Capitulo 7
ElizaMe desperté con una extraña sensación en el pecho.
No era miedo. Tampoco nervios. Era esa incómoda certeza de que algo estaba por cambiar.
Permanecí unos segundos mirando el techo, intentando convencerme de que solo era una impresión pasajera. Al final, me obligué a levantarme. Quedarme en la cama solo conseguiría que mi imaginación trabajara horas extras.
Decidí empezar el día antes de lo habitual.
Una ducha larga y caliente relajó un poco la tensión acumulada de los últimos días. Después elegí uno de mis vestidos favoritos, de esos que siempre conseguían hacerme sentir un poco más segura de mí misma.
Si mi cabeza insistía en jugarme malas pasadas, al menos intentaría que mi reflejo no colaborara.
En la cocina preparé un café fuerte con una pizca de canela. El aroma inundó el apartamento y, durante unos segundos, creí que aquella rutina de siempre lograría devolverme la calma.
No ocurrió.
La inquietud seguía ahí, instalada en algún rincón de mi pecho, negándose a desaparecer.
Resoplé con frustración mientras terminaba el café y tomaba el bolso. Quizá solo estaba siendo paranoica.
Después de todo, había sido un fin de semana extraño.
Había pasado dos noches dándole demasiadas vueltas a la gala, a la mentira que habíamos construido y, sobre todo, a la forma en que Bastián Müller había conseguido alterar mi tranquilidad con una facilidad que todavía me negaba a comprender.
Sacudí la cabeza antes de salir del apartamento. Era suficiente, en unas horas todo volvería a la normalidad.
Él volvería a ser mi jefe.
Yo volvería a ser su asistente.
Y aquella absurda historia de novios quedaría exactamente donde debía estar. En la noche del viernes.
Llegué a la oficina unos minutos antes de las ocho y media.
Saludé a mis compañeros, crucé los pasillos de siempre y ocupé mi lugar detrás del escritorio. Todo parecía exactamente igual que cualquier otro lunes.
Solo había un problema.
Yo ya no me sentía igual.
Encendí el ordenador, revisé los correos y organicé la agenda del día con la precisión de siempre. Después preparé el café del señor Müller, siguiendo un ritual que conocía de memoria.
Intenté concentrarme en la rutina.
No funcionó.
Mi cabeza volvía, una y otra vez, a la gala del viernes. A la forma en que había pronunciado mi nombre, a su mano apoyada en mi espalda. A aquella mirada que, por un instante, había hecho que la mentira pareciera demasiado real.
Resoplé para mis adentros.
Era ridículo.
Había pasado todo el fin de semana intentando dejar atrás aquella noche. Limpié el departamento, salí a caminar, pasé horas hablando con Emma...
Nada había servido, porque cada momento de silencio terminaba llevándome al mismo lugar.
Bastián Müller.
Negué con la cabeza.
No.
Él era mi jefe, yo era su asistente y eso era todo lo que debía importar.
Respiré hondo, tomé la agenda y el café, y me dirigí hacia su oficina justo cuando el ascensor se abrió.
Ahí estaba.
Vestido con un impecable traje negro, caminaba con esa seguridad que parecía formar parte de él. Todo en Bastián Müller transmitía autoridad, control... distancia.
Lo seguí en silencio.
Entró primero en su despacho y, como cada mañana, entré detrás de él para dejar la taza sobre el escritorio.
Es un lunes cualquiera, me repetí.
Todo ha vuelto a la normalidad.
Pero, en cuanto levantó la vista y sus ojos azules encontraron los míos, comprendí que estaba equivocada.
—Buenos días, Eliza.
Me quedé inmóvil.
Durante un segundo pensé que había oído mal.
En tres años, Bastián Müller jamás me había recibido con un simple "buenos días". Mucho menos había pronunciado mi nombre con aquella calma.
—Buenos días, señor Müller —respondí, procurando que mi voz sonara firme.
No estaba segura de haberlo conseguido.
Él dejó el maletín sobre el escritorio y tomó asiento con la naturalidad de siempre. Yo coloqué la taza de café frente a él y comencé a ordenar las carpetas mientras repasaba mentalmente la agenda del día.
Todo parecía normal. O, al menos, eso intentaba convencerme. Estaba a punto de informarle la primera reunión cuando volvió a hablar.
—Cierra la puerta, por favor.
Levanté la vista de inmediato.
Fruncí el ceño.
En tres años solo había cerrado la puerta de ese despacho cuando se trataban asuntos estrictamente confidenciales.
¿Por qué ahora?
Él sostuvo mi mirada unos segundos y arqueó una ceja, como si mi desconcierto fuera una pérdida de tiempo.
—Claro.
Caminé hasta la puerta, la cerré con cuidado y volví a girarme hacia él.
—Siéntate, Eliza.
Aquello ya no era extraño. Era inquietante, pero obedecí despacio, intentando ignorar el cosquilleo de nervios que recorría mi cuerpo.
—¿Ocurre algo, señor Müller? —pregunté con cautela—. ¿He hecho algo mal?
Sus ojos permanecieron fijos en los míos.
—No.
Esperé a que continuara.
No lo hizo.
El silencio empezó a hacerse incómodo.
—¿Me va a despedir? —solté antes de poder contenerme.
Por primera vez desde que entré al despacho, una leve expresión de desconcierto cruzó su rostro.
—No.
Hizo una breve pausa.
—Déjame hacerte una pregunta.
Asentí sin entender nada.
—¿Tienes novio?
Parpadeé.
De todas las posibilidades que había imaginado, aquella ocupaba el último lugar de la lista.
—¿Perdón?
—¿Tienes novio? —repitió con la misma tranquilidad.
Tragué saliva.
—No.… no tengo.
Él asintió lentamente, como si acabara de confirmar algo importante. Después apoyó los antebrazos sobre el escritorio y volvió a pronunciar mi nombre.
—Eliza...
Su voz sonó más grave que de costumbre.
—Necesito tu ayuda.
Bastián se pasó una mano por el cabello.
El gesto me desconcertó más que cualquier palabra. En tres años jamás lo había visto hacer algo que delatara nerviosismo.
—¿Qué clase de ayuda necesita? —pregunté, procurando mantener un tono profesional.
Me sostuvo la mirada unos segundos antes de responder.
—Necesito una novia.
Parpadeé.
¿Qué demonios estaba diciendo? ¿Una novia? ¿Estaba bromeando?
—¿Quiere que le consiga una?
Por primera vez, una sombra de sonrisa cruzó su rostro.
—No, Eliza. No quiero que me consigas una novia, quiero que tú seas mi novia.
Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.
—¿Perdón?
—Será una relación falsa. Nada más, no estoy interesado en una de verdad —continuo sin reparar en mi evidente shock—. Pero necesito que Venus crea que he seguido adelante para que cuestione la decisión de dejarme. Después de la gala, todos creen que estamos juntos. Lo lógico es continuar con esa historia y tú, eres perfecta para ese papel.
Lo observé sin saber si reír o salir corriendo.
—¿Quiere que finjamos ser pareja?
—Exactamente.
Asentí lentamente.
—Bien... eso ya es una locura, pero creo que es algo fácil.
—Perfecto, estamos en la misma página —sostuvo con seguridad—. Hay una condición más.
No me gustó cómo sonó aquello.
—¿Qué condición?
—Tendrás que mudarte conmigo durante unos meses.
Me levanté de golpe.
—¡No! Espera un momento. No estamos en la misma página... ni siquiera estamos leyendo el mismo maldito libro.
Él también se puso de pie.
—Escúchame. El jefe de prensa de Kingston vive a dos casas de la mía. Si compartimos casa, la noticia llegará a Venus en cuestión de días. Necesito que parezca real.
Lo miré como si hubiera perdido completamente la cabeza.
—¿Se volvió loco?
—Es un acuerdo, Eliza. Solo unos meses.
Negué varias veces.
—Fingir una relación ya es demasiado. ¿Vivir con usted? Eso es otra historia. Yo tengo una vida.
Su mandíbula se tensó apenas un instante.
—El viernes estuviste increíble.
Aquellas cuatro palabras me desarmaron más de lo que deberían.
—Eres perfecta para este papel.
Aparté la mirada, incómoda.
—Sigue siendo una locura.
—Lo sé.
Se hizo un breve silencio antes de que retomara su tono de negociador.
—Piénsalo como un contrato adicional.
Fruncí el ceño.
—Te pagaré por hacerlo.
Abrí la boca para negarme, pero él continuó.
—Y liquidaré por completo tu préstamo universitario.
El despacho quedó en silencio.
—A cambio, solo necesito una cosa.
Sus ojos azules se clavaron en los míos.
—Tu compromiso absoluto... y tu confidencialidad.
Sus palabras quedaron suspendidas entre nosotros.
Lo observé en silencio, intentando encontrar una grieta en aquella expresión imperturbable.
No la había.
Bastián Müller no hacía propuestas que esperara perder. Cada una de sus palabras estaba pronunciada con la seguridad de un hombre acostumbrado a negociar... y a ganar.
Bajé la mirada.
Todo en mí gritaba que dijera que no.
Era una locura.
Aceptar significaba cruzar una línea de la que difícilmente podría regresar. Él dejaría de ser solo mi jefe y yo dejaría de ser únicamente su asistente.
Nada volvería a ser igual.
—Es una oferta... muy generosa —murmuré.
Él negó con tranquilidad.
—Es una oferta justa. Ambos obtenemos lo que necesitamos.
Mis dedos se entrelazaron sobre mi regazo.
Él recuperaría a la mujer que amaba. Yo saldaría, de una vez por todas, la deuda que llevaba años persiguiéndome.
Era un trato.
Solo un trato.
Entonces, ¿por qué sentía que estaba firmando algo mucho más peligroso?
Cerré los ojos un instante. Emma me llamaría completamente loca y, probablemente, tendría razón.
Solté el aire lentamente.
—De acuerdo, señor Müller.
Las palabras escaparon de mis labios antes de que pudiera detenerlas.
Cuando volví a mirarlo, una discreta satisfacción cruzó su rostro. Apenas un gesto. Pero suficiente para saber que había esperado esa respuesta desde el principio.
—No te arrepentirás, Eliza.
No estaba tan segura.
Mientras comenzaba a explicarme cómo funcionaría el acuerdo, apenas podía escuchar sus palabras.
Solo había una idea repitiéndose en mi cabeza. Acababa de aceptar mudarme con mi jefe y fingir ser su novia.
¿Qué demonios acababa de hacer?
En ese momento todavía creía que estaba firmando un simple contrato.
No tenía la menor idea de que, en realidad, acababa de cambiar el rumbo de mi vida para siempre.