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2. ¿Por qué me tratas así?

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2. ¿Por qué me tratas así?

Muchos meses después

Cerró los ojos mientras la embestía con rudeza, una, dos, mil veces más; su pequeño culo rebotaba contra su pelvis. Lo único que se oía eran sus gemidos, el gruñido ronco de Danilo intentando controlarlo y el sonido de la lluvia que golpeaba el ventanal del décimo piso del lujoso hotel.

Danilo tenía una suite reservada donde llevaba a sus amantes, sin repetir una sola jodida mujer. Una diferente. No le gustaba estar con la misma dos veces. Excepto una. Devine, esa pelinegra, una de las sumisas libres que disfrutaba de pasar de un amo a otro. Esa mujer sabía cómo complacer, dónde tocar, sabía cómo encender con una sola mirada y es que ella ya no era una jovencita, era una mujer de treinta y cinco años que sabía muy bien dónde tenía los pies, bien puestos en la tierra.

La castaña arqueaba su espalda, apretando el miembro de Danilo de una manera brutal. Quería exprimirlo; ella se había corrido muchas veces, pero él aún no lo había hecho.

En esos días le estaba costando mucho llegar al clímax. Necesitaba motivación extra que simplemente ver a una mujer desnuda no le proporcionaba. Había ido varias veces al club y nada lo complacía.

Había llegado a pensar que su vida se estaba convirtiendo en una completa monotonía. Que si seguía de esa manera iba a envejecer muy rápido.

La tomó del cabello levantando su cabeza y apoyándola contra su pecho; su mano bajó hasta su cuello y aceleró sus penetraciones. Ella gemía, gritaba, gozaba. Danilo cerró los ojos pensando en otra, aunque no quería hacerlo, aunque odiaba hacerlo, pero llegó pensando en ella.

Al fin pudo liberarse. Pero, como siempre, terminaba insatisfecho. Le faltaba algo de emoción a su vida. Ni siquiera ver a una mujer siendo azotada, a dos mujeres frotarse una con otra o ser penetrada por dos hombres le causaba ya satisfacción.

Emitió un fuerte gruñido y retiró su miembro. Observó su aún duro y erecto falo y retiró el látex para caminar hacia el baño, abrir la ducha y darse un rápido baño.

Tomó una toalla para retirar el exceso de agua de su piel, mientras volvía a la habitación. Observó a la castaña aún en la cama, mirándolo con una sonrisa, extasiada, complacida.

Pero el sonido de su teléfono que comenzó a sonar lo devolvió a la realidad. Dejó de mirarla y caminó hasta el mueble donde había dejado sus pertenencias.

Observó el número de su secretaria y contestó con prisa.

—Juliette —respondió llevando el teléfono al oído.

—Señor Brown, los jefes lo están esperando para la reunión, preguntan si va a llegar pronto.

—¡Mierda! Lo olvidé —gruñó.

—Pero si le avisé antes de que saliera a su almuerzo, señor —contestó ella.

—Lo sé, pero debiste llamarme nuevamente a avisarme, para eso te pago —se quejó molesto.

—Estoy ahí en cinco. —Colgó apretando el teléfono en sus manos antes de bajarlo y comenzar a vestirse con prisa.

—¿Me llamarás, guapo?

La castaña de quien él ya no recordaba su nombre se levantó con prisa, cubriendo su desnudez con la sábana blanca de la habitación.

—Algún día —dijo abotonándose la camisa. Sabiendo que era mentira, él no la volvería a llamar jamás.

—¿Algún día? —su tono de indignación no pasó desapercibido para Danilo, pero a él le daba más que igual.

—Pensé que la pasamos bien, que te gustó estar conmigo. —Él se permitió levantar la cabeza; su mirada se posó en el rostro serio y dudoso de la mujer a quien acababa de coger.

—Sí, no lo niego, pero… —Se abrochó el cinturón. —Lo que tú me diste me lo puede dar cualquiera.

—¿Me estás diciendo que soy una cualquiera? —la mujer enarcó una ceja, se cruzó de brazos y su rostro se tornó de un tono rojizo molesto.

—Cariño, aceptaste coger conmigo desde… mmm, el momento cero. Eso no te hace muy decente que digamos —jadeó haciéndose la santa.

—Eres un hijo de puta —gritó. Danilo, sin inmutarse, caminó hasta el mueble y guardó sus cosas en el bolsillo. —Cielo, créeme, soy peor que eso —le guiñó un ojo, tomó un billete de cien dólares y lo dejó sobre el mueble.

—Pide un taxi para volver a tu casa; la habitación está pagada.

—Maldito —gritó de nuevo la mujer y Danilo suspiró al ver sus falsas lágrimas

<Justo por este motivo que yo no repito y me gusta tener acuerdos tácitos, justamente por esto prefiero sumisas>

Susurró, abandonando la habitación.

Salió del hotel con prisa, subió a su coche, donde el chofer lo esperaba atento, siempre para lo que Danilo necesitase.

—A la oficina, ya, London —ordenó y él mismo se perdió en las calles de Manhattan

El bullicio de la oficina se fusionaba con el repiqueteo incesante del bolígrafo de Juliette contra su escritorio. Nerviosa, se mordía el dedo pulgar, esperando que su jefe se dignara a aparecer para la junta, llevando un retraso de más de media hora.

Aunque su función era administrar y coordinar la agenda del señor Brown, había veces en que debía hacer el papel de niñera también. Ese día, su mente estaba enfocada únicamente en una cosa: Danilo y la abrupta contestación de parte de él al colgar el teléfono.

Los documentos para la reunión estaban apilados meticulosamente sobre su escritorio, y había repasado mentalmente la agenda del día varias veces.

De repente, la puerta se abrió con un movimiento rápido. Danilo entró, proyectando una sombra intensa con su presencia. Caminaba con prisa y elegancia, aunque un vestigio del cansancio emocional colgaba de sus hombros. Juliette captó su exquisito aroma varonil y apretó las piernas debajo de su escritorio.

Se levantó con prisa cuando Danilo llegaba imperturbable, con el ceño fruncido y el rostro tenso.

—La próxima, toma el maldito teléfono y avísame antes, no importa si me llamas cien veces, me tienes que avisar —dijo mientras tomaba los papeles que Juliette le extendía y luego apresuró sus pasos hacia la sala de juntas, y ella detrás de él, todo lo que sus cortas piernitas le permitían.

—Le envié varios mensajes, señor —respondió Juliette.

Danilo se detuvo frente a la puerta de la sala de juntas, inspirando profundamente. Juliette lo observaba desde una corta distancia, sintiendo nuevamente ese nudo alojarse en su estómago. Aunque estaba acostumbrada a que Danilo la tratase siempre con indiferencia y algunas veces hasta malos tratos recibía de su parte, ese día particularmente parecía que Danilo la odiaba. Antes de entrar, él se giró un poco sobre sus hombros.

—Llamadas, no mensajes, no reviso mensajes y menos de ti —contestó entre dientes.

Juliette reprimió sus lágrimas y se mordió el labio inferior muy fuerte.

—Lo siento —fue todo lo que alcanzó a decir antes de que Danilo empujara la puerta e ingresara a la sala, donde todos giraron a mirarlo.

Juliette caminó y se posicionó en una esquina de la sala como siempre lo hacía. Sus sentimientos por Danilo eran más profundos de lo que alguien podía imaginarse. Pero ella misma se preguntaba cómo es que podía sentir amor por él cuando solo recibía malos tratos y palabras de desprecio. Ella lo admiraba; era el hombre más atractivo para el cual ella había trabajado. Era imposible no sentir atracción física hacia Danilo; era un hombre extremadamente atractivo y maduro. Esos eran el tipo de hombres con quienes Juliette siempre había soñado.

Danilo comenzó la reunión disculpándose por el pequeño retraso. Ella, hipnotizada, lo miraba, escuchando su voz gruesa; su rostro y facciones tan varoniles la llamaban, la invitaban a seguir deseándolo, deseando ser suya al menos una vez, pero eso jamás iba a pasar, porque ella era menos que el polvo que él pisaba. Al menos eso creía.

La reunión había concluido y los jefes de los diferentes departamentos comenzaron a salir de la sala, dejando un rastro de formalidad y decisiones pendientes en el aire. Juliette, ocupándose de sus notas, levantó la vista para ver cómo se acercaba el jefe de recursos humanos. Le susurró algo en el oído que la hizo sonreír, un comentario ligero que iluminó momentáneamente el cansancio acumulado del día.

A medida que la sala se vaciaba, las voces se apagaron hasta que solo quedaron Danilo, Gerardo <el director financiero> y Juliette, que aún organizaba sus papeles. La tensión en el ambiente era tensa, y parecía crecer con cada minuto silencioso que pasaba.

Finalmente, Danilo se volvió hacia Juliette sin mirarla al rostro, con su expresión aún seria. Gerardo levantó la mirada de sus documentos, contemplando el intercambio con curiosidad cautelosa.

—Juliette, no hace falta recordarte que las relaciones entre empleados están estrictamente prohibidas —declaró Danilo, con la voz gélida, dejando caer las palabras como dagas sobre ella.

Juliette quedó perpleja por un instante, sus dedos congelados mientras procesaba lo que acababa de escuchar. Lejos de ser una simple aclaración, el tono de Danilo había transformado la observación en un reproche.

—Yo… no entiendo, señor Brown. ¿He hecho algo inapropiado? —preguntó con esa voz suave que atormentaba a Danilo de una forma enferma.

Danilo soltó un suspiro que resonó como un eco; su expresión mantenía un velo de autoridad.

Gerardo, siempre observador, miraba la interacción con interés.

Juliette sintió un nudo de confusión creciendo en su estómago, acompañado de una sensación de injusticia. Sabía que había mantenido siempre su profesionalismo, entonces, ¿por qué esa advertencia?

Juliette tomó un profundo respiro, reuniendo la fuerza para sostenerse firme.

—No he roto ninguna regla —dijo, con la voz clara y decidida, aunque sus ojos buscaban en los de Danilo una explicación más personal que profesional.

Danilo no tenía la respuesta inmediata, sumergido en un mar de emociones confusas.

Juliette, por su parte, sintió un miedo inusitado.

Un silencio incómodo se consolidó entre ellos, interrumpido solo por el movimiento de Gerardo, quien, tras unos instantes de reflexión, miró a Juliette, dándole una sonrisa de apoyo.

—Retírate —ordenó Danilo brusco como siempre, sin mirarla. Ella estaba a punto de derramar más lágrimas, pero no lo haría. No le daría el gusto de verla flaquear.

Sin pronunciar más palabras, Juliette salió de la sala, dejando a Danilo a solas con sus pensamientos mientras su amigo lo observaba con curiosidad.

La puerta se cerró con un leve crujido detrás de Juliette, dejando atrás la tensión en la sala de juntas. Caminó con pasos firmes, pero temblorosos, hacia su escritorio, luchando por mantener la compostura. La advertencia de Danilo sonaba en su mente; cada palabra era como un filo cortante que amenazaba con hacer añicos su fragilidad.

Mientras arreglaba algunos papeles en su escritorio con las manos totalmente temblorosas y su lapicero cayó al suelo, la realidad de sus sentimientos la golpeó con fuerza.

Se inclinó para recoger su lapicero y se derrumbó por completo. Lloró; ya no pudo soportarlo. Se mordió muy fuerte los labios y se secó las lágrimas con las manos. Recomponiéndose rápidamente.

Volvió a acomodarse en su silla, intentó dibujar una sonrisa en su perfecto rostro para todo aquel que la mirase y que nadie se diera cuenta de que había estado llorando.

Sin embargo, la reacción de Danilo había sido como un jarro de agua fría, sugiriendo que los límites que ni ella misma ya entendia.

Bajó la vista con tristeza hacia la fotografía que tenía en un marco discreto. Era de su madre y su hermana, una instantánea de un momento donde la felicidad parecía tan sencilla. Cerró los ojos un instante, respirando profundamente para dominar el impulso de las lágrimas que amenazaba con volver nuevamente. No podía dejar que las emociones nublaran su juicio, no ahora.

Entretanto, en la sala de juntas, Danilo y Gerardo se miraban en un incómodo silencio. Danilo, aun sintiendo el ardor de sus palabras, caminó hasta la ventana para observar la vibrante vida de Manhattan que se desarrollaba debajo.

—¿Era necesaria tal acotación? —preguntó Gerardo, con la voz matizada por una mezcla de preocupación y reproche.

—Se supone que debo mantener el orden en esta oficina, Gerardo, soy el jefe —contestó Danilo, sin apartar la vista del paisaje urbano.

—Lo entiendo. Pero creo que fuiste muy duro. Juliette es más que un nombre en una lista de empleados; ella es tan profesional, jamás haría nada inadecuado —insistió Gerardo.

Danilo suspiró, volviendo su atención a Gerardo. —Parece que la conoces demasiado bien —dijo con un tono menos que sugería algo. Una extraña molestia se arremolinaba dentro de él.

Gerardo lo miró atentamente, capturando la avalancha de emociones que pasaban fugazmente por el rostro de Danilo. —Si no la quieres como secretaria, pide a recursos humanos su cambio y que te traigan otra —sugirió. La amistad entre ellos había soportado mucho, y Gerardo no quería que se perdiera por un momento pasajero de testarudez.

Danilo lo fulminó con la mirada.

—No digas tonterías —gruñó apretando el respaldo de la silla donde hacía minutos estuvo sentado. Gerardo sonrió, levantó ambas manos al aire. Se había dado cuenta de lo que estaba pasando. Gerardo era su amigo desde la universidad; lo conocía demasiado bien.

—Entonces cambia tu jodido humor o harás que ella se harte de ti y renuncie —dijo Gerardo levantándose mientras recogía sus papeles y salió de la sala de juntas dejando a Danilo solo.

Juliette vio a Gerardo caminando hacia ella, le regaló una sonrisa y pasó. Detrás de él apareció su jefe con el ceño fruncido y el rostro de odio; ni siquiera le dedicó una mirada a Juliette. Ella suspiró, bajó la cabeza y luego solo el impacto de la puerta cerrándose con brusquedad retumbó en su mente.

La oscuridad comenzaba a envolver el cielo sobre Manhattan cuando Danilo finalmente llegó a casa, acompañado por el cansancio que arrastraba tras un largo día de trabajo.

Mientras se quitaba la corbata y a punto de subir las escaleras, oyó pasos suaves que anunciaban los pasos de Rebeca. Danilo sintió una punzada de impaciencia, pero se obligó a respirar profundamente y a tratar de mantener la calma. Esa batalla diaria era cada vez menos insoportable.

—Necesito que hablemos —dijo Rebeca; su voz sonó fuerte en la quietud del lugar.

Danilo alzó la vista, encontrando su expresión entre el reproche y la súplica.

—Tú y yo no tenemos nada de qué hablar.

El silencio pesaba entre los dos, tenso como una cuerda de un arco a punto de romperse. Pero Rebeca no retrocedió. —¿Por qué me has cortado mis dos tarjetas de crédito? —preguntó ella, con indignación palpitando en cada palabra.

Danilo cruzó los brazos, su semblante reflejando frustración, pero también una resolución naciente. —Tienes suerte de que aún tengas una. —Podrías ponerte a trabajar si quieres dinero —dijo él con firmeza, sabiendo que cada palabra era un ladrillo en el muro que había decidido levantar entre su pasado y el presente que intentaba reconstruir.

Rebeca pareció tambalearse un poco, como si Danilo la hubiera golpeado con sus palabras. —No me merezco esto, Danilo. Yo… —comenzó a decir, pero se detuvo, reconociendo la inutilidad de sus lamentos ante su silencio expectante y luego una sonrisa de maldad en el rostro de Danilo.

—En realidad no te mereces nada, tienes suerte de que aún vives en esta casa, que nunca le conté a nadie de tu infidelidad, que tu hija no sepa de la clase de madre que tiene.

—No metas a Alice en esto —reclamó.

—Tienes razón, Alice no debería estar en nuestra conversación; al final de cuentas, nunca la quisiste y entiendo por qué. Y me alegro mucho de que se haya ido lejos de ti.

Danilo subió las escaleras. —¿Qué quieres decir con eso? —ella subió detrás mientras gritaba con reproche a su espalda. Pero poco le importó a Danilo y le cerró la puerta de la habitación que ocupaba en la cara.

Se frotó el rostro y suspiró con pesar.

<Me volveré loco, lo juro, no puedo seguir estando cerca de ti o haré una tontería de la cual me arrepentiré después>