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DOBE - Capítulo 353

El Domador De Bestias Más Débil Obtiene Todos Los Dragones Sss — www.skynovels.net · All chapters

DOBE - Capítulo 353

Reed y Fern habían vivido lo suficiente para comprender las realidades de su mundo. La muerte no era algo abstracto ni distante; era parte del ciclo de la vida al que todos se enfrentarían tarde o temprano. Todos los ciudadanos cumplían con su deber militar, todos morían cuando el reino lo requería. No era una cuestión de moralidad, sino de supervivencia. Pero ver a su hijo de apenas once años de pie junto a un cadáver, con sangre goteando de sus garras... eso era diferente. El olor metálico llenó las fosas nasales de Ren. La textura pegajosa en sus manos, el calor que aún emanaba del cuerpo, la mirada fija del hombre, sin ver... todo era demasiado real, demasiado inmediato. Sintió un violento vuelco en el estómago. Cuando había matado a Harold con el rayo de luz, había sido algo distante, casi impersonal. Un destello de energía y luego nada. Esto... esto era íntimo, visceral, innegable. Todavía podía sentir la resistencia de la carne cediendo bajo sus garras, la sutil vibración del crujido del hueso. Ren cayó de rodillas y vomitó; su estómago se contrajo con fuerza al expulsar todo lo que había comido ese día. Pero no lloró. Se limpió la boca con el dorso de la mano, manchándose aún más con la sangre del patrullero, y se puso de pie. Le temblaban las piernas, pero mantenía la postura erguida. Los mechones en su cabello se movían erráticamente, delatando la angustia que lo consumía. “Tenía que hacerlo”, dijo, más para sí mismo que para sus padres. “Iban a... él iba a...” Reed observó el vómito en el suelo, luego a su hijo, que intentaba desesperadamente mantener la compostura. Suspiró profundamente; el suspiro estaba cargado del peso de un padre que ve crecer a su hijo demasiado rápido. Las arrugas de su rostro parecían acentuarse, la edad reflejada en la preocupación. “Sigues siendo nuestro hijo”, dijo Reed en voz baja, con la voz ligeramente quebrada. Fern asintió, con lágrimas que le corrían libremente por las mejillas. “No importa lo que hayas vivido, las cosas de adulto que hayas tenido que hacer... siempre serás nuestro hijo”. Esas palabras contenían años de amor y protección que no habían podido proteger a su hijo de ese momento. Reed dio un paso al frente, ignorando el dolor de sus propias heridas. Cada movimiento le provocaba una nueva agonía en la espalda lacerada, pero el amor paternal superaba el sufrimiento físico. “Agradezco que pudieras proteger a tu madre cuando yo no pude”, dijo con voz firme pero dulce. “Jamás habría deseado verte perder tu inocencia tan pronto. No por nosotros”. Fue entonces cuando Ren finalmente se quebró. Miró el cuerpo del patrullero, la sangre formando un charco oscuro en la tierra. Sus manos, sus propias manos, habían sido las responsables. Las lágrimas comenzaron a caer, primero lentas, luego en torrentes incontrolables. Su cuerpo tembló mientras sollozos desgarradores escapaban de su garganta. Fern corrió hacia él, ignorando el dolor y el olor a muerte, y lo abrazó con fuerza. No le importaba que estuviera cubierto de sangre, que acabara de matar a un hombre. Era su hijo, su bebé, y estaba sufriendo.“ Está bien, mi amor”, susurró contra su cabello, sintiendo cómo los pequeños hongos palpitaban contra su mejilla. Brillaban tenuemente, respondiendo al estado emocional de su huésped. “Está bien llorar. Está bien sentirse mal”. Reed se unió al abrazo, sus brazos heridos pero fuertes rodeando a su familia. “Hiciste lo que tenías que hacer”, murmuró. “Pero eso no significa que tengas que cargar con el peso solo”. Permanecieron así durante varios minutos, una familia unida en medio del caos. El fuego de su casa, casi extinguido, seguía crepitando a lo lejos; el cuerpo del patrullero yacía inmóvil a sus pies, pero en ese momento, nada más importaba. “Disculpen” una voz temblorosa interrumpió el momento. Un anciano se acercó con cautela, apoyándose en un bastón. Era uno de sus vecinos, alguien a quien Ren recordaba vagamente de sus escasas visitas a las casas de amigos del barrio. Su rostro curtido reflejaba tanto miedo como determinación. “Lo vi todo” dijo el anciano, con la mirada nerviosa, alternando entre ellos y los cuerpos de los patrulleros. “No diremos nada cuando vengan a preguntar. Estas... estas bestias han estado aterrorizando la frontera y el vecindario durante meses.” Su voz se hizo más firme al hablar, la ira justificada reemplazando al miedo. Otros vecinos comenzaron a salir de las sombras, con rostros que mostraban tanto miedo como gratitud. Algunos asintieron en señal de aprobación, otros ofrecieron apoyo silencioso con su presencia. “Mi casa está a dos calles largas de aquí” continuó el anciano. “No es gran cosa, pero tienen un techo donde resguardarse. Y mi esposa es una elemental del agua, puede curar esas heridas.” Sus ojos se detuvieron con preocupación en la espalda ensangrentada de Reed. Reed miró al hombre, y el reconocimiento y la gratitud se reflejaron en su rostro.” Señor Chen... no sé qué decir” dijo el anciano, haciendo un gesto de desdén con la mano. “Somos vecinos. Y en estos tiempos... los vecinos deben cuidarse unos a otros.” Aquella simple afirmación tenía un profundo significado en su ciudad dividida. Yang y Lin se acercaron. “Deberíamos irnos” sugirió Yang. “Aunque estamos lejos de la zona fronteriza, tarde o temprano alguien vendrá a investigar. “El viejo Chen tiene razón” añadió Lin, examinando las heridas de Reed. “Necesitas recuperarte y descansar antes de decidir qué hacer. “Wei y yo enterraremos el cuerpo y traeremos a los patrulleros inconscientes en un momento” anunció Yang, usando su Behemoth de Piedra para empezar a cavar. Ren se separó del abrazo, secándose las lágrimas con fuerza. Sus ojos aún estaban rojos, pero había una nueva resolución en ellos. No era la mirada de un adulto, pero tampoco la de un niño completamente inocente. “La casa...” murmuró Fern, con la voz apenas audible entre el crepitar de las últimas llamas.” Todo está perdido. Los recuerdos, los años vividos…” Hizo una pausa, con los ojos humedecidos. “La cena que le preparé a Ren. Su estofado favorito. “Reed le puso una mano reconfortante en el hombro, y Ren se acercó a ella, con la preocupación reflejada en sus rostros. Fern los vio, enderezó los hombros, respiró hondo y se secó las lágrimas con determinación. “No” dijo con firmeza. “Lo que importa es que mi familia esté bien. Las casas se pueden reconstruir. Los recuerdos viven en nosotros, no en las paredes. “Pero no todo está perdido, debemos recuperar esto…” murmuró Reed, acercándose al cuerpo de un patrullero. Se agachó junto al domador de lagartos de fuego y tomó los cristales procesados del ritual. La pequeña bolsa pesaba, y no solo por su peso físico, sino que representaba su dedicación a la promesa de su hijo. Wei se movía por la escena, evaluando la situación con ojo crítico. Sus manos trazaban pequeños patrones en el aire, usando técnicas de maná sencillas para dispersar huellas y pruebas. “No lo entiendo” murmuró mientras trabajaba. "Las cartas de Ren siempre mencionaban que esta zona era tranquila. Aseguraste que todo era normal…"