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13. Dulce de leche y algo mas

El Precio Del Amor 18+ — booknet.com · All chapters

13. Dulce de leche y algo mas

Danilo devoró la boca de Juliette con deseo, un anhelo que parecía haber estado contenido por tanto tiempo. Ella temblaba en sus brazos, cada fibra de su ser respondiendo a la intensidad del momento.

Él se separó lentamente; sus ojos estaban fijos en los de ella. Sintió su respiración agitada, el delicado sonrojo que coloreaba sus mejillas.

—Eres tan hermosa —susurró, delineando con suavidad su labio inferior con el pulgar.

Ella, por instinto, se mordió el labio inferior, bajando la mirada. La intensidad en los ojos de Danilo la intimidaba, la hacía sentir vulnerable y expuesta.

—Muero por tomarte y hacerte mía, pero iremos con calma —declaró él.

Juliette levantó la cabeza, volviendo a mirarlo a la cara.

—Mañana tienes una cita con la ginecóloga. Ella te dará todas las indicaciones, te harás tus chequeos médicos. Cuando todo esté bien, ella me lo dirá. —Juliette abrió los ojos de par en par, sorprendida por sus palabras.

—¿Ginecóloga?

Él asintió. —No tienes una ginecóloga de cabecera; de hecho, nunca has visitado una. Debe darte un plan de natalidad. No podemos ser descuidados, no quiero hijos —sentenció Danilo, en tono firme y sin lugar a discusión.

Ella tragó grueso, sintiendo un nudo en la garganta.

—¿Cómo sabes que nunca he ido a un ginecólogo?

Danilo le acarició el rostro suavemente; sus dedos se deslizaron por su mejilla con ternura.

—Lo sé todo, mi querida Juliette, más de lo que tú crees.

Ella suspiró hondo, sintiendo el peso de sus palabras.

—¿No puedo ir a una ginecóloga por mi cuenta?

Él negó con la cabeza; su mirada estaba fija en la de ella.

—Habíamos hablado de que yo te proveería todo lo que tú pudieras necesitar.

—Lo sé, pero eso… —Ella negó, cortando sus palabras, incapaz de articular sus sentimientos.

—¿No confías en mí? ¿Es eso? ¿O es que no crees que sea virgen?

Danilo sonrió al ver cómo los labios de Juliette temblaban ligeramente.

—Con solo mirarte a los ojos sé que eres pura —susurró Danilo con esa voz ronca, acelerando el corazón de Juliette.

—No, no se trata de eso, Juliette. Confío en ti. Pero no puedo arriesgarme a cometer errores contigo —sentenció.

—Yo no voy a embarazarme para atarte a mí, eso no lo haría jamás, Danilo —respondió ella, con convicción.

Él endureció su mirada, su rostro se volvió sombrío.

—No discutas mis órdenes, Juliette. Esa es una de mis reglas. Obediencia. Y justo ahora estás por recibir un castigo, y todavía no hemos intimado.

Esas palabras estremecieron a Juliette; una mezcla de miedo y excitación recorrió su cuerpo. Sintió cómo su sexo comenzaba a humedecerse, una respuesta involuntaria a la dominación en la voz de Danilo. Volvió a morderse el labio inferior, un gesto inconsciente, pero que a Danilo provocaba una intensa reacción.

—Te recomendaría que dejaras de hacer eso —dijo Danilo, en un tono de advertencia. Suavemente con su mano, soltó el labio que Juliette mordía con fuerza.

—No sabes cuánto morbo me provoca —confesó, y su mirada brillaba con una intensidad que la desarmaba.

Se miraron a los ojos; el aire estaba cargado de tensión y deseo. Juliette anhelaba que Danilo volviera a besarla, que la envolviera en sus brazos y la hiciera olvidar todo lo demás, pero ese anhelado beso no sucedió.

A la mente de Juliette vino el recuerdo del sueño que tuvo la noche anterior con él, un sueño vívido y perturbador que no la dejó dormir en toda la madrugada. La imagen de Danilo en sus sueños revolvió aún más su estómago, mezclando nerviosismo y excitación en una combinación embriagadora.

—E —entonces, ¿para qué me trajiste aquí? —preguntó ella temblorosa mientras paseaba sus ojos por la íntima y reservada habitación.

—Para almorzar, te lo dije, Juliette —declaró Danilo, pero en su voz se notaba la diversión y provocación en partes iguales.

—¿Tienes hambre? —le preguntó, y ella asintió levemente, sintiendo su estómago rugir.

—Comamos entonces. —Danilo la levantó suavemente de sus piernas y la guio hasta la mesa en el centro de la habitación.

Con un gesto galante, le retiró la silla, invitándola a tomar asiento. En cuestión de segundos, un camarero apareció discretamente con la comida.

El rostro de Juliette se encendió en un rojo carmesí. ¿Acaso el hombre había estado escuchando todo al otro lado de la puerta? Se preguntó, sintiendo una punzada de vergüenza.

Juliette permanecía sentada a la mesa, ajena a la mirada que Danilo le dedicaba. Él la observaba con una intensidad, admirando cada detalle de su rostro. Desde que Juliette se había convertido en su secretaria, su belleza lo había cautivado por completo.

Ella jugueteaba con el tenedor, evitando la mirada de Danilo. El plato frente a ella era una colorida mezcla de verduras bañadas en una delicada crema; parecía un bodegón en lugar de una cena.

—¿Sucede algo? —preguntó Danilo, con la voz suave como la seda. Una leve sonrisa danzaba en sus labios mientras elevaba su copa de vino, observándola por encima del borde.

—Es que, esto… nada, absolutamente nada —respondió Juliette, sacudiendo la cabeza con una rapidez que delataba su nerviosismo.

Danilo entrecerró los ojos, percibiendo la incomodidad de Juliette. Su mirada se posó en el plato de verduras, comprendiendo al instante el origen de su dilema. —Debes aprender a comer verduras. Desde hoy serán parte de tus comidas, son saludables —afirmó con una firmeza que no admitía réplica.

Juliette frunció el ceño, confundida por las palabras de su jefe. No entendía a qué se refería con “desde hoy serán parte de tus comidas”. De hecho, no entendía nada de lo que estaba pasando. Lo que Juliette no imaginaba era el caos de acontecimientos que se desataría tras haber firmado aquel documento de “amo sumisa”

Juliette, con resignación, apenas probó la comida insípida. Ansiaba un buen plato de pasta, su perdición. Era de esas afortunadas que podían comer sin engordar, y esa comida no parecía suficiente para afrontar la tarde en la oficina.

Aunque bueno, era mejor eso a no comer nada.

De pronto, como un espectro, el camarero reapareció con una bandeja. Dos potes de postre. Los ojos de Juliette se clavaron en el mousse de dulce de leche, su favorito. La boca se le hizo agua ante la visión de esa delicia. El camarero, tan silencioso como había llegado, se retiró sin mediar palabra.

—Ven aquí —ordenó Danilo con autoridad que hizo eco en el silencio del comedor.

—¿He? —Juliette respondió sin pensar, con la sorpresa reflejada en su rostro.

La espontaneidad de su reacción provocó una sonrisa en Danilo. —No lo diré dos veces, Juliette, ven —repitió; la orden estaba teñida de una suave advertencia.

Lentamente, Juliette se levantó de la mesa. La imagen del mousse de dulce de leche danzaba en su mente, pero una punzada de incertidumbre la invadió. ¿Qué le haría Danilo? La pregunta resonaba en su interior mientras se acercaba a él.

Danilo, con un gesto suave, tiró de su muñeca y la sentó en sus piernas. La cercanía repentina, el contacto de su cuerpo con el de él, provocó un escalofrío en Juliette. Miles de fuegos artificiales estallaron en su estómago, desestabilizándola por completo.

Danilo tomó la pequeña cucharita, la untó generosamente con el mousse de dulce de leche y, con una lentitud exasperante, se la pasó por los labios. Juliette tragó saliva con dificultad, sintiendo el dulce aroma del postre invadir sus sentidos.

Sin darle tiempo a reaccionar, Danilo la tomó de la nuca y la besó con una intensidad que la desarmó por completo. Un beso cargado de ansias y desespero, donde el dulce de leche se mezclaba con la saliva de ambos, creando una explosión de sabor y sensaciones.

Juliette se entregó al beso, dejándose llevar por la corriente de emociones que la embargaba. Estaba perdidamente enamorada y obsesionada con su jefe, una verdad que la atormentaba. Sabía que ese amor era un callejón sin salida, que todo terminaría en tres meses, cuando ella se marchara para siempre. La idea de no volver a verlo la llenaba de angustia.

Danilo, sin romper el beso, comenzó a deslizar su mano por las piernas de Juliette, subiendo lentamente bajo su falda. Cada roce, cada caricia, la hacía temblar. Pero Danilo no se detuvo; su mano continuó ascendiendo hasta llegar a su sexo. Con un movimiento delicado, apartó su braga y comenzó a tocarla, despertando en Juliette un torrente de sensaciones que la hicieron gemir entre sus labios.

—Estás tan húmeda y caliente, mi hermosa Juliette —susurró Danilo sobre sus labios, su voz ronca y cargada de deseo.

La confesión de Danilo, la forma en que pronunció su nombre, hizo que Juliette se estremeciera aún más. En un arrebato de pasión, clavó sus uñas en el brazo de Danilo, aferrándose a él con desesperación a través de la tela de su camisa.

Juliette sentía fuegos artificiales estallar en su interior; la pasión la consumía por completo. Pero, de repente, los dedos de Danilo abandonaron su sexo y se dirigieron al postre. Recogió una porción de dulce de leche y la llevó nuevamente a los labios de Juliette, quien saboreó la mezcla de dulce y deseo.

—Serán los tres meses más deliciosos que pasaremos juntos, eso te puedo asegurar, Juliette —expresó Danilo, mirándola fijamente a los ojos.

Juliette, a pesar de la intensidad del momento, debía mantener la compostura y aferrarse a la realidad. El dinero que Danilo le daría era su boleto a una vida mejor para ella, su madre y su hermanita. Un futuro que dependía de esos tres meses.

Pero eso fue todo lo que sucedió esa tarde. Danilo y Juliette regresaron a la oficina. Él se encerró en su despacho, mientras que ella intentaba concentrarse en su trabajo. Sin embargo, la imagen de su jefe no salía de su mente: sus besos, sus dedos tocándola… Todo eso la tenía excitada y nerviosa. Ansiaba que llegara el momento de ser suya.

Al día siguiente, un auto negro con chófer enviado por Danilo la esperaba muy temprano fuera de su casa. La llevaría a una lujosa clínica privada, donde la ginecóloga amiga de Danilo la esperaba para un chequeo completo, su control de natalidad y todo lo que Danilo cuidadosamente le había indicado a la doctora.

Cuando Juliette llegó a la oficina, un elegante paquete negro la esperaba sobre su escritorio, envuelto en un fino moño plateado. “Juliette”, decía la tarjeta. Con el estómago revuelto y las manos temblorosas, lo abrió. Un sensual y diminuto conjunto de lencería en color negro con encajes, ligas y medias de seda del mismo color yacía ante sus ojos.

Una nota escrita a mano, con la inconfundible letra de su jefe, acompañaba el regalo:

“ Me fascina el negro, en tu piel se verá exquisito, úsalo para nuestra primera vez”.