1. Traición y desamor
Manhattan nunca duerme. Las luces de la ciudad siempre alumbran las sombras más oscuras, pero hay secretos que permanecen ocultos bajo su resplandor. Danilo Brown lo sabía bien. Durante semanas, una inquietud silenciosa lo había invadido, un sutil murmullo que susurraba dudas sobre Rebeca, su esposa. A pesar de que el mundo veía en él un hombre exitoso, con prestigio y riqueza, poder y control, había cosas que escapaban de sus manos y atormentaban su mente.
En su despacho. Danilo observaba los documentos que el detective privado le había entregado esa mañana. Fotografías desalentadoras, imágenes que mostraban a Rebeca con otro hombre, que reflejaban su cruel engaño. Los videos eran un golpe más, una evidencia concreta de lo que él ya había sospechado. Rebeca le era infiel hacía bastante tiempo.
El corazón de Danilo latía con ira. Recordó los años casado con ella, todo lo que habían construido. Pero ahora, todo eso se desmoronaba como una frágil torre de naipes.
Cerró los ojos por un momento, intentando encontrar un resquicio de calma. Fue entonces cuando una suave voz interrumpió sus pensamientos.
—¿Señor Brown? —Juliette, su secretaria, había entrado en la oficina sin que él lo notara.
—Tiene una videoconferencia con los japoneses en diez minutos —avisó ella, con un toque de ternura en su voz. Danilo ni siquiera volteó a mirarla. Apenas la notaba.
—Dame un momento —respondió Danilo sin voltear. Juliette asintió, mirándolo enamorada. Su impresionante altura ante su pequeño tamaño, su contextura física, su aroma varonil tan exquisito. Todo en él le gustaba y la enamoraba cada día más. Pero él ni se atrevía a mirarla, o al menos eso era lo que ella pensaba.
Juliette asintió sin saber lo que ocurría en su vida en ese momento.
Danilo tomó asiento para atender sus negocios; la luz de la tarde volvió a alumbrar las imágenes sobre su escritorio, recordándole el dolor que, por ahora, debía soportar en soledad.
Al día siguiente era una noche fría en Manhattan, una adición más al peso que Danilo ya cargaba. Había decidido mantenerse aún callado, aunque tenía las pruebas de la infidelidad y eso era suficiente; él quería verlo con sus propios ojos. Así que esperó paciente y la siguió.
Su corazón latía con una furia y una rabia que nunca había sentido, mientras seguía a Rebeca, decidido a conocer la verdad que había evitado confrontar por semanas.
Desde las sombras, la vigilaba y la vio entrar a un elegante hotel. Él bajó de su auto y la siguió a pasos lentos, evitando ser visto.
Su curiosidad se transformó en un dolor punzante al verla en el lobby, esperando a alguien con una sonrisa que hace tiempo no le dedicaba a él. El tiempo parecía ralentizarse mientras Danilo contemplaba la escena, cada segundo más doloroso que el anterior.
Apenas un instante después, un hombre joven se le acercó, envolviéndola en un suave abrazo. El beso que compartieron fue un golpe brutal para Danilo, confirmando lo que había temido. El hombre la rodeó por la cintura y juntos caminaron hacia el elevador. Danilo quedó paralizado, sintiéndose traicionado y abatido.
La incertidumbre y el enojo bullían dentro de él, pero de alguna manera se forzó a seguir viendo la escena. Detrás de un pilar, observaba cómo las puertas del elevador se cerraban, llevando a Rebeca lejos de su vista y llevándolo a él a un abismo de dolor. Perdido en ese dolor, pasaron algunos minutos antes de que pudiera moverse nuevamente. Ya no necesitaba nada, lo había visto todo.
Al salir del hotel, sintió que el frío de la noche lo abrazaba con más fuerza, casi como un castigo por atreverse a enfrentar la verdad. Condujo sin rumbo fijo.
Finalmente, se encontró frente a un bar. La necesidad de escapar de sus pensamientos lo empujó a entrar, buscando en el alcohol un instante de olvido. Danilo ocupó un asiento en la barra; su mirada estaba perdida en el reflejo del espejo detrás de las botellas. Al levantar la mano, el camarero comprendió su muda petición y deslizó un vaso de whisky frente a él.
Danilo tomó un sorbo; el líquido ardiente trazó un camino de fuego hasta su estómago. Cerró los ojos un momento, intentando ahogar las imágenes de Rebeca y su amante en el hotel. Recordarla en brazos de otro hombre era un veneno que le corroía por dentro. Intentaba entender cómo habían llegado a ese punto, pero no había respuestas para él.
—¿Qué carajos hice mal? Le daba todo lo que ella necesitaba. Incluso siempre tenía tiempo para ella en medio de mis ocupaciones; nunca la descuidé a pesar de que vivía sumergido en mis negocios
Dijo bebiendo un trago tras otro.
Alrededor de él, todos seguían con su vida, y eso le recordó que la vida, aunque cruel, debía continuar a pesar de su dolor. Danilo se sintió un extraño en su propia piel, atrapado en una realidad que ya no sentía como suya.
Mientras pasaban los minutos y los vasos se sucedían, las defensas de Danilo comenzaron a derrumbarse. Se preguntó si alguna vez sería capaz de enamorarse nuevamente, de confiar en alguien sin el miedo opresivo que ahora lo acompañaría cada día.
Danilo terminó su bebida y se levantó, sintiéndose mareado por haber bebido tanto.
Salió del bar, caminó hasta su auto, se subió y ahí permaneció un momento. Él nunca había conducido ebrio y ahora lo haría. Rebeca lo había destruido. Nadie podría rescatarlo de ese profundo dolor.
La noche era pesada cuando Danilo finalmente llegó a casa, tambaleándose ligeramente al cerrar la puerta detrás de él. La oscuridad de la sala era iluminada solo por la luz que venía desde el pasillo. Se detuvo un momento; sus pensamientos aún estaban nublados por el alcohol que había bebido, pero la determinación le daba la claridad suficiente para lo que estaba por venir.
Subió las escaleras en silencio; cada paso sonaba con un eco sordo en el vacío de la casa. Al llegar a su habitación, sintió la tensión en el aire incluso antes de abrir la puerta. Rebeca estaba allí, de pie junto al baño.
Ella acababa de salir de la ducha, su cabello aún húmedo cayendo por sus hombros, envuelta solo en una toalla.
<Se duchó para sacar el olor de su amante>, pensó Danilo mirándola.
Al verlo, su expresión se transformó en una mueca de asco. Rebeca lo miró con desprecio, como si su mera presencia fuera molesta para ella, una clara señal para Danilo de que ya no lo amaba.
—Borracho para variar —es lo único que le dijo; sus palabras eran despectivas y destilaban desdén.
Danilo la miró con un odio que jamás sintió; el amor que le tenía se transformó en rencor y odio y un fuego en su interior comenzaba a quemar, a arder.
—¿Pensaste que te burlarías de mí todo el tiempo? —reclamó, con ira y dolor.
Rebeca se quedó paralizada; su rostro cambió de color cuando Danilo arrojó sobre la cama las fotos que el detective le había entregado. Imágenes que hablaban de engaños y traiciones, de momentos que ya no podrían ser negados.
El silencio pesó entre ambos, mientras ella se debatía entre la negación y la aceptación de ser confrontada con su propia perfidia. Al final, ella mostró su verdadera cara, una que Danilo se negaba a verla.
—¿Y qué piensas hacer con esto, Danilo? —inquirió ella, desafiándolo, aunque sus ojos mostraban miedo.
Danilo respiró profundamente, tratando de mantener la compostura. A pesar de la ira ardiendo en su pecho, sabía que dejarse llevar por el odio solo lo arrastraría más al abismo que intentaba abandonar.
Sin embargo, se acercó a ella y la tomó del cuello, apretándola ligeramente.
—No eres más que una maldita infiel... Quiero el maldito divorcio, no quiero estar casado contigo, Rebeca, vete, lárgate con tu amante —respondió con enojo.
—Suéltame —dijo ella queriendo liberarse de su agarre.
Él la soltó; no se ensuciaría las manos por una mujer como ella.
—¿Qué esperabas que hiciera? Todo el tiempo estabas trabajando y yo… yo necesito atención —dijo ella y Danilo sonrió con ironía.
—Jamás podrás quejarte de mí, te di todo, trabajaba para ti, para llenarte de lujos y de gustos. También te daba sexo las veces que a ti te apetecía, pero aun así no estabas satisfecha, querías más, porque eres una... —Rebeca levantó la mano para darle un golpe, pero él la sujetó aún más fuerte.
—No te atrevas, Rebeca, ni en tus más jodidos sueños se te ocurra ponerme un dedo encima. Eres tan descarada, ahora te ofendes, pero mientras me eras infiel, no te ofendías.
La empujó y ella cayó en la cama encima de todas las fotografías.
Danilo se volvió hacia la puerta, dispuesto a dejar atrás a la mujer que alguna vez amó.
—¿Eso es todo? —¿Simplemente te vas a marchar? —preguntó Rebeca y en su tono se sentía la frustración con algo cercano a la desesperación. Rebeca jamás imaginó que Danilo se enteraría de su vida secreta.
Danilo hizo una pausa, sin girar para mirarla, y en un murmullo apenas audible, respondió: —No sé qué es lo que esperas, Rebeca, ¿que siga siendo tu esposo cornudo? Eso se terminó, Rebeca. Deja de ser una descarada.
El sonido de la puerta al cerrarse marcó la conclusión de un capítulo abrumador en su vida.
Con cada paso que daba alejándose de esa habitación, el peso de lo que había perdido y lo que podría ganar en el futuro se instalaba en su mente.
Pero entre las sombras de la incertidumbre, algo brillaba tímidamente sin que él lo supiera.
<Este libro es una secuela del libro del padre de la "protagonista": Amor en secreto" disponible aquí en mi perfil>