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12. Exclusividad

El Precio Del Amor 18+ — booknet.com · All chapters

12. Exclusividad

Juliette miró la hora en su reloj. Las manecillas marcaban las cinco y cincuenta de la tarde y aún no había recibido noticias de Danilo. Sentada en su escritorio, giraba nerviosamente un bolígrafo entre sus dedos, consciente de que él no volvería. La oficina había quedado en un extraño silencio desde que su jefe se retiró sin decirle nada y no regresó. Marcó las seis de la tarde, Juliette apagó todo y ordenó sus cosas antes de retirarse consciente de que su hora laboral había terminado, pero con una extraña sensación en su pecho. No quería pensar en celos, eso sería ridículo.

***

—Renuncio, señor

—No acepto tu renuncia. —Inclinó su cuerpo, apoyó sus manos a cada lado del posabrazos de la silla donde estaba sentada y su rostro a unos pocos centímetros de mi rostro.

—Pero sí acepto lo que querías hacerme.

No podía decirle nada, no me salían las palabras; él debía estar bromeando. Esto era un sueño, Danilo Brown, el magnate, serio, arrogante, maniático y malhumorado.

—Señor, yo… yo me equivoqué, yo no lo dije en serio. Debe disculparme.

—¿Tienes fantasías conmigo, Juliette?

—Señor Brown, yo… me mordió el labio inferior.

—No sabes cuántas ganas tenía hace tiempo de cogerte aquí mismo sobre mi escritorio, por probar tu boquita, por hacerte miles de cosas enfermas que se me pasan por la mente y, al parecer, resulta que no pensábamos tan diferente, mi hermosa July. Eres tan perversa como yo…

***

Con el cuerpo empapado en sudor y una marea de emociones, Juliette despertó sentándose en su cama, mientras intentaba controlar su agitada respiración. Tuvo un sueño con su jefe, uno que pareció muy real.

—Dios, Dios mío. He soñado con él. Es lo último que me faltaba —susurró.

Estiró la mano para tomar su reloj de mesita, que marcaba las cuatro de la mañana.

Exhaló pesadamente, un suspiro que resonó como un eco en la oscuridad. Se tiró nuevamente sobre su almohada, consciente de que no volvería a conciliar el sueño. La imagen de Danilo aún estaba vívida en su mente: su mirada intensa, la forma en que sus labios se curvaban en una sonrisa perversa; esa imagen sería imposible de borrarse de la mente de Juliette.

Ella sintió que su corazón latía con fuerza; esa mezcla de miedo y deseo provocaba un torbellino de sensaciones en su pecho. Se preguntaba si podría mirar a Danilo a los ojos nuevamente después de todo lo que había pasado entre ellos.

Las sábanas se deslizaban a su alrededor mientras se movía inquieta. Intentó pensar en otras cosas, en su rutina diaria, en su madre, en su padre, en que necesitaba el dinero. Pero nada de eso calmaba sus nervios. Esos nervios de saber que ese día tendría que tomar una decisión.

A las cinco de la mañana, Juliette se levantó con esfuerzo, sintiendo aún la pesadez de la noche anterior en su cuerpo. Suavemente y en silencio para no despertar a su madre ni a su hermanita, se asomó a la penumbra de la pequeña habitación.

Observó a su madre dormida en la otra cama; su rostro estaba sereno y tranquilo, como si el mundo exterior no existiera. A su lado, su hermanita también descansaba, abrazando con fuerza una muñeca. Ambas parecían ajenas al torbellino de emociones que Juliette llevaba dentro, a esa lucha interna entre el deber y el deseo.

Mientras caminaba en silencio hacia el baño, Juliette trató de concentrarse en la normalidad de su vida. Sin embargo, su mente seguía volviendo a Danilo. Se preguntaba cómo sería enfrentarlo y verlo todos los días. Juliette respiró profundamente, intentando ahogar los sentimientos que se debatían en su interior. Sabía que, al salir de casa y enfrentar un nuevo día, tendría que llevar una máscara de normalidad, ocultando lo que se había agolpado en su corazón durante las últimas horas.

Después de una ducha rápida pero revitalizante, Juliette se vistió con cuidado. La falda negra tipo tubo abrazaba su figura con elegancia, realzando su silueta. La blusa morada, un tono vibrante que contrastaba perfectamente con su piel blanca, resaltaba los destellos dorados de su cabello, que caía en suaves ondas sobre sus hombros.

Al mirarse al espejo, Juliette notó cómo su reflejo le devolvía una imagen de confianza.

Con un último vistazo a su reflejo, Juliette salió de casa, lista para enfrentar el día, enfrentar lo que sea que se le presentara.

Llegó a la oficina unos minutos antes de su entrada y trató de calmarse mientras se acomodaba en su silla. La ansiedad de ver a Danilo la tenía demasiado nerviosa.

Cuando el sonido del elevador resonó, su corazón dio un vuelco. Escuchó pasos acercándose y, antes de que pudiera razonar, vio a Danilo caminar por el pasillo.

Sintió que su estómago se retorcía. Cada pequeño gesto de él parecía exacerbar sus nervios.

A medida que él se acercaba a su escritorio, Juliette intentó concentrarse en cualquier cosa menos en él, pero sus ojos vagaban nuevamente hacia su imponente figura que caminaba hacia ella.

Se pasó los dedos por el cabello, un gesto nervioso que reconocía demasiado bien. Cuando Danilo llegó hasta su escritorio, ella levantó la mirada, y sus ojos se encontraron brevemente. En ese instante, el tiempo pareció detenerse.

—¡Buenos días, Juliette! —dijo Danilo con una sonrisa despreocupada.

—Buenos días, señor Brown —saludó ella, intentando que sus nervios no la traicionaran.

Danilo le dio una mirada rápida y luego siguió su camino.

—A mi oficina, Juliette —dijo mientras pasaba frente a ella.

Ella levantó la vista, sintiendo que el pulso se le aceleraba. La mirada de Danilo era penetrante, y por un instante, su mente quedó en blanco.

Juliette sintió como si el mundo se paralizara un instante. Aquella orden abrupta le provocó una inmensa ansiedad y nervios. Se obligó a levantarse, sintiendo cómo sus piernas temblaban ligeramente mientras se acercaba a Danilo.

—Claro, señor, voy en un momento, le traeré su café —respondió, intentando mantener un tono calmado y profesional, a pesar de la mezcla de emociones que sentía por dentro.

Danilo se detuvo, girando ligeramente hacia ella, con la mano puesta en el pomo de la puerta. Su mirada se volvía intensa y casi desafiante.

—Dije a mi oficina, no que quiero café —repitió en una orden tácita.

Juliette sintió una punzada de ansiedad mientras se mordía la lengua; el sabor de la frustración y la preocupación llenaron su boca. Asintió lentamente, mentalizándose para hacer lo que él le había pedido.

Juliette entró a la oficina, sintiendo el peso de la mirada de Danilo sobre ella.

—Pasa, cierra la puerta y siéntate —ordenó Danilo, con ese tono firme que aceleraba el corazón de Juliette.

Temblorosa, ella obedeció, cerrando la puerta detrás de ella. Caminó hacia su escritorio con pasos titubeantes.

Danilo extendió el nuevo contrato frente a ella.

—Quiero que lo leas ahora y me des tu decisión —dijo, con la mirada fija en ella.

—¿Ahora? —preguntó, revelando la mezcla de ansiedad y nervios que la inundaba.

—Ahora —respondió Danilo, con la mirada fija en ella, casi hipnótica. Su deseo era evidente, emanando una intensidad que hacía que Juliette se sintiera aún más nerviosa.

Juliette tomó el contrato, sintiendo el papel frío entre sus dedos. Repasó las primeras líneas. Podía sentir la mirada de Danilo sobre ella, como si cada palabra que leía también fuera un examen de sus pensamientos y sentimientos.

A medida que sus ojos se posaron en el título del contrato, la palabra “amo” brilló intensamente. Juliette sintió que el aire se le escapaba de los pulmones, comenzando a hiperventilar.

Danilo, sin perder la calma, le dio un momento para procesar. Su expresión era serena, como si ya hubiera anticipado su reacción.

—Tómate tu tiempo, Juliette —dijo con una voz suave, pero aún autoritaria.

Ella tragó saliva, intentando calmarse. La realidad de la propuesta era abrumadora. Miró el contrato.

Finalmente, alzó la vista para encontrarse con los ojos de Danilo.

Juliette sintió cómo el tiempo se detenía mientras Danilo le instaba a leer el contrato.

Finalmente, después de leer lo que parecía una eternidad, levantó la vista, encontrando los ojos de Danilo nuevamente. El inquietante deseo en su expresión hacía que su pulso se disparara.

Sabía que esta decisión alteraría el curso de su vida profesional y personal. La pregunta que se le presentó era clara: ¿estaba preparada para cruzar esta línea?

Juliette leyó dos puntos claves.

—Honestidad y Exclusividad.

—¿Qué significaba honestidad? Digo a qué específicamente se refiere.

Danilo, quien mantenía los dedos entrelazados, los abrió y cerró antes de contestar.

—Que no me ocultaras nada, desde lo personal hasta tus sentimientos. —Ella pasó saliva.

—¿Mis sentimientos? —preguntó titubeando. Él asintió.

—Así es, Juliette, necesito saber cómo te sientes cuando estás conmigo, necesito entender y saber qué pasa por tu mente, si te sientes cómoda, feliz o triste. Necesito saber qué pasa en tu vida diaria fuera de estas paredes.

Ella tragó grueso y bajó nuevamente la mirada en el contrato.

—¿Exclusividad? —preguntó, mientras escapaba un largo suspiro de los labios de Danilo.

—Tú serás mía, de nadie más.

—¿Y usted? —se atrevió a preguntar sin pensarlo. Hasta ella se sorprendió ante la pregunta que había formulado. Él dibujó una media sonrisa.

—La exclusividad será para ambos, Juliette. No tienes que preocuparte por eso.

—Usted me proveerá todo lo que yo necesite.

Danilo asintió. —Se refiere a lo material. Además del dinero que voy a pagarte. Ese dinero es por tu virginidad, punto aparte. —Juliette tragó grueso al escuchar cómo su jefe hablaba sobre eso con total naturalidad, como si estuviera diciendo que le compraría una caja de manzanas.

—Lo demás será por la relación que tendremos durante estos meses.

« No habrá ningún tipo de sentimientos amorosos»

Leyó otro punto importante.

—Eso es fundamental, Juliette. No podrás enamorarte; si eso sucede, se terminará en ese preciso momento. Si eso llegara a pasar, el contrato queda anulado automáticamente y eres libre.

Danilo apoyó sus manos sobre su escritorio, alargando e inclinando su cuerpo sobre la mesa.

—No busco una relación sentimental, no busco una pareja, no busco una mujer que se enamore de mí, busco solo satisfacer mis deseos, y quiero hacerlo contigo, porque me gustas —declaró sin rodeos.

Ella pestañeó con prisa. —¿Yo le gusto?

Danilo se irguió nuevamente mientras se apoyaba en su sillón de cuero.

—Claro que me gustas. Me gusta tu boca para besarte, me gusta tu cuerpo para cogerte, me gustan tus tetas, me gusta tu culo, me gusta el color de tus ojos, me pareces una mujer sumamente atractiva y bella. La pregunta sería, ¿a quién no podría gustarle Juliette?

Ella tragó grueso. Jamás imaginó que su jefe fuera tan sincero y explícito.

—¿Y bien? ¿Qué dices, Juliette? ¿Aceptas el trato?

Ella se quedó en silencio por un momento. Lo que él le ofrecía era razonable. Dinero, cosas materiales y además solo sería por un tiempo determinado. Y un punto muy importante, a él le gustaba mucho y entregarse a él no sería ningún sacrificio.

—¿D-do… dónde firmo? —preguntó temblorosa y esa respuesta fue para Danilo algo glorioso. Ensanchó su sonrisa, se levantó de su silla con toda la elegancia que lo caracterizaba, rodeó su escritorio con lentitud, aumentando el nerviosismo de Juliette, y se acercó a ella para entregarle un bolígrafo y mostrarle donde debía dejar su firma.

Juliette se inclinó, le tiritaban las manos, pero finalmente firmó sin darle vueltas al asunto.

Ella levantó la mirada y pestañeó muy nerviosa. Danilo deslizó uno de sus dedos debajo de su mentón y levantó el rostro de Juliette.

—Eres toda mía —declaró Danilo.

—Ayer... ayer, no volvió. —Danilo solo la miró fijamente a los ojos y se alejó sin decir nada; le dio la espalda mirando el ventanal.

—Termina todos los pendientes, Juliette, al mediodía iremos a almorzar —indicó, ignorando la pregunta de su secretaria.

Ella suspiró pesado, sintiendo los nervios revolver su estómago.

—Sí, señor —declaró poniéndose de pie. Alisando su falda, mirando a Danilo, quien se mantuvo firme dándole la espalda, parado frente al ventanal de su oficina.

Juliette, al salir, se golpeó la frente con la mano.

¡Qué estúpida eres!

Dijo en voz alta.

¿ Cómo se te ocurre que él te dará explicación sobre lo que hace?

Dijo nuevamente y, sacudiendo su cabeza, se dirigió a su escritorio.

La mañana pasó entre llamadas, ir de aquí para allá, cumplir órdenes de su jefe, pero su corazón no dejaba de latir rápido y sus nervios no la dejaban trabajar normalmente. No sabía lo que le esperaba con su jefe, aunque Danilo había dicho que irían a comer.

Danilo salió de su oficina con una expresión decidida. Al llegar al escritorio de Juliette, se plantó frente a ella. Ella levantó la mirada, sus ojos encontrando los suyos.

Sin decir una palabra, Juliette cerró rápidamente su ordenador. Apresuradamente, se levantó, tomó su bolso que estaba apilado junto a las carpetas de documentos y caminó al lado de su jefe, ese hombre que le pasaba unos veinte centímetros aunque Juliette llevaba zapatos de tacones altos.

Danilo, por su parte, mantenía el rostro impasible, pero en su mente solo la tenía a ella, a su secretaria, a esa pequeña, pero hermosa mujer que tenía a su lado. A quien moría por poseer.

El ambiente se cargaba de una tensión que era imposible no notarlo.

Ambos bajaron en silencio hasta el estacionamiento del subsuelo. Al llegar al vehículo, el chófer de Danilo se apresuró a abrirle la puerta, pero él, con un gesto de caballerosidad, se detuvo y se dirigió hacia Juliette.

—Por favor —dijo Danilo, haciendo un gesto hacia la puerta para que ella subiera primero. Ella lo miró, sorprendida, nerviosa, pero también impresionada. Con una leve sonrisa, subió al auto, sintiendo que su corazón latía con más fuerza. Una mezcla de nervios y curiosidad la invadía mientras Danilo se acomodaba a su lado.

Ya dentro del vehículo, el chófer cerró la puerta suavemente y se acomodó al volante. Juliette miró de reojo a Danilo, quien estaba pensativo, mirando hacia adelante. La atmósfera en el interior del coche era diferente; la privacidad de aquel espacio cerrado parecía intensificar el sentido de expectación que ambos sentían. El motor rugió al encenderse y comenzaron a moverse, dejando atrás el bullicio de la oficina y sumergiéndose en lo desconocido que les aguardaba.

Al llegar al restaurante, Danilo y Juliette bajaron del auto, y al entrar, un elegante hombre se acercó para recibirlos. Su porte distinguido y su cálida sonrisa parecían indicar que conocía a Danilo desde hacía años. —Señor Brown, bienvenido, señorita, adelante —exclamó.

Danilo respondió con un gesto de cabeza y una breve sonrisa.

Juliette, situada ligeramente detrás de Danilo, empezó a explorar el ambiente. No era un restaurante común. La decoración era una mezcla sofisticada de tonos rojos y negros, que transformaba el espacio en un ambiente casi íntimo. Las luces tenues pendían del techo, creando una atmósfera de misterio.

A su alrededor, había muy pocas personas, lo que añadía al aire exclusivo del lugar. Cada mesa estaba elegantemente dispuesta, con manteles de seda y elegantes copas de cristal. La música suave de fondo envolvía el espacio, pero tan sutil que apenas se escuchaba.

La curiosidad brillaba en los ojos de Juliette, entendiendo que ese lugar no era un restaurante cualquiera.

El hombre que los recibió guio a Danilo y Juliette a través de un pasillo discreto hasta una habitación apartada. Al abrir la puerta, Juliette se encontró con un escenario inesperado: una única mesa en medio de la habitación, rodeada de sofás rojos que parecían invitar a algo perverso e íntimo.

Juliette arrugó el ceño, sintiéndose muy nerviosa.

Danilo, aparentemente a gusto y despreocupado, se sentó en uno de los sofás y le hizo un gesto a Juliette palmeando sus piernas.

Juliette abrió los ojos de par en par mirando la orden que le había dado sin hablar, dudó y se mantuvo quieta.

—Ven aquí, Juliette —dijo Danilo con la voz ronca.

Ella, titubeando, caminó, sus tacones resonando en el piso, hasta llegar hasta él. Danilo tiró de su mano y la sentó en una de sus largas piernas y le rodeó la pequeña cintura con un brazo.

—¿Aquí, aquí me harás el amor? —preguntó ella temblorosa.

Danilo dibujó una sonrisa perversa.

—Mi hermosa Juliette —dijo tomándole el mentón. —Yo no te haré el amor, yo voy a follarte duro, muy duro, hasta que sepas a quién le perteneces —dijo él antes de tomarla de la nuca y devorar su boca con hambre.