20. Un poco de paz
La noche anterior había sido interminable para Juliette. Las imágenes de su padre en aquella cama de hospital se mezclaban con las palabras de Danilo, creando una tormenta que no le permitió conciliar el sueño. La culpa y el alivio libraban una batalla en su interior, mientras las manecillas del reloj avanzaban implacables hacia la mañana.
Llegó a la oficina con quince minutos de anticipación, como siempre. Sus dedos temblaban ligeramente mientras organizaba los documentos del día y encendía su computadora. El silencio de la oficina, aún vacía, resultaba opresivo; ella solo oía los latidos de su corazón.
A las 8:15 en punto, el ascensor privado anunció la llegada de Danilo. Como cada mañana, su presencia llenó el espacio con una energía dominante que parecía comprimir el aire alrededor. Sin embargo, hoy había algo diferente en la forma en que sus ojos se posaron sobre ella. Algo hambriento, primitivo.
—Buenos días, Juliette —saludó con aquella voz profunda que parecía vibrar dentro de ella—. Mi café, por favor —dijo con suavidad. Entonces Juliette supo que él estaba de buen humor.
—Enseguida, señor —respondió Juliette, agradeciendo que su voz sonara más firme de lo que se sentía.
Mientras preparaba el café, exactamente como a él le gustaba, sentía su cuerpo tembloroso.
Con la taza humeante, caminó directo hacia la oficina y llamó suavemente a la puerta de su oficina y entró tras escuchar su autorización. La amplia estancia, dominada por cristal y acero, reflejaba a la perfección la personalidad de su jefe: fría, moderna, imponente.
Danilo estaba recostado en su silla de cuero negro, con una postura aparentemente relajada que, sin embargo, desprendía poder en cada línea de su cuerpo. Sus ojos oscuros la siguieron mientras ella se acercaba al escritorio.
—Tu café —dijo Juliette, depositando la taza sobre la superficie. Al fin había dejado de hablarle de usted.
Se enderezó, preparándose para retirarse, cuando la voz de Danilo la detuvo.
—¿Cómo estás? —preguntó con un tono que oscilaba entre la cortesía profesional y algo íntimo.
—Bien, gracias —respondió ella automáticamente, aunque la pregunta la tomó por sorpresa.
Una sonrisa apenas perceptible curvó los labios de Danilo cuando se levantó como un depredador para acercarse a ella. Juliette sentía que con cada acercamiento el aire se hacía escaso en sus pulmones.
—El dinero ya está depositado en tu cuenta —anunció sin preámbulos—. Los primeros cincuenta mil son tuyos, puedes usarlos cuando quieras.
Juliette sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Una emoción abrumadora la invadió, mezclando alivio, gratitud y una vergüenza que intentó ignorar. Su madre podría recibir el tratamiento; una vida mejor se vislumbraba frente a ella. Esa realidad eclipsaba temporalmente todo lo demás.
—Gracias —murmuró.
—También esto es tuyo —continuó él, extrayendo una llave plateada de su bolsillo y colocándola sobre el escritorio.
Juliette arrugó el ceño, confundida.
—¿Qué es esto? —preguntó, tomando la llave con cautela.
—Tu nuevo departamento —respondió Danilo con naturalidad, como si estuviera comentando el clima—. Podrás llevar a tu madre y a tu hermana contigo. Saldrás de esa casa —el tono de estas últimas palabras dejó claro que no era una sugerencia, sino una orden.
Ella pestañeó lentamente; sus ojos estaban abiertos de par en par, intentando procesar la información. Todo estaba sucediendo demasiado rápido.
—Quiero que empaques tus cosas —continuó él, bajando la voz—. Y cuando esté todo listo, mis guardias te harán la mudanza.
Juliette permaneció inmóvil, incapaz de articular palabra. La llave en su mano parecía pesar una tonelada.
—Pero hoy a la noche te quiero para mí —añadió Danilo, y el hambre en sus ojos se intensificó—. Totalmente entregada. Iremos a un lugar —le acarició la mejilla derecha con sus nudillos, justo en el lugar que se veía el moretón ya casi invisible. Y luego, sin preámbulos y con hambre, la tomó de la nuca y le devoró la boca con hambre. Juliette se estremeció al sentir el calor que traspasaba ese gran cuerpo que la tenía atrapada. Sus labios se movían sobre los de ella con desespero, con ansias y deseo. El aire a su alrededor se sentía caliente y ella vibraba ante ese beso tan desesperado.
La lengua de Danilo comenzó a hacer estragos dentro de ella. El calor en su sexo comenzó a subir de nivel y sentía que comenzaba a mojar como si fuera un manantial. Por su parte, el miembro de Danilo comenzó a levantarse emocionado y ansioso. Motivo que lo obligó a separarse de su pequeña secretaria. Luego de mirarla directamente a los ojos, ver sus mejillas sonrosadas y delinear sus pequeños labios, la soltó y se alejó de ella, acomodando la entrepierna de su pantalón. Luego se pasó las manos por su cabello y se frotó la barbilla.
En el transcurso del día te daré más indicaciones —hizo una pausa y luego, con un gesto de su mano, concluyó—: Ahora puedes retirarte.
Juliette temblaba, su respiración estaba totalmente descontrolada, todos sus nervios se disiparon, dejándola en una nube de algodón, como si estuviera flotando en el aire. Su humedad entre sus pliegues le recordaba que Danilo era capaz de llevarla al cielo con solo un beso.
Danilo la seguía mirando intensamente y eso la obligó a volver a su realidad y acatar la orden que le había dado.
Asintió mecánicamente y dio media vuelta, sus piernas moviéndose por puro instinto. Cuando cerró la puerta tras de sí, se apoyó contra ella por un momento, la respiración aún totalmente acelerada, el corazón martilleando en su pecho.
Luego miró la llave que tenía en su mano, aquella que había estado apretando muy fuerte sin darse cuenta; ese pequeño objeto metálico representaba libertad. El dinero en su cuenta significaba salud para su madre. Pero ambos tenían un precio y no le parecía tan descabellado porque ella también lo disfrutaba.
El reloj de pared marcaba las 12:35 cuando el timbre del ascensor anunció la llegada de alguien. Juliette levantó la vista de la pantalla del ordenador para encontrarse con un mensajero uniformado que sostenía una caja rectangular envuelta en papel negro mate.
—¿Señorita Juliette Moreau? —preguntó el joven consultando su tableta electrónica.
—Soy yo —respondió ella, irguiéndose en su asiento.
—Paquete para usted —anunció con una sonrisa profesional—. Necesito su firma aquí, por favor.
Juliette firmó el documento digital con manos ligeramente temblorosas. El mensajero le entregó el paquete con un “que tenga un buen día” y desapareció por donde había venido. Juliette quiso mostrarse sorprendida, pero la verdad, a esas alturas, ya nada la sorprendía.
La caja era más pesada de lo que parecía. Juliette miró hacia la puerta cerrada de Danilo, confirmando que seguía en su videoconferencia. Con dedos nerviosos, desató el elegante lazo de satén que mantenía cerrado el envoltorio y abrió la caja sobre su escritorio.
El contenido la dejó sin aliento.
Un vestido negro de seda yacía perfectamente doblado, tan oscuro que parecía absorber la luz a su alrededor. Al levantarlo ligeramente, Juliette pudo apreciar el corte que prometía ajustarse como una segunda piel. Bajo el vestido encontró un par de zapatos de tacón imposiblemente altos con suelas rojas que gritaban lujo en cada centímetro, y una delicada caja de terciopelo que contenía un collar de pequeñas perlas que brillaban con un suave resplandor iridiscente.
Entre los pliegues del papel de seda, un sobre plateado brillante llamó su atención. Lo abrió con el corazón acelerado y sacó una tarjeta escrita con la caligrafía firme y elegante que ya reconocía.
<Usarás esto para mí esta noche. Sin ropa interior. Cabello recogido en una cola alta. Pasaré por ti a las ocho. Te vas a retirar a las 5 en punto de la oficina para poder arreglarte>Fue una orden tácita. El calor subió por su cuello hasta sus mejillas. La idea de estar desnuda bajo aquel vestido, preparada específicamente para él, despertó sensaciones contradictorias que no quiso analizar demasiado.
El timbre del elevador sonó nuevamente, sobresaltándola. Cerró la caja apresuradamente y la guardó en el mueble archivador detrás de su escritorio justo cuando las puertas se abrieron.
Gerardo Alcocer, el director financiero, caminó hacia ella con esa confianza relajada que siempre portaba. A sus cuarenta años, con su cabello castaño perfectamente peinado y su traje impecable, era la imagen de la elegancia corporativa. Y, como siempre, sus ojos se iluminaron al verla.
—Hola, hermosa Juliette, ¿cómo has estado? —preguntó con una sonrisa que mostraba sus dientes perfectamente blancos.
Juliette asintió, devolviéndole la sonrisa por cortesía, aunque su mente seguía fija en el contenido de aquella caja y lo que significaba para esa noche.
—Muy bien, señor, ¿y usted? —respondió, intentando que su voz sonara normal.
—Mejor imposible ahora que te veo —replicó él, apoyándose ligeramente en el borde de su escritorio.
El cumplido hizo que las mejillas de Juliette, ya cálidas por los pensamientos sobre el vestido, se encendieran aún más. Gerardo siempre había sido amable con ella, demasiado amable quizás. En otras circunstancias, tal vez habría considerado sus atenciones halagadoras, incluso tentadoras. Pero ahora, con el peso del acuerdo que había hecho, sentía sus cumplidos como una complicación innecesaria.
—¿Tu jefe está? —preguntó él, mirando hacia la puerta cerrada de la oficina principal.
—Sí, puede pasar, señor —confirmó ella, esperando que la conversación terminara pronto.
Pero Gerardo parecía tener otros planes.
—¿Qué tal está de humor? —continuó, claramente buscando prolongar la interacción.
—Como siempre —respondió Juliette con una pequeña sonrisa educada.
—Eso puede significar muchas cosas —rio Gerardo, manteniendo sus ojos fijos en ella.
En ese momento, el intercomunicador sonó. Danilo había mirado la pantalla con las cuadrículas de las imágenes de las cámaras de seguridad que tenía en su oficina, para tener todo lo que quería bajo su mirada, especialmente a su dulce secretaria.
—Juliette, ¿está Gerardo ahí fuera? Lo estoy esperando —la voz de Danilo sonaba impaciente.
—Sí, señor Brown está aquí —respondió ella, sintiendo un extraño alivio por la interrupción.
Gerardo suspiró dramáticamente.
—El deber llama —dijo con una sonrisa resignada—. ¿Almorzamos juntos algún día de estos?
Antes de que Juliette pudiera responder, la puerta de la oficina de Danilo se abrió de golpe. Él estaba de pie en el umbral, su mirada oscura pasando de su director financiero a Juliette con una intensidad que pareció cambiar la temperatura de la habitación.
—Gerardo, te estamos esperando en la videoconferencia —dijo con un tono que no admitía réplica—. Juliette, necesito esos archivos de Harris International en mi ordenador en cinco minutos.
Y con eso, volvió a entrar en su oficina, dejando la puerta abierta para Gerardo.
—El ogro ha hablado —murmuró Gerardo con una sonrisa cómplice hacia Juliette antes de enderezarse y dirigirse hacia la oficina—. Continuaremos nuestra conversación en otro momento.
Cuando Gerardo desapareció tras la puerta, Juliette soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo. Su mirada se dirigió involuntariamente hacia el mueble donde había guardado la caja. La tarjeta con sus instrucciones parecía arder en su mente.
Ocho en punto. Sin ropa interior. Completamente entregada.
El reloj marcaba la 1:15. Faltaban menos de siete horas para que su nueva vida comenzara realmente.
El reloj digital del tablero del taxi marcaba las 5:30 cuando Juliette finalmente llegaba a casa. Durante todo el trayecto, había revisado obsesivamente la aplicación bancaria en su teléfono, como si los cincuenta mil dólares pudieran desaparecer en cualquier momento. Pero ahí seguían, brillando en la pantalla: “$50,000.00 – Disponible”.
Real. Tangible. La salvación de su madre y su pequeña familia.
La llave del nuevo departamento parecía pesar una tonelada en su bolso, un recordatorio físico del pacto que había sellado. Mientras caminaba hacia la habitación de aquella casa que pronto dejaría atrás, una mezcla de alivio y aprensión bullía en su interior. Aún pensaba en su padre en el hospital, que según los médicos, seguía igual.
Digna estaba sentada junto a la cama de su madre, leyéndole un libro con voz pausada, mientras Ellie, su hermana, estaba concentrada en sus deberes escolares en la pequeña mesa de la esquina.
—Digna, ¿podríamos hablar un momento? —pidió Juliette después de saludar.
En la cocina, lejos de oídos curiosos, Juliette le expuso su situación, omitiendo, por supuesto, los detalles más comprometedores.
—Necesito salir esta noche. Es… una cena importante con mi jefe —explicó, sintiendo que sus mejillas se calentaban ante la media verdad—. ¿Podrías quedarte con mamá y Ellie hasta mañana? Te pagaré el doble.
Los ojos cansados de Digna se iluminaron brevemente.
—Por supuesto, Juliette. Puedo quedarme todo el tiempo que necesites.
La gratitud de Juliette era genuina. Sabía que Digna atravesaba su propia crisis: un hijo con una enfermedad crónica y un esposo recientemente desempleado. El dinero extra le vendría bien.
—Volveré sobre las 7:30 para quedarme toda la noche —añadió Digna—. No te preocupes por nada.
Cuando Digna se marchó, Juliette volvió a la habitación y se acercó a Ellie, quien mordisqueaba la punta de su lápiz frente a una página de ejercicios de matemáticas. Se arrodilló junto a ella, sintiendo un amor tan grande que casi dolía físicamente.
—Tengo un secreto —susurró, y los ojos de Ellie, tan parecidos a los suyos, se agrandaron con curiosidad—. Pero no puedes contárselo a nadie todavía, ¿me lo prometes?
Ellie levantó su mano derecha con solemnidad, juntando su pulgar con el índice en su gesto habitual de promesa secreta.
—Nos vamos a mudar —reveló Juliette—. A un lugar mejor, más bonito. Pronto.
La reacción fue instantánea. Ellie dejó escapar un pequeño grito ahogado y se lanzó a los brazos de su hermana con tanto ímpetu que casi la derriba.
—¿De verdad? ¿Ya no tendremos que vivir aquí? ¿Papá tampoco? —las preguntas salían atropelladas, mezcladas con la esperanza y el miedo.
Juliette la abrazó fuertemente, sintiendo la fragilidad de su cuerpecito contra el suyo.
—Solo nosotras. Tú, mamá y yo —respondió, acariciando su cabello—. Y estaremos a salvo.
Después de separarse de Ellie, Juliette se acercó a la cama donde su madre permanecía inmóvil, atrapada en un cuerpo que ya no respondía como antes. Se sentó en el borde del colchón y tomó sus manos, frías y ligeramente rígidas.
—Mamá —comenzó, con un nudo en la garganta—. Ya no tendrás que preocuparte por nada. El tratamiento que necesitas, un lugar seguro para vivir, todo está solucionado.
Una lágrima solitaria resbaló por la mejilla de su madre, cuya expresión permanecía inalterada. Pero Juliette sabía que la escuchaba, que entendía cada palabra.
—Pronto estaremos bien, tranquilas y a salvo —continuó, apretando suavemente sus manos—. Todo estará bien, mamá —repitió
Se inclinó para besar repetidamente su frente, buscando transmitir toda la seguridad que ella misma no sentía. Luego, con un suspiro, se incorporó. El reloj no perdonaba y tenía poco tiempo para prepararse.
La ducha fue meticulosa, como si pudiera lavar con agua caliente los nervios que se acumulaban en su estómago. Se depilaba las piernas por segunda vez ese día, asegurándose de que su piel quedara perfectamente suave. Lavó su cabello con el champú más caro que tenía, un pequeño lujo que se permitía de vez en cuando.
Mientras aplicaba la crema hidratante sobre cada centímetro de su piel, sus pensamientos vagaron hacia lo que vendría. ¿Qué esperaría Danilo de ella exactamente? La idea de estar desnuda bajo aquel vestido de seda, preparado específicamente para él, enviaba escalofríos contradictorios por su columna.
Se maquilló con precisión, siguiendo tutoriales que había visto para ocasiones especiales. Sombra ahumada que resaltaba el verde de sus ojos, labios en un tono borgoña que hacía juego con sus uñas recién pintadas. Su reflejo en el espejo le devolvió la imagen de una mujer que apenas reconocía.
Cuando finalmente se deslizó dentro del vestido negro, la sensación de la seda contra su piel desnuda fue electrizante. El corte era perfecto, como si hubiera sido creado específicamente para su cuerpo. Se recogió el cabello en una cola alta, tal como él había ordenado, dejando expuesta la línea de su cuello.
Las perlas, frías al principio, se calentaron rápidamente contra su piel mientras las ajustaba. Los tacones añadieron diez centímetros a su estatura y una ondulación diferente a su caminar.
Cuando bajó las escaleras, Ellie dejó escapar un pequeño jadeo.
—¡Pareces una princesa! —exclamó con admiración.
Digna, que había regresado puntualmente, asintió con aprobación.
—Está deslumbrante, señorita Juliette —comentó con una sonrisa cálida—. Su jefe quedará impresionado.
Juliette no pudo evitar sonrojarse, sintiendo que aquellas palabras contenían más verdad de la que Digna podía imaginar.
—Gracias —murmuró, y luego se volvió hacia Ellie—. Pórtate bien con Digna, ¿de acuerdo? Y ayúdala con mamá.
El reloj de la pared marcaba las 7:55 cuando el sonido de un motor poderoso rompió el silencio de la calle. Juliette se acercó a la ventana y vio un Aston Martin negro detenerse frente a la casa. Su corazón dio un vuelco.
—Ya está aquí —susurró, más para sí misma que para las demás.
Tomó su pequeño bolso de mano, verificó por última vez su aspecto en el espejo del recibidor y respiró profundamente. Era el momento de comenzar a pagar el precio de su libertad.
Con un último adiós a Digna y un abrazo a Ellie, abrió la puerta y salió al porche. La figura de Danilo, impecable en un traje negro que hacía juego con el automóvil, la esperaba apoyado contra el vehículo. Cuando la vio, su mirada se oscureció con algo primitivo que hizo que el estómago de Juliette se contrajera.
Mientras caminaba, cada paso acercándola a él, su mente y sus sentimientos se habían vuelto un completo caos.
Juliette no tenía idea de a dónde la llevaría esa noche. Solo sabía que, sin importar lo que sucediera, ya no había vuelta atrás.