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24. Celos e indiferencia

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24. Celos e indiferencia

El lunes amaneció con una pesadez que no tenía nada que ver con el clima. Juliette llegó temprano a la oficina, como siempre, pero su mente estaba a kilómetros de distancia, perdida en los recuerdos del fin de semana. El peso de Danilo sobre ella, sus manos recorriendo cada centímetro de su piel, la forma en que sus cuerpos se habían fundido una y otra vez durante aquellas horas que parecieron suspendidas en el tiempo.

Se sentó en su escritorio y preparó una taza de té de manzanilla, esperando que calmara el torbellino en su interior. La oficina estaba tranquila a esa hora, especialmente en su piso, que solo la recepcionista llegaba temprano.

Juliette contemplaba el líquido ambarino en su taza, viendo cómo el vapor se elevaba en espirales caprichosas, tan errático como sus pensamientos. ¿Cómo sería volver a ver a Danilo después de lo que habían compartido? ¿Habría alguna señal, algún gesto, alguna mirada que reconociera la intimidad que ahora existía entre ellos?

Después del sábado por la noche, Danilo la había llevado de regreso a casa. El viaje había sido mayormente silencioso, pero un silencio cómodo, el tipo que comparten dos personas que ya no necesitan llenar cada momento con palabras. Había besado su mejilla al despedirse, un gesto sorprendentemente casto después de todo lo que habían hecho. Con las palabras de despedida de “nos vemos el lunes”, así, sin nada más que agregar.

Y ahora era “lunes”, y Juliette no tenía idea de qué esperar.

El sonido del ascensor anunciando la llegada de Danilo a la planta ejecutiva la sacó de su ensimismamiento. Las puertas se abrieron y Danilo captó toda su atención, poniéndola extremadamente nerviosa.

Vestía un traje gris oscuro impecable, camisa blanca, corbata en un tono azul profundo. Su cabello perfectamente peinado, su rostro serio, sus pasos decididos. Era una versión completamente diferente del hombre que la había sostenido en sus brazos, que le había susurrado palabras ardientes al oído, que la había hecho sentir cosas que jamás creyó posibles.

Juliette se enderezó en su silla, alisando inconscientemente su falda, preparándose para el primer encuentro. Sus ojos siguieron a Danilo mientras se acercaba, y entonces, sucedió: pasó frente a su escritorio apenas dedicándole una mirada fugaz y un gesto que podría interpretarse como un saludo si uno era generoso.

—Buenos días, Juliette —dijo, sin detenerse, sin mostrar ningún indicio de nada especial, como si los últimos dos días nunca hubieran ocurrido.

Y entonces desapareció tras la puerta de su oficina, dejándola con la boca ligeramente abierta por la sorpresa.

¿Qué acababa de pasar? ¿Dónde estaba el hombre que había compartido sus pensamientos más íntimos con ella, que la había mirado como si fuera la única mujer en el mundo? ¿Era posible cambiar tan radicalmente de un día para otro?

Juliette sintió un nudo formándose en su garganta. Había sido ingenua, por supuesto. ¿Qué esperaba? ¿Qué Danilo Brown, CEO de una de las empresas más importantes del país, la trataría diferente en la oficina solo porque habían compartido un fin de semana de pasión? ¿Qué arriesgaría, su reputación, su posición, por algo que probablemente para él no era más que una distracción?

Respiró profundamente, intentando calmar el tumulto de emociones que amenazaba con abrumarla. No podía permitirse el lujo de derrumbarse, no aquí, no ahora. Tenía trabajo que hacer, responsabilidades que cumplir. Su familia dependía de ella.

Con movimientos mecánicos, preparó el café de Danilo exactamente como a él le gustaba: negro, sin azúcar, con un toque de canela. Era una rutina que había perfeccionado durante los años que llevaba trabajando para él, mucho antes de que cruzaran la línea entre lo profesional y lo personal.

Golpeó suavemente la puerta de su oficina antes de entrar. Danilo estaba sentado tras su imponente escritorio de roble, revisando documentos con el ceño fruncido en concentración. Ni siquiera levantó la vista cuando ella colocó la taza frente a él.

—La reunión con los accionistas es a las diez —informó Juliette, manteniendo un tono profesional a pesar del tumulto en su interior. —Ya confirmaron todos su asistencia.

Danilo asintió, aun sin mirarla directamente. —Prepara la sala de juntas —respondió, y su voz estaba carente de la dulzura que había tenido durante el fin de semana. —Asegúrate de que todo esté listo. Es una reunión importante.

No había “por favor”, no había amabilidad, no había reconocimiento de nada personal entre ellos. Era simplemente un jefe dando órdenes a su secretaria, con la fría eficiencia que caracterizaba su relación profesional antes de que todo cambiara.

—Sí, señor —respondió Juliette, y por un instante, la frase que había pronunciado en contextos tan diferentes entre ellos quedó suspendida en el aire.

Por un brevísimo momento, Danilo levantó la mirada, y Juliette creyó ver un destello de —¿deseo? ¿conflicto?— en sus ojos. Pero así como apareció, desapareció, y su expresión volvió a ser la misma de siempre.

—Eso es todo —dijo, despidiéndola con un gesto brusco de la mano. —Cierra la puerta al salir.

Cada palabra fue como una pequeña puñalada, cada gesto distante una confirmación de sus temores. Juliette asintió y se dio la vuelta, luchando contra el impulso de exigir una explicación, de recordarle cómo habían compartido no solo sus cuerpos, sino también sus sueños, apenas unas horas antes.

Pero no lo hizo. En cambio, salió de la oficina y cerró la puerta suavemente tras de sí, manteniendo la compostura que su trabajo exigía.

De vuelta en su escritorio, Juliette sintió que las punzadas de dolor se intensificaban. No era solo el rechazo lo que dolía, era la confusión, la incertidumbre. ¿Había sido todo una fantasía? ¿Había malinterpretado lo que sucedió entre ellos? ¿O esto era simplemente otra faceta de Danilo, otra forma de ejercer control, de mantenerla en un constante estado de expectación y ansiedad?

Su mente repasaba cada momento del fin de semana, buscando señales, pistas que pudieran explicar este cambio radical. Pero no encontraba nada. En el penthouse, Danilo había sido atento, apasionado, incluso dulce en ciertos momentos. Le había pedido que le hablara de sus sueños, había compartido partes de su propia historia que, Juliette estaba segura, pocos conocían.

Y ahora esto. Esta frialdad, esta distancia, como si fueran dos extraños que apenas compartían un espacio de trabajo.

—¿Estás bien? —La voz de Carmen, de la recepcionista de presidencia, la sacó de sus pensamientos. —Pareces… preocupada.

Juliette forzó una sonrisa. —Estoy bien, gracias. Solo pensando en todo lo que hay que preparar para la reunión de hoy.

Carmen asintió, aunque su mirada sugería que no estaba completamente convencida. —Si necesitas ayuda, avísame.

—Lo haré, gracias.

Una vez sola nuevamente, Juliette respiró hondo y se obligó a concentrarse en sus tareas. Tenía una sala de juntas que preparar, documentos que organizar, café y refrigerios que ordenar. No podía permitirse el lujo de perderse en conjeturas y sentimientos heridos. No cuando su trabajo —un trabajo que pagaba las facturas, que mantenía a su familia a flote— podría estar en juego.

Mientras se dirigía a la sala de juntas, su teléfono vibró en el bolsillo de su falda. Por un instante, su corazón dio un vuelco, pensando que podría ser Danilo con algún pedido especial. Pero era solo un mensaje de Digna, para preguntarle algo sobre la nueva medicina de su madre.

Esa pequeña pregunta le hizo volver a la realidad; ese era un recordatorio de por qué hacía todo esto, de las personas que dependían de ella. No importaba lo que hubiera pasado o no pasado con Danilo, no importaba lo confundida o herida que se sintiera. Tenía responsabilidades, tenía un propósito más allá de estos sentimientos tumultuosos.

Comenzó a preparar la sala de juntas. Colocó carpetas con la información pertinente en cada asiento, ajustó la temperatura del ambiente, comprobó que el proyector funcionara correctamente. Cada tarea la realizaba con la precisión y eficiencia que la habían hecho valiosa para la empresa mucho antes de que se convirtiera en algo más para su jefe.

Mientras trabajaba, una idea comenzó a formarse en su mente. Quizás esta era la verdadera prueba. No eran las órdenes susurradas en la intimidad del Club Dominius ni cómo ella las acataba sin protestar, sino esto: la capacidad de mantener la compostura, de seguir adelante, de no dejar que lo personal interfiriera con lo profesional. Quizás Danilo estaba observando cómo manejaba esta dualidad, esta separación entre lo que ocurría dentro y fuera de la oficina.

O quizás, simplemente, el fin de semana había sido exactamente lo que parecía al principio: un juego de poder, una distracción temporal para un hombre acostumbrado a tener todo lo que deseaba, cuando lo deseaba.

El pensamiento era amargo, pero Juliette lo enfrentó con la misma valentía con que había enfrentado cada adversidad en su vida. Si eso era lo que Danilo quería, separación, discreción, profesionalismo absoluto, entonces eso era lo que obtendría. No dejaría que viera cuánto la afectaba su frialdad, cuánto dolía ser tratada como una empleada más después de haber compartido tanta intimidad.

Pero cuando terminó de preparar todo y se dispuso a salir de la sala de juntas, se encontró cara a cara con Danilo, que entraba para revisar los preparativos. Por un instante, ambos se quedaron inmóviles, demasiado cerca el uno del otro en el umbral de la puerta. Tan cerca que Juliette podía percibir su familiar aroma, esa combinación de colonia cara y algo inherentemente suyo que había llegado a asociar con deseo y perversión.

—Está todo listo, señor —dijo ella, intentando apartarse para dejarlo pasar, pero el espacio era estrecho y su cuerpo parecía negarse a cooperar.

—Bien —respondió él, con su voz neutra, controlada. Pero sus ojos… sus ojos contaban una historia diferente. Por un breve momento, Juliette vio en ellos un fuego que había ardido durante el fin de semana, un reconocimiento del vínculo que habían formado.

Y entonces, tan rápido como apareció, se desvaneció, reemplazado por la fría fachada de jefe

—Los accionistas llegarán en quince minutos —continuó Danilo, ajustándose la corbata en un gesto que Juliette había llegado a reconocer como un indicio de tensión. —Asegúrate de que sean conducidos directamente aquí. Y necesitaré que tomes notas durante la reunión.

—Por supuesto —asintió ella, manteniendo el rostro inexpresivo a pesar del torbellino en su interior.

Danilo la estudió por un momento más, como si estuviera calibrando algo, evaluando su reacción. Luego, con un gesto abrupto que no parecía propio de él, extendió la mano y rozó brevemente la de Juliette, un contacto tan fugaz que bien podría haberlo imaginado.

—Siempre tan perfecta —dijo, y por un instante, su voz sonó ronca como la que había tenido durante sus momentos privados.

Antes de que Juliette pudiera procesar lo que acababa de ocurrir, Danilo ya se había apartado, entrando en la sala y dirigiéndose hacia la cabecera de la mesa.

Dejándola una vez más en el umbral, literal y figurativamente, entre dos mundos que parecían imposibles de reconciliar. Y mientras se dirigía a recibir a los accionistas que ya comenzaban a llegar, Juliette se preguntaba cuánto tiempo podría mantener este equilibrio precario, esta línea entre lo personal y lo profesional, sin que su corazón quedara destrozado en el proceso.

Porque una cosa estaba clara: independientemente de lo que Danilo pretendiera con este juego de frío y calor, ella ya había cruzado una línea de la que no había retorno. Y la pregunta ya no era si saldría herida, sino cuánto dolería cuando todo terminara.

La sala de juntas se fue llenando gradualmente. Juliette, bloc de notas en mano, recibió a cada nuevo inversionista, amable y preparada para documentar la reunión como Danilo había solicitado. Observó en silencio cómo los accionistas iban llegando: rostros familiares que ya conocía de reuniones anteriores y caras nuevas que representaban las recientes inversiones en la empresa.

Tres nuevos accionistas, todos hombres, saludaron a Danilo con firmes apretones de manos. Intercambiaron las habituales frases de cortesía, ese lenguaje codificado del mundo empresarial que Juliette había aprendido a descifrar con el tiempo. Tres viejos accionistas, pilares de la compañía desde sus inicios, tomaron sus asientos habituales con la confianza que otorga la antigüedad.

Y entonces ella entró.

Fue como si el aire de la habitación cambiara súbitamente. La mujer que cruzó el umbral irradiaba una seguridad que solo viene con el poder y el privilegio. Alta, esbelta, vestida con un traje pantalón color burdeos que resaltaba cada curva de su cuerpo sin resultar inapropiado. Su cabello negro, recogido en un moño bajo, enmarcaba un rostro de facciones perfectas que no necesitaba apenas maquillaje.

—Lamento la demora —dijo con una voz que combinaba autoridad y sensualidad en partes iguales. Su acento delataba una educación internacional, probablemente en las mejores universidades de Europa.

—Victoria —la saludó Danilo, y algo en la forma en que pronunció ese nombre hizo que Juliette se tensara instintivamente. —Me alegra que hayas podido unirte a nosotros.

Victoria Lamarque. Juliette había escuchado ese nombre en los pasillos de la empresa. Heredera de un imperio farmacéutico, recién incorporada al consejo tras la muerte de su padre. Su reputación la precedía: brillante, despiadada en los negocios y famosa por conseguir siempre lo que quería.

La mujer se acercó a Danilo y, en lugar del profesional apretón de manos que había intercambiado con los demás, depositó un beso en cada mejilla, demorándose un segundo más de lo estrictamente necesario. Sus manos se posaron en los brazos de él con una familiaridad que sugería una historia compartida.

—No me lo perdería por nada del mundo —respondió ella, con sus ojos fijos en los de Danilo. —Especialmente cuando tú diriges la reunión.

Algo se retorció en el estómago de Juliette, una sensación desagradable y amarga que reconoció como celos. Era ridículo, lo sabía. No tenía derecho alguno sobre Danilo. Lo que habían compartido, por intenso que hubiera sido, no implicaba exclusividad, no implicaba compromiso. Y sin embargo, ver cómo él sonreía a Victoria, cómo sus ojos se iluminaban en su presencia, dolía más de lo que estaba dispuesta a admitir.

La reunión comenzó, y Juliette intentó concentrarse en tomar notas precisas. Cifras, proyecciones, estrategias de expansión… pero su atención se desviaba constantemente hacia el otro lado de la mesa, donde Victoria hacía comentarios perspicaces que arrancaban asentimientos de aprobación incluso de los accionistas más veteranos.

Y, más perturbador aún, la forma en que miraba a Danilo. No era solo admiración profesional; había algo más, un interés apenas disimulado, una promesa velada en cada sonrisa, en cada inclinación de su cuerpo hacia él.

Lo peor era que Danilo parecía responder a esa energía. Su postura se volvía más abierta cuando Victoria hablaba, su atención más intensa. Incluso la comisura de sus labios se curvaba ligeramente hacia arriba, un gesto que Juliette había llegado a asociar con momentos de intimidad compartida.

Su corazón latía con fuerza, un ritmo acelerado e irregular que parecía marcar cada interacción entre Danilo y Victoria. La pluma en su mano temblaba ligeramente, y tuvo que hacer un esfuerzo consciente para que su escritura siguiera siendo legible.

—Como pueden ver en el gráfico —estaba diciendo Danilo, señalando la proyección en la pared—, la inversión en el nuevo mercado asiático ya está dando sus frutos. Nuestras proyecciones para el próximo trimestre son conservadoras, pero incluso así, representan un crecimiento del quince por ciento.

—Impresionante —comentó Victoria, inclinándose hacia adelante, sus ojos brillantes. —Mi padre siempre dijo que eras el hombre a seguir en este sector. Veo que tenía razón.

Si el comentario hubiera venido de cualquier otro accionista, habría parecido simple adulación. Pero en labios de Victoria, con ese tono sugerente, adquiría matices muy diferentes.

Juliette bajó la mirada a su bloc de notas, fingiendo anotar algo importante, intentando ocultar la tormenta emocional que se desataba en su interior. ¿Cuál era su historia? ¿Habían sido amantes? ¿Lo eran aún? ¿Era Victoria una de las razones por las que Danilo mantenía una separación tan estricta entre lo personal y lo profesional en la oficina?

La reunión se extendió por casi dos horas, cada minuto una pequeña tortura para Juliette. Para cuando Danilo finalmente concluyó la presentación y los accionistas comenzaron a recoger sus cosas, se sentía emocionalmente exhausta.

—Excelente trabajo, Brown —dijo uno de los veteranos, dándole una palmada en el hombro. —Con estos números, la junta directiva estará más que satisfecha.

—Gracias, Richard —respondió Danilo con una leve inclinación de cabeza. —El mérito es de todos.

Uno a uno, los accionistas fueron saliendo de la sala, intercambiando apretones de manos y comentarios sobre golf o próximos eventos sociales. Juliette permaneció en su asiento, organizando sus notas, esperando el momento adecuado para retirarse discretamente.

Pero entonces sucedió. Victoria, que había estado rezagada deliberadamente, se acercó a Danilo cuando casi todos habían salido ya. Se inclinó hacia él, más cerca de lo que dictaba cualquier protocolo profesional, y susurró algo que Juliette no pudo escuchar.

Lo que sí pudo ver, con dolorosa claridad, fue la sonrisa que se dibujó en el rostro de Danilo. Una sonrisa genuina, la primera que mostraba en toda la mañana. Una sonrisa que transformaba sus facciones, suavizando las líneas duras de concentración que había mantenido durante la reunión.

—Por supuesto —respondió él, lo suficientemente alto como para que Juliette lo escuchara. —Tenemos mucho que discutir.

Y entonces, con una mano ligeramente apoyada en la parte baja de la espalda de Victoria, un gesto tan casual como íntimo, Danilo la guio fuera de la sala de juntas y a través del pasillo hacia su despacho.

Juliette los siguió a una distancia prudente, volviendo a su escritorio justo a tiempo para ver cómo entraban en la oficina de Danilo. Él se detuvo en el umbral y giró hacia ella, su rostro nuevamente una máscara profesional.

—Juliette, asegúrate de que nadie nos moleste —ordenó. —Victoria y yo tenemos asuntos importantes que tratar.

Y antes de que pudiera responder, la puerta se cerró con un suave clic que resonó en sus oídos como un disparo.

Asuntos importantes. Por supuesto.

Juliette se sentó en su silla, intentando procesar lo que acababa de presenciar. La mente humana es cruel cuando se trata de celos; inmediatamente comenzó a llenar los espacios en blanco con imágenes tortuosas: Danilo y Victoria solos en su oficina, él inclinándose sobre ella, sus manos recorriendo ese cuerpo perfecto, sus labios…

No. No podía permitirse pensar así. Era irracional, improductivo y profundamente doloroso. Además, estaba en su lugar de trabajo. Tenía responsabilidades que cumplir, una imagen profesional que mantener.

Pero el nudo en su estómago se apretaba cada vez más, el veneno silencioso de los celos expandiéndose por su sistema con cada minuto que pasaba. Cada risa ahogada que creía escuchar desde detrás de la puerta, cada silencio prolongado, eran como pequeñas puñaladas en su pecho.

Intentó concentrarse en su trabajo: organizar las notas de la reunión, responder correos electrónicos, preparar la agenda de Danilo para el resto de la semana. Pero su mente volvía obstinadamente a lo que podría estar sucediendo a escasos metros de ella.

¿Qué era ella para Danilo, entonces? ¿Una distracción temporal mientras Victoria estaba fuera de la ciudad? ¿O simplemente otra en una larga lista de mujeres que caían rendidas ante su poder y su atractivo?

Los minutos se arrastraban con dolorosa lentitud. Quince… treinta… cuarenta y cinco… Una hora completa, y la puerta seguía cerrada.

Juliette sentía que las lágrimas amenazaban con desbordarse en cualquier momento. Se mordió el interior de la mejilla, utilizando el dolor físico para distraerse del emocional. No lloraría. No aquí, no ahora, no por esto.

Cuando finalmente la puerta se abrió, transcurrida una hora y diez minutos exactos (sí, los había contado), Juliette mantuvo la mirada fija en la pantalla de su computadora, fingiendo una concentración absoluta en una hoja de cálculo que ni siquiera estaba viendo realmente.

Victoria emergió primero, tan impecable como había entrado, aunque con un brillo particular en los ojos que no había estado ahí antes. Danilo la seguía, y había algo diferente en él también, una relajación en su postura, una satisfacción que era imposible no notar.

—Te veré esta noche, entonces —dijo Victoria.

—A las ocho —confirmó Danilo. —Te recogeré en el hotel.

Una cita. Tenían una cita esa noche. El nudo en el estómago de Juliette se transformó en una roca pesada y fría.

Victoria se dirigió hacia los ascensores, y Danilo la acompañó, su mano nuevamente en su espalda, guiándola como el caballero que sabía ser cuando quería. Juliette los observó alejarse, incapaz de apartar la mirada a pesar del dolor que le causaba.

Se detuvieron frente al ascensor, y mientras esperaban, Victoria se inclinó hacia Danilo, susurrándole algo al oído que lo hizo reír suavemente. Una risa íntima, cómplice, el tipo de risa que comparten personas que tienen una historia juntos.

Cuando las puertas del ascensor se abrieron y Victoria entró, Danilo permaneció allí un momento, mirándola hasta que las puertas se cerraron. Solo entonces se giró y comenzó a caminar de regreso hacia su oficina.

Juliette bajó rápidamente la cabeza, fingiendo estar absorta en su trabajo. Sentía el rostro caliente, probablemente sonrojado por la mezcla de emociones que la atravesaban: celos, vergüenza, rabia, humillación. Mantuvo los ojos fijos en su escritorio, aunque era perfectamente consciente de la presencia de Danilo acercándose.

Lo sintió detenerse junto a su escritorio, tan cerca que podía percibir su aroma. Durante un momento que pareció extenderse eternamente, ninguno habló. Juliette sabía que él la estaba observando, probablemente evaluando su reacción, pero se negó a levantar la mirada, temiendo que si lo hacía, toda la compostura que tanto le costaba mantener se desmoronaría por completo.

Finalmente, después de lo que parecieron siglos, pero que probablemente fueron solo segundos, Danilo continuó su camino hacia su despacho. No dijo una palabra, no hizo ningún gesto, simplemente entró y cerró la puerta tras de sí.

Y Juliette se quedó allí, con la cabeza inclinada sobre su escritorio, luchando contra las lágrimas que amenazaban con derramarse, intentando comprender cómo había pasado de sentirse la mujer más especial del mundo en brazos de Danilo a ser simplemente otra empleada invisible para él. Otra sucia amante.

Porque ese era el problema real, comprendió entonces. No eran solo los celos por Victoria. Era el contraste brutal entre cómo Danilo la hacía sentir en la intimidad, valorada, deseada, única, y cómo la trataba en público: como si fuera prescindible, como si ella fuera menos que el polvo que pisaba al caminar.

Y lo peor de todo era que, a pesar del dolor, a pesar de la humillación, una parte de ella seguía anhelando esos momentos de conexión, esos instantes donde, en la oscuridad de una habitación, Danilo le permitía ver al hombre tras la máscara.

¿Qué decía eso de ella? ¿Qué clase de persona seguía deseando a alguien que podía tratarla con tal indiferencia, que podía hacerla sentir tan insignificante?

La respuesta era tan simple como devastadora: una persona que estaba cayendo peligrosamente en algo que se parecía demasiado al amor. Un amor no correspondido, probablemente. Un amor inconveniente, sin duda. Un amor que, si no tenía cuidado, podría destruirla por completo.

Y mientras intentaba continuar con sus tareas como si su mundo no se estuviera desmoronando lentamente, Juliette se preguntó si habría alguna forma de proteger su corazón sin renunciar a lo que había encontrado en brazos de Danilo. Porque, por mucho que doliera admitirlo, esos momentos, por fugaces o ilusorios que fueran, se habían convertido en lo más real que había sentido en mucho tiempo.

Y quizás eso, más que cualquier otra cosa, era lo verdaderamente aterrador.