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Capitulo 55

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Capitulo 55

Eliza

Estaba sumamente nerviosa.

Desde que me había despertado, ya había vomitado tres veces. Y no, por una vez, aquello no tenía nada que ver con el embarazo que Bastián y yo habíamos mantenido en secreto durante las últimas semanas.

Hoy se cumplían exactamente doce semanas desde que descubrimos que una nueva vida crecía dentro de mí.

Habíamos decidido esperar para contárselo a todos.

No por falta de ilusión —porque estábamos desbordados de ella—, sino por precaución. Queríamos superar los primeros meses antes de compartir la noticia con el mundo.

Nuestro pequeño secreto.

Nuestro pequeño milagro.

Pero los nervios de esta mañana no tenían nada que ver con eso. Tenían que ver con que, en unas pocas horas, iba a casarme.

Anoche había salido con Emma y algunas amigas del trabajo para celebrar mi despedida de soltera. Había sido una noche maravillosa, divertida y un poco caótica; una de esas que parecían sacadas directamente de una película.

Y también había sido un auténtico ejercicio de actuación.

Porque mantener mi embarazo oculto mientras varias mujeres decidían que una futura novia necesitaba beber hasta olvidar su propio nombre no había sido precisamente sencillo.

Tuve que hacer malabares para evitar el alcohol sin levantar sospechas.

Mi mayor hazaña de la noche había sido fingir que bebía gin tonic cuando, en realidad, mi copa solo contenía agua tónica con pepino.

Cada vez que alguien proponía un brindis, yo levantaba la copa con una sonrisa, daba un sorbo microscópico y, en cuanto podía, la cambiaba por otra o simplemente la escondía detrás de algún vaso.

Nadie sospechó nada.

O eso quería creer.

Fue agotador.

Pero había valido la pena.

Porque esta mañana, mientras miraba el reloj avanzar, todavía me costaba creer que estuviera a solo unas horas de pronunciar las dos palabras que cambiarían oficialmente mi vida.

Sí, quiero.

Dos meses habían pasado desde que Bastián se arrodilló frente a mí en París y me pidió que me casara con él. Dos meses desde aquella noche de rosas, velas y luces formando nuestra pregunta en el cielo.

Y ahora estábamos aquí.

A punto de convertir aquella promesa en algo real.

No habíamos querido una boda enorme ni una celebración llena de desconocidos. Queríamos algo que se pareciera a nosotros: íntimo, elegante y especial.

Nuestra familia más cercana.

Un puñado de amigos.

Y la terraza del hotel más exclusivo de Nueva York como escenario.

Nada ostentoso.

Nada exagerado.

Solo perfecto.

Mientras Emma y mamá disfrutaban de un masaje en el spa del hotel, yo había decidido que necesitaba unos minutos a solas antes de que comenzara todo.

Preparé un baño de burbujas con sales aromáticas, encendí algunas velas y puse música suave.

Me sumergí en el agua tibia y cerré los ojos. Intenté respirar profundamente y relajarme.

No funcionó.

Mi corazón seguía golpeando contra mis costillas como si quisiera escapar. No podía creer que estuviera a punto de casarme y no con cualquier hombre.

Con Bastián Müller.

Solo pensar su nombre consiguió dibujarme una sonrisa. Todavía había momentos en los que me parecía irreal que aquel hombre fuera mío.

Bastián era fuerte. Seguro de sí mismo. Exigente. Difícil de leer para cualquiera que no lo conociera.

Pero conmigo... conmigo era diferente.

Conmigo era detalles inesperados.

Era una mano sobre mi espalda cuando dormíamos, dejarme mi café favorito preparado antes de que despertara o un mensaje a media tarde preguntando si ya había comido.

Era recordar cosas que yo misma olvidaba haberle contado. Era besarme la frente antes de salir de casa.

Y era decirme te amo en voz baja cuando creía que yo estaba dormida.

El mismo hombre que podía entrar en una sala de juntas y hacer que todos guardaran silencio era capaz de pasar veinte minutos buscando mi chocolate favorito porque un día, semanas atrás, le había dicho que se me había antojado.

Me hacía sentir amada.

Protegida.

Elegida.

Como si hubiera encontrado, finalmente, a mi propio príncipe azul.

Aunque, siendo sincera, Bastián nunca había encajado demasiado bien en el papel de príncipe.

Era demasiado gruñón.

Demasiado testarudo.

Y definitivamente demasiado controlador cuando se proponía algo.

Pero era mi príncipe.

Yo también había cambiado. Ya no era la mujer que necesitaba que alguien viniera a salvarla.

Había aprendido a salvarme sola. A conocer mi propio valor. A elegir mi vida. Y precisamente por eso amaba todavía más haber elegido compartirla con él.

Lo admiraba. Lo respetaba. Lo amaba con todo lo que era. Y este día, más que nunca, sabía que quería pasar el resto de mi vida a su lado.

Salí del baño envuelta en un albornoz de seda blanca justo a tiempo para recibir a la maquilladora y a la estilista que Bastián había contratado como regalo de bodas.

Una hora después, me miré al espejo y tuve que contener el aliento.

La magia estaba hecha.

Mi cabello estaba recogido a medias, dejando caer ondas suaves sobre mi espalda y algunos mechones alrededor del rostro. El maquillaje era delicado y luminoso, fresco, casi natural.

—Es un look, tocada por el sol —me había dicho la maquilladora.

Y sonreí porque no podía haber elegido una descripción mejor.

Eso era exactamente lo que sentía.

Luminosa.

Feliz.

Como si algo dentro de mí hubiera encendido una luz que no pensaba apagar nunca.

Entonces miré el vestido y mi corazón volvió a acelerarse. No era un vestido de ensueño, era el vestido.

Cuando Emma y yo comenzamos a buscarlo, no tenía la menor idea de qué quería. Había pasado horas navegando por internet, entrando en tiendas, descartando modelos y diciendo no a tantos vestidos que terminé convencida de que jamás encontraría uno que me hiciera sentir especial.

Hasta que apareció aquella fotografía.

Recuerdo perfectamente el instante. Me quedé mirando la pantalla y supe que era ese.

El indicado.

El mío.

Durante los dos meses siguientes apenas había ganado peso, a pesar de que mis antojos de cosas dulces parecían no tener límites. Eso había sido una bendición para la diseñadora, que apenas tuvo que hacer modificaciones importantes.

Creo que me adoró por eso y yo la adoré por algo mucho más sencillo, había creado una obra de arte.

El vestido estaba confeccionado en tul suave, ligero y delicado, con pequeñas piedras bordadas en forma de diminutas flores que atrapaban la luz cada vez que me movía.

El escote en V era lo suficientemente sugerente para hacerme sentir femenina y sensual, pero sin perder elegancia. Unas delicadas tiras se anudaban sobre mis hombros y dejaban mi espalda parcialmente descubierta.

La falda caía en capas livianas alrededor de mis piernas y, al caminar, parecía moverse con el aire.

Una abertura en el lado izquierdo ascendía casi hasta el muslo, aportándole un toque atrevido que me hacía sentir mucho más segura de lo que esperaba.

Era femenino.

Sensual.

Etéreo.

Exactamente como lo había imaginado. Y, sobre todo, se ajustaba a mis curvas sin ceñirse demasiado.

Lo suficiente para hacerme sentir hermosa. Lo suficiente para que aquella pequeña pancita que apenas comenzaba a asomar quedara perfectamente disimulada.

Deslicé una mano sobre mi vientre. Todavía era diminuto, casi imperceptible. Pero yo sabía que estaba ahí.

Nuestro pequeño secreto.

Sonreí frente al espejo.

En unas horas, Bastián y yo seríamos marido y mujer.

Y nadie allí sabía que, además de intercambiar votos, anillos y promesas para toda la vida, estábamos llevando con nosotros el secreto más hermoso de todos.

Nuestro bebé.

Mi sonrisa se hizo más grande. Dios. Iba a casarme con el amor de mi vida y estaba a punto de convertirlo en padre.

Dos golpes suaves en la puerta hicieron que mi corazón diera un vuelco.

Las mujeres de mi vida entraron poco después, radiantes, vestidas en diferentes tonos de lila que resaltaban el bronceado de sus pieles.

Emma.

Mi mejor amiga. Mi hermana elegida. La mujer que había estado a mi lado en cada caída, en cada crisis y, por supuesto, en cada momento en que había necesitado que alguien me recordara que Bastián era un idiota de talla mundial.

Y mamá.

La mujer más fuerte, amorosa y maravillosa que conocía. Las dos se quedaron completamente inmóviles al verme.

Mamá abrió los labios, pero durante unos segundos no consiguió decir nada.

—Estás...

Su voz se quebró.

No necesitó terminar.

Emma, en cambio, se llevó ambas manos a la boca. Sus ojos se llenaron de lágrimas mientras me observaba de arriba abajo.

Y aquello fue suficiente para acabar con mi propia resistencia.

Una lágrima se deslizó por mi mejilla. Pero, por primera vez en todo el día, no fue por los nervios.

Fue por felicidad.

Pura y absoluta felicidad.

—Te ves hermosa, Eliza —dijo Emma finalmente, recuperando la voz.

Se acercó a mí y se colocó detrás de mi hombro, obligándome a mirar mi reflejo junto a ella.

—Este vestido realmente fue hecho para ti.

Sonreí.

Volví la mirada hacia el espejo. Y entonces, por primera vez desde que había despertado, me vi realmente como una novia.

No era solo el vestido.

Ni el peinado.

Ni el maquillaje.

Era algo mucho más sencillo.

Estaba en mis ojos. Amor. Esperanza. Felicidad. Una felicidad tan grande que parecía haberse instalado debajo de mi piel.

—Ya, mamá, no llores —dije entre risas al ver sus ojos húmedos—. Porque si lloras tú, voy a llorar yo también.

—No estoy llorando —protestó ella, secándose rápidamente una lágrima.

Emma soltó una carcajada.

—Claro que no. Eso que tienes ahí debe ser... alergia al amor.

—Exactamente.

Las tres reímos.

Y, sin necesidad de decir nada más, nos abrazamos. Fue un abrazo fuerte, apretado, de esos que parecen capaces de detener el tiempo.

Un abrazo de mujeres que se aman con el alma.

—Están hermosas las dos —susurré cuando finalmente nos separamos.

Emma se miró en el espejo con una sonrisa satisfecha.

—Por supuesto que sí —respondió con picardía—. Tenemos hombres que dejar babeando por nosotras esta noche.

Le guiñó un ojo a mamá.

Mi madre se sonrojó, aunque una sonrisa cómplice apareció inmediatamente en sus labios.

—Emma...

—¿Qué? Es mi despedida de soltera emocional. Déjame disfrutarla.

Volvimos a reír.

Entonces mamá se acercó a mí y, con esa paciencia que solo una madre puede tener, acomodó un pequeño mechón de cabello que se había escapado de mi peinado.

Sus dedos rozaron mi mejilla.

—¿Lista?

La miré a los ojos.

Sentí un nudo en la garganta.

Pero esta vez no tuve miedo.

Asentí.

—Sí.

Respiré profundamente.

—Estoy lista.

En ese preciso instante, alguien llamó a la puerta.

Mamá fue a abrir y la organizadora del evento apareció al otro lado con una sonrisa emocionada.

—Es la hora.

Mi corazón volvió a acelerarse y entonces lo vi.

Detrás de ella estaba mi padre.

Alto, elegante, con algunas canas más de las que recordaba y una expresión en los ojos que consiguió atravesarme el alma.

Cuando me vio, se quedó quieto. Por un momento no dijo nada, solo me contempló.

Después sonrió.

—Eres un sueño, mi pequeña.

Se acercó y me envolvió en sus brazos.

Me aferré a él, cerrando los ojos.

—Nunca pensé que este día llegaría tan rápido —murmuró sobre mi cabello—. Parece que fue ayer cuando eras una niña y ahora tengo que entregarte a otro hombre.

Se separó apenas para mirarme.

—Siempre fuiste mi pequeñita.

—Papá...

Mi voz salió temblorosa.

Él tomó mis manos entre las suyas.

—Estoy feliz de caminar por ese pasillo contigo, Eliza. Muy feliz, pero lo estoy todavía más porque sé que vas hacia un hombre que te ama con todo su ser.

Sus ojos se humedecieron.

—Y porque sé que tú lo amas de la misma manera.

No pude evitar sonreír.

—El camino que estás a punto de emprender no siempre será fácil, hija. Habrá días llenos de luz y otros en los que todo parecerá más oscuro. Pero mientras haya amor, respeto y compañerismo, podrán enfrentarlo todo juntos.

Apretó mis manos.

—Porque el amor verdadero no se trata solamente de cuentos de hadas. Se trata de elegir al otro cada día. De construir juntos, de aprender a caminar al mismo ritmo. Y, sobre todo, de no soltarse cuando las cosas se pongan difíciles.

Las lágrimas que había estado conteniendo finalmente comenzaron a acumularse en mis ojos.

—Te amo, papi.

Él sonrió y besó mi frente.

—Y yo a ti, mi pequeña.

Luego respiró profundamente y recuperó su expresión solemne.

—Ahora vamos a hacer que brilles como la reina que eres.

Solté una risa entre lágrimas.

—Eso espero.

Le tomé el brazo con fuerza.

Respiré.

Y sonreí.

Era mi momento.

El capítulo más importante de mi vida estaba a punto de comenzar. Y lo haría de la mano del primer hombre que me enseñó lo que significaba amar sin condiciones.

Las puertas del ascensor se abrieron al pasillo que conducía a la azotea y la música comenzó a sonar en cuanto estuvimos listos.

Mi padre me ofreció el brazo.

Lo sujeté.

Y comenzamos a caminar.

Cada paso parecía hacer que mi corazón latiera más rápido. Podía escuchar la música, las voces lejanas, el suave murmullo de los invitados, pero todo se volvió borroso cuando levanté la mirada.

Porque entonces lo vi.

Bastián.

Estaba al final del pasillo, esperándome. El aire abandonó mis pulmones y mi piel se erizó de inmediato.

Como siempre.

Como cada maldita vez que ese hombre me miraba.

No importaba cuánto tiempo hubiera pasado o cuántas veces hubiera despertado a su lado, ni siquiera importaba que estuviéramos a punto de casarnos.

Bastián Müller todavía tenía el poder de hacer que mi cuerpo olvidara cómo comportarse.

Y, por supuesto, no ayudaba en absoluto que llevara aquel traje negro de tres piezas.

Santo Dios.

Era un pecado visual.

El hombre más sexy que había visto en mi vida estaba frente a mí, mirándome como si fuera la única persona que existía en todo el planeta.

Y era mío.

Todo mío.

Mi prometido. Mi futuro esposo. El padre de nuestro bebé. El hombre que había conseguido enseñarme que el amor no siempre llega de la forma en que lo imaginamos.

A veces llega disfrazado de arrogancia, mal humor y una cantidad absurda de dinero. A veces rompe tu corazón antes de aprender a sostenerlo.

Y, algunas veces...

Te espera al final de un pasillo con los ojos llenos de amor, dispuesto a pasar el resto de su vida eligiéndote.

Bastián sonrió y mi corazón volvió a hacer aquella cosa absurda de olvidarse de latir.

Sonreí de vuelta.

Cuando llegué a su lado, sus ojos brillaban.

Estoy casi segura de que una lágrima escapó de uno de ellos, aunque no estaba precisamente en condiciones de juzgarlo. Yo sentía que estaba a segundos de convertirme en un desastre emocional.

Mi padre se volvió hacia él.

—Ella es mi tesoro más preciado, Bastián —dijo con la voz temblorosa mientras tomaba mi mano y la colocaba en la suya—. Cuídala, por favor. Cuida su corazón.

Bastián cerró los dedos alrededor de los míos.

—Con mi vida entera, señor.

Después levantó la mirada hacia mí.

Y esa expresión...

Dios.

—Podría decirte muchas cosas, mi Eliza, pero ninguna le haría justicia a lo insanamente bella que estás hoy.

Me sonrió.

Se inclinó y me besó con dulzura, apenas un roce de sus labios contra los míos. Pensé que eso sería todo.

Hasta que, sin previo aviso, se arrodilló frente a mí.

Mis ojos se abrieron de par en par. Bastián rodeó mi cintura con ambos brazos y depositó un pequeño beso sobre mi vientre.

Los murmullos y las exclamaciones detrás de nosotros fueron inmediatos.

Oh, Dios.

Nuestro secreto acababa de dejar de serlo.

Habíamos hablado mil veces sobre cómo anunciar el embarazo. Habíamos imaginado fotografías, discursos, una cena familiar, incluso alguna idea ridículamente elaborada que Emma había propuesto y que descartamos casi de inmediato.

Ninguna terminaba de convencernos.

Hasta ahora.

Evidentemente, Bastián había decidido que necesitábamos hacerlo a su manera.

—Bastián... —susurré, entre la sorpresa y el amor que amenazaba con desbordarme.

Él levantó el rostro.

—Mi Eliza —dijo en voz baja, sin apartar sus ojos de los míos—. Quiero que todos sepan que eres la mujer de mi vida... y que llevas a mi hijo en tu vientre.

Acarició suavemente mi cintura.

—Tú y solo tú. Quiero que todos vean lo jodidamente feliz que me haces cada minuto, cada día.

Mi corazón se hizo pequeño dentro de mi pecho.

—Bastián...

Una tos discreta rompió el momento.

El juez de paz nos observaba con una sonrisa que intentaba, sin demasiado éxito, esconder su diversión.

—¿Podemos empezar?

Bastián y yo nos miramos.

—Sí, claro —respondimos al mismo tiempo.

Algunas risas se escucharon entre los invitados. El juez negó ligeramente con la cabeza, todavía sonriendo.

—Esta no será una ceremonia convencional —anunció—. No hablaré de deberes ni obligaciones matrimoniales. Solo quiero recordarles que están a punto de dar un paso profundo, uno que implica amor, compromiso, respeto y mucha conversación.

Nos miró a ambos.

—Hablen siempre. Escúchense. Y, sobre todo, ámense.

Hizo una pequeña pausa.

—Tengo entendido que escribieron sus propios votos.

—Sí —respondimos nuevamente al unísono.

—Entonces, Bastián, puedes comenzar.

Mi futuro esposo se giró hacia mí. Tomó ambas manos entre las suyas y respiró profundamente. Por primera vez desde que lo conocía, vi a Bastián Müller realmente nervioso frente a otras personas.

Y eso me hizo sonreír.

—Mi Eliza... sabes que no soy el mejor con las palabras. Mucho menos cuando tengo que hablar delante de tanta gente.

Una pequeña risa recorrió a los invitados.

—Pensé mucho qué decirte hoy. Intenté escribirlo, lo juro, pero la hoja siempre terminaba en blanco.

Me miró directamente a los ojos.

—Así que decidí hablarte con esto.

Se llevó una mano al pecho.

—Con el corazón.

Sentí que los ojos comenzaban a arderme.

—Te amo, eso ya lo sabes. Pero te amo tanto que a veces duele y creo que nunca podrás imaginar cuánto transformaste mi vida.

Su voz se volvió más baja.

—Antes de ti, no sabía cómo manejar mis emociones. Mi mundo era gris, frío... hasta que entraste en él.

Sus dedos acariciaron los míos.

—Cruzaste mi puerta y llenaste todo de colores. De risas. De luz. Hiciste que mi corazón latiera otra vez, y solo tú pudiste lograr eso, Eliza.

Tragó saliva.

—Siempre fuiste tú.

Sus ojos se humedecieron.

—Y no habrá nadie después. Nunca creí en el para siempre . Ni en las almas gemelas. Hasta que me di cuenta de que tú habías estado a metros de mí todo ese tiempo.

Una lágrima escapó por mi mejilla.

—Eres mi para siempre, mi amor. Mi amor eterno. Prometo amarte, cuidarte y acompañarte todos los días de mi vida. En esta y en las que vengan después.

Su mirada descendió hacia mi vientre.

Acarició mi abdomen con una mano.

—No me imagino un mundo sin ti.

Sus ojos volvieron a encontrar los míos.

—Sin ustedes.

Las lágrimas que había estado conteniendo dejaron de obedecerme. Ya no podía contenerlas.

Estaba hecha un mar de emociones.

Quería hablar, decirle todo lo que sentía. Que sepa que él también había cambiado mi vida de una manera que jamás habría imaginado.

Pero tenía un nudo enorme en la garganta.

Bastián se inclinó hacia mí.

—Te amo —me susurró.

Y me besó suavemente.

—¡Aún no llegábamos a esa parte! —protestó el juez.

Las carcajadas de nuestros invitados llenaron la terraza y me reí entre lágrimas. Bastián simplemente sonrió, completamente despreocupado.

—Eliza, ¿estás lista? —preguntó el juez.

Respiré profundamente.

Asentí.

Bastián levantó las manos y limpió con los pulgares las lágrimas que seguían deslizándose por mis mejillas.

Entonces me tocó hablar.

—Bastián...

Mi voz tembló.

Respiré otra vez.

—No sé cómo poner en palabras todo lo que siento, porque me estalla el corazón.

Lo miré.

Aquel hombre que alguna vez había entrado en mi vida como un simple acuerdo y que terminó convirtiéndose en mi mundo.

—Tú también me cambiaste. Me hiciste fuerte, me enseñaste a creer de nuevo.

Sonreí entre lágrimas.

—Te amo por tantas razones... por tu nobleza, tu dulzura, tu perseverancia. Por cómo jamás te rendiste conmigo.

Apreté sus manos.

—Nuestro comienzo fue poco convencional, eso lo sabemos. Pero cada pequeño gesto tuyo, cada detalle, cada mirada... me fue enamorando hasta lo más profundo.

Mi voz se quebró.

—Te elijo hoy y te elegiré siempre.

Bastián me miraba como si no existiera nadie más alrededor.

—Prometo amarte, respetarte y cuidarte. Ser tu paz en los días difíciles y tu risa en los días buenos. Prometo ser tu compañera, tu amiga, tu amante...

Una sonrisa apareció en mis labios.

—Y enamorarme de ti un poco más cada día.

Apreté sus dedos.

—No podría haber soñado con un mejor esposo.

Miré brevemente hacia mi vientre.

—Ni con un mejor padre para nuestro hijo.

Bastián cerró los ojos durante un segundo, vencido por la emoción. Tomé su mano y deslicé el anillo lentamente en su dedo.

Él levantó mi mano hasta sus labios y depositó un beso sobre mis nudillos.

El juez sonrió.

—Después de palabras tan hermosas, solo me queda pedirles una cosa, que se sigan eligiendo todos los días, que se cuiden, se respeten y se amen.

Hizo una pausa.

—Por el poder que me confiere el estado...

Miró primero a Bastián y después a mí.

—Los declaro marido y mujer.

Una oleada de aplausos estalló a nuestro alrededor.

—Bastián, puedes besar a la novia.

Hizo una pausa y sonrió.

—Otra vez.

Las risas volvieron a llenar la terraza. Bastián no esperó ni un segundo, me atrajo hacia su cuerpo, deslizó una mano hasta mi nuca y me besó.

Esta vez no hubo dulzura contenida, fue un beso lleno de felicidad. De alivio. De amor. De todo lo que habíamos vivido y de todo lo que todavía nos quedaba por vivir.

Me robó el aliento.

Me robó el alma.

Y probablemente también cualquier posibilidad de mantener intacto mi maquillaje.

Cuando se separó apenas de mis labios, respiró contra ellos.

—Este vestido está destruyendo mi autocontrol, Eliza.

Deslicé las manos por su cuello y acaricié su cabello.

Sonreí.

—¿Un rapidito antes del primer baile? —murmuré con picardía.

La sonrisa que me regaló fue exactamente la que me desarmaba cada vez.

—Todo lo que mi esposa quiera.

Mi esposa.

Las palabras resonaron dentro de mi cabeza.

Mi esposo.

Todavía no podía creerlo. Ya estábamos casados, aquel hombre era oficialmente mi marido.

El padre de nuestro hijo.

Mi compañero.

Mi amor.

Mi para siempre.

Nuestra historia había comenzado con una pequeña mentira. Un acuerdo. Una relación que ninguno de los dos creyó que pudiera convertirse en algo real.

Y, sin embargo, aquí estábamos.

Rodeados de las personas que amábamos, con un anillo en el dedo, un bebé creciendo dentro de mí y toda una vida esperando frente a nosotros.

La mentira había terminado hacía mucho tiempo. Lo que teníamos ahora era nuestra verdad.

Una verdad irremediable.

Él y yo.

Nosotros.

Para siempre.