22. Deseo extremo
El sábado amaneció con un cielo despejado, casi burlándose de la tormenta interior que Juliette llevaba consigo. Despertó temprano, con el cuerpo aún vibrante por los recuerdos de la noche anterior, pero con una nueva misión para el día: visitar a su padre en el hospital.
Se preparó en silencio para no despertar a nadie. Digna ya estaba levantada, preparando el desayuno para su madre y Ellie. La mujer le sonrió al verla.
—¿Vas a salir temprano, linda? —preguntó mientras batía unos huevos.
—Sí —respondió Juliette, sirviéndose una taza de café. —Voy al hospital a ver a mi padre.
Digna asintió sin hacer comentarios. No necesitaba hacerlos. Había sido testigo suficientes veces de los gritos, las amenazas y el terror que el padre de Juliette sembraba en la casa cuando aparecía borracho a altas horas de la madrugada.
—Tu madre pasó buena noche —dijo en cambio. —Y Ellie está entusiasmada porque le prometiste llevarla al parque esta tarde.
Juliette sonrió. —No lo he olvidado. Volveré en poco tiempo.
Se despidió con un beso en la mejilla de Digna y se dirigió hacia la puerta, deteniéndose un momento para observar a su madre, quien dormía pacíficamente. La mitad de su rostro permanecía inmóvil, como una máscara de cera. El ACV le había robado no solo la movilidad, sino también parte de su espíritu. Elena, su madre, que una vez fue una mujer llena de vida y risas, ahora apenas podía esbozar una sonrisa torcida.
Y todo por culpa de ese hombre que juró amarla y cuidarla. Por esa última golpiza que le había dado, esa que resultó en un coágulo que viajó hasta su cerebro y detonó como una bomba silenciosa, destruyéndolo todo a su paso.
Juliette respiró hondo y salió de la casa. El aire fresco de la mañana la ayudó a despejar su mente mientras caminaba hacia la parada buscando un taxi.
El Hospital General Saint Mary no era un lugar lujoso, pero mantenía estándares decentes. Juliette avanzó por los pasillos con la familiaridad de quien ha recorrido demasiadas veces un camino que preferiría olvidar.
La habitación 307 estaba igual que siempre. El sonido monótono de los monitores, el olor a desinfectante y, en la cama, la figura demacrada de su padre, un hombre cuya presencia alguna vez había llenado la casa de terror, reducido ahora a un cascarón frágil y amarillento.
—Hola, papá —dijo Juliette, más por costumbre que por sentimiento. No esperaba respuesta y no la obtuvo.
Se sentó en la silla junto a la cama y observó a su padre. Los tubos que salían de su nariz, la vía intravenosa en su brazo, el monitor que marcaba sus constantes vitales. ¿Cómo alguien que había causado tanto dolor podía verse tan inofensivo ahora?
Después de unos minutos, el doctor Ramírez entró en la habitación. El doctor Ramírez también era médico de la madre de Juliette.
—Juliette, qué bueno verte —saludó con una sonrisa. —¿Cómo está tu madre?
—Estable —respondió ella.
El doctor asintió. —Me alegra oír eso. —Luego miró a Josue y su expresión se volvió más seria. —En cuanto a tu padre, no hay cambios significativos. Pero… —Se detuvo un rato analizando las palabras, mirándolo antes de volver a hablar—. Sus niveles hepáticos siguen siendo críticos, Juliette.
Juliette abrió los ojos de par en par, procesando la información. —¿También tiene problemas hepáticos?
El doctor asintió.
—Estamos haciendo todo lo posible, pero el daño en su hígado es irreversible.
Juliette quedó pensativa; al parecer su padre ya no viviría por mucho tiempo.
Después de revisar los monitores y hacer algunas anotaciones, el doctor se despidió, dejando a Juliette sola con su padre nuevamente.
Y entonces llegó. Esa sensación. Un alivio culpable que se extendió por su pecho como una marea cálida. No había cambios. Su padre seguía atrapado en ese limbo entre la vida y la muerte, y una parte de ella —una parte que odiaba reconocer, pero que no podía negar— se alegraba por ello.
Porque mientras él estuviera así, no podría volver a casa a descargar su furia contra ella o su madre. No habría más noches de terror, escondiéndose en el armario con Ellie mientras escuchaban cómo su madre suplicaba que se detuviera. No más moretones que ocultar, no más excusas inventadas para explicar las ausencias en el trabajo o los moretones en la cara.
Una sonrisa involuntaria se dibujó en sus labios, y el horror de ese gesto la golpeó inmediatamente. ¿En qué clase de persona se estaba convirtiendo? ¿Cómo podía alegrarse del sufrimiento de otro ser humano, incluso si ese ser humano era el arquitecto de tantas de sus pesadillas?
“No puedo”, murmuró, borrando la sonrisa de su rostro. “No puedo ser esa persona.”
Se levantó y se acercó a la ventana, observando la vida que continuaba afuera. Personas que entraban y salían del hospital, cada una cargando sus propias historias, sus propios dolores, sus propias esperanzas.
Danilo apareció en sus pensamientos entonces, tan súbitamente que casi pudo sentir su presencia a su lado. ¿Qué pensaría él si supiera que se alegraba por el estado de su padre? ¿Vería en ella a alguien roto más allá de toda reparación? ¿O entendería, como parecía entender tantas otras cosas sobre ella, que su alegría no nacía de la crueldad sino del miedo?
“El perdón no es para él”, le había dicho una vez su terapeuta, en esas sesiones a las que había asistido brevemente antes de que el dinero se volviera demasiado escaso. “El perdón es para ti, para que puedas continuar.”
Juliette volvió a mirar a su padre. Este hombre había destrozado a su familia, había roto a su madre no solo física sino emocionalmente, y había robado la infancia de Ellie. Había convertido a Juliette en una adulta prematura, cargándola con responsabilidades para las que no estaba preparada.
Y aun así… aun así era su padre. El mismo que, en sus raros momentos de sobriedad, les había llevado helado y las había hecho reír con historias inverosímiles. El que alguna vez, antes de que el alcohol se lo llevara demasiado lejos, había sido capaz de amor.
“No te perdono”, dijo en voz baja, acercándose nuevamente a la cama. “Pero tampoco te deseo esto. No quiero cargar con ese peso también.”
Rozó ligeramente la mano de su padre con la suya, el primer contacto voluntario que tenía con él en años. No sintió nada. Ni odio, ni amor, solo una especie de tristeza resignada por lo que podría haber sido y nunca fue.
Juliette acababa de atravesar las puertas automáticas del hospital cuando su teléfono vibró en el bolsillo. El nombre de Danilo apareció en la pantalla, y su corazón dio un vuelco instantáneo. Dudó un segundo, antes de contestar, como si necesitara prepararse para escuchar esa voz que la noche anterior le había susurrado tantas cosas.
—¿Hola? —respondió, intentando que su voz sonara normal, aunque sentía un nudo en la garganta.
—Pequeña —la voz de Danilo era profunda, segura, con ese tono que parecía acariciarla incluso a través del teléfono. —¿Interrumpo algo importante?
Cerró los ojos ante esa palabra. “pequeña”
—No, señor, no interrumpe nada.
—Perfecto. —Hubo una pausa, y Juliette pudo imaginar la sonrisa de Danilo al otro lado de la línea. “Pasaré por ti esta noche. A las nueve.
No era una pregunta ni una sugerencia. Era una afirmación, una decisión ya tomada. Y extrañamente, esa certeza, esa ausencia de duda en su voz, provocó en Juliette una oleada de calor que recorrió todo su cuerpo.
—¿Algo especial, señor? —se atrevió a preguntar, bajando instintivamente la voz, aunque no había nadie cerca para escucharla.
—Sí —respondió él, y su tono se volvió más íntimo. —Sin ropa interior, un vestido corto, pelo suelto, labial rojo —fueron sus órdenes.
Juliette tragó grueso.
—Está bien, señor —murmuró, sintiendo cómo su rostro se encendía.
Ella cerró los ojos. Imágenes de la noche anterior inundaron su mente: las sensaciones intensificadas, la libertad que encontró en la entrega. Su cuerpo reaccionó inmediatamente ante esos recuerdos, y sintió una humedad cálida entre sus piernas, un palpitar insistente que le recordaba cuánto había disfrutado, cuánto había descubierto sobre sí misma.
—Estaré lista para usted para esa hora, señor —respondió.
El silencio al otro lado de la línea le indicó que su respuesta había complacido a Danilo.
—Muy bien, entonces —dijo finalmente. —Nos veremos en la noche, adiós, Juliette.
Las últimas palabras fueron pronunciadas con una cadencia que envió escalofríos por su espina dorsal. Juliette apretó las piernas, consciente de la reacción de su cuerpo ante lo que vendría y cómo ansiaba que llegara la hora.
“Te esperaré ansiosa”, respondió para ella misma, y no era una mentira. La ansiedad ya se apoderaba de ella, mezclada con un deseo que nunca antes había experimentado con tanta intensidad. Ansiaba volver a estar cerca de Danilo, sentir sus manos sobre su piel, sus labios reclamando los suyos, escuchar sus órdenes susurradas que, de alguna manera, la hacían sentir poderosa en su obediencia.
Juliette permaneció inmóvil en la acera durante un momento, procesando lo que acababa de ocurrir.
Con una mezcla de emociones contradictorias, Juliette se dirigió al cajero automático más cercano. La máquina escupió los billetes que confirmaban que no se trataba de un error. El dinero era real, estaba ahí, en sus manos, ofreciéndole un respiro que no había esperado. Juliette sonrió al saber que tenía mucho dinero en su cuenta y no debía preocuparse porque le faltara. Se dirigió a una tienda y compró ropa, zapatos, maquillaje, perfumes, también para Ellie; le había comprado tantas cosas a su madre que estaba feliz y nadie empañaría ese momento.
Y de alguna manera, eso también la excitaba. La idea de que un hombre como Danilo, poderoso, seguro de sí mismo, se preocupara tanto por ella que se asegurara de que no le faltara nada, que pudiera resolver sus problemas cotidianos para concentrarse completamente en las experiencias que compartían.
El viaje de regreso a casa pasó en un borrón de anticipación. Juliette apenas registró las calles, cuando ya estaba frente a su casa nuevamente. Su mente estaba demasiado ocupada imaginando qué tendría preparado Danilo para esa noche, qué nuevas fronteras cruzarían juntos, qué sensaciones descubriría bajo su guía.
Cuando entró a casa, encontró a Digna preparando el almuerzo mientras Ellie hacía sus deberes en la mesa de la cocina. Su madre dormitaba en su silla adaptada junto a la ventana, su rostro parcialmente iluminado por un rayo de sol.
—¿Cómo está? —preguntó Digna, refiriéndose a su padre sin necesidad de aclararlo.
—Igual —respondió Juliette con un suspiro. —No ha cambiado nada —agregó.
—¿Vas a almorzar? —preguntó Digna.
—Sí, pero antes… —Juliette sacó varios billetes de su bolso y se los tendió a Digna. —Quiero pagarte un extra por todo lo que haces por nosotras. Sé que tu hijo necesita sus medicamentos.
Los ojos de Digna se abrieron con sorpresa al ver la cantidad. —Pero Juliette, esto es demasiado…
—No, no lo es —insistió ella. —Te lo has ganado. Además… necesito pedirte otro favor. ¿Podrías quedarte esta noche también? Tengo… un compromiso importante.
La mirada de Digna se suavizó con comprensión. No era la primera vez que Juliette le pedía quedarse para poder salir, aunque antes siempre había sido por trabajo, no por… lo que fuera que estaba ocurriendo con Danilo.
—Por supuesto —asintió Digna, guardando el dinero en el bolsillo de su delantal. —Iré a casa por algunas cosas, ver a mi hijo y volveré para la tardecita. No te preocupes por nada.
—Gracias —dijo Juliette, y la gratitud en su voz era profunda y sincera.
El resto del día transcurrió en una extraña dualidad. Por fuera, Juliette era la de siempre: ayudó a Ellie con su tarea, revisó los medicamentos de su madre, dobló la ropa recién lavada. Pero por dentro, cada minuto que pasaba la acercaba más a esa noche, a Danilo, a descubrimientos que ya la hacían temblar de anticipación.
Cuando el reloj marcó las siete, Juliette se excusó para tomar una ducha. Bajo el agua caliente, cerró los ojos y dejó que sus manos recorrieran su cuerpo, imaginando que eran las de Danilo. Se detuvo en los lugares donde él había dejado marcas sutiles la noche anterior: un leve moretón en la cadera donde sus dedos se habían hundido con pasión, una sensibilidad en los senos que recordaba sus caricias.
Se vistió, como él le había indicado: un vestido negro ligero de algodón ajustado a su cuerpo, sin ropa interior, tacones no muy altos. No se maquilló demasiado, solo un toque de labial rojo en los labios y máscara de pestañas. Algo le decía que a Danilo le gustaba verla natural, sin artificios, como si quisiera descubrir a la verdadera Juliette bajo todas las capas que el mundo la había obligado a construir.
Cuando el reloj se acercaba a las nueve, Digna ya había regresado y Ellie se preparaba para ir a la cama.
—¿Vas a una cita? —preguntó Ellie con curiosidad mientras Juliette se peinaba frente al espejo del pasillo.
—Algo así —respondió, sonriendo a su reflejo.
—¿Es guapo? —insistió Ellie, con esa franqueza que poseía.
Juliette pensó en Danilo, en su rostro de rasgos definidos, en sus ojos oscuros que parecían ver a través de ella, en su cuerpo fuerte que la noche anterior la había sostenido con tanta firmeza y a la vez con tanta ternura.
—Sí —admitió. —Es muy guapo.
—¿Y te gusta mucho? ¿Cuándo vendrá para conocerlo? —continuó Ellie, acercándose para observar mejor a su hermana.
Juliette se giró hacia ella, agachándose para quedar a su altura. —Es complicado —respondió honestamente. —Pero sí, me gusta mucho.
Ellie asintió con la seriedad de quien comprende algo profundo. —Entonces deberías sonreír más —declaró. —Cuando sonríes te ves más bonita.
Juliette abrazó a su hermana, conmovida por su inocencia. —Lo intentaré —prometió.
A las nueve en punto, el timbre sonó. El corazón de Juliette dio un salto en su pecho. Respiró hondo, intentando calmar los nervios que de repente la asaltaban. Era ridículo sentirse así, después de todo lo que habían compartido la noche anterior. Y sin embargo, ahí estaba, con las manos temblorosas y el pulso acelerado, como una adolescente en su primera cita.
—Yo abro —dijo, antes de que Digna pudiera moverse. —No me esperes despierta —añadió en voz baja.
Caminó hacia la puerta, consciente de cada paso, de la textura del vestido contra su piel, del aire que entraba y salía de sus pulmones. Cuando finalmente abrió, Danilo estaba allí, tan imponente y atractivo como lo recordaba, vestido con pantalones oscuros y una camisa que resaltaba sus hombros anchos.
Sus ojos recorrieron a Juliette de pies a cabeza, y una sonrisa de aprobación se dibujó en sus labios.
—Perfecta —dijo simplemente. —¿Estás lista?
La pregunta contenía tantos significados, tantas promesas. ¿Estaba lista para otra noche de descubrimientos? ¿Para explorar esos rincones de su ser que nunca se había atrevido a visitar? ¿Para entregarse completamente a este hombre que parecía conocerla mejor que ella misma?
—Sí —respondió Juliette, y en ese momento supo que era verdad. Estaba lista para todo lo que Danilo quisiera mostrarle, para cada sensación, cada experiencia, cada límite que quisiera ayudarla a cruzar.
Cerró la puerta tras de sí y dio un paso hacia él, hacia lo desconocido, hacia una noche que prometía ser tan reveladora como la anterior. Y mientras Danilo la guiaba hacia su auto, Juliette sintió que algo dentro de ella se liberaba, como si hubiera estado conteniendo la respiración durante años y finalmente pudiera respirar plenamente.
Esta noche sería suya. Esta noche sería libre nuevamente.
El auto de Danilo se detuvo frente a uno de los edificios más elegantes de la ciudad. Juliette lo había visto antes, por supuesto, una torre de cristal y acero que se elevaba majestuosa contra el cielo nocturno, pero jamás había imaginado que entraría en él. Era el tipo de lugar reservado para personas con fortunas que ella solo podía soñar, un mundo tan alejado del suyo como las estrellas que apenas se vislumbraban entre las luces de la ciudad.
—¿Aquí? —preguntó, sin poder ocultar su sorpresa.
Danilo sonrió, ese gesto que parecía mezclar diversión y ternura cada vez que ella mostraba su asombro ante algo que para él era cotidiano.
—Mi penthouse —confirmó, mientras el valet abría la puerta del auto. —Pensé que un cambio de escenario sería… interesante.
Juliette descendió del vehículo, súbitamente consciente de la sencillez de su vestido frente a la opulencia del lugar. Pero la mirada de Danilo, cargada de apreciación, disipó cualquier inseguridad. Para él, estaba perfecta tal como era.
El vestíbulo del edificio era imponente, con mármol italiano en el suelo, candelabros de cristal pendiendo del alto techo, y un conserje uniformado que los saludó con deferencia.
—Buenas noches, señor Brown.
—Manuel —respondió Danilo con un leve asentimiento. —No quiero interrupciones.
—Por supuesto, señor.
Juliette sintió que sus mejillas se encendían. La implicación era clara, y la mirada discreta pero conocedora del conserje solo aumentó su rubor. ¿Cuántas mujeres habría visto entrar así, del brazo de Danilo, para no ser molestados durante la noche?
El ascensor era un espacio íntimo revestido en espejos y madera oscura. Danilo presionó el botón del piso 30 —el último— y las puertas se cerraron, dejándolos en una proximidad que amplificaba la tensión entre ellos. Durante el ascenso, ninguno habló. No era necesario. La electricidad que vibraba en ese pequeño espacio decía más que cualquier palabra.
Cuando las puertas se abrieron, revelaron un pasillo corto que conducía a una única puerta. Danilo la abrió con una tarjeta electrónica y se hizo a un lado, permitiendo que Juliette entrara primero.
El aliento se escapó de sus pulmones ante la visión. El penthouse era una obra maestra de diseño contemporáneo: espacios abiertos, líneas limpias, una paleta de colores neutros con toques de azul profundo que recordaban al océano. Pero lo que captó su atención fue la pared de cristal que conformaba todo un lado del apartamento, ofreciendo una vista panorámica de la ciudad que se extendía ante ellos como un manto de luces titilantes.
—Es… hermoso —susurró, avanzando casi hipnotizada hacia el ventanal.
La ciudad que conocía, la que recorría diariamente en autobús, se transformaba desde esa altura en algo mágico, etéreo, como si perteneciera a un universo paralelo donde todo era posible.
Sintió más que escuchó a Danilo acercarse por detrás. No la tocó inmediatamente, solo compartió el espacio, permitiéndole absorber la vista, dejando que el momento se desarrollara a su propio ritmo.
—La primera vez que vi esta vista —declaró—, supe que tenía que tenerla. Hay algo en contemplar la ciudad desde arriba que te hace sentir…
—Libre —completó Juliette, sin apartar la mirada del panorama.
—Sí, exactamente.
Entonces, como si hubiera estado conteniéndose, Danilo dio el paso final que lo separaba de ella. Sus manos se posaron suavemente en la cintura de Juliette, y ella sintió su cuerpo reaccionar instantáneamente a ese contacto. A pesar de la ropa que los separaba, era como si su piel reconociera esas manos, como si hubiera estado esperando su toque desde el momento en que se separaron.
Danilo inclinó la cabeza, sus labios rozando la sensible piel justo debajo de su oreja.
—¿Sabes en qué pensé cuando vi esta maravillosa vista por primera vez? —murmuró, su aliento envió escalofríos por todo su cuerpo.
Juliette negó con la cabeza, incapaz de articular palabras.
—Pensé en cómo sería tenerte aquí —continuó, y sus manos se deslizaron lentamente por sus costados, apenas rozando el contorno de sus senos antes de volver a su cintura. —Entregada. Pero no por obligación o necesidad, sino por deseo. Tu deseo.
Sus labios descendieron por su cuello, dejando un rastro de besos suaves que contrastaban con la intensidad de sus palabras.
—Pensé en todas las formas en que podría hacerte gemir, apoyada aquí desnuda en este vidrio —susurró contra su piel. —En cómo sonaría mi nombre en tus labios cuando alcanzaras el clímax y tus senos aplastándose aquí contra estos muros de cristal. En cómo se sentiría tu cuerpo temblando mientras te abro completa aquí, viendo esta hermosa vista.
Juliette se estremeció, sintiendo cada palabra como una caricia íntima. Su cuerpo respondía con una intensidad que la sorprendía, humedeciéndose, preparándose para él, aunque apenas la hubiera tocado.
Danilo la giró lentamente hasta que quedaron frente a frente, la ciudad desplegada tras ellos como un telón de fondo brillante para el drama que comenzaba a desarrollarse. Sus ojos oscuros estudiaron su rostro con una intensidad que la dejó sin aliento.
—Esta noche quiero hacerlo realidad —dijo mientras le acariciaba las nalgas por encima de la tela. —Anoche no pude saciar todas las ganas que te tenía, Juliette. Anoche me quedé con hambre —le dijo, rozándole los labios mientras levantaba su corto vestido, comprobando que estaba desnuda, que había acatado su orden. Apretó sus nalgas y ella gimió contra los labios de Danilo; por instinto abrió las piernas, queriendo que él la tocara allí. Pero de pronto Danilo soltó una carcajada y se alejó de ella dejándola desconcertada.
—Ven, Juliette.
Tomó su mano y la condujo hacia la amplia sala de estar, donde un sofá de cuero suave en un tono caramelo invitaba al descanso. Sobre la mesa de centro, un cubo de hielo contenía una botella de champán y dos copas de cristal esperaban ser llenadas. Ella aún tenía el vestido subido en la cintura y no se había inmutado en bajarlo, dejando su sexo a la vista de él.
Danilo la invitó a sentarse mientras él abría la botella con esa eficiencia elegante que parecía caracterizar todos sus movimientos. Ella finalmente se iba a acomodar el vestido cuando la voz de su jefe la detuvo en seco.
—Ordené que te sentaras, no que cubrieras lo que es mío. —Ella lo miró fijamente, se relamió los labios y se sentó, así como estaba.
El corcho cedió con un suave ‘pop’ que resonó en el silencio de la habitación.
—Esta noche —dijo mientras servía el burbujeante líquido dorado en las copas— no hay dominante ni sumisa. No hay jefe ni empleada. —Le ofreció una copa, y cuando Juliette la tomó, sus dedos se rozaron deliberadamente. —Solo un hombre y una mujer. Solo Danilo y Juliette, pasando una noche juntos.
Algo revoloteó en el pecho de Juliette, una emoción que no era solo deseo, sino algo más profundo, más vulnerable. Su corazón latió con fuerza contra sus costillas, como si intentara salirse de su pecho.
—¿Y qué hacen Danilo y Juliette en una noche como esta? —preguntó, sorprendiéndose a sí misma con su atrevimiento.
La sonrisa de Danilo se ensanchó, complacido por su respuesta.
—Lo que deseen —respondió, alzando su copa en un brindis silencioso. —Conversar. Reír. Conocerse. Y quizás, si la noche los lleva por ese camino… se entregan el uno al otro no por roles o acuerdos, sino simplemente porque lo desean.
Juliette alzó su copa y la hizo chocar suavemente contra la de él. El tintineo del cristal pareció sellar un nuevo pacto entre ellos.
—Me gusta ese plan —admitió, dando un sorbo al champán. Las burbujas explotaron en su lengua, frías y excitantes.
Danilo se sentó junto a ella, no demasiado cerca como para invadir su espacio, pero lo suficiente como para que su presencia fuera palpable, magnética.
—Háblame de ti, Juliette —pidió, y por una vez, no era una orden, sino una invitación genuina. —No de tu trabajo, ni de tus responsabilidades. Háblame de tus sueños.
La pregunta la tomó desprevenida. ¿Sueños? Hacía tanto tiempo que había dejado de permitirse soñar, tan ocupada en la supervivencia diaria, en cuidar de su madre y su hermana, en mantener a flote un hogar fracturado, que apenas recordaba lo que era desear algo para sí misma.
—Yo… —comenzó, insegura. —No estoy segura de tener sueños.
La expresión de Danilo se suavizó, y en sus ojos, Juliette vio algo que no había esperado: comprensión.
—Todos tenemos sueños —dijo él, con una voz gentil—. Algunos los enterramos tan profundo que olvidamos que están ahí. Pero existen.
Juliette miró su copa, viendo cómo las burbujas ascendían incesantes hacia la superficie, liberándose.
—Supongo que… —dijo entonces—. Me gustaría estudiar. Terminar la universidad. Siempre quise ser psicóloga. Para entender a los demás y ayudarlos.
Una vez que las palabras comenzaron a fluir, fue como si una represa se hubiera roto. Le habló de cómo siempre había sido fascinada por la mente humana, por entender por qué las personas actuaban como lo hacían. Le contó cómo había completado dos años de carrera antes de que el accidente de su madre la obligara a abandonar los estudios para trabajar tiempo completo. Cómo aún conservaba sus libros, cómo a veces los hojeaba por las noches, después de que todos dormían, soñando con un futuro diferente.
Y Danilo escuchaba. Realmente escuchaba, con una atención que la hacía sentir que cada palabra suya era valiosa. Ocasionalmente hacía preguntas, no para interrumpir, sino para profundizar, para entender mejor.
Antes de que se diera cuenta, la primera botella de champán estaba vacía y una segunda había aparecido. Habían pasado de sentarse formalmente a una postura más relajada: ella con las piernas recogidas bajo su cuerpo, él con un brazo extendido sobre el respaldo del sofá, casi pero no del todo tocando sus hombros.
La conversación fluyó de sus estudios a libros favoritos, a películas, a lugares que soñaban conocer. Danilo le habló de sus viajes, de ciudades que había visitado por negocios, pero que algún día le gustaría recorrer solo por placer. Le contó anécdotas de su infancia, de cómo su padre lo había criado con mano dura, pero justa, preparándolo para el mundo empresarial.
—Y, sin embargo —dijo, con sus ojos fijos en un punto distante—, siempre sentí que faltaba algo. Una conexión real. Alguien que viera más allá del apellido, del éxito, de la cuenta bancaria.
Sus miradas se encontraron, y en ese momento, Juliette sintió que algo invisible pero poderoso se tejía entre ellos. No era solo atracción física, aunque eso permanecía, vibrante y urgente bajo la superficie. Era algo más, un reconocimiento mutuo de soledades que, quizás, podrían complementarse.
Danilo tomó su copa vacía y la colocó junto a la suya en la mesa de centro. Luego, con un movimiento deliberado pero gentil, deslizó su mano por la mejilla de Juliette, acunando su rostro como si fuera algo precioso y frágil.
—¿Sabes qué es lo más atractivo en una persona? —preguntó.
Juliette negó, perdida en la sensación de esa mano contra su piel.
—La autenticidad —respondió él. —Alguien que no tiene miedo de mostrar quién es realmente, con todas sus luces y sombras. Y tú, Juliette, eres la persona más auténtica que he conocido en mucho tiempo.
Se inclinó hacia ella, pero se detuvo a un respiro de distancia, sus ojos interrogando, pidiendo permiso. Y en ese gesto, en esa pausa, Juliette encontró la confirmación de lo que había comenzado a sospechar: que bajo el dominante seguro y controlado, existía un hombre que valoraba la conexión genuina tanto como ella.
Fue Juliette quien cerró la distancia, quien presionó sus labios contra los de Danilo en un beso que comenzó suave, exploratorio, tan diferente de los besos hambrientos y dominantes que habían compartido en el Club Dominius. Este era un beso de descubrimiento, de dos personas encontrándose no en roles preestablecidos, sino en un terreno nuevo, igualitario.
Pero la pasión que ardía entre ellos no podía ser contenida por mucho tiempo. Pronto, el beso se profundizó, las manos de Danilo se deslizaron por su espalda, atrayéndola hacia su cuerpo, y Juliette se encontró a sí misma moviéndose para sentarse a horcajadas sobre él, una posición que invertía de alguna manera sus dinámicas previas. Juliette totalmente desnuda y abierta para él, con su sexo rozando el prominente bulto bajo el pantalón. Ella busca esa fricción entre su sexo y el de él.
Danilo sonrió contra sus labios, claramente complacido por su iniciativa. Sus manos acariciaron sus muslos, deslizándose por sus suaves nalgas, pero sin avanzar demasiado, manteniendo una contención que solo intensificaba el deseo.
—Hay tantas formas de conocer a alguien —murmuró, mientras sus labios trazaban un sendero de besos por su cuello. —El Club nos mostró una. Pero esta noche…
—Esta noche quiero más —completó Juliette, sus dedos se enredaron en el cabello de Danilo, guiando sus labios de vuelta a los suyos.
Las palabras fueron reemplazadas por acciones, como si ambos hubieran llegado al límite de lo que podían expresar con meras conversaciones. Danilo deslizó sus manos por los hombros de Juliette, tomando los delgados tirantes de su vestido y bajándolos con deliberada lentitud. La tela se deslizó como agua por su piel, revelando centímetro a centímetro lo que ayer había descubierto y hoy ansiaba redescubrir. El vestido quedó arrollado en su diminuta cintura.
—Perfecta —murmuró mientras la miraba.
Juliette permaneció sentada sobre él, con su sexo palpitando muy mojado, su pecho subiendo y bajando con respiraciones cada vez más rápidas. La timidez se evaporó bajo la mirada ardiente de Danilo, reemplazada por un valor nacido del deseo. Con manos que intentaban no temblar, pero que traicionaban su ansiedad, comenzó a desabotonar la camisa de Danilo, revelando progresivamente su torso esculpido, el pecho amplio, los abdominales marcados.
Sus dedos rozaban ocasionalmente la piel suave que iba descubriendo, y cada contacto enviaba corrientes eléctricas a través de su propio cuerpo. Cuando la camisa finalmente desapareció, Juliette se permitió un momento para admirarlo. Recorrió con sus manos los hombros fuertes, los brazos definidos, la textura de su piel cálida bajo sus palmas.
Con una confianza que no sabía que poseía, sus manos descendieron hasta el cinturón de Danilo, desabrochándolo lentamente. El sonido metálico de la hebilla parecía amplificado en el silencio cargado de la habitación. Siguió con el botón del pantalón y luego, con una mirada casi desafiante, bajó la cremallera, liberando la presión que evidentemente contenía su excitación.
El pantalón se deslizó algunos centímetros por las caderas de Danilo, pero ella no lo bajó completamente. En cambio, sus ojos se fijaron en el bulto prominente que tensaba la tela de su ropa interior. La visión despertó en Juliette una voracidad que ni ella misma sabía que poseía, un hambre que se reflejó en su mirada.
Danilo observaba cada reacción en su rostro, cada matiz de su expresión. Una sonrisa lenta y oscura se dibujó en sus labios al notar cómo los ojos de Juliette se oscurecían con deseo.
—¿Te gusta lo que ves? —preguntó con una leve sonrisa.
Juliette se mordió el labio inferior, un gesto inconsciente que arrancó un gruñido bajo de la garganta de Danilo. Asintió silenciosamente, sus ojos aún fijos en la evidencia de cuánto la deseaba él.
Danilo extendió su mano, tomando su barbilla entre sus dedos y obligándola suavemente a alzar la mirada hasta que sus ojos se encontraron.
—Palabras, Juliette —exigió, con ese tono que iba sin esfuerzo hacia esa cadencia dominante que ella había llegado a reconocer y anhelar.
Un rubor intenso coloreó las mejillas de Juliette. A pesar de todo lo que habían compartido, la intimidad cruda de verbalizar su deseo aún la abrumaba. Pero también la excitaba esa forma en que Danilo la empujaba constantemente fuera de su zona de confort, hacia territorios de placer inexplorados.
—Sí, señor —respondió con la respiracion entrecortada —Me encanta.
Algo cambió en la mirada de Danilo ante esas palabras. El “señor” había sido espontáneo, no planeado, y el efecto en él fue inmediato. Sus ojos se oscurecieron aún más, su mandíbula se tensó, y Juliette pudo ver cómo luchaba por mantener el control.
Danilo comenzó a tocar el sexo de Juliette mientras le ordenaba que no dejara de mirarlo. Ella se estaba volviendo loca, y se movía contra la gran mano de su jefe. Danilo introdujo uno, dos, hasta tres dedos dentro de Juliette y comenzó a cogerla. Ella estaba explotando de deseo.
—¿Te gusta lo que te hago o quieres que me detenga? —preguntó ronco. —No, por favor, no se detenga, señor. Continúe, me gusta mucho —lloriqueó y Danilo disfrutaba tanto verla así. Luego se detuvo, y esos dedos los llevó a la boca bajo la intensa mirada de Juliette. Ella tenía los labios entreabiertos. —Deliciosa, adictiva. Más tarde voy a comerte completa. Ahora… —Hizo una pausa.
—Arrodíllate —ordenó, sin preámbulos ni explicaciones.
La orden atravesó a Juliette como una corriente eléctrica, despertando esa parte de ella que ansiaba someterse a él, que encontraba liberación en la rendición. Sin hesitación, se dejó caer graciosamente sobre sus rodillas frente a él, sus ojos nunca abandonando los suyos.
La imagen de Juliette arrodillada ante él, su cabello ligeramente despeinado, sus labios entreabiertos, el rubor extendiéndose por su rostro y cuello, provocó en Danilo una reacción visceral. Extendió una mano para acariciar su mejilla, un gesto tierno que contrastaba con la crudeza de la situación.
—¿Sabes lo que quiero? —preguntó, mientras que con su pulgar trazaba el contorno de los labios de Juliette.
—Sí, señor —respondió ella, esta vez con más confianza, encontrando su ritmo en este baile de poder y sumisión.
—Dímelo —ordenó él. —Quiero escucharte decirlo.
Juliette respiró profundamente, permitiendo que el deseo superara la vergüenza. —Quiere que lo tome en mi boca —dijo, sorprendiéndose a sí misma—. Quiere que le dé placer con mis labios y mi lengua.
Una sonrisa de aprobación apareció en el rostro de Danilo. —Muy bien —murmuró. —Y ahora dime, ¿es eso lo que tú quieres?
La pregunta la tomó por sorpresa. A pesar del tono imperativo, de la posición en que se encontraban, Danilo seguía asegurándose de su consentimiento, de su deseo activo de participar.
—Sí —respondió Juliette, con sinceridad—. Lo deseo más que nada en este momento.
—Entonces, chúpalo.
Con esas palabras, las manos de Danilo descendieron a sus caderas, bajando su ropa interior lo suficiente para liberar su verga. Juliette contuvo el aliento ante la visión. A pesar de haberlo sentido la noche anterior, verlo así, expuesto ante ella, era una experiencia completamente nueva.
—Tómalo a tu ritmo —dijo Danilo, con la voz más suave, aunque no menos comandante. —Quiero que lo disfrutes tanto como yo. Quiero llenarte la boca, quiero alimentarte.
Juliette se humedeció los labios, una acción instintiva que arrancó otro gruñido de Danilo. Se inclinó hacia adelante, su respiración caliente contra la piel sensible, sus manos apoyándose suavemente en los muslos de él para mantener el equilibrio.
El primer contacto fue tentativo, exploratorio. Sus labios rozaron la punta, un beso casi reverente que hizo que Danilo tensara todo su cuerpo. Envalentonada por su reacción, Juliette se volvió más audaz, su lengua trazando patrones, sus labios envolviéndolo gradualmente.
Danilo enterró una mano en su cabello, no para forzarla, sino para anclarse a algo mientras las sensaciones lo inundaban. La visión de Juliette arrodillada ante él, entregándose a este acto íntimo con una mezcla de inocencia y pasión, era casi demasiado para soportar.
—Eso es —murmuró, su voz quebrada por el placer. —Justo así.
Sus palabras de aliento alimentaron la confianza de Juliette. Se entregó a la tarea con entusiasmo, descubriendo el poder que tenía en esa posición aparentemente sumisa. Porque mientras físicamente se sometía a Danilo, era ella quien controlaba su placer, quien podía llevarlo al borde con solo un movimiento de su lengua, un cambio en la presión, un ritmo diferente.
Danilo observaba, hipnotizado, cómo Juliette encontraba su confianza, cómo transformaba un acto de sumisión en una demostración de poder femenino. Sus gemidos se volvieron más frecuentes, más profundos, a medida que ella descubría qué movimientos le provocaban más placer.
—Juliette —advirtió finalmente—. Si continúas así…
Ella alzó la mirada sin detenerse; sus ojos se encontraron con los de él en un momento de conexión tan íntima que trascendía lo físico. La visión de sus ojos, oscurecidos por el deseo, pero claros en su intención, fue demasiado para Danilo.
Con un movimiento súbito, pero gentil, la apartó, con la respiración agitada, su cuerpo tenso al borde del precipicio.
—Chupa, voy a alimentarte —le dijo en un gruñido y ella siguió con ahínco hasta que él comenzó a terminar en la boca de ella, en un abundante chorro que le llenó la boca a Juliette, quien disfrutó hasta la última gota de semen.
Danilo con un control increíble de sus fuerzas y emociones.
Se inclinó, tomándola por los brazos y ayudándola a levantarse. Sus ojos recorrieron su cuerpo, deteniéndose en el sexo de Juliette, evidencia clara del efecto que todo esto tenía en ella.
—Camina —ordenó Danilo y ella obedeció y caminó hasta la habitación, mientras él caminaba detrás de ella, mirándole las hermosas y redondas nalgas.
Juliette se dirigió hacia el dormitorio que era visible a través de una puerta abierta. Al igual que el resto del penthouse, la habitación era elegante y minimalista: una cama king-size con sábanas de un gris suave, grandes ventanales que ofrecían la misma vista espectacular de la ciudad, iluminación tenue que creaba una atmósfera íntima.
Se detuvo junto a la cama, insegura de qué hacer a continuación. Danilo la siguió, sus pasos lentos, predatorios, sus ojos nunca abandonando su figura. Se detuvo frente a ella, tan cerca que podía sentir el calor emanando de su cuerpo.
Terminó de quitarse los pantalones y la ropa interior, quedando completamente desnudo ante ella. Luego, sus manos se dirigieron a la cintura de Juliette para quitarle completamente el vestido. La prenda cayó, uniéndose a la creciente colección de ropa dispersa.
Sus manos descendieron a sus caderas. Juliette contuvo el aliento al sentir sus manos.
Sus manos recorrieron su cuerpo como si quisiera memorizar cada curva, cada textura, cada lunar. Juliette se entregó a sus caricias; sus propias manos exploraban a su vez la geografía muscular de Danilo, maravillándose de la combinación de fuerza y suavidad que encontraba.
—En la cama —ordenó Danilo, asumiendo ese tono de mando que no admitía negativas. —Acuéstate
Juliette obedeció, sintiendo cómo las sábanas frescas recibían su cuerpo caliente. Danilo la siguió con la mirada. —Dobla las rodillas. —Ella obedeció.
—Mírame —ordenó, esperando hasta que los ojos de Juliette se fijaron en los suyos. —Mira cómo devoro tu coño con hambre.