10. Contrato
Juliette estaba en el centro de la habitación; su corazón latía con fuerza mientras la tela de seda que cubría sus ojos la mantenía en un estado de expectativa. El aroma dulce y sutil de la seda parecía envolverla, mezclándose con la fragancia de ese perfume del desconocido, de ese aroma que le encantaba.
A pocos centímetros de distancia, una sombra se movía con pasos silenciosos a su alrededor. Allí estaba Danilo, observándola con detalle. Su diminuto cuerpo, ese menudito y hermoso cuerpo que hacía meses lo tenía loco y obsesionado.
Se acercó nuevamente a Juliette aspirando el olor de su cabello. Cerró los ojos y se relamió los labios, permitiéndose apreciar su fragancia.
—Usted dijo que íbamos a conversar primero —logró articular Juliette, su voz temblando entre la confusión y los nervios. Estaba tan nerviosa que creía que iba a desmayar en cualquier momento.
Su jefe movió la cabeza de un lado a otro, posándose nuevamente frente a ella.
—Así es —respondió. La voz de Danilo, profunda y gruesa, se escuchó en toda la habitación con un aire de misterio. A pesar de no poder verlo, Juliette podía sentir su mirada fija en ella, como si quisiera desentrañar cada uno de sus pensamientos. Su cercanía era eléctrica, y cada palabra que pronunciaba parecía calar en ella.
—Hablaremos, llegaremos a un acuerdo favorable —respondió Danilo.
—¿Y… y a usted le gusta lo que ve? —Danilo soltó una risa ronca y corta al oír lo que la dulce Juliette acababa de preguntar.
—¿Me gusta? —él se rascó la barbilla mirándola. —Me fascina —respondió.
Juliette, sintiendo el calor que emanaba de él, se sintió atrapada en un tormento de sensaciones. ¿Era la voz familiar lo que la hacía sentir tan segura y al mismo tiempo tan expuesta?
Juliette comenzó a sentir suaves caricias en sus brazos, como si las yemas de los dedos de Danilo dibujaran patrones delicados y sin sentidos sobre su piel. Los toques eran sutiles, pero cada movimiento la hacía vibrar, provocándole un extremo nerviosismo. Al sentir su mano deslizarse lentamente hasta su cuello, un escalofrío recorrió su cuerpo, despertando sensaciones que nadie le había hecho sentir jamás.
El aroma exquisito que venía de él la estaba volviendo loca. Conocía ese aroma, sí lo hacía, pero no podía ser. No podía ver su rostro, pero en su mente se dibujaba la imagen de un hombre alto, de porte seguro y muy atractivo.
—Tiemblas —dijo Danilo suavemente; su voz parecía acariciarla como una suave brisa.
La mezcla entre su voz y las caricias la hacían desear más.
—Sí, estoy nerviosa —respondió, nerviosa, temblorosa, agitada.
—¿Tienes miedo? —preguntó acercándose aún más; su aliento golpeaba su piel.
Juliette sostuvo la respiración; un mar de emociones y dudas giraban a su alrededor. —Sí —contestó sincera.
Danilo ya no pudo evitar. Inclinó su cuerpo a la altura del rostro de Juliette y rozó sus labios con los de ella, de forma suave.
Ella, aunque tenía una venda que cubría su vista, se permitió cerrar los ojos ante ese suave roce de sus labios.
Y sin poder evitarlo, soltó un largo suspiro que emocionó a Danilo, quien la tomó de la nuca de forma posesiva y la besó con intensidad.
Fueron tantos meses reprimiéndose, fueron tantos meses deseándola, viéndola cada día, tratando de ignorarla y tratarla con indiferencia y de esa manera arrancarla de sus pensamientos. Pero no pudo lograrlo y ahí estaba atrapado con ella en esa habitación, queriendo devorarla y hacerla suya de una vez.
Los labios, posesivos y firmes de Danilo, buscaban los de ella con una pasión que encendía su piel. Cada beso la llenaba de una emoción desconocida; sus sentidos estaban alerta, atrapados entre el miedo y la curiosidad. Danilo se separó de ella, ambos con la respiración descontrolada.
—¿Quién eres? —susurró Juliette, incapaz de controlar su temblor. Pero él no respondió; en cambio, sus manos la rodearon suavemente, como si intentara transmitirle calma a través de ese toque.
La línea entre lo correcto y lo prohibido se desdibujaba en ese instante. Su respiración se aceleraba y cada minuto se sentía más cerca de un precipicio del que no estaba segura si quería retroceder.
El silencio se cernía sobre la habitación, un silencio denso y electrizante, solo interrumpido por el sonido de sus respiraciones agitada. En ese instante, Danilose alejó de ella; su figura se desdibujó en la penumbra mientras Juliette sentía que el tiempo se detenía a su alrededor. No volvió a escuchar nada; el mundo exterior parecía haberse desvanecido.
Él se detuvo a unos pasos, observándola detenidamente desde la oscuridad. Su mirada era tan profunda; la miraba con una intensidad que Juliette podía sentir incluso.
—Gira hacia tu derecha —le ordenó, con esa voz autoritaria que ella había escuchado tantas veces.
Juliette, con las piernas temblando y el corazón desbocado, obedeció. Se dio la vuelta lentamente.
—Quítate la venda lentamente —le indicó otra vez, esta vez con un tono más suave y dulce.
Con manos temblorosas, Juliette siguió la instrucción. Deslizó sus dedos por la tela, sintiendo cada pequeño roce contra su piel. A medida que la venda se deslizaba de su rostro, su corazón latía con fuerza, palpitando en su pecho.
Finalmente, se apartó la venda y los ojos de Juliette se encontraron con los de él. En ese momento, la confusión y la claridad chocaron dentro de ella. Era su jefe, el hombre que había admirado en secreto, el mismo con quien tantas veces había soñado. El hombre que creía imposible e inalcanzable. La revelación la dejó sin aliento, y un mareo la invadió.
—¿Usted? —preguntó, con asombro.
Él sonrió, un gesto que era tanto seductor como inquietante.
—Hola, Juliette —dijo, acercándose un paso más.
Danilo dio unos pasos hacia ella, con calma pero decidido, sus ojos fijos en Juliette, como si cada paso que daba hacia ella desdibujara las barreras que existían entre ellos. Juliette, sintiendo una creciente ansiedad y unos nervios indescriptibles, retrocedió instintivamente, tratando de poner distancia entre ambos.
—No —dijo ella, con la voz temblando, mientras buscaba una salida. Alejarse de él era su única opción, pero la realidad le jugó una mala pasada. Su espalda se encontró de repente con la puerta, un golpe repentino que la dejó sin aliento. Ahí estaba, atrapada, sin ningún lugar al que escapar.
Danilo, ahora a pocos pasos de distancia, se detuvo. La intensidad en su mirada era abrumadora, una mezcla de deseo y algo que Juliette no podía identificar del todo. Ella sintió un escalofrío recorrer su columna vertebral, la lucha interna entre el miedo y la curiosidad pulsando en su interior.
—Juliette —dijo, su voz baja y persuasiva—, no tienes que temerme.
Juliette tragó saliva, su corazón martillando en su pecho.
—No entiendo nada, no… —respondió sin entender cómo es que su jefe estaba ahí.
—¿Qué es lo que no entiendes? —Danilo inclinó un poco la cabeza, desafiándola a mirar más allá de su miedo. Se acercó un poco más. Su proximidad hacía que el espacio entre ellos se llenara de una carga eléctrica.
—Usted… usted sabía quién era yo, es decir, Kytty. —Danilo asintió.
—Siempre lo supe.
—Usted planeó esto. —Él sonrió de medio lado.
—¿Planear? Cariño, yo no planeé que tú te metieras a una app de citas a ofrecer tu virginidad.
Juliette sintió una mezcla de enojo y confusión al escuchar las palabras de Danilo. La revelación la golpeó como un balde de agua fría. ¿Cómo había llegado a esta situación? Su decisión de experimentar algo nuevo, de arriesgarse, ahora parecía un juego peligroso en el que su jefe era el protagonista.
—Entonces, ¿todo esto es parte de un juego para usted? —su voz temblaba.
—No es un juego, Juliette, yo no planeé esto, simplemente respondí a tu propuesta y tú aceptaste la mía.
Juliette frunció el ceño. La forma en que él se expresaba le hacía dudar.
Ella lo miró a los ojos, buscando respuestas que no sabía si iba a encontrar.
Juliette sintió que su corazón latía con fuerza. Cada palabra de Danilo resonaba, pero no estaba segura de si quería seguir escuchándolo. La tentación de rendirse ante la situación era grande.
El ambiente en la habitación era denso, impregnado de una tensión palpable. Danilo se acercó a Juliette, su mirada ardiente en medio de la penumbra. Con un movimiento ágil y decidido, la acorraló contra la puerta, apoyando sus brazos a cada lado de su cuerpo, cerrando el espacio entre ellos.
Juliette sintió cómo su corazón latía con fuerza mientras Danilo se inclinaba hacia ella, su aliento cálido acariciando su piel. La proximidad era electrizante, y un escalofrío recorrió su espalda cuando él rozó suavemente sus labios con los suyos, como si probar un sorbo de un elixir prohibido.
—Estoy dispuesto a darte lo que quieras —susurró Danilo, su voz resonando con una intensidad que la envolvía—. El monto que tú me pidas, querida Juliette. Pero no será solo una vez, sino las veces que yo quiera.
El tono de su voz era tanto una promesa como una advertencia, algo que la hacía sentir viva y al mismo tiempo vulnerable. Juliette se perdió por un momento en su mirada, en la profundidad de esos ojos que parecían descubrir secretos dentro de ella.
Danilo se apartó un poco, creando una distancia que la devolvió a la realidad. Con un gesto delicado, rozó la punta de su nariz con la mejilla de Juliette, un toque que era tanto tierno como provocador. Juliette se sintió atrapada entre el deseo que crecía dentro de ella y la incertidumbre que Danilo representaba.
—¿Y si no quiero? —se atrevió a preguntar, apenas conteniendo el titubeo en su voz.
Danilo mantuvo su mirada fija en la de ella.
—Tienes el control en todo momento. Si decides que esto no es lo que quieres, solo dilo. Pero quiero que sepas que lo que ofrezco no es solo una noche de sexo. Es una experiencia que puede llevarte a lugares que nunca has imaginado.
Juliette sintió cómo su respiración se aceleraba. Las palabras de Danilo la atraían como un imán, y al mismo tiempo, despertaban una chispa de desafío en su interior. ¿Se atrevería a explorar el abismo que él le ofrecía? ¿O
—¿Y si no quiero, qué pasará con mi trabajo, me despedirá?
Danilo se alejó de ella, y luego giró a mirarla.
—Si me dices que no, todo seguirá igual. Nada cambiará entre nosotros. Seguirás siendo mi secretaria y yo tu jefe. Ambos lo olvidaremos y seguirás con tu vida. Podrás buscar otro comprador interesado. La decisión está en tus manos, Juliette. Yo no podría forzarte a nada que tú no quieras. No soy un maldito depravado.
Juliette lo miraba con ansias. Frente a ella estaba ese hombre que le aceleraba el corazón, ese que le mojaba el coño, ese por quien tantas veces se tocó en el baño imaginando que la cogía sin compasión. Pero tenerlo allí, tan cerca, ofreciéndole ser suya, eso era irreal.
—Aquí tienes un contrato elaborado minuciosamente por mi abogado. Llévalo y léelo. Si estás de acuerdo en todo, fírmalo. Si quieres cambiar algo, házmelo saber. Pero si no deseas nada de lo que hay ahí. Me lo entregas así en blanco, ambas copias.
Juliette tomó el contrato entre sus manos, sintiendo el peso del papel y de las palabras que lo llenaban. Era un documento meticulosamente elaborado, cada cláusula diseñada para proteger tanto sus intereses como los de Danilo, pero también para establecer los términos de su relación.
—¿Días para decidir? —preguntó, su voz temblando entre la curiosidad y la inquietud.
Danilo sonrió ligeramente, apreció su reacción. Se acercó un paso más, manteniendo una distancia prudente, pero aún lo suficientemente cercana para que la tensión entre ellos siguiera palpable.
—La decisión es tuya, Juliette. No quiero que te sientas apresurada ni presionada. Es importante que estés completamente cómoda con tu elección. Te estoy dando la oportunidad de evaluar cada detalle. Te daré toda esa semana para que lo decidas.
Ella asintió lentamente, sintiendo una mezcla de emoción y desconfianza
—¿Y si decido que no quiero hacerlo, no habrá repercusiones? —se atrevió a preguntar de nuevo, buscando su mirada para encontrar respuestas.
Danilo la observó intensamente, como si pudiera leer sus pensamientos. —No habrá ninguna repercusión. Lo que buscamos aquí debe nacer del deseo mutuo. No estoy aquí para forzarte a nada —aseguró.
Juliette respiró hondo, consciente de la decisión que tenía ante sí.
—Leeré el contrato y tomaré mi tiempo. Quiero estar segura de que esta es la elección correcta para mí.
—Perfecto. Estaré esperando tu respuesta. Tómate el tiempo que necesites; no hay prisa —respondió él, su tono ahora más suave, como si comprendiera la magnitud de lo que estaban contemplando.
Con el documento aún en sus manos, Juliette sintió que el juego acababa de comenzar, y que tanto su curiosidad como su sentido del deber estaban a punto de llevarla a un lugar inesperado.
Juliette se quedó un momento paralizada, contemplando los ojos intensos de Danilo. La habitación, fría y oscura, parecía cerrarse a su alrededor; el único sonido era el latido frenético de su corazón.
—El hombre que te trajo te volverá a llevar donde tú se lo indiques, Juliette. Puedes irte.
Con un último vistazo a Danilo, sin articular una palabra, se dio media vuelta y corrió hacia la puerta, sintiendo el frío suelo de mármol bajo sus pies.
Llevaba el contrato en su mano, presionándolo contra su pecho. Afuera la estaba esperando el mismo hombre que la había llevado hasta allí.
Le abrió la puerta del lujoso automóvil y se metió adentro. El hombre amable la dejó a unas cuadras de su casa. Mientras ella caminaba a pasos apresurados, sentía que su corazón iba a estallar y la imagen de Danilo no salía de su mente.
Juliette aún no podía creer lo que había ocurrido. ¿Cuántas probabilidades había de que su jefe fuera el LoboAmericano? Hace algunas horas. Ninguna.
Juliette llegó a su casa. Lo primero que hizo fue ir hasta la habitación de su madre y darle un beso. Su hermanita corrió a abrazarla cuando la vio.
Dejó su bolso y el contrato dentro del mismo sobre el mueble y se puso a ordenar algunas cosas en la habitación. Bajó a hacer la cena y unos minutos después escuchó el sonido de la puerta abrirse y cerrarse con brusquedad. Ella rodó los ojos a sabiendas de quién se trataba. Su padre de nuevo llegaba ebrio; afortunadamente, luego de gritar algunos insultos, se quedó dormido en el sofá.
Cuando Juliette salió de la cocina, lo encontró tirado allí y suspiró profundamente.
—Ya no puedo soportarlo más —susurró cuando todos ya se habían dormido en su casa. Ella se metió al baño, cerró con llave y, luego de dar un largo suspiro, abrió el contrato que le había dado su jefe.
Al leer las primeras líneas, Juliette abrió la boca y pestañeó varias veces con rapidez.
**CONTRATO DE CONSENSO ENTRE DOMINANTE Y SUMISA**
—¿Qué? ¿Quiere que sea su sumisa?
—¡Carajo! Esto no puede estar pasándome.