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Capitulo 9

El Contrato 18+ — booknet.com · All chapters

Capitulo 9

Bastián

Estaba sentado en mi despacho, incapaz de concentrarme.

Por quinta vez en pocos minutos miré el reloj y, casi por inercia, alcé la vista hacia el otro lado del cristal.

Eliza seguía en su escritorio.

Concentrada.

Ordenada.

Tan absorta en su trabajo que parecía ajena a todo lo que ocurría a su alrededor. Desde la gala, algo entre nosotros había cambiado. No hablábamos más de lo necesario, pero el silencio ya no era el mismo.

Era incómodo.

Pesado.

Peligrosamente consciente.

Resoplé para mis adentros.

Eliza siempre había tenido la capacidad de sacarme de quicio. Discutía conmigo sin miedo, cuestionaba mis decisiones y rara vez aceptaba un "no" como respuesta.

Y, sin embargo, desde aquella noche me sorprendía buscándola con la mirada más veces de las que estaba dispuesto a admitir.

El teléfono vibró sobre el escritorio.

Venus.

Otra llamada.

La quinta de la semana.

Observé la pantalla unos segundos antes de dejar que sonara hasta apagarse, que esperara. Si quería recuperarme, esta vez tendría que ser ella quien diera el primer paso.

Apoyé la cabeza contra el respaldo de la silla y exhalé lentamente.

Todo aquello era una pésima idea, lo sabía desde el principio. El problema era que ya había tomado una decisión y nunca había sido un hombre que retrocediera.

Miré el reloj una vez más.

Era la hora.

Tomé el teléfono y pulsé el intercomunicador.

—Eliza, ven a mi oficina.

Cinco segundos después, la puerta se abrió.

Como siempre.

Puntual.

Eficiente.

—¿Qué necesita, señor Müller?

—Siéntate.

Saqué una carpeta del cajón y la deslicé sobre el escritorio.

—Aquí está el contrato. Léelo con calma. Cuando lo firmes, el acuerdo entrará en vigor.

Ella tomó la carpeta sin decir una palabra.

Durante varios minutos solo se escuchó el roce de las hojas al pasar. Sus ojos recorrían cada cláusula con la misma atención con la que revisaba cualquier documento importante.

Era imposible engañarla.

Y, por algún motivo, eso siempre me había gustado.

Cuando terminó de leer, levantó la vista hacia mí. No hizo preguntas, simplemente tomó el bolígrafo y firmó.

Observé cómo trazaba su nombre al pie de la última página.

Ya estaba.

No había marcha atrás.

—Listo — dijo, devolviéndome la carpeta, un leve rubor tiñendo sus mejillas. Algo tan simple, pero que de golpe se me antojó fascinante.

—El dinero de tu préstamo será transferido hoy mismo. El resto lo recibirás cuando finalice el contrato.

—Entendido.

Su respuesta fue breve, profesional.

Demasiado profesional.

—Mañana te estaré esperando para la mudanza.

—De acuerdo.

Fruncí ligeramente el ceño.

Aquella no era la Eliza que conocía.

Normalmente habría discutido alguna cláusula, hecho una broma o encontrado algo con lo que llevarme la contraria.

Ahora apenas hablaba.

—¿Tienes alguna duda? —pregunté—. ¿Quieres modificar alguna condición?

Dudó unos segundos antes de responder.

—Sí.

Levanté una ceja.

—Cuando todo esto termine... y usted vuelva con Venus...

Hizo una breve pausa.

—¿Perderé mi trabajo?

La pregunta me tomó desprevenido.

Jamás había contemplado esa posibilidad.

—No.

Respondí sin pensarlo.

—Seguirás siendo mi asistente. Eso no va a cambiar.

Vi cómo parte de la tensión abandonaba sus hombros.

—Gracias.

Se puso de pie con intención de marcharse.

—Entonces... hasta mañana, señor Müller.

—Hasta mañana, Eliza.

Esperé a que la puerta se cerrara antes de dejar escapar el aire que llevaba un rato conteniendo. Guardé el contrato firmado dentro del maletín y permanecí unos segundos observándolo.

El acuerdo ya era oficial.

Había conseguido exactamente lo que quería.

Entonces, ¿por qué no sentía que había ganado?

Me recosté en la silla y cerré los ojos un instante. Todo estaba saliendo según el plan, solo esperaba que el plan no terminara saliéndose de nuestro control.

Una hora después abandoné la empresa.

Mientras conducía hacia casa, el silencio del coche resultó un alivio inesperado. Las luces de la ciudad desfilaban frente al parabrisas, pero apenas les prestaba atención.

Mi cabeza seguía atrapada en el mismo lugar.

El contrato.

El acuerdo.

Eliza.

Apreté con fuerza las manos sobre el volante.

Había negociado adquisiciones millonarias con menos tensión que la que sentía en este momento. Y eso solo confirmaba una realidad incómoda, aquel no era un acuerdo cualquiera.

Cuando el portón de la mansión se abrió, dejé escapar un suspiro casi involuntario.

Por fin.

Aparqué el coche y entré en la casa, recibiendo el silencio que siempre la envolvía. Normalmente aquella tranquilidad rozaba lo deprimente, pero esta noche era exactamente lo que necesitaba.

Dejé el maletín en el recibidor y subí directamente a mi habitación.

Minutos después, el agua caliente caía sobre mi cuerpo, llevándose parte del agotamiento acumulado durante el día. Cerré los ojos y apoyé una mano contra la pared de la ducha, dejando que el calor aflojara la tensión de mis hombros.

Por primera vez desde esta mañana, conseguí dejar de pensar.

Solo por unos minutos.

Cuando salí, me puse una camiseta vieja y un pantalón de pijama. Me dejé caer sobre la cama con un suspiro, sintiendo cómo el cansancio empezaba, por fin, a imponerse.

Había sido un día interminable.

Cerré los ojos, dispuesto a dormir, pero una última idea se abrió paso antes de que el sueño terminara de vencerme.

Mañana Eliza cruzaría la puerta de esta casa.

Mi casa.

Dejaría de ser únicamente mi asistente para convertirse, al menos ante los ojos del mundo, en mi novia.

Resoplé para mis adentros.

La mansión llevaba años siendo un lugar silencioso, pero a partir de mañana, sospechaba que eso estaba a punto de cambiar.

Y, por primera vez en mucho tiempo, no tenía la menor idea de si aquello era una buena o una mala noticia.

El día pasó más rápido de lo que esperaba.

Aun así, cada vez que miraba el reloj recordaba la misma realidad. Hoy Eliza se mudaría a mi casa. Apoyé el vaso de whisky sobre el escritorio y observé el líquido ámbar girar lentamente.

Nunca me había costado compartir un espacio con nadie, simplemente porque jamás lo había hecho. La mansión siempre había sido mi refugio, el único lugar donde el mundo dejaba de exigir cosas de mí.

A partir de hoy, eso cambiaría.

Me recosté en el sillón y cerré los ojos unos segundos. No era permanente, solo serían unos meses. El tiempo suficiente para que Venus comprendiera el error que había cometido al marcharse con Kingston.

Ese era el plan.

Nada más.

Miré la hora.

Era casi el momento.

Dejé el vaso vacío sobre el escritorio y subí a darme una ducha rápida. El agua caliente consiguió relajar la tensión de mis hombros, aunque no la inquietud que llevaba instalada desde hacía días.

Media hora después, el timbre rompió el silencio de la casa. Respiré hondo antes de abrir la puerta.

Allí estaba.

Eliza llevaba un sencillo vestido rosa y unas sandalias bajas. El cabello caía libre sobre sus hombros y el rostro estaba completamente libre de maquillaje.

Nada que ver con la mujer que había deslumbrado a todos en la gala.

Y, aun así...

Seguía siendo imposible apartar la vista de ella.

A su lado, uno de los empleados de la mudanza sostenía una caja mientras sonreía con demasiada confianza.

Bastó una mirada para que borrara la sonrisa de inmediato.

Bien.

—Buenas noches, señor Müller.

—Buenas noches.

Me hice a un lado para dejarlos pasar.

Mientras los hombres comenzaban a entrar las cajas, observé a Eliza recorrer el recibidor con discreción. No parecía impresionada por el tamaño de la casa; más bien intentaba ubicarse, como si buscara la forma de no sentirse una intrusa.

Aquello, por alguna razón, hizo que la casa se sintiera distinta.

Cuando los encargados de la mudanza terminaron de descargar el camión, uno de ellos apareció con otras dos cajas.

Fruncí el ceño.

—¿Has traído todo tu apartamento?

Ella soltó una pequeña risa.

—Solo lo indispensable.

Miré la montaña de cajas.

—Tenemos definiciones muy diferentes de "indispensable".

Por primera vez desde que llegó, sonrió de verdad. Y la tensión que había sentido durante toda la tarde disminuyó apenas un poco.

En cuanto los hombres se marcharon y la puerta volvió a cerrarse, recuperé la compostura.

—Ven. Voy a enseñarte la casa.

Recorrimos la biblioteca, el gimnasio, el despacho, el jardín y la piscina. Eliza observaba cada espacio con curiosidad, haciendo preguntas de vez en cuando, hasta que llegamos al dormitorio que había preparado para ella.

Entró despacio, recorriendo la habitación con la mirada.

—Es precioso.

No supe por qué aquellas dos palabras me produjeron una satisfacción tan absurda.

—Me alegra que te guste.

Dejé la maleta junto a la cama y di un paso hacia la puerta.

—Instálate con calma. Si necesitas algo, mi habitación está al final del pasillo.

Ella asintió.

—Gracias, señor Müller.

Negué suavemente con la cabeza.

—Aquí no hace falta que me llames así, Eliza.

Me miró con una pequeña sonrisa.

—Entonces... gracias, Bastián.

Mi nombre sonó extrañamente distinto en su voz. Asentí una sola vez antes de salir de la habitación.

Cerré la puerta despacio y permanecí unos segundos inmóvil en el pasillo.

Volví a mi despacho y me serví un vaso de wiski. Esto apenas acababa de empezar y, por primera vez en muchos años, no estaba completamente seguro de seguir teniendo el control de la situación.