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11. Hasta que yo lo quiera

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11. Hasta que yo lo quiera

Juliette se encontraba acurrucada en el estrecho baño de su habitación, afuera su madre durmiendo y su hermana viendo la televisión, ajena a todo lo que Juliette estaba viviendo.

En sus manos temblorosas, sostenía el contrato que su jefe le había entregado. Las palabras se desdibujaban ante sus ojos, pero sabía que su decisión marcaría un antes y un después en su vida. A cada párrafo que leía, su mente se llenaba de imágenes confusas: la promesa de dinero, la oportunidad de liberarse de las deudas, la esperanza de ofrecerle a su familia una vida mejor. Pero también había un precio, un precio muy alto.

Juliette cerró los ojos por un momento, inhalando profundamente. En su mente, la risa de su hermanita era un eco que se entrelazaba con sus dudas. La vida que había soñado para ellas, la estabilidad económica y emocional, era lo que anhelaba en lo más profundo de su ser. Podía sentir el frío sudor en su frente, el latido agitado de su corazón resonando en el silencio del baño.

Tomó una decisión. Con resolución, enrolló el contrato y lo guardó en el fondo de su bolsa. La vida era dura y las opciones escasas.

Juliette suspiró hondo. Se miró en el espejo y la imagen que le devolvía era la de una joven con los ojos cansados, pero estaba decidida. Se arregló el cabello antes de salir del cuarto de baño.

Al abrir la puerta, vio la luz de la luna entrar levemente a través de las cortinas, dejando ver tenuemente la figura de su madre, que yacía en la cama, dormida y ajena a las agobiantes preocupaciones del día. En el rincón, su hermanita aún estaba despierta, embelesada por los colores y sonidos de la televisión.

Juliette se acercó. Con cuidado, sacó el contrato que había decidido no dejar que la abrumara más y lo metió en su bolso. Se sentó junto a su hermana, que no parecía notar su llegada, y tomó su manita, pequeña y cálida.

—Debo comprar los útiles escolares, Juliette —le dijo su hermana, mirando fijamente la pantalla, como si ahí estuvieran todas las respuestas que necesitaba.

Juliette se sonrió, sintiendo una punzada de ternura. Con un suave movimiento, le dio un beso a su mano.

—Te los compraré esta semana sin falta —prometió, inclinándose un poco hacia ella, mientras su corazón se llenaba de amor y responsabilidad.

La emoción en los ojos de su hermana reflejaba un mundo lleno de posibilidades, y en ese instante, todo lo que Juliette podía pensar era en tener dinero y que a su hermana no le faltara nada; ella le daba la fuerza para enfrentar lo que venía.

Juliette le dio un beso en la cabeza, y su hermana se encogió un poco al recibir el cariñoso gesto.

—Hora de dormir, cariño, ya es tarde para ver televisión —le dijo con una sonrisa.

La pequeña asintió, aún un poco soñolienta, y se levantó para apagar la televisión, dejando atrás el animado espectáculo que había cautivado su atención. Juliette la observó mientras se acomodaba en la cama, y sabía que ella se merecía todo lo mejor del mundo.

Con un leve suspiro, se dirigió a su propia cama. Se acostó boca arriba, mirando al techo, las sombras del cuarto bailando suavemente con las luces lejanas. A medida que su mente se llenaba de pensamientos, no podía evitar repetirse una y otra vez la sorprendente revelación que había tenido recientemente: su jefe era Lobo Americano. La imagen de un hombre poderoso, carismático y, de alguna manera, inquietante, le daba vueltas en la cabeza.

—¿Por qué él? —se preguntó. —¿Qué jugarreta era esa?

Cada suspiro que soltaba parecía llevarse un poco de la incredulidad que la había abrumado ese día. Las dudas la asaltaban. —¿Cómo podría trabajar con él a partir de ahora? —¿Cómo podría verlo a los ojos y como su jefe después de eso? —Me besó —susurró Juliette llevando sus dedos a sus labios para deslizarlos por ellos. —No fue un sueño, fue tan real. Él me besó y se sintió tan bien, mejor de lo que yo siempre pensé.

Con esos pensamientos y los nervios revoloteando en su estómago, Juliette cerró los ojos para intentar descansar.

Al día siguiente, Juliette se despertó sintiendo muchos nervios. Después de una rápida ducha, se puso su mejor lencería, como si ella supiera lo que la esperaba ese día. Eligió un conjunto de blusa y falda tubo gris, que le quedaba ajustado y elegante; parecía ser la elección perfecta para la ocasión. Pasó un tiempo alisando su cabello hasta que cada hebra quedó en su lugar, un reflejo de lo que buscaba en su vida profesional y personal.

Con el contrato bien guardado en su bolso, salió de su casa. La brisa fresca de la mañana le acarició la piel y, aunque su corazón retumbaba en su pecho y su pulso latía errático, Juliette se sintió decidida. Había tomado una decisión importante y sabía que no había vuelta atrás.

Mientras caminaba hacia su lugar de trabajo, cada paso era un recordatorio de que estaba lista para enfrentar lo que viniera. La imagen de su jefe, sensual y enigmático, llenó su mente y, a pesar de la ansiedad que la consumía, también le proporcionó una extraña excitación.

Juliette sabía que este era un punto de inflexión, un paso hacia algo grande. Se repetía a sí misma que era capaz, que podía hacerlo. Al llegar a la oficina, tomó una profunda respiración, resumiendo todas sus emociones y enfocándose en el objetivo. Con una mezcla de nervios y confianza, se dirigió a su escritorio, lista para comenzar su jornada y enfrentar su destino.

Juliette estaba sentada en su escritorio; el habitual gesto de morderse el dedo pulgar la delataba; era un signo de su nerviosismo. La oficina estaba en calma, pero para ella, el silencio era peor. Su jefe, “Lobo Americano”, aún no había llegado, y cada instante que pasaba parecía una eternidad.

No podía evitar pensar en él: su presencia imponente, la manera en que su mirada podía atravesar a cualquiera y esa mezcla de autoridad y atractivo que lo hacía irresistible. Era el dueño de todos sus pensamientos y sueños, así como de su corazón, aunque jamás se hubiera atrevido a confesarlo. La idea de confesarle la decisión que había tomado apenas la dejaba respirar.

Con cada minuto que transcurría, su ansiedad crecía. ¿Qué pasaría cuando él llegara? ¿Cómo reaccionaría al escuchar su respuesta? Juliette había decidido no dejar que sus sentimientos la detuvieran. Se preparó para este momento, ensayando cada palabra en su mente.

Cuando finalmente escuchó el sonido del elevador anunciando que había llegado y de sus pasos acercándose, su corazón se aceleró aún más.

Cuando él llegó junto a ella, su mirada la encontró al instante. Juliette se sintió expuesta, como si cada parte de su ser estuviera a la vista.

—Buenos días, Juliette —saludó Danilo con la voz ronca y oscura, erizándole la piel.

—Bue… buenos días, señor —tartamudeó ella muy nerviosa. Él la miró fijamente a los ojos y una mueca de sonrisa se formó en sus labios.

Juliette no podía mirarlo a los ojos; temblaba de nervios.

Y sintió que su estómago revoloteaba como si tuviera mariposas volando dentro. La intensidad de su mirada la desarmaba, y cada segundo que pasaba parecía un desafío. Era como si Danilo pudiera leer sus pensamientos más profundos, esos que había estado tratando de ocultar.

—¿Todo bien? —preguntó él.

Juliette se obligó a asentir. Se aferró al borde de su escritorio, buscando un punto de apoyo.

—Sí, señor, ya le llevo su café en minutos.

La sonrisa de Danilo se hizo más pronunciada, lo que la hizo sentir aún más nerviosa.

—Te espero en la oficina —le dijo con un matiz en la voz que hizo tragar grueso a Juliette, un tono que nunca había empleado al dirigirse a ella.

Danilo giró sobre sus pies y caminó hacia su oficina.

—Mierda —exclamó Juliette al quedarse idiotizada mirándolo caminar. Ese día era tan extraño, pero no llevaba chaqueta, solo traía un pantalón azul muy ajustado a sus nalgas y una camisa celeste muy clara, perfectamente planchada, pulcra, limpia; se notaba lo costoso de la prenda. Sin corbata, Danilo lucía despreocupado, casual. Era totalmente extraño eso para Juliette. Pero ese día él para ella estaba demasiado sensual y atractivo.

Juliette sacudió su cabeza al escuchar el sonido de la puerta de Danilo cerrarse y desvió su mirada hacia el pasillo que daba a la sala de descanso; apuró sus pasos para caminar y prepararle su café.

Con el platito y la taza de café tiritando en su mano, caminó hacia la oficina de su jefe. Antes de entrar a la oficina se mordió el labio inferior e inspiró profundamente. Luego se atrevió a entrar a la cueva del lobo.

Danilo, quien estaba mirando en el ventanal, como siempre era de costumbre, giró a mirar a su secretaria, quien depositaba la taza de café en su escritorio.

—Gracias —exclamó sin dejar de mirarla.

—Señor, yo… —Ella guardó silencio, incapaz de continuar; se encontraba demasiado nerviosa.

—Dime, Juliette —expresó Danilo caminando con naturalidad hacia su escritorio, tomando su taza de café, que lo degustó con ganas. Amaba el café que ella le preparaba.

—Yo he tomado una decisión —dijo y Danilo dejó a medio camino su taza. Sonrió ligeramente y lo bajó nuevamente sobre su escritorio. Sabía muy bien la respuesta de Juliette; podía leer sus ojos, ella era demasiado transparente.

—Adelante, cuéntame —invitó él, cruzando los brazos, una posición que la hacía sentir que estaba siendo inspeccionada.

Juliette tomó una respiración honda, cerrando los ojos por un breve momento para reunir sus pensamientos. Finalmente, abrió los ojos y lo miró, no solo a su jefe, sino al hombre que había capturado su corazón.

—Leí el contrato y necesito entender algunas cosas —comenzó, con su voz temblando un poco.

Danilo elevó una de sus cejas.

—Pregunta todo lo que quieras, pequeña, yo responderé tus dudas —respondió él y Juliette quedó paralizada al oír cómo la había llamado.

—¿Usted es un dominante y quiere que yo sea su…? —se detuvo, incapaz de continuar.

—¿Su sumisa?

Danilo dibujó una media sonrisa de lado y se rascó la barbilla, mientras una de sus manos colocaba en su bolsillo.

—Así es.

Juliette asintió levemente. —¿Eso qué implicaría?

—Me dijiste que leíste el contrato.

—Lo hice, lo… hice, pero… —Ella se mordió el labio inferior mientras Danilo la miraba de pies a cabeza, observando cada detalle de la pequeña muñequita que tenía delante de él. Se imaginaba cómo sería tener ese cuerpo desnudo, atada de pies y manos a su cama y comiéndole el coño hasta hacerla desfallecer de placer.

—Pero yo, yo no sé muy bien sobre ese tema —confesó muy sincera. Danilo se acercó unos pasos a ella y el aire se le hizo escaso a Juliette ante la cercanía de semejante semental de dos metros.

—Significa que serás completamente mía, que no te haré el amor; yo no doy amor, solo placer, mucho placer. Si aceptas ser mi sumisa, yo te iré entrenando y poco a poco te moldearás a mis gustos y exigencias; irás sabiendo lo que me gusta y cómo me gusta y yo exploraré tus límites, hasta donde eres capaz de soportar, Juliette.

Ella comenzó a hiperventilar. —En cada sesión te iré mostrando poco a poco el mundo de la sumisión, Juliette, pero descuida, no soy un sádico que disfruta viendo cómo sufres —chasqueó la lengua—, nada de eso, Juliette.

—Verás que te va a encantar. Y si ya leíste todo el contrato, sabrás que a partir del momento en que imprimas tu firma en ese papel, serás completamente mía.

Ella sabía muy bien eso. —Yo velaré por todo lo que tú necesitas, dinero, cosas materiales; no deberás preocuparte por nada.

—Un año es demasiado —dijo ella. Danilo pasó su lengua por los labios.

—Es el tiempo suficiente para que ambos disfrutemos. —A Juliette no le parecía buena idea, porque ella en pocos meses quería desaparecer.

—Tres meses —dijo ella y él echó una carcajada.

—Un año o no hay trato. —Ella bajó la cabeza negando mientras miraba sus zapatos.

Ella no podría soportar a su padre por un largo año más. Ella necesitaba el dinero para irse lejos, muy lejos.

—Entonces no hay tratos —dijo Juliette levantando la mirada para pasarlos a los profundos ojos de su jefe.

Él comenzó a sentir una desesperación acumularse en su pecho y su pulso latir errático.

—Usted dijo que nada cambiaría, que seguiría manteniendo mi puesto.

Danilo no dijo nada; la miraba fijamente, queriendo encontrar una salida.

—Necesito el dinero, no puedo ofrecerle tanto de mi tiempo. Tendré que declinar su oferta y buscar un nuevo comprador que solo esté interesado en una sola noche.

Dijo Juliette, intentando girar sobre sus pies y salir de su oficina, pero antes de dar siquiera dos pasos fue tomada de la muñeca, su espalda fue golpeada contra la dura madera y fue aprisionada por un gran cuerpo.

—No puedo de ninguna manera permitir que seas de otro, que otro ponga las manos sobre tu cuerpo puro e inocente. Haré cambios en el contrato. Te daré los tres meses; si después de esos tres cortos meses decides continuar, ya será bajo mis términos; si en el lapso de tres meses decides terminar el contrato, respetaré tu decisión. Luego de nuestra primera noche en la que te haré mía por primera vez, te depositaré cincuenta mil dólares en tu cuenta y en los siguientes tres meses otros cincuenta mil, hasta terminar el contrato.

El aliento de Danilo golpeaba el rostro de Juliette dejándola a ella sin aire.

—Mi abogado elaborará otro contrato, pero quiero que explores conmigo el maravilloso mundo de la sumisión; prometo que te va a gustar.

Ella suspiró hondo. Moría por ser de Danilo, moría por besarlo de nuevo y definitivamente no quería entregarse a otro, solo a él. Y el dinero que le ofrecía era más de lo que esperaba. 200 mil euros solucionarían todos sus problemas.

—Leeré el nuevo contrato.

Danilo asintió; moría por comerle la boca. Pero se iba a contener hasta que ella estuviera de acuerdo.

Le rozó los labios y ella se permitió cerrar los ojos pensando que la besaría. Pero él sonrió y se alejó de ella.

—No voy a tocarte antes de tener tu firma en el contrato, Juliette.

Ella jadeó frustrada y Danilo disimuló una sonrisa al ver el rostro de Juliette.

—Vuelve a tus funciones, Juliette, probablemente para mañana ya tenga el nuevo contrato hecho para que lo puedas leer nuevamente.

Ella, con las piernas temblorosas y el corazón latiendo muy rápido, suspiró resignada. Quería, deseaba al menos un beso de su jefe, pero se quedaría con las ganas.

Danilo la vio salir de su oficina, y se desplomó en su silla llevando su mano hasta su bulto que sobresalía de su pantalón. Tenía una erección que no podía disimular, que dolía y que no sabía cómo bajar. Usualmente podía llamar a una de sus amantes y con una buena sesión de sexo podía satisfacerse, pero no quería ninguna mujer, la quería a ella, a su secretaria, a su dulce e inocente Juliette.

Sin dudar, llamó a su abogado para pedirle un nuevo contrato, sencillo, que él comenzó a dictarle.

—Lo quiero para esta tarde —ordenó Danilo sin preámbulos.

—Sí, señor, lo tendrá para hoy —le respondió. Danilo no podía pasar un día más sin tener a la dulce Juliette en su cama y probar su cuerpo virgen.

—Serás mía, Juliette, verás que no podrás dejarme jamás, serás mi amante hasta que yo lo quiera, hasta que me haya cansado de ti. A Danilo Brown nadie lo deja, ya no más.