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17. Golpes de la vida

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17. Golpes de la vida

Danilo cerró la puerta detrás de él, aún sintiendo las manos y la boca de Juliette sobre su piel, el maravilloso brillo en sus ojos cuando estaba debajo de él gimiendo, cómo se mordía el labio para evitar gritar ante las fuertes embestidas que él le daba. Los jadeos en su oído y su piel sonrojada por la presión que sus grandes manos ejercían sobre ella. La imagen de Juliette no salía de su mente. Danilo no se podía explicar qué era lo que Juliette le provocaba. Con su sola presencia él sentía su pecho estallar.

Sin embargo, todos sus pensamientos y su tranquilidad se desvanecieron en cuanto vio a Rebeca de pie en la sala, los brazos cruzados y una expresión de descontento en su rostro.

—¿Dónde has estado? —preguntó ella, su tono cortante y cargado de reproche.

—Te recuerdo que seguimos casados solo porque no me has querido firmar el divorcio, no porque aún seamos pareja; por tanto, yo no… —dijo, pero fue rápidamente interrumpido.

—¡No me importa! Esto es más serio. —La voz de Rebeca se alzó, provocando que Danilo respirara profundamente para evitar dar la vuelta y marcharse nuevamente. —No quiero que mi hija esté en Suiza, y menos en la casa de ese depravado.

Danilo arrugó el ceño. Odiaba que Rebeca se refiriera así a su mejor amigo, a ese intachable hombre que no ha hecho otra cosa que ayudar a su familia.

—Rebeca, por favor…

—¡No! —gritó ella, avanzando hacia él, con sus ojos desbordados de ira. —No son rumores, Danilo. La exprometida de ese hombre me lo contó. Me dijo que Alice se metió en su relación, que fue su culpa que ellos terminaran.

Las palabras de Rebeca se sentían como dardos en el estómago de Danilo.

—¿Dónde está la evidencia de todo eso? —preguntó Danilo, tratando de mantener la calma, pero la duda brotó en su interior.

—No necesito mostrarte nada, esa mujer no tenía por qué buscar la manera de contactarme y decirme semejante barbaridad, es porque es cierto.

¡Qué vergüenza, Danilo!

Dijo Rebeca descontrolada.

Danilo sintió una rabia instalarse en su pecho al escuchar a Rebeca.

—¿Vergüenza? ¿Para quién? Más vergüenza debería tener Alice de tener una madre como tú.

El rostro de Rebeca estaba sonrojado por la ira. —Un error, Danilo, un jodido error y me condenaste para toda la vida —dijo ella señalándolo con el dedo índice.

—No estamos aquí para hablar de ti o de mí, estamos aquí frente a frente para hablar de Alice.

—Haz algo, ese tipo es tu supuesto amigo, quiero a mi hija de vuelta, tú la dejaste ir tan lejos y será tu culpa si algo le llegara a suceder.

Danilo hizo un gesto con sus cejas. —No quieras mostrarte ahora como una madre abnegada, porque de eso estás bastante lejos. Voy a ir a Suiza a corroborar que todo está bien.

Es todo lo que dijo Danilo y pasó de ella subiendo las escaleras.

Unas horas después, Danilo viajó a Suiza; al llegar fue directo a la casa de su mejor amigo, en donde vivía su hija, y lo que encontró no le gustó para nada; después de todo, Rebeca tenía razón, su amigo había traicionado su confianza.

Danilo volvió a salir de allí con un dolor instalado en el pecho. Su hija estaba decidida a quedarse con ese hombre y ese día perdió a un buen amigo y a su hija. Devastado, volvió a Manhattan y lastimosamente debía soportar los reclamos de Rebeca, porque esa vez tenía razón.

Mientras Danilo enfrentaba sus problemas, Juliette enfrentaba los suyos.

Juliette abrió la puerta de su casa con suavidad, un suspiro escapando de sus labios mientras las memorias de las últimas horas aún la envolvían. La voz de Danilo, sus jadeos roncos mientras la hacía suya una y otra vez y, sobre todo, el calor de los besos de Danilo seguían presentes en su mente. Ella sabía que lo que había entre ellos era un simple contrato, pero no podía negar que nunca jamás se había sentido más viva.

Cruzó el umbral ansiosa por volver a ver a su madre y a su hermanita, después de la escapada inesperada. Sin embargo, al entrar, se detuvo en seco al ver a su padre desplomado en el sillón de la sala. Una botella medio vacía descansaba en una de sus manos mientras él la miraba con ojos vidriosos.

—¿Ya llegaste, maldita zorra? —le lanzó el peor insulto que podría venir de él.

—Papá… —murmuró Juliette, con los dientes apretados. Y todos los recuerdos de Danilo se desvanecieron automáticamente y un sabor amargo se instaló en su pecho al escuchar las palabras de su padre.

El hombre tambaleante se levantó y caminó unos pasos. Juliette podía oler el alcohol a kilómetros y le provocaba náuseas, así como su pulso acelerarse.

—Eres una cualquiera, ¿crees que no te he visto ir y venir en lujosos autos? Ahora sé en qué trabajas, eres una asquerosa prostituta al igual que tu madre. Las dos son igual de putas.

Los labios de Juliette comenzaron a temblar.

—Estás ebrio, no pienso hablar contigo.

Intentó pasar de él cuando la sujetó de la muñeca de forma brusca y, cuando giró, recibió un puñetazo en la mejilla que no vio venir, tirándola al suelo. Ella jadeó de dolor.

—A mí no me dejas hablando solo, maldita zorra, a mí me respetas; estás viviendo bajo mi techo, respeta esta casa —le dijo dándole una fuerte patada en el abdomen cuando ella intentaba levantarse, provocándole un dolor agudo.

—La próxima ya voy a matarte a golpes —le dijo escupiendo a su lado.

Juliette solo se sujetó el abdomen al sentir demasiado dolor y su mejilla ardía y picaba por el fuerte golpe que había recibido.

—Ya falta poco —susurró cuando a duras penas se levantó y observó a su padre sentándose de nuevo en el sofá y llevarse la botella a su boca.

Usó el baño de invitados para lavarse la sangre de su labio partido y tomó un poco de base para cubrir la rojez del golpe. No quería que su madre ni su hermana la vieran así.

Caminó hasta la habitación y encontró a Digna sentada en el sofá con Ellie jugando un juego. Juliette sonrió al ver la escena y Ellie, al verla, corrió a abrazar a su hermana, rodeándola con los brazos en su abdomen. Juliette se mordió el labio muy fuerte al sentir el dolor, aun y no podía quejarse ante el abrazo de su hermana.

Solo suspiró hondo y miró a su madre, quien estaba aparentemente viendo una serie de cocina en la televisión.

Juliette besó la frente de su hermana y luego caminó hacia la cama de su madre.

—Hola, mamá. Regresé, ¿cómo estás, mi reina? —le dijo acariciándole la frente. Su madre no hizo ningún solo movimiento, pero podía oír todo lo que ella le decía. Juliette sintió tanto dolor al ver que ella no podía decirle ni siquiera si la escuchaba.

—Hola, Digna, volví, muchas gracias por hacerme el favor —le dijo ella.

—No agradezcas nada, Juliette.

—¿Y qué tal estuvo todo? —le preguntó refiriéndose a su padre. Digna entendió rápidamente.

—Todo normal, regañó a Ellie hoy, pero nada más —le contestó y el corazón de Juliette se encogió. Miró a Ellie, quien seguía jugando. Lo único que no quería era que lastimaran a su madre y a su hermana; ellas son lo más importante para Juliette.

—Puedes retirarte, Digna, yo me hago cargo —declaró Juliette y Digna asintió, recogió su bolso y se marchó.

—¿Jugamos, Juliette? —le pidió su hermana y ella asintió, acercándose y tomando asiento en el lugar de Digna.

—¿Por qué te regañó, papá? —preguntó Juliette. Ellie apretó sus labios entre sí.

—Eché y rompí un plato, eso lo puso nervioso y se enojó mucho.

—¿No te hizo daño? —le preguntó y ella negó.

—No, solo me regañó muy feo y corrí a esconderme aquí y ya no volví a salir. Digna cerró la puerta con llaves.

Juliette suspiró con dolor. Tanto físico como emocional.

—Nos iremos de aquí muy pronto, te lo prometo —respondió Juliette y Ellie la abrazó fuerte.

Al día siguiente, Juliette debía ir al trabajo, despertó de madrugada como de costumbre y se metió al baño. Cuando se estaba duchando, vio el gran moratón que tenía en el abdomen, además del que tenía en el rostro, acompañado de una notoria hinchazón que ella intentó de la mejor manera disimular con mucho maquillaje.

Se tomó unas pastillas antiinflamatorias y se vistió con mucho dolor.

Salió de su casa cuando todo aún era silencio, pero un auto negro la esperaba nuevamente frente a su casa. Tragó grueso al saber que de nuevo Danilo había enviado por ella.

Efectivamente, era el chofer que siempre la buscaba.

—Buenos días —saludó al hombre que le abrió la puerta trasera del automóvil para que ella pudiera subir. Encontrándose sola. Danilo no estaba.

Cuando llegó a la oficina, sus nervios estaban al borde; volvió a mirarse en el pequeño espejo y retocó aún más su maquillaje, esperando la llegada de Danilo en cualquier momento.

Juliette estaba organizando unos documentos en su escritorio cuando escuchó el ruido familiar del elevador abriéndose. Sus nervios aumentaron cuando vio la figura de Danilo entrando con un paso firme, sus labios sellados en una línea recta que dejaba entrever su mal humor.

—Buen día —murmuró de manera seca, ni siquiera deteniéndose a mirarla.

El corazón de Juliette se encogió ante su indiferencia después de lo que había pasado entre ellos.

—Tráeme mi café —ordenó con un tono autoritario, antes de abrir la puerta de su oficina con un gesto brusco, sin girar a mirarla.

Con los puños cerrados sobre el escritorio, Juliette sintió cómo el frío de su indiferencia la congelaba y se mordió el labio inferior muy fuerte. Con el dolor físico y emocional que sentía en ese momento, se dirigió hasta la sala de cafés y le preparó el mismo de siempre.

Luego, Juliette empujó la puerta de la oficina con un ligero temblor en las piernas, sintiendo el nerviosismo burbujear en su interior. En su mano, la taza de café humeante parecía pesar más de lo habitual. Respirando profundamente para calmar sus nervios, mantuvo la mirada en el suelo mientras se acercaba al escritorio de Danilo, con el iPad bajo el brazo.

—Su café, señor —murmuró, dejando la taza con cuidado sobre la superficie de la mesa, sintiendo cómo el aroma del café impregnaba el aire. Pero Danilo solo inspiró la dulce fragancia del cabello de Juliette y le fue imposible no recordar sus besos.

Ella sintió un leve estremecimiento al notar su mirada ante su cercanía y, rápidamente, se alejó de él.

—Tengo la lista de pendientes para hoy, señor —comenzó; ella se mostraba tan profesional, como si hacía algunas horas no estuviera gimiendo bajo su jefe o saltando sobre su polla. Esa sola imagen sonrojó el rostro de Juliette.

Inclinando un poco la cabeza, tratando de centrar su atención en su iPad que tomó de debajo de su brazo, comenzó a citar los pendientes de su jefe: —Primero, necesita revisar el informe de ventas antes de la reunión de la tarde.

Mientras hablaba, intentaba mantener la calma, pero su corazón latía aceleradamente. No quería que Danilo se diera cuenta de nada.

La lista seguía fluyendo: recordatorios sobre correos electrónicos urgentes, la presentación del nuevo proyecto y más cosas importantes.

—También debo programar la llamada con el cliente clave, necesito saber para cuándo lo desea —continuó, sintiendo la presión del momento—. Y la verificación del presupuesto para el próximo trimestre.

Mientras Juliette continuaba desglosando su lista de pendientes, la voz se le fue apagando poco a poco.

Danilo levantó la mirada para posarla en ella, sintiendo que algo no andaba bien. Él la observó con preocupación y curiosidad, notando cómo su energía se desvanecía a medida que hablaba.

De repente, se levantó de su asiento. Con pasos firmes, se acercó a ella, interrumpiéndola. Juliette sintió un escalofrío recorrer su espalda cuando lo sintió tan cerca, pero no se atrevía a levantar la mirada.

—Mírame —ordenó y ella se mordió el labio.

Sin dudarlo, Danilo tomó el mentón de Juliette, levantando su rostro para que pudiera verlo mejor. Su mirada se centró en sus facciones.

La hinchazón en su mejilla y el moretón que se asomaba cerca de su ojo hicieron imposible que el maquillaje lograra disimularlo del todo.

—¿Quién carajos se atrevió a tocarte?

—Señor, yo…

—¡CONTESTA!