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14. Muy grande

El Precio Del Amor 18+ — booknet.com · All chapters

14. Muy grande

Danilo se sentó frente a su computadora, impaciente luego de haber recibido la llamada de su amiga, la ginecóloga encargada de Juliette.

Había estado esperando el correo con ansias; sabía que los exámenes médicos de Juliette saldrían perfectos, pero él era un hombre maniático del control. Todo debía estar y hacerse como él quería y ordenaba; así él mantendría la tranquilidad de que todo seguía un curso perfecto.

Al fin, parecía que el sonido del correo entrante resonó en la habitación.

Abrió el mensaje y empezó a revisar los documentos adjuntos. A medida que sus ojos recorrían los resultados, una sonrisa se dibujó en su rostro. Todo estaba en orden, cada resultado marcando un verde optimista que indicaba salud y bienestar.

Ahora, la luz del deseo brillaba más intensamente en su interior, sabiendo que pronto podría tener a Juliette como tanto había deseado.

Danilo tomó su teléfono y, con una resolución clara, marcó el número de Claudia, su amiga y confidente de todos sus oscuros secretos.

Mientras el tono de llamada resonaba, su corazón latía con fuerza, anticipando el momento que había estado planeando. La voz de Claudia lo recibió al otro lado.

—Danilo, querido —dijo ella al otro lado.

—Hola, Claudia, organízame todo para mañana. Estaré ahí al término de la mañana —ordenó, manteniendo el tono firme y serio. Algo que siempre lo caracterizaba.

—Por supuesto, Danilo. Todo estará listo para tu llegada —contestó ella. Sabía que podía contar con Claudia para que todo saliera a la perfección como siempre, aunque era la primera vez que le pedía algo con tanta emoción.

Danilo sonrió mientras colgaba. Su mente viajaba ya hacia la pequeña isla en las costas de Sicilia. Era un lugar apartado, escondido entre la vegetación y con aguas cristalinas que reflejaban el cielo. Allí, solo ellos dos estarían, lejos de las miradas curiosas y de las responsabilidades que tanto los envolvían. Allí disfrutaría del cuerpo inocente de Juliette y nada ni nadie lo iba a impedir.

Imaginó a Juliette, sonrojada, desnuda sobre la cama, sus besos, sus gemidos.

La idea de dar rienda suelta a esa pasión que había estado latente entre ellos lo llenaba de nerviosismo.

Todo estaba tomando forma, y estaba decidido a que la primera vez de Juliette fuera una experiencia inolvidable. Después de todo, él era un caballero y ella no era una cualquiera.

Danilo tomó su teléfono y llamó a Juliette para informarle.

—Ven un momento —le dijo, en tono firme pero con un matiz que anticipaba algo más.

—Sí, señor —respondió ella, nerviosa como había estado en los últimos días. La tensión; los coqueteos, las miradas, las palabras insinuadas de Danilo, durante estos dos días habían provocado un mar de nervios en Juliette.

Juliette entró a la oficina de su jefe; la puerta chirrió levemente al abrirse. Al cruzar el umbral, se sintió atrapada entre la formalidad de su rol y las emociones inconfesables que había acumulado en su interior. Sus manos temblaban un poco, tratando de controlar su nerviosismo. Su corazón latía con fuerza, no solo por el estrés de su trabajo, sino por la conexión que había surgido entre ellos en las últimas semanas.

Danilo la observaba con una intensidad que la hacía sentir expuesta. Sus ojos parecían querer decírselo todo. Había un brillo en su mirada que desconcertaba y a la vez intrigaba a Juliette.

—Necesito que prepares todo para mañana —dijo él, tratando de mantener una voz natural, aunque sabía que cada palabra aumentaba la tensión entre ellos.

—Sí, ¿irá a algún lado, señor? —respondió Juliette, intentando desviar la mirada hacia la mesa, pero sintiéndose atrapada por la intensa mirada de su jefe.

Danilo se levantó de su asiento de cuero, arregló su corbata y peinó su cabello con sus dedos, dio unos pasos hacia ella, cerrando la distancia que había entre ambos, acrecentando los nervios y la ansiedad de la pequeña y frágil Juliette. Danilo, con su semblante serio, la miraba como un depredador a su débil presa.

—Juliette… —Comenzó elevando la mano para colocar el cabello lacio de Juliette detrás de sus hombros—. Mañana iremos a un lugar, pasaremos la noche allí hasta el día siguiente —confesó.

Juliette tragó saliva; el corazón latía a mil por hora.

—¿La noche? —tartamudeó con los labios temblosos.

—Sí —respondió él sin titubear mientras la seguía mirando de forma intensa.

Juliette inclinó la cabeza y la mirada se le perdió en el suelo. Danilo levantó su mentón con su dedo índice.

—¿Sucede algo? —le preguntó mirándola con esa mirada azulada intensa e hipnotizante.

—Es que, ausentarme de mi casa... debo organizarme yo...

—¿Por tu madre y tu hermanita? —preguntó Danilo.

Ella lo miró sorprendida. ¿Cómo podía saberlo?

Pero lo que Juliette no sabía era que Danilo sabía todo sobre ella.

Juliette se mordió el labio inferior y asintió.

—Sí.

—¿Podrías hablar con la muchacha que las cuida para que las cuide mañana en la noche también? Se le pagará dinero extra. —Será muy bien remunerada —declaró Danilo sin titubeos.

Juliette pestañeó intrigada. Danilo parecía leerle la mente a Juliette y con prisa agregó. —No te preocupes por el dinero, Juliette, yo te dije, no debes preocuparte por nada, yo cubriré todas tus necesidades.

Ella tragó grueso. Todo con Danilo era impredecible y eso le causaba mucha ansiedad. Juliette podía sentir ese aura dominante que poseía su jefe; eso solo le atraía mucho más.

—Veré qué puedo hacer, señor —contestó Juliette, tratando de mantener la voz firme, aunque el corazón le palpitaba acelerado.

Danilo, dominante y seguro de sí mismo, se acercó más, acortó toda distancia entre ellos y la tomó de la nuca. Inclinó su cuerpo hacia ella, atrapando su atención de tal forma que pareció que todo el aire se escapaba de sus pulmones.

—No, no quiero que veas, Juliette. Mañana en la noche te quiero solo para mí. Serás mía. Organiza tus asuntos personales —susurró con una voz oscura y cargada de un montón de intenciones, lo que erizó al instante la piel de Juliette.

Ella sintió un hormigueo en la piel, una mezcla de temor y excitación, mientras Danilo se alejaba para buscar algo en su escritorio. Ella lo seguía con la mirada, deleitándose de cada movimiento que daba su jefe.

Cuando volvió a su lado, su mano extendía un cheque.

—Para la muchacha —declaró, como si con esas palabras sellara un pacto tácito.

Juliette miró el cheque con sorpresa. La cantidad escrita era más de lo que ella le pagaba en el mes por cuidar de su madre y hermana.

—Señor, esto es… —intentó replicar.

—El pago extra por una noche. —Será solo una noche, Juliette —aseguró Danilo. Y ella asintió tomando el cheque; sabía que con ese dinero Digna no se iba a negar jamás a quedarse toda la noche en su casa a estar pendiente de su madre enferma. Después de todo, ese dinero extra le vendría muy bien.

Danilo se alejó nuevamente de Juliette y, tomando asiento en su sillón de cuero negro, la miró desde allí.

—No quiero que lleves nada, solo el regalo que te di el otro día; por lo demás, no te preocupes —declaró Danilo y, aunque Juliette inicialmente iba a preguntar, luego se mantuvo callada al recordar las palabras de él. «Conmigo no debes preocuparte por nada»

—Está bien, señor, si no necesita nada más, me retiro —dijo Juliette y él asintió en respuesta. Moría por tomarla de su pequeña cintura, sentarla sobre sus piernas y besar esos pequeños labios, pero se contuvo dando un largo suspiro. Esperaría con paciencia un día más y le haría todo lo que hacía meses tenía en su mente.

Juliette, nerviosa, llegó a su casa esa tarde un poco más temprano para conversar con Digna y, entregándole el cheque, la mujer quedó estática, totalmente sorprendida al ver el monto en el pedazo de papel.

—¿Estás segura, Juliette? Esto es demasiado, es mucho más que mi salario mensual.

—Es importante, Digna, debo viajar con mi jefe y necesito que cuides de mamá y de Ellie, no puedo dejarlas solas, tú lo sabes.

—No te preocupes, pero podía haberlo hecho por un poco de dinero extra, pero esto… —Juliette negó agitando la cabeza.

—No te preocupes, no ha salido de mí, mi jefe ha pagado, porque necesita que lo acompañe de forma necesaria —mintió Juliette, sintiendo un leve cosquilleo en su entrepierna.

—Está bien, Juliette, no te preocupes, cuidaré bien a tu madre y a Ellie; ve tranquila con tu jefe. Lo que menos quisiera es que pierdas tu trabajo. —Juliette tragó grueso; si supiera que lo que menos perdería era su trabajo, perdería otra cosa, pero no su empleo.

—Gracias, Digna, nos vemos mañana —se despidió de la mujer y luego subió a la habitación para ver a su madre. Ellie, al verla entrar, corrió a abrazarla.

—Hola, amor, ¿qué tal tu día? ¿Qué tal la escuela?

—Muy bien, Juliette, he terminado todas mis tareas —respondió mientras Juliette le acariciaba la cabeza.

—Eso es excelente, cielo, sigue así. —Le besó las mejillas y luego se alejó de ella para ir hasta la cama y saludar a su madre. Al llegar hasta ella, inclinó su cuerpo y dejó un beso en su frente.

—Hola, mamá, ¿cómo has estado? —Juliette siempre le hablaba de esa manera, tan dulce y cálida a su madre, como si ella pudiera responderle.

Extendió su brazo y le acarició la mejilla.

—Muy pronto nos iremos de aquí, mamá. —Muy pronto —le dijo tomándola de la mano y dejando un beso en el dorso de la misma. Luego comenzó a contarle que mañana no llegaría a dormir porque debía viajar con su jefe. Afortunadamente, su padre se ha mantenido tranquilo esos días y no ha dado problemas. Juliette esperaba que las cosas se mantuvieran igual.

Al día siguiente despertó muy temprano, preparó su bolso y guardó en él, hermana, la única prenda que Danilo le había pedido que llevara. Sus objetos personales y nada más.

Todavía estaba un poco oscuro. Se despidió de su hermana, quien dormía plácidamente, y de su madre también. Salió de la habitación cerrando la puerta de forma silenciosa y caminó hacia la puerta de entrada. A lo lejos vio a su padre tirado en el sofá mientras roncaba de forma estruendosa y una botella de cerveza tirada en el suelo a su lado.

Juliette negó mientras lo miraba. Le dolía mucho ver en lo que su padre se había convertido, pero deseaba con todo su corazón irse lejos de él. No le perdonaba y jamás le perdonaría el hecho de que por su culpa su madre estuviera postrada en una cama sin poder hablar.

Cuando salió de su casa y cerró la puerta en silencio para no ser escuchada, comenzó a caminar hacia la calle y poder llegar hasta la parada del autobús, pero antes de que pudiera dar más pasos, un lujoso automóvil se detuvo a su lado y con prisa el chófer de Danilo descendió del vehículo.

—Buenos días, señorita. —Ella lo miró extrañada, pestañeó con prisa antes de contestar su saludo.

—Buenos días —saludó ella, viendo cómo abría la puerta trasera del automóvil, indicándole que subiera. No había necesidad de que le dijera nada; ella simplemente entendió, dio unos pasos para subir al automóvil, pero grande fue su sorpresa cuando se dio cuenta de que esta vez no viajaría sola.

—Hola, Juliette —saludó Danilo, sentado cómodamente en el asiento.

Ella comenzó a temblar de nervios al verlo.

—Bue… buenos días, señor —saludó.

—¿Lista? —ella asintió en respuesta.

—Maravilloso —respondió él con una media sonrisa.

—Ponte cómoda, serán unas cuantas horas —avisó y ella suspiró hondo acomodándose en el asiento mientras apretaba su bolso sobre las piernas.

El automóvil comenzó a andar y el silencio que había dentro era asfixiante. Danilo miró de reojo a Juliette, quien observaba con fijeza el paisaje pasar, sus manos entrelazadas descansando nerviosas sobre su regazo.

—¿Estás nerviosa? —preguntó Danilo acercándose ligeramente a ella, su voz suave quebrando el silencio opresivo.

Juliette giró su rostro hacia él, esforzándose por mantener una expresión tranquila. No quería parecer demasiado tonta ni vulnerable. —Un poco —admitió, intentando esbozar una sonrisa. Sin embargo, el tamborileo de sus dedos la delataba.

Danilo sonrió de lado; el nerviosismo de Juliette era notable y, de alguna manera, le resultaba encantador.

—Acércate más —pidió Danilo en un susurro. Juliette, sintiendo un ligero temblor en su interior, obedeció lentamente, hasta que su cuerpo quedó pegado al de él.

Danilo la observó un breve instante, con una mirada que destilaba deseo y ternura. Luego, con suavidad pero con determinación, tomó a Juliette del mentón, inclinando ligeramente su rostro. Sin dudarlo, se acercó y tomó su boca con una urgencia.

El beso fue intenso, cargado de una emoción que por fin encontraba su liberación. Juliette se encontró gimiendo suavemente, incapaz de contener la respuesta que provocaba el contacto embriagador de la lengua de Danilo contra la suya. Cerró los ojos, dejándose llevar por ese momento que parecía haber estado esperando durante días.

Danilo gruñó al escuchar el suave gemido de Juliette, obligándolo a separarse de ella.

El rostro de su secretaria había adquirido ese color que a él tanto le gustaba mientras su duro miembro se apretaba contra la tela de su pantalón. Tuvo que reacomodarse en el asiento del auto para poder bajar esa erección que ese simple beso le ha provocado.

Tres horas después, el automóvil se detuvo suavemente en el muelle del río Hudson. La mañana prometía un día despejado. Una pequeña lancha, balanceándose ligeramente con la corriente, esperaba para llevarlos a la diminuta isla donde planeaban pasar el día y la noche hasta el día siguiente. Serían casi dos días de mucho placer y pasión entre ellos.

Danilo salió del auto primero, rodeando rápidamente para abrir la puerta de Juliette. Ella bajó con cierta inquietud, sus ojos inmediatamente fijándose en el agua que se extendía serena pero intimidante ante ella.

—¿Qué haremos aquí? —preguntó Juliette, con una inquietud evidente en su voz. El temor que sentía hacia el agua y cualquier cosa que se moviera sobre ella le provocaba mareos.

Danilo sonrió, colocándose junto a ella, su proximidad alterándola. —Debemos cruzar el río para llegar a nuestro destino —dijo con un guiño—. La isla es hermosa, así como tú —agregó, susurrándole al oído.

Juliette respiró hondo.

—¿Tienes miedo del agua? —preguntó Danilo, mirándola, viendo cómo se mordía el labio nerviosa.

—Sí, el agua, me da pavor —dijo—, digo así, mucha agua, el río, el mar, todo me provoca escalofríos.

—¿Te sentirías más cómoda si te vendo los ojos?

—¿Qué? No, no —negó Juliette con prisa.

—No tienes nada que temer, yo no dejaré que te suceda nada, estás a salvo conmigo, Juliette —declaró Danilo con suavidad, intentando darle calma. Ella asintió. No le quedaba otra.

Juntos se dirigieron hacia la lancha, Juliette sosteniendo con firmeza la mano de Danilo.

—¿No tiene chófer? —preguntó Juliette con un matiz de sorpresa en su voz al notar que no había nadie a bordo de la lancha.

—Yo seré tu chófer —respondió Danilo, con una sonrisa de seguridad mientras se ponía unas elegantes gafas negras de sol. Juliette lo observó por un momento, capturando la imagen de Danilo. No pudo evitar morderse los labios, consciente de lo atractivamente perfecto que se veía.

Danilo extendió su mano hacia ella, ayudándola a subir a la lancha. —Confía en mí, te llevaré a buen puerto —dijo con una sonrisa.

Mientras Juliette se acomodaba en su asiento, luchaba por mantener la compostura. Había algo en la confianza desenvuelta de Danilo que hacía que su corazón latiera un poco más rápido. Con el motor de la lancha comenzando a ronronear suavemente bajo el mando de Danilo, Juliette decidió soltar una exhalación lenta, dejando que la anticipación se mezclara con la brisa fresca del río.

—No pasa nada, Juliette, aquí estás bien, no pasa nada —murmuraba ella para sí misma.

Llegaron a la isla envueltos en el silencio apacible del lugar, con solo el murmullo del agua y el canto ocasional de un ave rompiendo la quietud. Danilo maniobró la lancha con destreza, amarrándola al muelle con un nudo seguro. Juntos, tomaron el estrecho sendero que conducía a una casa impresionante hecha de vidrio que relucía bajo la luz del sol.

—¿Y aquí quién vive? —preguntó Juliette con curiosidad, su mirada fija en la estructura moderna y elegante que parecía surgir del paisaje mismo.

—Nadie, estamos aquí solos —declaró Danilo con una sonrisa encantadora, mientras caminaban lado a lado.

Juliette sintió una mezcla de nerviosismo y excitación agitarse en su interior. La idea de estar solos en un lugar tan bello era a la vez intimidante y cautivadora.

Al entrar en la lujosa y acogedora mansión de vidrio, Juliette fue recibida por una escena inesperada: una mesa elegantemente dispuesta con una variedad de alimentos que aparentaban ser recientemente preparados. Los aromas deliciosos flotaban en el aire, tentándola mientras ella intentaba procesar la situación. Con una ceja alzada, volteó a ver a Danilo, su mirada cuestionando la veracidad de que realmente estuvieran solos.

Danilo, percibiendo su duda, sonrió con un aire de misterio entrelazado con confianza. —No tienes nada de qué preocuparte, hermosa Juliette. Todo está hecho bajo mis órdenes —declaró con un destello de orgullo en su voz.

Juliette dejó escapar una risa suave,

—Claro, todo está bajo tus órdenes —susurró ella, pero sintió el cuerpo de Danilo pegarse a su espalda y a sus nalgas.

—Así es, pequeña, todo está bajo mis órdenes —le susurró en el oído. Ella tragó saliva, ¿había escuchado?

—Así que puedes relajarte y disfrutar, aquí nadie nos verá y nos molestara.

—¿Tienes hambre? —preguntó él alejándose y ella negó. Sus nervios hacían estragos en su estómago; la idea de que al fin sería de su jefe, que pronto ese pequeño cuerpo sería manejado por ese imponente hombre que tenía frente a ella, la ponía a temblar.

—En la habitación hay una maleta sobre la cama, es tuya. Usa todo lo que te parezca necesario.

Danilo la miró de pies a cabeza, deleitándose de ese pequeño cuerpecito que lo volvía loco.

Ella se mordió el labio y asintió. Él comenzó a remangarse la camisa.

—Te espero —agregó Danilo mientras tomaba una uva y la llevaba a los labios.

—Arriba, la segunda puerta a la izquierda.

Juliette subió las escaleras con el corazón acelerado, recorriendo con cautela el elegante pasillo hasta llegar a la segunda puerta a la izquierda. Al entrar en la habitación, la vista de una pequeña maleta sobre la cama capturó su atención de inmediato.

Con curiosidad, se acercó y examinó su contenido: prendas de dormir de un tejido seductor, trajes de baño, cremas, toallas y una selección de lencería cuidadosamente escogida. Al verlo, un cosquilleo de nervios y expectativa recorrió su cuerpo.

Instintivamente, se mordió el labio y cerró los ojos por un momento, dejándose llevar por la anticipación de lo que esos días en la isla podrían significar.

Juliette sacó del bolso la lencería negra que Danilo le había regalado unos días antes. La fina tela se sentía suave entre sus dedos, una invitación a una sensual metamorfosis. Con decisión, se dirigió a la ducha, dejando que el agua caliente acariciara su piel y relajara sus músculos.

Después de secarse, tomó la crema de la maleta, aplicándola cuidadosamente por todo su cuerpo. La fragancia embriagadora de la crema perfumaba el aire, sumando otra capa de lujo y sensualidad al ambiente.

Vestirse con la lencería fue un acto erótico. El sostén realzaba y apenas cubría sus senos, mientras el hilo de la braga se deslizaba y se perdía entre sus blancas y suaves nalgas. Completó el conjunto con las ligas, que abrazaban sus muslos con delicadeza, sosteniendo perfectamente las sedosas medias.

Observándose en el espejo, Juliette se sintió hermosa, erótica y sensual, su reflejo revelando una mujer lista para disfrutar plenamente de su primera vez con su jefe.

Con una última mirada al espejo, se colocó los tacones de aguja de color rojo que había en la maleta. Ella no era tonta y sabía para qué esos estaban puestos allí.

Luego de dar un largo suspiro, salió de la habitación y bajó las escaleras resonando esos tacones en el piso.

Temblaba y su piel se le erizaba. Vio a Danilo de espalda mirando el río que se veía perfectamente desde la casa. Danilo, al escuchar sus pasos, giró en cámara lenta para encontrarse con una pequeña muñeca de porcelana.

Juliette lo miraba con muchos nervios y su ansiedad aumentaba con cada paso que él daba hacia ella.

Danilo quedó deslumbrado; tantas mujeres habían pasado por sus manos, pero ninguna tan hermosa y erótica como lo era su secretaria.

—Estás muy hermosa —susurró sin dejar de pasear su vista por el cuerpo de Juliette.

Le levantó el mentón con el dedo y la obligó a mirarlo a los ojos.

—Por ser tu primera vez te dejaré hacer lo que desees. Luego habrá reglas que cumplir.

Ella se mordió el labio asintiendo.

—Ahora ven. —La llevó de la mano hasta la sala, en donde él tomó asiento y la puso entre sus piernas.

—Déjame mirarte —comenzó a pasear esas grandes manos por el diminuto cuerpo de Juliette. Las grandes manos de Danilo se deslizaron debajo de las tiras de las bragas de Juliette, causándole espasmos a ella.

—Tranquila, no tengas miedo —le aseguró él al sentir cómo no dejaba de temblar.

—Es imposible, es mi primera vez y usted… —Ella guardó silencio.

—¿Qué? ¿Yo qué? —preguntó Danilo y ella no quería decirlo.

Danilo, al no obtener respuestas, se levantó y ella se sintió diminuta aún más frente a él.

—¿Recuerdas las reglas? Debes ser sincera siempre.

—Ahora dime, ¿yo que?

—Usted es muy grande —declaró y esas palabras bastaron para aumentar el hambre que Danilo tenía y ahora no sabía cómo controlar su instinto animal de devorarla sin compasión.