Capitulo 8
ElizaRecorríamos el centro comercial cuando terminé de contarle, a grandes rasgos, la propuesta que Bastián Müller me había hecho unos días atrás.
Esperé su reacción.
No llegó.
Al menos, no en forma de palabras.
Emma caminaba a mi lado en un silencio inquietante, con los labios apretados y el ceño ligeramente fruncido mientras fingía concentrarse en los labiales de una tienda de cosméticos.
La conocía demasiado bien.
Ese silencio era la calma antes de la tormenta.
Cuando terminó de comprar, nos dirigimos a una cafetería cercana. Elegimos una mesa junto al ventanal y pedimos dos cafés. Ninguna de las dos habló mientras esperábamos el pedido.
El silencio se hizo cada vez más pesado. Hasta que Emma dejó la taza sobre la mesa y, por fin, levantó la vista hacia mí.
Fue la primera en romper el silencio.
—¿Es una broma? —preguntó al fin, dejando la taza suspendida a medio camino de sus labios—. Dime que es una broma, porque no pienso reírme si vas a jugar con cosas así.
Suspiré y removí distraídamente el té.
—Es algo temporal. Unos meses, como mucho. Yo lo ayudo, él cancela mi préstamo universitario y todo vuelve a la normalidad. Nada va a salir mal, lo prometo.
Emma soltó una risa incrédula.
—Eso ya lo has dicho —respondió con un tono llenos de escepticismo—. Eliza, ni tú misma te crees eso.
Bajé la mirada.
Quizá tenía razón.
—Lo sé... Suena completamente descabellado.
—No. Suena peligrosísimo.
Apoyó los codos sobre la mesa y me sostuvo la mirada.
—¿Qué demonios te hizo aceptar?
Guardé silencio unos segundos antes de responder.
—No fue solo el dinero.
Ella arqueó una ceja.
—Lo sabía.
—Escúchame. Sé que parece absurdo, pero... cuando me lo pidió... vi algo diferente en él, a pesar sus razones egoístas de recuperar a la arpía de su ex.
—¿Diferente?
Asentí despacio.
—Estaba nervioso.
Emma soltó una carcajada.
—¿Bastián Müller? ¿Nervioso?
—Sí.
—El hombre que parece un robot con traje.
No pude evitar sonreír.
—Ese mismo.
Tomé un sorbo de té antes de continuar.
—No sé cómo explicarlo. Por un momento dejó de ser mi jefe. Parecía... vulnerable.
Emma me observó en silencio.
—Y tú quisiste salvarlo.
No era una pregunta.
Era una acusación.
Suspiré.
—Tal vez.
Ella dejó caer la cabeza hacia atrás con dramatismo.
—Eres imposible.
—Lo sé.
—No, no lo sabes. Ese es el problema.
Se inclinó otra vez hacia mí y señaló mi pecho con un dedo.
—Tú ves a un hombre roto y automáticamente quieres ayudarlo. Aunque eso signifique meterte en el incendio con él.
No respondí.
Porque, por primera vez desde que había aceptado el trato, empezaba a preguntarme si Emma no tendría toda la razón.
—Esto no me gusta. Ni un poco —dijo Emma, mirándome con absoluta seriedad—. No confío en él. Es tu jefe, Eliza. No tu amigo.
Suspiré.
—Lo sé. Pero también sé lo que significa quitarme de encima ese préstamo. Es una oportunidad que no puedo ignorar.
Emma permaneció unos segundos en silencio antes de señalarme con un dedo.
—Prométeme una cosa. Si en algún momento esto deja de hacerte sentir cómoda, me llamas. No importa la hora ni dónde estés.
Asentí.
—Te lo prometo.
Ella negó lentamente con la cabeza.
—Es que no entiendes lo que acabas de aceptar.
—Sí lo entiendo.
—No. Vas a vivir con tu jefe durante meses. Tú misma me has contado mil veces lo insoportable que puede llegar a ser. En la oficina, al menos, termina la jornada y cada uno se va a su casa. Ahora no tendrás esa salida.
Bajé la mirada.
—Ya le di mi palabra.
Emma suspiró con frustración.
—Y eso es exactamente lo que me preocupa. Siempre cumples tus promesas, aunque seas tú la que termine pagando las consecuencias.
Guardé silencio.
Sabía que tenía razón.
De repente, Emma apoyó los codos sobre la mesa y me lanzó una mirada sospechosamente curiosa.
—¿Y el sexo?
Casi me atraganté con el café.
—¡¿Qué?!
—Pregunto.
—¡No! Eso ni siquiera entra en el acuerdo.
Ella se encogió de hombros.
—Mejor.
Fruncí el ceño.
—¿Mejor?
—Porque tú no sirves para separar el sexo de los sentimientos.
La miré indignada.
—Gracias por la confianza.
Emma soltó una risa.
—No lo digo para ofenderte. Lo digo porque te conozco. Tú no eres de las que tienen una aventura y siguen como si nada. Si cruzaras esa línea, terminarías enamorándote.
Rodé los ojos.
—Eso no va a pasar.
—¿Segura?
—Completamente.
Emma apoyó la espalda en la silla.
—Piénsalo. Vas a trabajar con él, desayunar con él, cenar con él... Vas a descubrir al hombre que existe detrás del señor Müller.
Sentí un incómodo cosquilleo en el estómago.
—No pienso enamorarme de mi jefe.
—Eso dicen todas las protagonistas antes del capítulo veinte.
No pude evitar reír.
—Lees demasiadas novelas.
—Y tú muy pocas si todavía crees que esto puede salir exactamente como lo planearon.
Su sonrisa desapareció tan rápido como había aparecido.
—Solo quiero que estés preparada. Porque, si todo sale mal, él seguirá siendo el multimillonario dueño de la empresa.
Hizo una pausa antes de añadir en voz baja:
—Pero tú serás quien tenga más que perder.
Sus palabras quedaron flotando entre nosotras.
Después estiró la mano y apretó la mía.
—Y una última cosa.
Levanté la vista.
—Si ese hombre te hace llorar, aunque sea una sola vez... te juro que seré yo quien le haga la vida imposible.
Sonreí con ternura y entrelacé mis dedos con los suyos.
—Lo sé.
Y, por primera vez desde que había aceptado aquel trato, una pequeña parte de mí empezó a preguntarse si Emma no estaría viendo un peligro que yo todavía me negaba a reconocer.
Un par de horas después estaba de vuelta en mi departamento.
Una ducha caliente consiguió aliviar el cansancio de mi cuerpo, pero no el de mi cabeza.
Me puse el pijama, apagué la luz principal y me acomodé en la cama. La lluvia golpeaba suavemente la ventana, creando ese sonido que normalmente conseguía dormirme en pocos minutos.
Aquella noche no tuvo el mismo efecto.
Giré sobre la almohada con un suspiro.
Emma tenía razón.
Todo aquello era una idea terrible.
Iba a vivir con mi jefe durante meses, fingiendo una relación delante de todo el mundo. Bastaba pensarlo para que un nudo se instalara en mi estómago.
Entonces...
¿Por qué seguía convencida de haber tomado la decisión correcta?
Cerré los ojos.
Quizá porque necesitaba liberarme, por fin, de aquella deuda que llevaba años persiguiéndome. O quizá porque había visto algo en Bastián aquella mañana, una grieta en esa fachada impecable que nunca antes había existido.
No lo sabía.
Pero, por primera vez en tres años, sentía curiosidad por conocer al hombre que se escondía detrás del jefe frío, distante y obsesionado con el trabajo.
¿Quién era realmente cuando nadie lo observaba? ¿Era capaz de bajar la guardia alguna vez?
¿O llevaba aquella armadura incluso estando solo?
Resoplé.
No era asunto mío.
Mi única responsabilidad era cumplir el acuerdo, ayudarlo a recuperar a Venus y seguir con mi vida. Él recuperaría a la mujer que amaba, yo saldaría mi préstamo universitario.
Todos ganaríamos.
Era un plan sencillo.
Al menos, sobre el papel.
Porque cuanto más vueltas le daba, más consciente era de un pequeño detalle que había ignorado por completo cuando acepté.
Iba a vivir con Bastián Müller.
No compartiríamos solo una oficina. Compartiríamos desayunos, cenas, silencios... una misma casa.
Y eso significaba conocer una versión de él que nadie más veía.
Mi corazón dio un vuelco.
¿Y si Emma tenía razón? ¿Y si, después de convivir tanto tiempo, terminaba viendo algo que jamás debería ver?
Me mordí el labio.
No.
Eso no iba a pasar.
Bastián Müller seguía siendo mi jefe. Yo seguía siendo su asistente, y aquel contrato no cambiaría nada.
—No, no, no... —murmuré, negando con la cabeza.
Me incorporé un poco y abracé la almohada contra mi pecho. Definitivamente nada iba a pasar, porque habíamos puesto reglas desde el principio.
Fingiríamos ser una pareja delante de los demás y, una vez que cerráramos la puerta de la casa, cada uno seguiría con su vida.
Así de simple.
Emma solo estaba exagerando.
... ¿Verdad?
Resoplé con frustración y sacudí la cabeza antes de que mi imaginación siguiera por un camino que no tenía razón de ser.
No necesitaba saber nada de él, solo tenía que cumplir mi parte del acuerdo. Nada más.
Enterré el rostro en la almohada.
—No va a pasar —repetí en voz baja.
Pero aquella frase ya no sonaba tan convincente. Porque el verdadero problema no era compartir una casa con mi jefe.
Era olvidar que, detrás del título y del traje impecable, también había un hombre.
Y si alguna vez dejaba de verlo como el señor Müller para empezar a verlo simplemente como Bastián...
Sería yo quien terminaría pagando el precio.
Apagué la lámpara de la mesa de noche y la habitación quedó completamente a oscuras.
Intenté dormir.
Sin embargo, una última idea cruzó mi mente antes de que el cansancio terminara por vencerme.
Lo desconocido siempre daba miedo y, a partir del lunes, lo desconocido tenía nombre y apellido.
Bastián Müller.