18. Un alto precio
Rebeca se sentó en el consultorio de la doctora Sánchez, con la tormenta de emociones que la sacudía. Tenía los resultados de sus estudios en la mano; las hojas temblaban entre sus dedos. El corazón le latía con fuerza, y una sensación de desasosiego la invadía.
La doctora Lía, su amiga, con una expresión grave, rompió el silencio. —Así es, Rebeca, tienes cáncer en etapa 4.
El mundo de Rebeca se detuvo. Las palabras resonaron en su mente como un eco incesante. No podía procesar lo que escuchaba.
—Dios mío —murmuró, sintiendo que el aire se le escapaba.
—¿Por qué nunca hiciste los controles, si ya tenías síntomas, Rebeca, porque nunca me lo dijiste? Llevas dos años sin hacerte ningún chequeo médico.
La doctora Lía la observó con preocupación. —Te lo he dicho muchas veces, Rebeca, los controles son vitales. Sabías que algo no estaba bien, y dejaste pasar el tiempo.
Rebeca sintió que las lágrimas comenzaban a desbordarse. —Lo sé, lo sé… pero no quería escuchar. Vivía en la negación, pensando que estaba exagerando, que todo estaría bien.
La mirada comprensiva de su amiga, que también era su doctora, la abrumó.
—Ahora debemos actuar. No estás sola en esto, Rebeca —dijo la doctora, acercándose para tomar su mano.
—¿Cuánto tiempo me queda? —preguntó Rebeca, con la voz quebrada.
—Lo primero es determinar el tratamiento que mejor funcione para ti. Hay opciones, y vamos a pelear. No te rindas aún sin haber peleado —le aseguró la doctora, con firmeza, intentando infundirle un poco de esperanza en medio de la tormenta.
Rebeca tragó saliva, sintiendo una mezcla de miedo y ansiedad. —De acuerdo, haré lo que sea necesario. Pero… no estoy lista para esto, Lia, no sé cómo sobrellevar, tengo tanto miedo, yo… —Ella comenzó a llorar aún más.
—Nadie lo está, Rebeca —respondió la doctora con empatía—. Pero juntas lo enfrentaremos.
Rebeca deslizó sus dedos por los bordes de la hoja arrugada. Lía intentaba darle esperanzas, pero su corazón se aferraba a un sentimiento opresivo de culpa.
—Deberías hablar con Danilo y también con tu hija —le insistió Lía, con preocupación y cariño—. Necesitas apoyo en estos momentos.
Pero Rebeca simplemente bajó la mirada. Las gotas saladas se posaron en el papel, como si cada lágrima llevara consigo un pedazo de su arrepentimiento.
—¿Con qué derecho puedo pedirles que estén conmigo si yo nunca he estado con ellos, Lía? —sus palabras salieron rasposas, como si le costara pronunciar cada sílaba—. Eso sería muy egoísta de mi parte.
Lía se quedó en silencio un momento, intentando encontrar las palabras adecuadas.
—Danilo no se merece una carga después de lo que yo le he hecho —continuó. Con la voz distante, como si se sumergiera en sus propios pensamientos tortuosos—. Y Alice… ella ya tiene su vida allá en Suiza. Yo no puedo obligar a que venga a cuidarme lo que me resta de mis días. Eso sería injusto y egoísta.
La doctora se acercó más, sentándose al borde de la silla, tratando de entrelazar su mano con la de Rebeca. —No es egoísmo, Rebeca, es humanidad. Todos necesitamos apoyo en algún momento, y no hay nada de malo en pedirlo. Tu familia te ama, y querrán estar a tu lado.
Rebeca agitó su cabeza de un lado a otro. —Eso no es cierto, ellos no me aman y, no, no puedo culparlos de nada; la única culpable aquí soy yo y me merezco, esto que me pasa me lo merezco. Este es el precio que debo pagar por haber sido una mala madre y no valorar a un buen hombre.
Rebeca sintió un nudo en la garganta, la lucha interna entre su deseo de proteger a sus seres queridos y su necesidad.
—Debo enfrentar esto sola y ellos seguir con sus vidas sin cargar con mi sufrimiento. Yo no merezco la lástima de nadie; si estoy sola es porque yo misma hice este camino.
—No seas injusta contigo Rebeca, por Dios, nadie es perfecto, todos cometemos errores, no te culpes de tu enfermedad. No estás pagando nada.
Rebeca suspiró, cerrando los ojos por un instante, como si intentara recobrar fuerzas.
—¿Cuánto tiempo me queda, Lia? —preguntó Rebeca nuevamente. Lía suspiró, no quería decirles que a lo mucho le quedaba cinco meses.
—No hablemos de tiempo, Rebeca, vas a sanar, ten fe, vamos a hacer la cirugía inmediatamente. Con todos tus estudios listos, mañana mismo programaré la cirugía con mi colega y vamos a extirpar ambos senos. Y luego inmediatamente comenzaremos con las quimioterapias y las radioterapias. No podemos darnos por vencidas antes de luchar al menos. ¿Cierto?
Rebeca se puso a llorar. Se abrazó a su amiga y ella la consoló. Ella sabía que había cometido un gran error con Danilo y con Alice y ahora que más los necesitaba, ella no tenía derecho a pedir nada, estaba sola, completamente sola.
Rebeca abrió la puerta de su casa. Habían pasado 72 horas desde su operación, y cada paso que daba era un esfuerzo titánico para mantenerse en pie. Sus piernas temblaban, y su cuerpo, aun adolorido y pálido, parecía una sombra de lo que una vez fue.
Mientras avanzaba lentamente por el pasillo, una figura apareció al final. Era Danilo, que iba saliendo.
Él se detuvo, sus ojos reparó en la silueta de Rebeca. Algo en su expresión cambió al notar la palidez de su piel, lo demacrada que lucía. Rebeca estaba vestida con ropa de deporte, un conjunto holgado que no ocultaba su pérdida de peso.
Aun así, Danilo sin prestarle mucha atención desvió la mirada y pasó a su lado sin decirle nada.
Rebeca sintió como un latigazo de decepción atravesaba su pecho. Había esperado al menos un saludo, pero se notaba como había tanto odio en los ojos de él.
—Danilo… —lo llamó, con la voz entrecortada. Sintió sus manos temblar un poco alzar la voz.
Él se detuvo y, se volvió hacia ella. Su mirada se encontró con la de Rebeca.
—¿Qué necesitas? Llevo prisa —le dijo seco.
Rebeca hizo una pausa, el esfuerzo mental de compartir su dolor se instaló en su mente. —Acabo de salir de la clínica … —admitió —. Me operaron.
Danilo se quedó quieto, mirándola.
—Quería decirte que, usé los fondos de la tarjeta para pagar los gastos y… —Danilo negó sonriendo.
—¿De nuevo usas mis tarjetas para hacerte cirugías? Eres una cínica, una sinvergüenza. Te operas tus senos, tu rostro para lucir más joven cada día, ¿para tus amantes? Esto es el colmo. Pero ya estoy harto, Rebeca, congelaré todos los fondos; no volverás a usar un solo centavo de mi dinero para hacerte ninguna cirugía, ni cubriré ningún gasto tuyo. Si quieres dinero, trabajarás como todo el mundo. Que no me quieras formar el divorcio no significa que seguirás despilfarrando mi dinero como se te dé la puta gana.
—Danilo, no es lo que tú piensas, yo me operé porque… —No me interesan tus excusas, no me interesa nada que tenga que ver contigo, Rebeca. Olvídate de mi dinero; si necesitas comprarte nuevos autos o carteras o ir de viajes o una nueva cirugía de senos, pídele a alguno de tus amantes. Deja de vivir de mí.
Ella no pudo aguantar las lágrimas. Danilo estaba siendo cruel al no dejarle explicar nada, pero era mejor así; ya le dejó en claro que no le interesaba nada de lo que le pasaba a ella.
—¿Seguro hasta deseas verme muerta? —susurró ella.
Danilo no dijo nada, solo la miró fijamente al notar cómo algunas lágrimas resbalaban por su rostro. Algo que jamás vio en su vida. Rebeca se secó las lágrimas. Un nudo doloroso se instalaba en su garganta, pero aun así quería decirle algunas cosas más.
—Lo lamento, Danilo, lamento todo lo que te hice sufrir. Me merezco todo esto que me estás diciendo. Adelante, puedes congelar todos los fondos. Ya no usaré tu dinero para nada. Te lo prometo.
—¿Ahora te haces la víctima? —dijo Danilo con ironía.
—Ah, y por favor, prepara los papeles del divorcio; te los firmaré esta vez.
Danilo elevó una ceja al escuchar lo que Rebeca estaba proponiendo.
—¿Un nuevo jueguito tuyo? ¿Ahora qué tramas? ¿Ahora que ya no tocarás mi dinero, quieres separarte de mí para que yo te deje parte de mi dinero?
—No, no quiero nada de ti, Danilo. Solo quiero que ambos seamos libres.
—Perfecto, es lo que he querido escuchar hace tiempo. Hace tiempo quiero mi libertad y no estar atado a ti un segundo más.
Rebeca asintió. —Perfecto. Ah, y no te preocupes, me iré de tu casa apenas firme los papeles. Necesito encontrar dónde quedarme.
—Eso no es mi problema —espetó Danilo sin saber el inmenso dolor que ella estaba sintiendo por dentro.
—No dije que lo fuera, solo te estoy informando lo que haré.
Rebeca giró lentamente. No quería llorar frente a Danilo. Solo quería encerrarse en la soledad de su habitación sin que nadie supiera lo que le estaba pasando.
Danilo se quedó de pie mirándola subir las escaleras a paso lento. Todo le resultaba extraño.
La repentina fragilidad de Rebeca se hizo visible a los ojos de Danilo y la imagen de la mujer fuerte e indomable que él conocía ya no estaba.