Capítulo 1041
### El grupo principal llegó al sector noreste antes que nadie, a excepción de los guardias que ya se encontraban apostados allí.Las criaturas que presionaban el muro en esa sección presentaban el número de efectivos que la corrupción enviaba cuando no estaba poniendo a prueba la resistencia, sino intentando romperla; la diferencia entre un ataque serio y una evaluación era evidente para cualquiera que hubiera pasado el tiempo suficiente observando ambos. Este era del primer tipo.Selphira llegó al lado de Arturo con la seguridad de quien ya había calculado el ángulo de entrada desde el mismo momento en que salieron del salón.Ambos contemplaron lo que tenían enfrente.Todos se sumaron a la defensa sin reparos, pues defender no les costaba nada y el poder que las nuevas generaciones aportaban para eliminar a las criaturas era descomunal; además, tampoco era la primera vez que servían de apoyo extraordinario cuando la presión aumentaba.—Menos mal que disfrutan con esto —dijo Arturo, con la placidez de alguien que hace observaciones sobre el clima.—Si no lo hicieran —replicó Selphira—, me sentaría bastante mal haberles arruinado el momento. —Una pausa—. Aunque tampoco tan mal... Ya que luchar forma parte de la vida.Las criaturas del sector noreste descubrieron, a lo largo de los siguientes veinte minutos, que la presión que habían estado ejerciendo no iba a arrojar los resultados que el sistema que las había enviado esperaba obtener.Defender aquello no resultó difícil para Ren y las chicas.Y tampoco es que no quisieran proteger su territorio... Al fin y al cabo, era su ciudad.♢♢♢♢En lo más profundo del castillo, en el ala que la familia real ocupaba de distintas maneras según el miembro de que se tratara, existía una sección que el tráfico diario del recinto evitaba por instinto, sin que nadie hubiera dado órdenes explícitas al respecto. Esa clase de evitación que surge de forma orgánica cuando un espacio posee una atmósfera que comunica sus propias y aterradoras preferencias.La mujer que ocupaba ese lugar se llamaba Lutea Dravenholm.Era rubia, con los rasgos que proclamaban su "alta sangre" de Goldcrest y Starweaver; características que Larissa había heredado en su estructura formal, pero que en la madre adquirían una cualidad distinta... la misma materia física organizada por un carácter diferente. Bella a la manera en que los individuos son bellos cuando han pasado mucho tiempo siendo tratados como si la hermosura fuera su función principal, lo que producía una clase específica de belleza muy apta para ser contemplada, pero menos interesante de conocer.Las sirvientas que le llevaron las noticias de la ceremonia lo hicieron con el temor y la atención propios de quienes han aprendido exactamente qué versión de la información prefiere recibir su señora, entregándosela en ese formato sin importar si se correspondía con lo que realmente había sucedido.Esta vez no pudieron hacerlo.Lo ocurrido era demasiado concreto, demasiado documentado, demasiado presente en boca de demasiados como para que pudiera existir una versión distinta que Lutea lograra evitar afrontar tarde o temprano.—¿Ha terminado? —preguntó Lutea, empleando el tono que adoptaba cuando exigía información y consideraba cualquier retraso un fallo de sus sirvientas en lugar de una consecuencia de que la información aún se estuviera generando.—Sí, mi señora.—¿Y bien?La criada a la que le había tocado responder esta vez sopesó el cálculo que la gente en su posición solía hacer, llegando a la conclusión de que la respuesta honesta conllevaba un coste más manejable que cualquier otra versión, puesto que la verdad al menos no exigía una elaboración posterior.—A la señorita Larissa la presentaron ante lord Ren Patinder y también ante las señoritas Starweaver y Liora, ante la asamblea de familias.Silencio.—Presentada como...No era una pregunta. Era la fórmula que Lutea empleaba al solicitar datos que ya intuía, pero que necesitaba oír en voz alta para disponer de algo tangible hacia lo cual dirigir lo que estaba a punto de sentir.—Como parte del anuncio de compromiso, mi señora.El silencio que sobrevino no fue el de alguien que procesa algo inesperado. Era el silencio de una persona a quien se le confirma que sus expectativas se dirigen hacia la dirección más inconveniente, alguien que ahora precisaba de un momento para organizar su respuesta ante tal confirmación.¿Cómo podían hacerle algo así a su sangre?Lutea Dravenholm había sido amiga de la infancia de Dragarión en aquellos años en que las amistades infantiles entre familias del estatus adecuado portaban el peso de los acuerdos que tales linajes tejían a su alrededor. El matrimonio había resultado tan predecible como el invierno: llegó cuando tenía que llegar porque siempre estuvo previsto que así fuera, y Lutea lo había asumido como alguien que esperaba exactamente eso, integrándolo en su autopercepción de un modo que dificultaba separar quién era ella de quién era él.Las grandes hazañas de Dragarión habían llegado después.Y con ellas, en la mente de Lutea, la delirante certeza de que la grandeza de su esposo le pertenecía en cierto modo también a ella, de que el suelo que pisaba gracias a él era un terreno que le correspondía de un modo diferente al de cualquier otra persona. La percepción de alguien que había crecido en un espacio reducido y jamás había necesitado salir de él, careciendo por tanto de la información que habría provocado la corrección natural.Dragarión se había dado cuenta.No al principio; esas cosas no se perciben de entrada, cuando el cénit del afecto difumina los ángulos. Lo había visto gradualmente, y ese proceso tal vez generó en él una distancia que Selphira describía como la de un hombre a quien le resultaba más fácil estar ausente que presente. Selphira, que había conocido a Dragarión antes que a Lutea, lo calificaba también como uno de los pocos grandes errores de un hombre que rara vez los cometía. Uno de los motivos —bromeaba la anciana— por los que a Dragarión le gustaba pasar la mayor parte de su tiempo fuera de casa.Una mujer hermosa, pero de ideas terribles; alguien que solo actuaba sumisa, excesivamente amable y sonriente con su esposo y sus hijos, jamás con nadie más... Ni siquiera con su propia hija. Un "chovinismo" profundo y doloroso, incluso para los estándares de Dragarión.La comprensión absoluta había llegado cuando nació Larissa.Cuando Dragarión observó la forma en que su esposa miraba a su hija.Lutea no miraba a su hija como se mira a una persona. La miraba como se observan las variables de un problema.—Mi hija —dijo Lutea ahora, con la calma propia de aquellas cosas que están frías por dentro y, por tanto, consiguen mantener una tranquilidad superficial—, se ha comprometido formalmente con un plebeyo de sangre común.Las sirvientas no respondieron porque la afirmación no iba dirigida a ellas.—Sin el apellido correcto... Sin el linaje adecuado. En el salón principal del castillo, con sus hermanos presentes, con todas las altas familias presentes. —Una pausa, colocando cada elemento con el cuidado de quien construye un argumento a partir de componentes que lleva ensamblando mucho tiempo—. ¡Manchando el apellido sagrado que porta!