

—Estás un poco loco, Bastián Müller.

—Solo cuando se trata de ti.

Me acarició la mejilla.

—Eres mi sol, Eliza. Mi luz.

Mi corazón volvió a derretirse.

Bastián se acercó a la mesa, tomó una de las copas de champán y me ofreció la otra.

—Vamos a brindar.

Miré la copa.

Luego a él.

Dudé un segundo.

Y finalmente negué con la cabeza.

—Creo que no es buena idea que beba...

Su ceño se frunció de inmediato.

—¿Cómo qué no? —preguntó, confundido—. ¡Tenemos que celebrar!

Tragué saliva.

El corazón comenzó a golpearme con fuerza contra las costillas. Había imaginado tantas veces cómo decirlo y ahora que tenía la oportunidad, de pronto no encontraba la forma correcta.

Sonreí.

—De hecho...

Bastián esperó.

—Creo que deberíamos suspender el alcohol.

—¿Por qué?

—Por los próximos ocho meses.

Su expresión cambió.

Primero apareció la confusión. Después, una pequeña línea se marcó entre sus cejas.

Y entonces sus ojos se abrieron de golpe.

El aire entre nosotros pareció congelarse.

—¿Qué...?

Lo miré directamente.

Ya no pude contener la sonrisa.

—Estoy embarazada.

Durante un segundo, Bastián simplemente se quedó mirándome.

Como si su cerebro se hubiera detenido, como si necesitara comprobar que realmente había escuchado aquellas dos palabras.

—No puede ser...

Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.

Y entonces todo ocurrió a la vez.

Me alzó en brazos, me hizo girar mientras soltaba una carcajada completamente incrédula y comenzó a besarme el rostro una y otra vez.

—Dilo de nuevo —rogó, con la voz rota.

Reí entre lágrimas y acaricié su mejilla.

—Vamos a tener un bebé.

Se quedó inmóvil.

—Tú y yo.

Bastián cerró los ojos durante un instante y una lágrima escapó por su mejilla.

—Vamos a tener un bebé —repitió, como si necesitara escuchar su propia voz para creerlo—. Eliza... ¿estás segura?

Sonreí.

—Más que nunca.

Me abrazó con una ternura que me desarmó por completo.

Después se arrodilló otra vez, pero esta vez no para pedirme nada. Llevó ambas manos hasta mi vientre y se quedó allí, mirándome como si acabara de recibir el regalo más extraordinario de su vida.

Depositó un beso suave sobre mi abdomen.

—Ya te amo —susurró—. Tú y tu madre ya son mi vida. Mi todo, mi mundo entero.

Me llevé una mano al pecho.

Mi corazón, que ya estaba hecho cenizas de amor, consiguió derretirse un poco más.

Si me detenía a pensar en todo lo que habíamos vivido durante aquellos años, parecía una locura sacada de una de esas novelas románticas que tanto me gustaban.

Solo habíamos necesitado una exnovia cazafortunas. Una relación fingida. Noches compartiendo cama de la forma más incómoda posible. Un diamante ridículamente grande y una ruptura que me destrozó el corazón.

Pero también que yo me marchara, que él cruzara medio continente. Y que después se mudara conmigo durante un año entero para reconquistarme y demostrarme que esta vez estaba dispuesto a hacerlo bien.

Ah.

Y abrirle el corazón a aquel hombre testarudo.

Hubo un tiempo en que pensé que estaba maldita. Que estaba destinada a saltar de una decepción amorosa a otra, mientras esperaba a un príncipe azul que probablemente solo existía en las páginas de mis libros.

Pero al final descubrí que mi felices por siempre había estado frente a mí desde el principio.

Bastián no era el típico galán de cuento.

Era demasiado testarudo. Demasiado intenso. Demasiado controlador cuando se lo proponía. Y definitivamente demasiado bueno comprando cosas que no necesitábamos.

Pero era mío.

Y yo era suya.

Eso era suficiente para mí.

Suficiente para mi corazón.

Nuestro camino hasta aquí había estado lejos de ser sencillo. Habíamos tropezado, nos habíamos herido, habíamos tomado decisiones equivocadas y, durante un tiempo, incluso creímos que nuestra historia había terminado.

Pero habíamos aprendido.

A perdonarnos.

A escucharnos.

A elegirnos.

Y ahora, mientras miraba al hombre que amaba arrodillado frente a mí, con una mano sobre mi vientre y lágrimas todavía brillando en sus ojos, comprendí que no cambiaría nada de lo que nos había llevado hasta ese momento.

Ni siquiera las partes que habían dolido.

Porque todo nos había conducido hasta aquí. Mi señor Müller y yo estábamos hechos el uno para el otro.

Íbamos a pasar el resto de nuestras vidas juntos.

A construir una historia real.

Imperfecta.

A veces caótica.

Pero nuestra.

Íbamos a casarnos. Íbamos a tener un bebé. Y, de alguna manera, estaba segura de que íbamos a amarlo todavía más de lo que nos amábamos entre nosotros.

Aunque eso parecía prácticamente imposible.

Y sí...

Seguíamos siendo un poco pervertidos.

Después de todo, ¿quién podría resistirse a morderle el labio a su flamante prometido —esta vez de verdad— cuando gruñía como un depredador contra mi oído?

Ciertamente, yo no.

Y por primera vez, no tenía ninguna duda sobre lo que nos esperaba. Nuestro para siempre acababa de empezar.