LNCrawler

19. Pacto con el diablo

El Precio Del Amor 18+ — booknet.com · All chapters

19. Pacto con el diablo

—¿Quién te hizo esto? —su voz sonaba peligrosamente controlada mientras apretaba la mandíbula.

—Me caí, señor. No es na…

—No me mientas, ¿me crees estúpido? ¿Recuerdas las reglas o debo recordártelas? —la interrumpió—. Esas marcas no son de una caída. Y no es la primera vez que me inventas esa estupidez.

El silencio se extendió entre ellos como un abismo. Juliette bajó la mirada.

—Mi padre —susurró finalmente—. Anoche. Estaba… bebiendo —dio un largo suspiro—, otra vez.

Danilo la soltó, apretó las manos en puños y se volvió hacia el ventanal. Por unos minutos que parecieron eternos, no dijo nada.

—Tu padre debe pagar por lo que hizo, no es la primera vez —fue una advertencia seca. Danilo recordaba muy bien que Juliette ya había llegado hace un tiempo con moratones en la cara.

Juliette lo miró sorprendida.

—Señor, él simplemente es un alcohólico y no sabe lo que hace. —Danilo giró a mirarla con el rostro endurecido.

—No intentes justificarlo, Juliette, eso no. Ya tu madre está así por su culpa. ¿Tú también quieres terminar así?

Juliette lo miró sorprendida. ¿Cómo él sabía todo de ella? Lo que Juliette no sabía era que Danilo sabía hasta cuántas veces se levantaba por las noches sin poder dormir.

Ella abrió la boca para decir algo, pero la voz gruesa y molesta de Danilo la interrumpió.

—Retírate —le dijo Danilo. Estaba demasiado molesto con ella y con ese hombre. Era inaudito que ella justificara un acto de violencia.

Juliette, sin decir nada, giró y salió de la oficina de su jefe.

Apenas la puerta se cerró, Danilo tomó su teléfono e hizo una llamada.

—Necesito que te encargues de algo —dijo. Su voz estaba cargada de una urgencia explícita, mezclada de rabia y poder.

El mensaje para el padre de Juliette fue claro.

«Si vuelves a ponerle una mano encima, te enviaré al otro mundo. Esta vez fue una advertencia. No habrá segunda»

Danilo era capaz de todo por demostrar su poder, pero también para cuidar lo que era suyo y no le importaba de quién se tratara.

La situación con Rebeca lo tenía cansado, pero finalmente ella decidió firmarle los papeles del divorcio. Luego mandó llamar a su abogado para pedirle que le prepare nuevamente los papeles actualizados en donde modificaba algunas cláusulas. No pensaba dejarle nada, pero algo había cambiado en él y decidió dejarle una cuenta bancaria, un departamento para poder vivir y un lujoso automóvil para su uso. Lo suficiente como para que ella pueda sobrevivir sin él, pensó Danilo.

—Apenas lo tengas listo, lo quiero —ordenó; su abogado asintió y salió nuevamente de su oficina. Danilo suspiró profundamente, recostándose completamente en su silla. De su mente no salía la imagen de su hija Alice con aquel hombre que él siempre consideró un buen amigo. Ahora solo lo consideraba un traidor. Y aunque había sido duro con Alice, él aún guardaba las esperanzas de que ella volvería, de que lo que tenía con ese hombre era solo un pasatiempo y que muy pronto la vería regresar. Con esa esperanza en su corazón, Danilo cerró los ojos para respirar hondo.

«No puedo perder todo»

Susurró mirando hacia arriba y entonces la imagen de Juliette vino a su mente. Al menos a ella la protegería el tiempo que durara a su lado.

Juliette volvía a su casa entrada la noche, con un nudo apresando su garganta; estuvo así todo el día. Sentía que su mundo se le venía encima.

El silencio que la recibió fue un alivio; su padre no estaba en casa aparentemente. Dejó escapar el aire que inconscientemente había estado conteniendo y apoyó la espalda contra la puerta cerrada por un momento, permitiéndose un instante de vulnerabilidad que nunca se mostraría en la oficina.

Caminó con pasos cansados hasta su habitación, los acontecimientos del día pesando sobre sus hombros como plomo. Las palabras de Danilo y luego su frialdad durante el día la tenían angustiada y una opresión en su pecho parecía que no la dejaba respirar.

Al llegar hasta la habitación, escuchó voces. Empujó la puerta entreabierta y encontró a Ellie recostada en la cama, con Digna acomodándole las almohadas. Su madre giró la cabeza lentamente al oírla entrar, y una débil sonrisa iluminó su rostro demacrado. El lado izquierdo de su boca permanecía caído, secuela del ACV que había cambiado sus vidas.

—¡Llegué! —exclamó, cambiando totalmente su ánimo para no mostrar lo cansada y triste que se encontraba, y antes de llegar a su casa había maquillado más su rostro para cubrir el moretón que, afortunadamente, ya estaba desapareciendo gracias a la pomada que su amiga Melissa le había dado, luego de haberle dado un sermón durante el almuerzo, totalmente preocupada por ella.

—¿Cómo estuvo tu día, cariño? —se acercó a Ellie y su hermana sonrió y, levantándose de la cama, la abrazó con fuerza.

—Súper bien —contestó y Juliette le acarició la mejilla. Luego se acercó a su madre y besó su frente.

—¿Todo bien, mamá? ¿Cómo te has sentido hoy? —le acarició la mejilla. Y luego le levantó la mano para dejar un beso en ella. Su madre, inmóvil, sin ninguna expresión, solo estaba allí, pero Juliette aún tenía esperanza de que iba a mejorar y volver a hablar.

—Ha tenido un buen día —intervino Digna—. Comió todo el almuerzo e hicimos los ejercicios nuevos que indicó el terapeuta.

Juliette le sonrió agradecida. Contratar a Digna había sido una de las pocas decisiones acertadas que habían tomado en medio del caos. La mujer cuidaba de su madre con dedicación y, aunque nunca lo mencionaba, también las protegía cuando Josué llegaba en sus peores momentos.

—¿Mi padre…?

—No, Juliette —dijo Digna en voz baja—, tu padre no ha regresado; no ha aparecido en todo el día.

Juliette sintió un nudo en el estómago. ¿Acaso Danilo había…? No, imposible. Él no iba a ser capaz de hacerle nada a su padre. ¿Verdad?

—Debe estar en algún bar —respondió, intentando sonar indiferente—. Volverá cuando se le acabe el dinero.

El zumbido de su teléfono interrumpió la conversación. Un número desconocido.

—¿Diga?

—¿Hablo con Juliette Moreau? —preguntó una voz formal femenina.

—Sí, soy yo.

—Le llamo del Hospital General Saint Mary. ¿Es usted familiar de Josue Moreau?

El tiempo pareció detenerse. Un frío repentino recorrió su espalda.

—Soy… soy su hija —respondió con voz temblorosa.

—Señorita Moreau, lamento informarle que su padre ha sido ingresado esta tarde. Ha sufrido un accidente y se encuentra en estado delicado. El médico a cargo sugiere que venga lo antes posible.

El teléfono casi se resbala de sus manos sudorosas. Digna la miraba con preocupación. Juliette se dio cuenta de que no había respondido.

—Voy para allá —logró decir finalmente.

Cuando colgó, Digna la observaba expectante.

—Es papá. Está en el hospital. Tuvo un… accidente —las palabras salían entrecortadas—. Tengo que ir.

—Por favor, Digna, necesito que te quedes con mamá y Ellie, por favor, hasta que vuelva.

—Claro que sí, no te preocupes, ve y avísame cualquier cosa.

Veinte minutos después, con el corazón latiendo desbocado, Juliette caminaba por los asépticos pasillos del hospital. La enfermera de recepción le había indicado la habitación 307, en la unidad de cuidados intermedios.

Al llegar, se detuvo en seco frente a la puerta entreabierta. A través del cristal, pudo ver una figura inmóvil en la cama. Respiró hondo y entró.

Lo que vio la dejó sin aliento. Su padre, el hombre que siempre había parecido tan imponente y aterrador, yacía conectado a múltiples máquinas. Su cabeza estaba completamente vendada y su rostro, casi irreconocible bajo los hematomas e hinchazón. Un collarín inmovilizaba su cuello y una de sus piernas estaba elevada, enyesada.

Josue Moreau, el hombre que tanto miedo le había causado, ahora parecía pequeño y frágil.

—Sufrió múltiples traumatismos —dijo una voz detrás de ella. Un médico de mediana edad la observaba desde la puerta—. Tres costillas fracturadas, conmoción cerebral, fractura en el fémur derecho. Alguien lo golpeó con mucha saña. La policía está investigando.

Juliette se acercó lentamente a la cama. Sus emociones eran un torbellino imposible de descifrar. Temor, alivio, culpa, resentimiento, todo mezclado en una tormenta interior que amenazaba con consumirla.

—¿Sabe quién pudo hacerle esto? —preguntó el médico.

Juliette recordó las palabras de Danilo esa mañana. La extraña coincidencia.

—No —respondió con voz hueca—. No tengo idea. Probablemente alguna pelea en alguna cantina. —Él es alcohólico —dijo Juliette y el médico asintió.

—Efectivamente, tenía un alto grado de alcohol en su sangre.

Juliette suspiró volviendo a mirar a su padre que yacía semimuerto en la cama.

No podía decir que su jefe probablemente sea el responsable de que su padre esté en ese estado.

Mientras observaba el rostro golpeado de su padre, un pensamiento cruzó su mente como un relámpago: había hecho un pacto con alguien mucho más peligroso de lo que había imaginado. De pronto la culpa la invadió cuando una sonrisa se dibujó en su rostro. No debería sentirse así; después de todo, su padre era el culpable de que su madre estuviera postrada en esa cama.

Y entonces Juliette supo que había hecho un pacto con un demonio que, paradójicamente, la había salvado del infierno.