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Epilogo

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Epilogo

Bastián

Estaba agotado.

Dormir se había convertido en una auténtica odisea durante las últimas semanas. Eliza no encontraba una posición cómoda durante más de unos minutos y, cuando finalmente conseguía quedarse dormida, no tardaba demasiado en levantarse para correr al baño.

Estaba en las últimas semanas de embarazo y nuestra paciencia, nuestra ansiedad y, probablemente, nuestra cordura estaban empezando a desaparecer.

Faltaba muy poco.

Demasiado poco.

Íbamos a tener una niña.

Una hija.

Todavía me costaba pronunciar esas palabras sin sentir que algo dentro de mi pecho se apretaba.

Si soy completamente sincero, estaba aterrado.

No sabía si sería un buen padre.

No tenía un modelo precisamente ejemplar del que aprender. Durante años había pensado que la frialdad era una forma de protección, que mantener las emociones bajo control era la manera correcta de vivir.

Había aprendido a no necesitar demasiado de nadie y a no mostrar aquello que pudiera hacerme ver vulnerable.

No quería eso para mi hija.

No quería que creciera aprendiendo a esconder lo que sentía. No quería que tuviera que preguntarse si era querida.

Me había prometido a mí mismo que sería un padre mucho mejor de lo que había sido el mío.

Quería que nuestra hija supiera que podía venir a mí por cualquier cosa. Que podría abrazarme cuando tuviera miedo. Que podría llorar frente a mí y que nunca tendría que ganarse mi amor.

Quería darle todo lo que yo no había sabido cómo pedir. Y, si soy sincero, también quería hacerlo bien por Eliza.

Porque ella merecía tener a su lado a un hombre que estuviera a la altura de la familia que estaban construyendo.

Aunque, pensándolo bien...

Había cambiado bastante desde que ella llegó a mi vida.

Quizá no era el hombre emocionalmente cerrado que había sido antes. Quizá ahora sabía querer. O, al menos, Eliza me había enseñado cómo hacerlo.

Habíamos pasado horas mirando una película que ninguno de los dos estaba siguiendo realmente. Llevaba dos días sin ir a la oficina porque Eliza había tenido algunas contracciones falsas y el médico había recomendado que guardara reposo.

Así que nuestra vida se había reducido a una rutina bastante sencilla. De la cama al sofá, del sofá a la cocina y de la cocina otra vez a la cama.

En mi caso, a vigilarla como si fuera una bomba a punto de explotar.

Cuando la película terminó, la levanté con cuidado y la llevé hasta nuestra habitación.

—Puedo caminar, Bastián —protestó, aunque se acomodó inmediatamente entre mis brazos.

—Lo sé.

—Entonces bájame.

—No.

—Eres insoportable.

—También lo sé.

Escuché su risa contra mi cuello.

La deposité suavemente sobre la cama y me recosté a su lado. La rodeé con un brazo y la acerqué a mi pecho.

Eliza era inquieta por naturaleza. Incluso con una barriga enorme, licencia médica y una orden bastante clara de descansar, seguía encontrando cosas que hacer.

Ordenaba.

Revisaba.

Preparaba.

Volvía a revisar.

Había pasado las últimas semanas organizando cada detalle para la llegada de nuestra hija como si el mundo fuera a acabarse si un pañal no estaba exactamente en el lugar correcto.

Y eso me preocupaba.

Faltaba tan poco para el gran día que lo único que quería era protegerla. Que no sintiera dolor, que no tuviera miedo.

Que nada le hiciera daño.

Sabía que no podía controlar todo y odiaba profundamente esa realidad. Porque la amaba demasiado.

A veces incluso me aterraba pensar cuánto.

Me agobiaba saber que no podía estar con ella cada segundo del día. Por eso había reorganizado mis horarios en la empresa para trabajar únicamente durante las mañanas, justo cuando ella solía quedarse dormida.

Mi equipo había aprendido rápidamente que, después del mediodía, cualquier reunión que no fuera una auténtica emergencia podía esperar.

No me importaba.

La empresa podía sobrevivir unas horas sin mí. Eliza y nuestra hija eran otra historia.

A pesar de todo, habíamos tenido un embarazo maravilloso.

Mucho mejor de lo que esperaba.

Eliza apenas había tenido síntomas. Las náuseas desaparecieron bastante rápido y nunca se quejó de nada. Ni siquiera cuando llegó ese inevitable momento en que su ropa dejó de quedarle como antes.

Simplemente llamó a Emma.

Unas horas después, su amiga apareció en casa con varias bolsas llenas de ropa nueva.

Eliza salió del dormitorio con uno de aquellos vestidos y dio una pequeña vuelta frente a mí.

—¿Qué opinas?

La miré de arriba abajo.

—Que estás preciosa.

—Estoy enorme.

—Estás preciosa.

—Bastián...

—Eliza.

Me miró unos segundos.

—¿Eso es todo?

—Sí.

—Eres muy poco útil.

—Pero te amo.

Ella terminó riéndose.

Así era ella.

Brillante.

Alegre.

Imposible de apagar.

Incluso embarazada, cansada y con los pies hinchados, seguía llenando nuestra casa de color.

Eliza había llegado a mi vida como una tormenta y había hecho exactamente lo que nunca creí posible.

Había cambiado mi mundo y ahora estaba a punto de darme algo que jamás pensé que necesitaría.

Una hija.

Nuestra hija.

Bajé la mirada hacia su vientre y apoyé la mano sobre él. Sentí un pequeño movimiento bajo mi palma y sonreí.

Todavía no la conocía.

Todavía no había visto su rostro.

No sabía a quién se parecería, cuál sería su carácter o si heredaría mi mal humor o la capacidad de Eliza para hablar durante veinte minutos seguidos sobre algo que acababa de descubrir.

Pero ya la amaba.

Con un miedo que no sabía explicar. Con una intensidad que me resultaba completamente nueva.

Y, por primera vez en mi vida, no quería tener el control sobre lo que venía. Solo quería conocer a mi hija y asegurarme de que, desde el primer segundo, supiera una cosa.

Que su padre estaría aquí.

Siempre.

El fin de semana pasó demasiado rápido para mi gusto. Y, muy a mi pesar, llegó el momento de volver a la oficina.

Tenía reuniones pendientes, contratos que revisar y una agenda que parecía haberse multiplicado durante los dos días que había estado en casa. Pero antes de entrar a la primera reunión, hice lo que ya se había convertido en una costumbre.

Llamé a casa.

Necesitaba saber cómo estaban.

Habíamos contratado a una mujer para encargarse de la limpieza y la comida, muy a pesar de mi terca esposa. Eliza había insistido durante semanas en que podía hacerlo todo sola.

Que no estaba enferma, que estar embarazada no significaba que hubiera perdido la capacidad de moverse y que podía cocinar, ordenar y preparar las cosas de nuestra hija sin ningún problema.

Yo opinaba exactamente lo contrario.

Después de un día entero de discusión —uno bastante largo, incluso para nuestros estándares— finalmente aceptó, aunque dejó bastante claro que no estaba feliz con la decisión.

Así fue como Luisa llegó a nuestras vidas.

Una mujer mayor, y encantadora, de esas personas que transmiten tranquilidad apenas entran en una habitación.

Y, naturalmente, se rindió ante Eliza en cuanto la conoció.

Ahora eran prácticamente madre e hija. Luisa cuidaba de ella, Eliza la llenaba de conversaciones interminables. Y yo tenía la tranquilidad de saber que, mientras estuviera en la oficina, alguien estaría pendiente de las dos.

La reunión se extendió mucho más de lo previsto.

Cuando finalmente salí de la sala de juntas, fui directo a mi oficina. Necesitaba revisar unos contratos antes de continuar con el resto de la agenda.

Apenas había terminado de sentarme cuando escuché unos golpes en la puerta.

—Señor.

Levanté la vista.

Mi secretaria estaba en el umbral.

Su expresión me hizo fruncir el ceño.

—¿Qué ocurre?

—Tiene una llamada urgente desde su casa. Línea uno.

No sé exactamente qué pasó en ese instante, solo sé que algo dentro de mí se detuvo.

Mi corazón dio un golpe seco.

Todo mi cuerpo entró en alerta.

Me levanté tan rápido que la silla se desplazó hacia atrás.

—Gracias.

Tomé el teléfono.

—¿Sí?

—Oh, Dios, señor...

La voz de Luisa estaba rota.

Sentí que el estómago se me cerraba.

—¿Qué pasó?

—Tiene que venir rápido.

El mundo pareció reducirse a esas cuatro palabras.

—Luisa, dime qué ocurrió.

—La señora se cayó en la ducha... Tuvimos que llamar a una ambulancia.

Dejé de respirar.

—¿Eliza?

—Sí, señor. Está en camino al hospital.

A partir de ahí, apenas escuché lo demás. No recuerdo qué dijo Luisa, no recuerdo si alguien intentó detenerme cuando salí de la oficina.

Ni recuerdo haberme puesto el abrigo.

Solo recuerdo las llaves de mi auto en mi mano. Y el miedo. Un miedo tan brutal que me atravesó el pecho de lado a lado.

Salí del edificio sin pensar en nada más. No cancelé mis reuniones y no avisé a nadie. No me importaron los contratos sobre mi escritorio ni los millones que dependían de decisiones que podían esperar.

Nada podía esperar más que ella.

Sabía exactamente a qué hospital la llevarían. El seguro nos había asignado ese centro y, en ese momento, agradecí por primera vez haber memorizado todos los datos de su póliza.

El trayecto normalmente duraba diez minutos, hoy pareció durar una eternidad. Es increíble cómo funciona el tiempo cuando tienes miedo.

Cuando más desesperadamente quieres llegar a un lugar, más lento parece avanzar el mundo.

Cada semáforo era una tortura. Cada auto delante de mí, un obstáculo. Cada segundo que pasaba sin noticias se sentía como una amenaza.

Apreté las manos alrededor del volante.

—Por favor...

No sabía a quién se lo estaba diciendo.

A Dios.

Al destino.

A cualquiera que pudiera escucharme.

—Por favor, que estén bien.

Nunca había sido un hombre especialmente religioso, pero en aquel momento habría rezado a cualquier cosa.

No recuerdo cómo estacioné, ni siquiera sé si lo hice correctamente. Bajé del auto y entré al hospital prácticamente corriendo.

Me acerqué a recepción sin sentir las piernas.

—Necesito saber en qué habitación está la señora Müller —dije, intentando recuperar el aire—. La trajeron hace unos minutos.

La recepcionista comenzó a teclear.

Con una calma que, en cualquier otra circunstancia, habría considerado normal. En este momento me pareció desesperante.

—¿Nombre?

—Eliza Müller.

Tecleó.

Esperó.

Volvió a mirar la pantalla.

Yo apreté la mandíbula.

—Cuarto piso. Obstetricia. Habitación cuatrocientos cincuenta.

No la dejé terminar.

Me giré y fui directo hacia los ascensores.

—Maldita sea...

Las puertas parecían tardar una eternidad en abrirse. Cuando finalmente entré, marqué el cuarto piso varias veces, como si eso pudiera hacer que el ascensor subiera más rápido.

Todo iba demasiado lento.

Todo.

Cuando las puertas se abrieron, salí a toda velocidad por el pasillo.

Busqué el número de la habitación.

450.

La encontré y me detuve en seco, estaba vacía. Sentí que el corazón se me hundía. Entré, la cama estaba hecha y no había nadie.

Solo su bolso descansaba sobre una silla. Me quedé mirándolo y un pensamiento horrible intentó abrirse paso en mi cabeza.

No.

No.

No iba a pensar eso.

—Señor.

Me giré.

Luisa estaba en la puerta. Estaba pálida, tenía los ojos hinchados y las mejillas húmedas por las lágrimas.

—Qué bueno que ya llegó.

Fui hacia ella y la abracé.

No me importó que estuviera llorando. No me importó que yo mismo apenas pudiera mantenerme en pie.

La sostuve mientras se desahogaba. Sabía cuánto quería a Eliza y nosotros también la queríamos a ella.

—¿Qué pasó? —pregunté finalmente.

Mi voz apenas sonó como la mía.

Luisa respiró entrecortadamente.

—Estaba preparando el almuerzo mientras la señora se bañaba.

Se llevó una mano a la boca.

—De pronto escuché un grito.

Cerré los ojos.

—Después me llamó llorando. Estaba tan asustada...

Mi corazón volvió a acelerarse.

—¿Y después?

Necesitaba respuestas.

Cualquier cosa.

—¿Qué pasó cuando la trajeron?

—Le hicieron estudios, al principio parecía solo un golpe. Pensamos que no era grave...

La voz se le quebró.

—Pero empezó a sangrar.

Sentí que algo frío me recorría el cuerpo.

—¿Qué?

—Fue repentino, los médicos se la llevaron enseguida.

Luisa comenzó a llorar con más fuerza.

—La llevaron a quirófano.

Joder.

Me pasé ambas manos por el cabello.

Comencé a caminar de un lado a otro. No podía quedarme quieto, no podía respirar, ni siquiera podía pensar.

Mi cabeza era un caos.

Eliza estaba en una sala de operaciones. Nuestra hija estaba dentro de ella. Y yo estaba aquí sin poder hacer absolutamente nada.

Nada.

Toda mi vida había estado basada en una idea sencilla: si había un problema, encontraba una solución.

Si algo amenazaba lo que era mío, lo eliminaba. Si algo se interponía en mi camino, lo apartaba.

Pero no podía hacer eso ahora.

No podía entrar a ese quirófano, no podía protegerla. No podía quitarle el dolor y no podía hacer que el miedo desapareciera.

Por primera vez en mi vida, mi dinero, mi poder, mis contactos y todo aquello que durante años había utilizado para mantener el control no servían absolutamente para nada.

Vi pasar a una enfermera por el pasillo y fui hacia ella.

—Disculpe.

Se detuvo.

—¿Sí?

—Mi esposa está en cirugía. Eliza Müller.

La mujer revisó algo en la tableta.

—Está siendo atendida por el equipo de obstetricia.

—¿Cómo está?

—Lo siento, señor, pero tendrá que esperar a que el médico salga para darle información.

—¿Cuánto tiempo?

—No puedo decirle.

—¿Puedo verla?

—Ahora mismo no.

La respuesta me golpeó como un puñetazo.

—Pero...

La enfermera me miró con una mezcla de paciencia y compasión.

—Tiene que esperar.

Esperar.

La palabra me resultó insoportable. Me alejé de ella y volví a caminar, una y otra vez.

Miré el reloj.

Solo habían pasado unos minutos.

Parecían horas.

Me senté. Me levanté. Volví a sentarme. No podía estar quieto y no podía dejar de imaginarla asustada, herida, sola en algún quirófano.

Entonces pensé en nuestra hija.

En la pequeña vida que todavía no conocíamos. En las patadas que habíamos sentido durante las últimas semanas.

En la habitación que habíamos preparado.

En la cuna que Eliza había elegido después de pasar tres horas comparando colores. En todos nuestros planes y en todo lo que todavía nos quedaba por vivir.

Cerré los ojos.

—Por favor...

Esta vez mi voz se quebró.

No me importó.

Nunca en mi vida había sentido un miedo semejante. Porque acababa de descubrir algo que me aterraba más que cualquier cosa que hubiera enfrentado antes.

El mundo podía quitarme muchas cosas.

Mi dinero.

Mi empresa.

Mi posición.

Todo.

Pero no podía quitarme ni a Eliza, ni a mi hija.

Me quedé mirando las puertas del quirófano y por primera vez en mi vida, no quería controlar nada. Solo quería que esas puertas se abrieran y que alguien saliera para decirme que las dos estaban bien.

Media hora después, Emma llegó corriendo.

Tenía el rostro pálido y la respiración agitada. Apenas me vio, se acercó y se dejó caer en la silla a mi lado.

Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada.

No hacía falta.

El miedo estaba ahí, entre nosotros.

—Me muero si les pasa algo... —susurró finalmente, cubriéndose el rostro con ambas manos—. No puedo perderlas. No podría vivir sin ellas.

No había ni una pizca de exageración en sus palabras. Yo tampoco podría. Toda una vida me había tomado encontrar a Eliza.

Había tenido que perderla para comprender hasta qué punto la necesitaba. Había cruzado medio continente para recuperarla, había pasado meses intentando demostrarle que podía confiar nuevamente en mí y había reconstruido nuestra relación pieza por pieza.

Ahora que finalmente la tenía, ahora que teníamos una vida juntos y una familia, no podía perderla.

No podía perder a ninguna de las dos.

No sabía cómo se suponía que debía seguir viviendo si alguna de ellas no regresaba a casa conmigo.

Nunca fui un hombre creyente, siempre había confiado en los hechos, en la lógica, en aquello que podía controlar.

Pero en este momento no tenía nada de eso.

Así que recé.

A todos los dioses que pudieran estar escuchando. Al universo. A cualquier cosa que tuviera el poder suficiente para protegerlas.

Supliqué.

Les pedí que cuidaran de Eliza. Que cuidaran de nuestra hija, que me las devolvieran sanas y que me permitieran volver a abrazarlas.

Una hora más.

Y nada.

El tiempo se había convertido en mi peor enemigo.

La desesperación empezó a hacerse insoportable. Caminaba de un extremo al otro de la sala de espera con las manos hundidas en los bolsillos, el pecho comprimido y la garganta tan seca que apenas podía tragar.

Mi mente no dejaba de fabricar imágenes.

Todas horribles.

—Ten.

Me detuve.

Emma estaba frente a mí con un vaso de café.

—Te va a ayudar a calmarte.

Negué con la cabeza.

—No puedo tomar nada, gracias.

Ella suspiró.

—Todo va a salir bien, Bastián.

Intentó sonreír.

—Ellas son fuertes.

La miré.

Quise creerle, de verdad quise. Asentí en silencio. Emma me apretó el hombro antes de volver a sentarse.

Yo no pude hacer lo mismo.

No podía quedarme quieto.

No podía dejar de mirar las puertas.

Cada vez que alguien aparecía por el pasillo, mi corazón se detenía. Cada vez que se alejaba sin acercarse a nosotros, volvía a hundirse.

Hasta que finalmente escuché mi nombre.

—¿Señor Müller?

Me giré tan rápido que casi choqué con una de las sillas. Un médico estaba frente a nosotros.

—¿Cómo están mi esposa y mi hija?

Las palabras salieron atropelladas.

Sentía el corazón latiéndome en la garganta.

El médico me observó con serenidad.

—Ambas están bien.

Durante un segundo no reaccioné.

—¿Bien?

—Sí.

Solté el aire que no sabía que estaba conteniendo.

—Hubo una pequeña complicación durante la cirugía, pero logramos controlarla. Todo salió bien, fue solo un susto.

Cerré los ojos.

Sentí que las piernas dejaban de pesarme y el aire volvió a entrar en mis pulmones, por primera vez en horas.

Pero no estaba tranquilo, todavía no y no lo estaría hasta verla con mis propios ojos.

—¿Cuándo puedo verla?

—Tendrá que esperar un poco más, su esposa aún está sedada. En aproximadamente una hora podrán pasar a verla en la habitación.

Asentí.

Una hora.

Podía soportarlo.

Ahora sabía que estaba bien.

—¿Y mi hija?

La expresión del médico se suavizó.

—La llevamos a neonatología como medida preventiva. Estará unas horas en una incubadora, pero está estable.

Mi pecho volvió a apretarse.

—¿Puedo verla?

—Por supuesto.

Hizo una seña a una enfermera que acababa de salir del pasillo.

—Susan, por favor, acompaña al señor Müller con su hija.

—Gracias.

Mi voz salió quebrada.

El médico se despidió y yo seguí a la enfermera por un largo pasillo blanco y silencioso. Cada paso parecía acercarme a algo que todavía no sabía cómo enfrentar.

Mi hija.

Nuestra hija.

La palabra seguía sonando extraña en mi cabeza.

Hermosa.

Inmensa.

La enfermera se detuvo frente a una puerta y me entregó una bata descartable, una cofia y un barbijo. Mis manos temblaban mientras me los colocaba.

No sabía por qué estaba tan nervioso. Había enfrentado negociaciones mucho más difíciles, había tomado decisiones que afectaban a cientos de personas y había pasado por momentos que exigían toda mi sangre fría.

Pero nada de eso se parecía a esto, porque estaba a punto de conocer a mi hija. La enfermera abrió la puerta y entramos. Una sala de cunas de vidrio apareció frente a nosotros, bañada por una luz tenue.

El lugar estaba en silencio, salvo por los suaves sonidos de los monitores y algún que otro pitido lejano. Avanzamos unos metros, la enfermera señaló una de las cunas, me detuve y la vi.

Mi hija.

Era diminuta.

Tan pequeña que por un instante tuve miedo de acercarme demasiado.

Tenía los ojos cerrados, una pequeña mano junto al rostro y una cantidad absurda de cabello colorado sobre la cabeza.

Perfecta.

Completamente perfecta.

Sentí que algo dentro de mí se quebraba.

No.

No se quebraba, se transformaba.

Era ella.

Mi hija.

Nuestra hija.

La mujer que amaba me había hecho sentir un amor que jamás había creído posible.

El amor por Eliza había sido un vendaval.

Una fuerza indomable que había arrasado con cada una de mis certezas y había pintado de colores un mundo que antes solo conocía en tonos grises.

Pero esto...

Esto era diferente.

Era más pequeño y, al mismo tiempo, infinitamente más grande. Era tierno. Brutal. Devastador. Me partía por dentro y, de alguna manera inexplicable, conseguía repararme al mismo tiempo.

Amor puro.

Absoluto.

Irrevocable.

Me acerqué al cristal.

Apoyé una mano sobre él.

—Hola, pequeña...

Mi voz se quebró.

No sabía si ella podía escucharme, probablemente no, pero necesitaba hablarle. Necesitaba que mi primera conversación con mi hija comenzara, aunque ella todavía no pudiera responderme.

—Soy papá.

Las lágrimas nublaron mi visión. Sonreí detrás del barbijo. Nunca había dicho esas palabras y jamás imaginé que escucharme pronunciarlas pudiera hacerme sentir algo semejante.

Papá.

Yo.

El hombre que durante años había tenido miedo de no saber amar correctamente, ahora tenía una hija.

Y quería aprenderlo todo por ella.

Quería protegerla. Quería verla crecer. Quería escuchar su primera palabra, verla dar sus primeros pasos, llevarla a la escuela, responder sus preguntas imposibles y, algún día, probablemente, querer matar al primer adolescente que se acercara demasiado.

Sonreí ante ese último pensamiento.

Sí.

Definitivamente iba a necesitar paciencia.

La enfermera se acercó.

—¿Quiere tenerla en brazos?

Levanté la mirada.

Sentí que el corazón volvía a golpearme con fuerza.

—¿Puedo?

—Solo un momento —respondió con una sonrisa cálida—. Y no puede quitarse el barbijo, ¿de acuerdo?

Asentí.

—Está bien.

Con sumo cuidado, la enfermera abrió la incubadora. La envolvió en una manta suave, comprobó una última vez que todo estuviera bien y luego me la entregó.

Mis brazos temblaron al recibirla.

Era tan pequeña.

Tan frágil.

Tan mía.

Sentí que el corazón se me encogía dentro del pecho.

Mis brazos la sostuvieron con una delicadeza que jamás había creído poseer, como si hubieran estado esperando exactamente aquel momento durante toda mi vida.

Porque, de alguna manera, lo habían hecho.

Anna.

Mi hija.

Tan diminuta que parecía irreal.

Tenía los ojos cerrados, la boca ligeramente entreabierta y unos deditos minúsculos que se movieron apenas contra la manta.

Tuve miedo de sostenerla mal. De hacerle daño. De no ser suficiente. Y, al mismo tiempo, jamás me había sentido tan fuerte.

—Hola, hermosura —susurré, acercándola un poco más a mi pecho—. Te estábamos esperando.

Mi voz se quebró.

—Mamá y yo... no te imaginas cuánta falta nos hacías ya.

La contemplé sin poder apartar los ojos de ella.

Era imposible.

Cada pequeño detalle me parecía extraordinario. La diminuta nariz. Las mejillas suaves. La forma de sus labios.

Y entonces lo vi.

Tenía la nariz de Eliza, los mismos rasgos delicados y la misma expresión dulce incluso mientras dormía.

Era como sostener una versión diminuta de la mujer que amaba. Sonreí detrás del barbijo y comprendí algo con una certeza que me atravesó de lado a lado.

Pasaría el resto de mi vida rendido a los pies de esas dos mujeres. Y no existía nada en el mundo que pudiera hacerme más feliz.

Era extraño pensar en el hombre que había sido no hacía tanto tiempo. Un hombre que vivía perfectamente bien solo.

Sin ataduras.

Sin compromisos.

Sin necesidad de sentir demasiado por nadie.

Me bastaban mis silencios, mi trabajo y aquella vida ordenada que había construido alrededor de mí como una fortaleza.

Creía que estaba bien así, incluso llegué a pensar que no necesitaba nada más. Qué equivocado estaba.

Porque ahora no podía imaginar un solo día sin Eliza.

Y tampoco podía imaginar un solo día sin esta pequeña criatura que apenas llevaba unas horas en el mundo y ya había conseguido apropiarse de una parte de mí que ni siquiera sabía que existía.

Anna había llegado sin que la planeáramos. Sin que la buscáramos. Simplemente apareció en nuestras vidas y, de algún modo, consiguió que todo encajara.

No había mayor certeza dentro de mí que la de saber que siempre la habíamos estado esperando.

Su llegada había cambiado incluso nuestra forma de entender el amor. Porque nos había enseñado que todavía podíamos amar más.

Elegirnos más.

Cuidarnos más.

Ser más pacientes.

Más tiernos.

Más conscientes de lo que teníamos.

Y mientras la sostenía entre mis brazos, comprendí que, por primera vez en mi vida, podía decirlo sin miedo:

Era un hombre completo.

Feliz.

Y completamente enamorado.

Ellas eran mi final feliz.

Mi historia más hermosa.

La familia que jamás supe que deseaba, pero que, en algún rincón que ni siquiera conocía de mí mismo, mi alma había necesitado desesperadamente.

Miré hacia la puerta de la sala.

A unos metros de allí estaba Eliza, mi esposa. La mujer que había conseguido atravesar todas mis defensas sin siquiera proponérselo.

La pelirroja que llegó a mi vida como parte de un acuerdo y terminó convirtiéndose en mi mundo.

No hacía tanto tiempo, ella me había enseñado el amor más visceral, carnal y demoledor que había sentido jamás. Eliza había desarmado cada uno de mis muros con su voz, con su risa, con esa forma tan suya de mirarme como si nunca hubiera sido un hombre roto.

Como si siempre hubiera habido algo bueno en mí que valía la pena encontrar. Ella me enseñó a sentir, a confiar. A querer sin medir las consecuencias.

Y Anna...

Bajé la mirada hacia mi hija.

Anna me estaba enseñando algo completamente diferente. Algo que no sabía que existía.

Un amor que no pedía nada a cambio. Que no necesitaba explicaciones y que no dependía de palabras.

Un amor que solo necesitaba estar.

Estar aquí.

Sostenerla.

Protegerla.

Acompañarla.

Un amor tan puro y absoluto que me estremecía y que me transformaba. Acaricié suavemente su diminuta mejilla con un dedo.

—Voy a cuidarte siempre —susurré.

Ella hizo un pequeño movimiento y cerró aún más los dedos alrededor de la manta. Sonreí.

No sabía qué clase de padre sería, probablemente cometería errores. Seguramente tendría miedo muchas veces.

Pero sabía algo.

Nunca dejaría que mi hija dudara de cuánto la amaba. Nunca tendría que preguntarse si podía contar conmigo.

Yo siempre estaría a su lado.

Porque ahora entendía algo que durante años había sido incapaz de comprender. El amor no te hace débil, te da algo por lo que vale la pena ser fuerte.

Miré una vez más a mi pequeña.

Al final del día...

Al final de todo.

Lo había conseguido.

No una vida perfecta, había conseguido algo mucho mejor. Una vida que quería, una familia que amaba.

Mis chicas.

Los amores de mi vida.

Mi hogar.

Mi felicidad.

Para siempre.

Final