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Capitulo 6

El Contrato 18+ — booknet.com · All chapters

Capitulo 6

Bastián

Dormir era una palabra demasiado generosa para describir lo que había hecho durante las últimas dos noches. Apenas había cerrado los ojos. Mis párpados pesaban como si cargaran el peso de mil pensamientos sin resolver, y mi cuerpo parecía atrapado en una resaca emocional de la que no conseguía despertar.

Cada vez que cerraba los ojos, el mismo sueño regresaba, burlándose de mí con su cruel insistencia. Una y otra vez, aparecía ella. Una pelirroja despampanante, con su risa burbujeante, sus ojos verdes y sus labios curvados en esa sonrisa burlona que nunca antes había asociado con alguien como Eliza.

Mi asistente.

Sacudí la cabeza con fuerza, intentando arrancar esas imágenes que se arremolinaban en mi mente como un huracán.

¿Cómo no la había visto antes? ¿Cómo pude ser tan ciego?

Tal vez porque durante tres años había estado convencido de que era la mujer más irritante, insufrible e insolente que había tenido la desgracia de conocer.

Sin embargo, la cuestión verdadera, era que sería un imbécil si negara que siempre me había parecido atractiva.

Lo había notado desde el principio, pero anoche… anoche fue distinto.

La mujer que apareció en aquella gala no era la asistente eficiente que discutía conmigo en la oficina. Era una versión de Eliza que jamás había visto. Segura de sí misma, elegante, imposible de ignorar.

Y el resto del salón lo confirmó.

Todas las miradas se posaron sobre ella.

La mía también.

No recordaba la última vez que alguien había conseguido dejarme sin palabras, pero Eliza lo hizo con una facilidad desesperante. Yo, que había construido mi vida sobre el control, pasé gran parte de la noche reaccionando a cada uno de sus movimientos.

Lo que más me descolocó fue la mirada de Venus.

Reconocí los celos en sus ojos en cuanto presenté a Eliza como mi mejor historia de amor. Ni siquiera había pensado esas palabras, simplemente habían salido de mi boca.

Y ahora no dejaban de dar vueltas en mi cabeza.

Dejo escapar un suspiro. Quizá aquella mentira podía convertirse en una ventaja que podía usar a mi favor. Si Venus y Lucien creían que había rehecho mi vida, dejarían de verme como el hombre al que habían dejado atrás.

Era una solución sencilla.

Lógica.

Entonces, ¿por qué no conseguía verla solo como eso?

Cerré los ojos un instante.

La imagen de Eliza volvió a aparecer sin pedir permiso. El vestido verde, su risa, la forma en que me sostuvo la mirada sin intimidarse.

Maldita mujer.

Me pasé una mano por el rostro. Todo aquello era una pésima idea, porque las mentiras siempre terminaban pasando factura.

Y, por primera vez en mucho tiempo, no estaba seguro de ser capaz de mantener el control.

Con un suspiro, me incorporo de la cama, dormir no había servido de nada. Cada músculo de mi cuerpo protestaba mientras caminaba hasta el baño. Abrí la ducha y dejé que el agua caliente cayera sobre mí, llevándose el cansancio... pero no los pensamientos.

Cerré los ojos.

Trabajo.

Siempre había sido mi refugio. La única constante en una vida donde todo lo demás terminaba fallando. No importaba si era fin de semana o si apenas había dormido; bastaba con concentrarme en el siguiente proyecto para volver a tener el control.

Al menos, hasta ahora.

El agua resbalaba por mi rostro, pero era incapaz de arrastrar la imagen que llevaba desde el sábado por la noche instalada en mi cabeza.

Eliza.

Su sonrisa.

Su risa.

La seguridad con la que había recorrido el salón como si perteneciera a ese mundo desde siempre.

Y aquellos malditos ojos verdes.

Apreté la mandíbula.

No era posible que una sola noche hubiera conseguido alterar una rutina que llevaba años construyendo.

Abrí los ojos con brusquedad.

Basta.

Cerré el grifo y salí de la ducha. El espejo estaba completamente empañado. Pasé la mano sobre el cristal hasta descubrir mi reflejo.

Tenía peor aspecto del que esperaba.

—Es tu asistente —murmuré para mí mismo.

Solo mi asistente.

Una mujer eficiente, inteligente y desesperantemente obstinada, cuya única función era organizar mi agenda y discutir conmigo cuando consideraba que estaba equivocado.

Eso era todo.

Entonces, ¿por qué seguía recordando la forma en que me había sonreído cuando aceptó seguirme el juego?

Resoplé con frustración.

Aquello empezaba a rozar lo absurdo.

Me vestí con un pantalón de chándal y una camiseta. No tenía intención de salir de casa. Pensaba dedicar el día entero a trabajar, revisar algunos informes y convencerme de que la gala no había sido más que un episodio aislado.

Un error de cálculo, porque eso era exactamente lo que había sido. Una mentira conveniente.

Nada más.

Sin embargo, mientras abandonaba el baño, una incómoda certeza terminó de instalarse en mi cabeza.

Podía engañar a cualquiera.

Incluso a Lucien.

Incluso a Venus.

Pero empezaba a sospechar que el hombre más difícil de convencer era yo mismo.

Abandoné mi habitación con el cuerpo pesado y la cabeza todavía peor. La rutina era lo único que mantenía cierto orden en mi vida. Café negro. Huevos revueltos. Silencio.

Mientras removía los huevos en la sartén, el teléfono vibró sobre la encimera.

Venus [09:40]: Bastián, ¿podemos hablar?

Me quedé mirando el mensaje durante unos segundos.

Después sonreí.

Una sonrisa lenta.

Había funcionado.

Los celos que vi en sus ojos la noche anterior no habían sido producto de mi imaginación. Si ahora era ella quien buscaba hablar conmigo, significaba que la aparición de Eliza había hecho exactamente el efecto que esperaba.

Apagué la pantalla sin responder.

Que esperara.

Por una vez, sería ella quien no tendría el control.

Terminé el desayuno casi sin saborearlo y me refugié en el despacho. Cierro la puerta detrás de mí, como si con ese acto pudiera sellar mis pensamientos desordenados en algún rincón oscuro de mi mente.

Me dejo caer en la silla y masajeo mis sienes, intentando encontrar claridad en el desorden.

El silencio, aquello que más aprecio duro apenas unos segundos. Porque ella volvió a colarse en mi cabeza.

Y no solo ella.

La idea que avanzaba con fuerza.

Eliza como mi novia.

La idea me ronda como un eco persistente. Apoyó los codos sobre el escritorio y entrelazó las manos. Anoche todo había salido mejor de lo previsto. Presentarla como mi novia había sido una decisión impulsiva, pero el resultado era innegable.

Venus había reaccionado.

Ahora necesitaba que siguiera creyéndolo.

Me incliné hacia atrás en la silla mientras la idea terminaba de tomar forma. No bastaba con aparecer juntos en una gala.

Una relación se construía con pequeños detalles. Fotografías, cenas, fines de semana, comentarios casuales... pruebas suficientes para que cualquiera creyera que era real.

Y, tratándose de Lucien Kingston, sabía que investigaría.

Su jefe de prensa vivía a pocas casas de la mía. Tarde o temprano alguien empezaría a observar. Si quería que aquella mentira sobreviviera, Eliza tendría que formar parte de mi vida.

No solo durante unas horas.

Durante meses.

La idea debería haberme parecido una locura. Sin embargo, cuanto más la analizaba, más sentido tenía. Ella era perfecta para el papel. Inteligente, natural y completamente inmune a mi dinero, algo que, por extraño que resultara, jugaba a mi favor.

Con Eliza todo tendría que basarse en otra cosa.

Un acuerdo.

Un contrato.

Nada más.

No era muy diferente de cualquiera de las negociaciones que cerraba cada semana. Solo había una diferencia, esta vez no estaba negociando una empresa. Iba a negociar con una mujer que jamás aceptaría una propuesta si no encontraba una razón lo bastante importante para hacerlo.

Y convencer a Eliza Harper iba a ser, sin lugar a dudas, el acuerdo más complicado de toda mi carrera.

Con un resoplido de frustración, obligué a mi mente a cambiar de rumbo.

Trabajo.

Abrí el portátil y empecé a revisar los correos pendientes. Contratos. Informes. Reuniones por confirmar. Mi rutina de siempre.

Pero no conseguía concentrarme.

Leía una línea y, al instante, mi cabeza volvía al mismo lugar.

Eliza.

Su vestido verde. La seguridad con la que había recorrido el salón. La naturalidad con la que había encajado en un mundo que, hasta la noche anterior, jamás había formado parte del suyo.

Cerré los ojos un instante.

Aquello empezaba a ser ridículo.

Intenté volver a los documentos. Revisé un contrato, respondí un par de correos y marqué algunas observaciones en un informe.

Cuando levanté la vista, el despacho estaba prácticamente a oscuras.

Miré el reloj.

Habían pasado horas y apenas había avanzado. Solté una maldición por lo bajo y cerré el portátil con un golpe seco. No era propio de mí perder una jornada de trabajo por una distracción.

Mucho menos por una mujer.

Me recosté en el respaldo de la silla y dejé escapar un largo suspiro. El verdadero problema no era dejar de pensar en Eliza.

Era descubrir cómo convencerla.

No podía presentarme el lunes en la oficina y pedirle, sin más, que fingiera ser mi novia durante meses. Ella era demasiado inteligente para aceptar una propuesta así sin cuestionarlo todo.

Necesitaba un motivo, uno que también le resultara beneficioso. Solo entonces accedería a escucharme.

Me puse de pie y abandoné el despacho.

La mansión estaba en silencio.

Demasiado silencio.

Atravesé el pasillo hasta el bar privado y me serví un whisky doble. Observé el líquido ámbar unos segundos antes de llevar la copa a los labios.

El alcohol descendió lentamente por mi garganta, pero ni siquiera consiguió despejarme.

Apoyé el vaso sobre la barra y esbocé una sonrisa apenas perceptible. No importaba cuánto tiempo me llevara, encontraría la forma.

Porque Eliza Harper aceptaría mi propuesta.

Y, cuando lo hiciera, aquel acuerdo sería el inicio de la jugada más importante que había planeado en toda mi vida.