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23. Un simple acuerdo

El Precio Del Amor 18+ — booknet.com · All chapters

23. Un simple acuerdo

El tiempo había perdido todo significado. Juliette no sabía si habían pasado minutos u horas desde que entraron al penthouse. Lo único que existía era la sensación de las manos de Danilo recorriendo su cuerpo, sus labios dejando un rastro de fuego sobre su piel; cada caricia era más intensa que la anterior.

Habían comenzado en el sofá, entre besos apasionados y confesiones susurradas. Pero ahora Juliette se encontraba recostada sobre la gigantesca cama suave y mullida; su cuerpo estaba expuesto ante la mirada hambrienta de Danilo.

Él se había arrodillado entre sus piernas, sus ojos oscuros fijos en los de ella mientras descendía lentamente. El primer contacto de su boca contra su intimidad arrancó un gemido profundo de la garganta de Juliette. Se aferró a las sábanas; sus dedos se hundieron en la suave textura mientras Danilo comenzaba a explorarla con dedicación y maestría.

—Déjate llevar, no te contengas —murmuró él contra su piel sensible, provocando nuevas oleadas de placer con cada palabra. —Quiero sentir cómo te entregas completamente.

Y Juliette obedeció. Se entregó a las sensaciones que Danilo despertaba en ella, permitiendo que cada caricia, cada movimiento de su lengua la llevara más cerca del abismo. Su respiración se volvió errática, su cuerpo se tensó bajo las atenciones expertas de Danilo.

—Danilo —suspiró; su voz apenas era reconocible incluso para ella misma. —Por favor…

Él intensificó sus movimientos, guiado por las reacciones de su cuerpo, leyéndola como si hubiera sido creado específicamente para darle placer. Cuando Juliette sintió que estaba al borde, él deslizó dos dedos dentro de ella mientras su boca continuaba su deliciosa tortura.

El orgasmo la golpeó como una ola implacable, arrastrándola en un caos de sensaciones tan intensas que por un momento creyó que podría desvanecerse. Su cuerpo se arqueó, su visión se nubló y un grito ahogado escapó de sus labios mientras el éxtasis recorría cada fibra de su ser.

Danilo continuó suavemente, prolongando su placer, hasta que finalmente Juliette colapsó, exhausta y satisfecha, con su pecho subiendo y bajando con respiraciones profundas.

Pero él no había terminado, se incorporó y la levantó en sus brazos. Juliette se aferró a sus hombros, sintiendo la fuerza de sus músculos bajo sus dedos, maravillándose una vez más de cómo este hombre poderoso podía hacerla sentir tan protegida y frágil al mismo tiempo.

La llevó hacia el enorme ventanal que dominaba la habitación, en centímetros un poco más pequeña que la pared de la sala, pero igual de asombrosa en vista y belleza, esa pared de cristal que ofrecía una vista impresionante de la ciudad iluminada bajo ellos. La apoyó contra el frío cristal; el contraste de temperaturas entre el vidrio helado en su pecho y el cuerpo ardiente de Danilo presionado contra su espalda le arrancó un jadeo. Y una de esas grandes manos de ese dominante hombre la tomó del cuello. Ella instintivamente empujó hacia atrás sus nalgas, refregándolas contra el duro y erecto miembro de Danilo. Ese que ansiaba dentro de ella con cada segundo que pasaba.

—¿Sabes cuántas veces he imaginado esto? —susurró él contra su oído, sus manos sujetándola firmemente por las caderas. —Tú, aquí, contra este cristal, comiéndote duro, cogiéndote sin piedad, con la ciudad a nuestros pies.

La imagen mental era tan erótica como aterradora. Estaban a treinta pisos de altura, expuestos ante un horizonte de luces titilantes. Aunque racionalmente Juliette sabía que nadie podía verlos desde esa distancia, la sensación de exhibición añadía un elemento de peligro que intensificaba cada sensación.

—Sí —respondió ella, sorprendiéndose a sí misma con su audacia. —Cumple tu deseo entonces —respondió deseosa.

No necesitó más invitación. Danilo la penetró con dominación, con posesividad, arrancándole un gemido profundo que resonó en la habitación. Sus manos se apoyaron en el cristal a ambos lados de su cabeza, encerrándola entre su cuerpo y la ventana, mientras comenzaba a moverse con un ritmo que rápidamente los llevó a ambos a la cima del mundo.

Juliette se perdió en la sensación, en el contraste entre la dureza del cristal y el cuerpo macizo y caliente de Danilo, en la forma en que cada embestida la hacía sentir más viva.

—Eres deliciosa —gruñó él contra su cuello; sus movimientos se volvieron más intensos, más urgentes. —Perfecta —siguió cogiéndola con desenfreno—. Perfecta para mí.

Esas palabras, combinadas con las sensaciones físicas, empujaron a Juliette hacia un segundo clímax, más intenso aún que el primero. Esta vez, Danilo la acompañó; sus cuerpos se fusionaron en un momento de placer que pareció suspender el tiempo y el espacio.

Permanecieron así durante varios minutos, jadeantes, unidos, sus cuerpos perlados de sudor brillando bajo la luz de la ciudad. Finalmente, Danilo la giró suavemente para mirarla a los ojos, apartando un mechón de cabello húmedo de su rostro con una ternura que contrastaba con la pasión desatada de momentos antes.

—Esto fue mejor de lo que imaginé en mi mente —confesó, con la voz ronca. —Pero aún no he terminado —la levantó de las nalgas y ella lo rodeó con las piernas, aprisionándole la cintura.

Y de nuevo Danilo la penetró, haciéndola sentir que se partiría en dos. Su cuerpo entero dolía, su coño ardía; dos días seguidos era demasiado para lo que ella podía soportar, pero no para Danilo.

Más tarde, después de una ducha compartida y otra sesión de sexo más lenta en la ducha, Danilo finalmente la llevó de regreso a su casa. El viaje transcurrió mayormente en silencio, pero no era un silencio incómodo. Era el silencio de dos personas que habían compartido algo totalmente intenso y que los dos querían repetirlo sin dudas.

Cuando el auto se detuvo frente a la modesta casa de Juliette, la realidad comenzó a filtrarse nuevamente en la burbuja que habían creado. Dentro de esas paredes la esperaban su madre enferma, su pequeña hermana, las responsabilidades que temporalmente había olvidado en brazos de Danilo.

Antes de que pudiera abrir la puerta del auto, Danilo tomó su mano, deteniéndola.

—Juliette —dijo, recuperando algo de la autoridad que lo caracterizaba en la oficina, aunque ahora mezclada con una gentileza que solo mostraba en la intimidad. —Quiero que tú, tu madre y tu hermana se muden al nuevo departamento cuanto antes. Esta semana.

Ella lo miró sorprendida. Sabía que debían mudarse, pero la orden explícita de Danilo no daba lugar a más espera.

—¿Esta semana? —repitió—. Sí, debo empacar y…

—Todo está listo —la interrumpió Danilo. —El departamento está completamente amueblado y adaptado para las necesidades de tu madre y para ti y tu hermana. Es accesible para su silla de ruedas, tiene barandas en el baño, todo lo que pueda necesitar. Y está a solo diez minutos del hospital, por si surgiera alguna emergencia.

Juliette sentía su corazón acelerarse, pero esta vez no era por deseo, sino por una emoción más compleja. Lo que Danilo estaba ofreciendo cambiaría radicalmente su vida y la de su familia. Era un acto de generosidad que no podía compararse con el dinero que había depositado en su cuenta.

—No sé cómo agradecerte —comenzó, pero él negó con la cabeza.

—Te dije que yo volaría por todas tus necesidades, Juliette, yo me encargaría de que nada te falte, lo que dure el contrato —dijo simplemente, recordándole a Juliette que todo lo que tenían era un simple acuerdo de tres meses.

—De acuerdo —asintió finalmente, abrumada por las emociones y por el cansancio físico de la intensa noche. —Nos mudaremos esta semana.

Danilo pareció satisfecho con su respuesta. Se inclinó y besó su mejilla, un beso casto comparado con los que habían compartido esa noche.

—Te veré el lunes en la oficina —dijo, y no era una pregunta sino una afirmación.

Juliette asintió y salió del auto; sus piernas temblaban ligeramente, su cuerpo le recordaba cada momento de pasión. Mientras caminaba hacia la puerta de su casa, sentía la mirada de Danilo siguiéndola, hasta que estuvo a salvo dentro.

Cerró la puerta tras de sí y se apoyó contra ella, exhausta, pero extrañamente esa emoción, esa felicidad que había compartido hacía minutos, se había esfumado. La palabra contrato no salía de su mente.

Su cuerpo dolía placenteramente, recordándole cada caricia, cada beso, cada momento de abandono en brazos de Danilo. Pero su mente estaba llena de preguntas. Una de ellas era. ¿Qué pasará cuando llegue el final de esos tres meses? Se iría lejos, sí, pero, ¿cómo olvidaría a Danilo después de todo lo que él le había dado?

Porque por más que intentara racionalizar, por más que se recordara a sí misma que para un hombre como Danilo ella era solo otra mujer, otra sumisa, su corazón comenzaba a susurrarle otra historia. Una historia peligrosa, una que podría destruirla si no tenía cuidado.