15. Atracción innegable
Con una mezcla de nerviosismo y ansiedad, Juliette alzó la vista para encontrar los ojos de su lobo feroz, esos ojos que parecían esconder un millón de secretos. Danilo posó su mano en el rostro de Juliette; sus dedos rozaron suavemente su piel. La fragilidad de ella parecía contrastar con la fuerza en la figura de Danilo.
Con delicadeza, la mano libre de Danilo se deslizó hacia la cintura de Juliette, atrayéndola hacia él, eliminando cualquier distancia que los separaba. La conexión era electrizante.
Cuando sus labios se encontraron, el beso fue una explosión de emociones, cargado de deseo y pasión. La frase pronunciada por Juliette:
“Eres muy grande”, resonaba en los rincones de la mente de Danilo, desencadenando un fuego que nunca antes había experimentado.
Ese momento, marcado por palabras aparentemente simples, se convirtió en un punto de inflexión, encendiendo un deseo ardiente en él.
Danilo, absorto en el dulzor de ese momento, continuó besándola con una devoción avasalladora. Cada caricia de sus labios era un descubrimiento, un viaje por los recovecos de su boca que lo llevaba a un estado de euforia. Su lengua danzaba con la de Juliette, creando una sinfonía perfecta.
Juliette temblaba en sus brazos, no solo por la altura y la fuerza de Danilo, sino por la intensidad del momento que se estaba forjando entre ellos. Era un torrente de emociones que la desbordaba; cada beso, cada suspiro, la hacía sentir viva y, al mismo tiempo, temerosa por lo que él le hacía sentir. Nunca había experimentado algo así. Danilo era su primer todo; nadie la había besado de esa manera, tocado con tanta intensidad, nadie le había hecho sentir tantas emociones juntas.
En ese juego de labios y lenguas, cada roce encendía algo dentro de ella. Era la primera vez que alguien la hacía sentir como si todo su ser estuviera vibrando al compás del deseo.
Juliette se dio cuenta en ese momento de que Danilo era el primero que la llevaría a un territorio desconocido, el primero que realmente la haría mujer. Esa entrega no se sentía aterradora, sino liberadora. Con cada beso, cada roce, Danilo la estaba guiando por un sendero de pasión que prometía ser inolvidable. En sus brazos, Juliette encontró una mezcla de seguridad y emoción que nunca había imaginado, un nuevo mundo por explorar.
De pronto, Danilo se separó de ella. Sus ojos se encontraron, y el mundo exterior se desvaneció, dejando solo a los dos en su burbuja de intimidad.
Con suavidad, Danilo deslizó su mano, trazando el contorno de los labios hinchados de Juliette, que aún llevaban la marca de sus besos. Su toque era gentil y reverente, como si temiera que al tocarla demasiado fuerte pudiera romperla. Ella contuvo el aliento, mirando la intensidad en los ojos de su jefe, que brillaban con un deseo irrefutable.
Con su otra mano, Danilo acarició la nuca de Juliette, sus dedos entrelazándose en el cabello suave y sedoso, provocándole un escalofrío que recorrió su columna.
—Eres demasiado hermosa —susurró Danilo, con la voz ronca—. La mujer más sensual, tierna y provocadora que he tenido en mis manos, una mezcla fascinante para mis pupilas.
Juliette sintió que su corazón se detenía por un instante. Era un cumplido que iba más allá de lo físico; era una afirmación de su esencia, de su ser. El rubor se apoderó de sus mejillas, mientras una sonrisa tímida se asomaba en sus labios.
—No sé qué decir… —murmuró ella, casi sin darse cuenta de que estaba sosteniendo la respiración.
Danilo se acercó un poco más, su rostro a escasa distancia del de ella. —Solo déjate sentir, Juliette. No tienes que decir nada.
Ella sintió su pulso acelerarse ante la cercanía, como si cada latido eléctrico resonara en sus venas. Las palabras de Danilo no solo la halagaban; la hacían sentir viva, deseada, y por primera vez, plenamente ella misma.
Danilo tomó su mano con delicadeza, guiándola hacia un sofá individual que estaba en un rincón de la sala. Con una mirada elocuente, le indicó que tomara asiento. Ella obedeció; su corazón latía con fuerza.
Mientras tanto, Danilo se alejó, caminando por la habitación con una confianza que la intrigaba. Juliette observaba cada uno de sus movimientos; eran tan elegantes, seguros, de un verdadero hombre dominante. Definitivamente, y para variar, Juliette tenía una fascinación por los hombres mayores.
Cuando él regresó, su mano sostenía algo que llamaba la atención.
Los ojos de Juliette se abrieron de par en par al darse cuenta de que era un vibrador. Un torrente de emociones la atravesó: sorpresa, algo de asombro y, por encima de todo, excitación. Aunque era inexperta en ese ámbito, no era tonta; entendía plenamente lo que eso significaba.
—No te asustes —dijo Danilo, con una voz suave y tranquilizadora—. Quiero que exploremos esto juntos. Confía en mí.
Juliette se sintió atrapada entre su deseo de dejarse llevar y su cautela, pero la mirada de Danilo, llena de complicidad y deseo, la animaba a abrirse a nuevas experiencias.
—¿Estás lista? —preguntó él, parado frente a ella, con su mirada fija en el rostro de Juliette, como si pudiera leer sus pensamientos.
Ella respiró hondo, sintiendo una mezcla entre emoción y un leve temblor de incertidumbre. Con una suave sonrisa, asintió, sintiendo que estaba lista para dar el siguiente paso en este juego de deseo.
—Sí, quiero —respondió Juliette.
Danilo se hincó frente a ella. —Abre las piernas, uno a cada lado —le ordenó. Ella pasó saliva; era la primera vez que se expondría así delante de un hombre y, más que eso, él era su jefe.
Se relamió los labios y poco a poco acató la orden; sabía que debía seguir las órdenes de Danilo porque había firmado un contrato en donde ella le daba todo ese poder.
Danilo fijó sus ojos en el coño de Juliette, cubierto por una pequeña tela de encajes. Sin perder tiempo, deslizó su dedo índice desde su muslo interior hasta la fina tela, palpó por encima de la tela, logrando que ella se sacudiera ante un temblor que azotó su cuerpo.
—Shh, tranquila, esto recién empieza —dijo él sin dejar de mirarle su sexo.
Poco a poco deslizó su braga hacia un costado, dejando a la vista su rasurado sexo, ese que brillaba por la humedad.
Danilo sintió cómo su miembro palpitó y apuntó hacia arriba, sintiendo un dolor sofocante al sentirse atrapado en la tela de su pantalón. Queriendo liberarlo, pero aún no era el momento. Iba a disfrutar con Juliette ese juego previo antes de hacerla suya.
Encendió el vibrador y lo acercó a esa carne sensible y caliente. Juliette saltó en el sofá al sentir cómo el aparato le provocaba cosquillas y descargas eléctricas en su clítoris.
—Calma, no me hagas atarte —le dijo totalmente ronco.
Juliette se dejó llevar por las sensaciones intensas que el vibrador comenzó a provocar en su cuerpo; cada pulso y cada vibración intensificaban su placer. Su cuerpo reaccionaba de manera natural, retorciéndose suavemente, y los gemidos escapaban de sus labios con más fuerza a medida que se acercaba al clímax.
Sin embargo, en el instante más crítico, Danilo decidió detener la acción. Detuvo el vibrador sonriendo con una mezcla de diversión y complicidad. La expresión en su rostro era de malicia y satisfacción al observar la frustración que rápido se filtró en los ojos de Juliette.
Así fue como ella soltó un suspiro entrecortado, una mezcla de decepción y deseo. Quería seguir, quería alcanzar ese punto culminante que tanto anhelaba. Danilo soltó una pequeña risa ronca, un sonido que resonó en la mente de Juliette.
—Mmm, ¿te gustaría que continúe? —inquirió él, con un tono juguetón, disfrutando del poder que tenía en ese momento. La forma en que Juliette lo miraba, entre la frustración y el deseo, era algo gratificante para él
Juliette le devolvió la mirada, sintiendo una oleada de emociones encontradas: deseo, frustración y un leve atisbo de desafío. La situación era un juego de poder, uno que le intrigaba y le fascinaba.
—Por favor… —murmuró ella, tratando de ocultar la urgencia en su voz; su cuerpo le pedía más.
Danilo, disfrutando del momento, sabía que había muchas maneras de jugar con ese deseo, de darle forma a la experiencia. La balanza entre el placer y la espera comenzaba a inclinarse, y la curiosidad de Juliette prometía llevarlos a un lugar aún más emocionante.
—Suplícame —dijo Danilo, con una voz profunda y seductora, mientras su dedo recorría suavemente el sexo empapado de Juliette, despertando un fuego en ella mientras su cuerpo vibraba, deseando más.
Con un leve susurro, apenas audible, Juliette pudo articular un “por favor”. La vergüenza teñía sus mejillas, pero el deseo ardiente la empujaba a vencer su timidez.
—Dilo más alto, no te escucho —replicó Danilo, disfrutando de la dinámica de poder y juego entre ellos. Su tono era juguetón, pero también estaba cargado de exigencia, insinuando que Juliette debía entregar más de sí para obtener lo que deseaba.
Sintiendo la presión y el deseo cruzando cada rincón de su mente, Juliette tomó aire y, con una voz que ahora resonaba con mayor firmeza en la habitación, repitió:
—Por, por favor.
El eco de su súplica era una mezcla de necesidad y anhelo que Danilo no podía ignorar. La entrega total de Juliette, en voz alta, la hizo sentir vulnerable pero poderosa a la vez.
Danilo encendía de nuevo el vibrador.
—Solo por esta vez te daré tu premio… —Su voz tenía un matiz de poder, marcando la pauta de lo que vendría.
Con cada pulsación del vibrador, su cuerpo respondía con ansias, temblando de deseo y frustración. En su mente, la lógica se desdibujaba; lo único que quería era perderse en la ola de sensaciones que Danilo estaba a punto de desatar.
—La próxima aprenderás a controlar tus deseos… —repitió Danilo, recordándole lo que estaba por venir.
—La próxima será a mi manera, como yo lo desee; descubrirás tus límites y conocerás los míos.
Pero Juliette no podía pensar en eso ahora. Su mente estaba nublada por el placer inminente, sintiendo cómo cada movimiento del vibrador la acercaba más a una realidad en la que las palabras de Danilo eran irrelevantes. Todo lo que deseaba era rendirse a la experiencia y dejar que el placer la llevara.
La necesidad era mayor que cualquier promesa o advertencia, y en su corazón, una parte de ella anhelaba aprender, pero no en ese momento.
Solo quería sentir.
Juliette, desarmada en el sofá, permanecía con los ojos cerrados, dejando que la oleada de placer se instalara en cada rincón de su ser. Sus respiraciones eran pausadas, como si cada inhalación tratara de capturar la esencia del momento.
De repente, sintió unas manos firmes y cálidas que la rodeaban. Sin previo aviso, Danilo la levantó del sofá con suavidad como si fuera la cosa más natural del mundo. Ella no se atrevía a mirarlo. Solo recostó su cabeza en el pecho de Danilo y se dejó guiar.
Al entrar en la habitación, Danilo cerró la puerta con un pie, sumiendo el espacio en un suave silencio, interrumpido solo por el murmullo de sus respiraciones y el latido acelerado de sus corazones. Con delicadeza, la depositó en la cama, asegurándose de que cayera sobre las sábanas con suavidad.
Juliette miró a Danilo con una mezcla de expectación y entrega, su cuerpo todavía zumbando por los ecos del placer.
Danilo comenzó a despojarse de su camisa; el tejido se deslizó sobre su piel, mientras sus ojos se posaban en Juliette. Cada movimiento era lento y sensual, como si estuviera creando un efecto hipnótico, y Juliette, completamente fascinada, no podía apartar la vista de su figura esculpida. La habitación parecía encenderse con el aura que emanaba de él; cada gesto, cada sonrisa, era adictivo.
—Por hoy, por ser tu primera vez, recibirás todo el placer —declaró Danilo, hincándose frente a ella; sus manos firmes tomaron las piernas de Juliette, tirando de ellas.
Ella no entendía en un principio cuál era la intención de su jefe; su corazón latía con fuerza mientras su mente intentaba procesar la situación. Pero cuando sintió el tirón de sus piernas, abriéndose sin que él pidiera permiso, una mezcla de sorpresa y emoción creció en su interior.
Juliette tiritaba como si estuviera muriendo de frío, mientras Danilo comenzaba a dejar un mar de besos por la piel de sus muslos, bajando por sus piernas, por encima de las medias, acariciando la suave tela. Poco a poco fue desnudándola y, aunque Juliette quería oponerse, sabía que su queja sería inútil, pero más que nada, ella quería disfrutar de lo que Danilo le haría.
Ella había olvidado el contrato, incluso había olvidado el motivo por el cual se estaba entregando a él; simplemente quería sentir.
Danilo quedó fascinado al ver el sexo de Juliette ya desnudo, sin tela de por medio, abierto y dispuesto para él. Era más de lo que había imaginado. Era un verdadero manjar para sus ojos y justo en ese momento para sus labios.
Danilo hundió su cabeza entre las piernas de Juliette y comenzó a darle placer con la lengua, llevándola a un mayor éxtasis de lo que había sentido minutos atrás con el vibrador.
Danilo la devoraba completa, degustando su delicioso sabor. Su néctar, ese que sería suyo por tres grandiosos meses.
Sus largos dedos ayudaban a su boca, a darle más placer. Juliette estaba enloqueciendo, nunca había sentido algo semejante; sus dedos cuando se masturbaba pensando en él o el vibrador que hizo estragos en su cuerpo, nada se comparaba con la boca de Danilo y la maestría que empleaba al darle el mejor sexo oral de su vida.
Danilo observaba a Juliette desde su posición, la veía perdida con los ojos cerrados y entonces se detuvo.
—Abre los ojos, Juliette, quiero que veas cómo te como el coño —le dijo y eso fue una orden imposible de refutar para su dulce secretaria, quien abrió sus ojos sin dudar. Se miraron finamente mientras Danilo aún le comía el coño y ella se dejaba ir en un glorioso orgasmo, gritando, gimiendo, apretando la suave sábana bajo su pequeño cuerpo, llenando la boca de Danilo.
—Dame lo que me pertenece —susurró para sí mismo mientras se bebía los jugos de su dulce Juliette mientras la miraba.
Danilo se detuvo cuando Juliette cayó desparramada en la cama. Totalmente exhausta, con el aire haciéndose escaso en sus pulmones.
Él estaba totalmente excitado, necesitaba terminar lo que había empezado o se volvería loco.
Comenzó a despojarse de su pantalón, liberando a su polla de su encierro. Dejó caer su pantalón junto a su cinturón, seguido de su bóxer, quedando totalmente desnudo.
Su gran mano comenzó a masajear su gruesa polla.
Cuando Juliette abrió los ojos y se encontró con Danilo y su miembro en la mano, palideció. Ella nunca había visto a un hombre totalmente desnudo, no había visto un miembro masculino en toda su vida. Y el tamaño de su jefe la dejó en un estado de shock.
Danilo, sin decir nada, se inclinó sobre ella apoyándose sobre sus manos, quedándose a centímetros de la boca de Juliette.
—No sabes durante cuánto tiempo he deseado este momento —confesó sin titubeos. Juliette quedó con la boca abierta ante semejante declaración.
—Yo… yo también —confesó y una sonrisa traviesa se dibujó en los labios de Danilo, un brillo especial apareció en sus ojos al saber que su secretaria también lo deseaba. Que ella nunca le fue indiferente.
—Quiero hacerte tantas cosas, Juliette, y sé que todo lo que te haga te gustará; sé que esos tres meses se volverán seis y esos seis en años, no querrás irte de mí, no querrás alejarte, pedirás más, suplicarás por más —declaró Danilo a escasos centímetros de la boca de Juliette mientras ella tragaba el nudo que se había formado en su garganta.
No hubo necesidad de más palabras; él asaltó la boca de ella con deseo y necesidad. Era un beso brusco, posesivo y dominante, uno al que Juliette comenzaba a acostumbrarse y a gustarle.
Danilo, sin más preámbulos, se acomodó sobre ella, sin aplastar su pequeño cuerpo.
—Esto dolerá, ¿verdad? —susurró Juliette temblorosa.
—No voy a negarte, no eres una niña, pero haré que el dolor sea muy placentero. Después de todo, el dolor y el placer van de la mano.
Volvió a besarle y poco a poco fue guiando su gran y grueso miembro hacia el coño de Juliette, quien temblaba de ansias, esperando la intromisión de su jefe.
Cerró los ojos y se mordió el labio inferior con fuerza al comenzar a sentir el dolor del miembro de su jefe abrirse paso dentro de su pequeño sexo.
Sin dudarlo, sus uñas fueron a parar a la espalda de Danilo y él sabía muy bien que le dejaría marcas. Acción que él detestaba, pero por alguna razón, a ella se la iba a permitir, tal vez al ser su primera vez.
—Me duele —se quejó ella con dolor.
—Relájate, es mejor que lo hagas, ni siquiera voy por la mitad —le dijo y ella le clavó más las uñas en la piel de su espalda.
Danilo intentaba controlar su fuerza para no lastimarla, pero no soportaba tanta tortura y, para no alargar su sufrimiento, decidió hacer un único y rudo movimiento: entrar en ella con fuerza.
Cuando lo hizo, Juliette gritó desde lo más profundo de su ser, sintiendo que la desgarraba por dentro.
Para tranquilizarla, Danilo comenzó a besarle la frente. Algo que no hacía con ninguna de sus amantes, con la única que había hecho el amor, fue con Rebeca, su exesposa, pero luego de su traición juró que nunca más volvería a amar a ninguna mujer, mucho menos tratarla con amor; ninguna mujer se merecía, según él. La traición de Rebecca fue tal que dejó una marca indeleble en su corazón.
Aun así, Danilo trataba con dulzura a Juliette, pero eso fue por poco tiempo. Al notar que Juliette se había relajado un poco más y el dolor había pasado un poco, él comenzó un vaivén de movimientos continuados. Y aunque Juliette se quejaba al no acostumbrarse aún a su tamaño, Danilo decidió que ella debía ir acostumbrándose a su forma de coger a partir de ese instante.
Danilo volvió a besarla con deseo mientras la cogía con frenesí. Olvidando todas sus reglas, olvidando sus límites, olvidando que Juliette era un simple contrato, una más de su larga lista de amantes.
Horas después de una intensa sesión de sexo, Juliette quedó desplomada en la cama, agotada y adolorida; vio cómo Danilo, sin inmutarse, se levantó de la cama con su fornido cuerpo desnudo y su pene largo, grueso y erecto apuntando hacia arriba, y caminó hacia el baño.
De pronto un teléfono comenzó a vibrar. Juliette sabía que no era el suyo porque lo había dejado en su bolso en silencio.
Danilo volvió a salir del baño con una toalla.
—Creo que es su teléfono, señor, está sonando —dijo Juliette con la vergüenza cubriendo su rostro. Danilo arrugó el ceño. Escuchaba su teléfono vibrar, pero lo que lo tenía intrigado era que acababan de follar y ella aún lo llamaba señor.
Danilo tomó su teléfono del bolsillo de su pantalón tirado en el suelo. Al mirar la pantalla vio el número en él y su rostro cambió.
«Rebecca», susurró.