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25. Celos posesivos

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25. Celos posesivos

El reloj marcó las seis de la tarde y Juliette guardó los últimos documentos en el archivador. Había sido un día particularmente difícil, no por la carga de trabajo, que había sido la habitual, sino por la tensión emocional que parecía saturar el aire entre ella y Danilo.

Después del episodio con Victoria, él había permanecido encerrado en su oficina la mayor parte del día, emergiendo solo para reuniones programadas y breves instrucciones. Cada vez que se dirigía a Juliette, lo hacía con una formalidad cortante que contrastaba dolorosamente con la intimidad que habían compartido noches atrás.

—Señor Brown —dijo Juliette, deteniéndose en la puerta de su oficina. —Ya he terminado con los informes del trimestre y los he enviado a contabilidad. ¿Necesita algo más antes de que me retire?

Danilo levantó la vista de su laptop, sus ojos encontrándose brevemente con los de ella antes de desviar la mirada hacia algún punto indeterminado.

—No, Juliette. Puedes retirarte —respondió, con su voz carente de cualquier inflexión que sugiriera que esta mujer frente a él era la misma con la que había compartido su cama, su cuerpo, sus secretos. —Mañana tenemos la presentación para los inversores europeos. Asegúrate de llegar temprano.

—Por supuesto —asintió ella, luchando por mantener un tono profesional. —Que tenga buena tarde.

—Igualmente —murmuró él, ya volviendo su atención a la pantalla, efectivamente despidiéndola.

Juliette cerró la puerta con suavidad, resistiendo el impulso de azotar la fría madera, de gritar, de exigir explicaciones. ¿Cómo podía ser tan indiferente después de todo? ¿Cómo podía mirarla como si fuera una empleada más, después de haberla tenido temblando de placer entre sus brazos?

Y más importante aún, ¿cómo podía ella sentirse tan destrozada por su frialdad cuando sabía, desde el principio, que esto no era, no podía ser, una historia de amor?

Mecánicamente, recogió su bolso, apagó su computadora y se dirigió al ascensor. Durante el descenso, intentó recomponerse, forzando una expresión neutra que ocultara el tumulto en su interior. Al llegar a la planta baja, en lugar de dirigirse directamente a la salida, giró hacia la recepción. Necesitaba hablar con alguien, y Melissa, su amiga desde que comenzó a trabajar en la empresa, era la única persona en quien confiaba lo suficiente.

Melissa estaba terminando de organizar algunos documentos cuando vio acercarse a Juliette. Su sonrisa amistosa se transformó en una expresión de preocupación al notar la tensión en el rostro de su amiga.

—¿Todo bien? —preguntó, inclinándose sobre el mostrador para que solo Juliette pudiera escucharla.

—Necesitamos hablar —respondió Juliette en voz baja, consciente de las otras recepcionistas cercanas. —Con urgencia.

Melissa asintió, comprendiendo la gravedad del tono. —¿Qué te parece este fin de semana? Podríamos tomar un café en ese lugar nuevo cerca del parque.

—Perfecto —suspiró Juliette, sintiendo un ligero alivio ante la perspectiva de poder desahogarse con alguien de confianza.

—Tengo tanto que contarte —añadió, bajando aún más la voz. —Tenemos mucho de qué hablar, amiga, lo sé, lo veo en tu rostro. Pero ahora mismo estoy en medio de exámenes finales. Salgo de aquí directo a la universidad.

Juliette asintió, recordando que su amiga estaba terminando su carrera de administración mientras trabajaba. Una de esas cosas que le recordaba de sus propios sueños interrumpidos.

—Por supuesto, lo entiendo perfectamente —dijo, apretando brevemente la mano de Melissa. —Buena suerte con tu examen. Lo harás genial.

—Gracias —sonrió Melissa. —Lo necesito. El profesor Jefferson es un demonio —Juliette rio antes de alejarse del mostrador de la recepción principal.

Se despidieron con la promesa de verse el sábado, y Juliette finalmente se dirigió hacia la salida de empleados. Al salir, respiró profundamente, intentando aclarar su mente.

Empezó a caminar hacia la parada de autobús, calculando mentalmente cuánto tardaría en llegar a casa. Digna le había enviado un mensaje diciéndole que Ellie tenía fiebre, y aunque no parecía nada grave, Juliette estaba ansiosa por llegar y comprobar por sí misma el estado de su hermana.

Tan perdida estaba en sus pensamientos que apenas registró el sonido de un motor desacelerando junto a ella. Solo cuando el claxon sonó, alzó la mirada.

Un Mazda azul medianoche se había detenido a su lado. La ventanilla del conductor bajó lentamente, revelando un rostro familiar que le sonreía.

—¿Te llevo? —preguntó Gerardo.

Juliette se detuvo, sorprendida por el ofrecimiento. Conocía a Gerardo, por supuesto. —Oh, gracias, pero no quiero molestarte —respondió, vacilante.

—No es molestia en absoluto —insistió él, y sin esperar respuesta, abrió su puerta y salió del auto. Era alto, atlético, con un rostro de rasgos marcados que muchas de sus compañeras consideraban muy atractivo. Se acercó al lado del pasajero y abrió la puerta para ella, un gesto caballeroso que la tomó por sorpresa. —Insisto. Está a punto de llover y la parada del autobús está bastante lejos.

Como si confirmara sus palabras, un trueno retumbó en la distancia. Juliette miró al cielo y vio las nubes oscuras acumulándose. Con un suspiro de rendición, asintió y subió al auto.

El interior era impecable y olía delicioso. Gerardo volvió al asiento del conductor y le dirigió otra sonrisa antes de arrancar.

—¿A tu casa? —preguntó, mirándola brevemente.

—Sí, por favor —respondió Juliette con voz suave, dándole su dirección.

Gerardo asintió y puso el auto en marcha, incorporándose ágilmente al tráfico vespertino.

—Ha sido una semana intensa, ¿verdad? —comentó casualmente mientras conducía. —Especialmente con los nuevos inversionistas.

—Sí, bastante —concordó ella, agradecida por la charla superficial que no requería mucho esfuerzo mental. —El señor Brown ha estado… ocupado.

Gerardo rio entre dientes, un sonido agradable y despreocupado. —Ese es un eufemismo. Todos hemos notado cómo Victoria Lamarque lo tiene prácticamente hipnotizado.

Juliette se tensó ligeramente ante la mención de Victoria, pero mantuvo su expresión neutral.

—Es una mujer imponente —respondió diplomáticamente.

—Y despiadada en los negocios —añadió Gerardo. —Tuve el dudoso placer de trabajar con ella en un proyecto hace unos años. Te aseguro que ese encanto sofisticado oculta a una auténtica tiburón.

Juliette lo miró con genuino interés. —¿La conocías de antes?

—Un poco —asintió él. —Suficiente para saber que siempre consigue lo que quiere. Y ahora parece que quiere a Brown.

Cada palabra era como una pequeña puñalada, pero Juliette se obligó a sonreír levemente. —Supongo que hacen buena pareja, ambos son… —buscó la palabra correcta—, ambiciosos.

Gerardo la observó brevemente antes de volver su atención a la carretera.

—Pero no hablemos de trabajo. Cuéntame de ti, Juliette. Siempre me he preguntado qué hace una chica tan dulce como tú trabajando para alguien como Danilo.

El cambio de tema fue bienvenido, aunque la pregunta en sí misma tocaba demasiado cerca de sus circunstancias personales. Aun así, había algo en Gerardo que la invitaba a abrirse un poco.

—Necesito el trabajo —respondió honestamente. —Mi madre está enferma y tengo una hermana que es mi responsabilidad.

—Lo siento mucho —dijo Gerardo, y su tono sugería que realmente lo sentía. —Debe ser difícil.

—A veces —admitió ella. —Pero hacemos lo que debemos por la familia, ¿verdad?

—Cierto —asintió él. —Aunque tú pareces cargar con más responsabilidades de las que corresponden a alguien tan joven.

Juliette se encogió de hombros, incómoda ante la observación tan acertada. —Es lo que hay. Me toca ser fuerte. No todos nacen con la suerte de tener dinero y la vida comprada.

Gerardo la miró nuevamente, esta vez con algo que parecía admiración. —Eres muy fuerte, ¿lo sabes? La mayoría se habría derrumbado bajo esa presión.

El cumplido la tomó desprevenida. No estaba acostumbrada a que otros reconocieran sus sacrificios, su fortaleza. En casa, era simplemente lo que se esperaba de ella. Y para Danilo… bueno, para él era a veces una amante, a veces una empleada, pero eso era todo.

—Gracias —murmuró conmovida.

—No es un cumplido, es una observación —respondió Gerardo con una sonrisa que iluminó sus ojos cafés.

El resto del viaje transcurrió en una conversación ligera y agradable. Gerardo tenía el don de hacerla reír con anécdotas de la oficina, algunas que involucraban a Danilo en situaciones menos que dignificantes. Debería haberse sentido incómoda escuchando a alguien burlarse sutilmente de su jefe —de su amante—, pero había algo extrañamente catártico en reírse de las peculiaridades de Danilo con alguien que claramente no estaba intimidado por su posición.

A pesar de la agradable conversación, la mente de Juliette seguía regresando una y otra vez a Danilo y Victoria. ¿Iría a buscarla para su cita como habían planeado frente a ella? ¿Compartirían risas, miradas, roces de manos sobre la mesa de algún restaurante exclusivo? ¿Y después…? La imagen de Danilo llevando a Victoria a su penthouse, recostándola en la misma cama donde ella había estado, besándola, tocándola, era como un veneno lento infiltrándose en sus venas.

—Hemos llegado —anunció Gerardo, sacándola de sus oscuros pensamientos.

Juliette parpadeó, sorprendida de encontrarse frente a su casa. El viaje había pasado más rápido de lo esperado.

—Muchas gracias por traerme —dijo, realmente agradecida. La lluvia había comenzado a caer, y habría llegado empapada si hubiera tomado el autobús.

—Ha sido un placer —respondió él, y algo en su mirada sugería que realmente lo había sido. —De hecho, me preguntaba si… quizás podríamos tomar un café algún día. Fuera de la oficina, ya sabes, solo para charlar.

La propuesta la tomó por sorpresa. ¿Estaba Gerardo invitándola a salir? El pensamiento era a la vez halagador y aterrador. Halagador porque Gerardo era, objetivamente, un hombre atractivo y agradable; era el director financiero, alguien importante, con poder y dinero, aunque eso a ella no le importaba en lo absoluto. Aterrador porque, a pesar de todo, a pesar del dolor y la confusión, su corazón seguía inexplicablemente atado a Danilo.

—Yo… no sé si sería apropiado —comenzó, buscando una excusa que no sonara a rechazo directo.

Gerardo alzó una mano, interrumpiéndola con gentileza. —Solo como amigos, Juliette. No te preocupes. He notado que últimamente pareces… preocupada. A veces ayuda hablar con alguien que entiende el ambiente de la oficina, pero que no está directamente involucrado en lo que sea que te esté afectando.

Su perspicacia la desconcertó. ¿Tan transparente era? ¿Podían todos en la oficina ver lo que estaba pasando, lo que sentía por Danilo?

—Lo pensaré —respondió finalmente, ofreciéndole una pequeña sonrisa. —Gracias de nuevo por el viaje, señor.

—Cuando quieras —sonrió él. —Y Juliette… no dejes que nadie, ni siquiera el todopoderoso Danilo, te haga sentir que vales menos de lo que realmente vales. Eres extraordinaria, y cualquiera que no lo vea es simplemente ciego.

Con esas palabras, que quedaron grabadas en sus oídos, Juliette bajó del auto y corrió hacia la puerta de su casa bajo la lluvia que ahora caía con más fuerza. Antes de entrar, se giró para despedirse con un gesto de la mano. Gerardo esperó hasta que abrió la puerta antes de arrancar el motor nuevamente, un detalle considerado que no pasó desapercibido para Juliette.

Una vez dentro, apoyada contra la puerta cerrada, Juliette intentó procesar lo que acababa de ocurrir. Gerardo, un hombre respetado en la empresa, atractivo y aparentemente interesado en ella de una forma que parecía genuina y respetuosa. Un hombre que no jugaba con su mente, que no la hacía sentir desechable un día y especial al siguiente.

Y, sin embargo, mientras caminaba hacia la habitación de su madre y comprobaba el estado de salud de Ellie, sabía que ninguna cantidad de atención de Gerardo podría llenar el vacío que Danilo había creado en ella. Porque, a pesar de todo lo racional, a pesar de todas las señales de advertencia, a pesar del dolor, Juliette seguía anhelando esos momentos con él, esos instantes donde el mundo desaparecía y solo existían ellos dos.

Y ese anhelo, esa necesidad irracional, era quizás la mayor traición a sí misma que jamás había cometido. Porque ella solo estaba siendo usada y ella era consciente de eso.

Juliette llegó a la oficina con ojeras que el maquillaje apenas lograba disimular. La noche había sido larga, velando el sueño inquieto de Ellie, cuya fiebre finalmente había cedido cerca de las tres de la madrugada. Aunque la temperatura había bajado, ahora la gripe se manifestaba con toda su fuerza: congestión, tos seca y malestar general. Juliette ya había decidido que esa tarde, inmediatamente después del trabajo, la llevaría al ambulatorio para asegurarse de que no fuera nada grave.

Mientras encendía su computadora y organizaba los documentos para la reunión con los inversores europeos, sus pensamientos oscilaban entre la preocupación por su hermana y la ansiedad sobre cómo sería su interacción con Danilo ese día. Con él, cada mañana era una incógnita: ¿Sería el amante apasionado, el jefe indiferente o algo intermedio? La imprevisibilidad de su comportamiento la mantenía en un constante estado de alerta, como un animal pequeño siempre vigilante ante un depredador.

El sonido característico del ascensor interrumpió sus reflexiones. Instintivamente, su espalda se enderezó y sus manos se detuvieron sobre el teclado. Sabía quién era incluso antes de verlo.

Danilo salió del ascensor como una tormenta enfurecida. Su traje negro impecable contrastaba con su rostro sombrío, donde sus ojos brillaban con una ira. No era la expresión seria que solía mostrar en la oficina, ni siquiera el ceño fruncido de concentración que adoptaba ante problemas complejos. No, esto era diferente. Era una furia fría, calculada, dirigida.

Y estaba dirigida hacia ella.

Caminó con pasos firmes y decididos hacia ella. No se detuvo, no vaciló, y sus ojos no se apartaron de ella ni un segundo.

—Buenos días, señor —saludó Juliette, intentando mantener la compostura a pesar del temblor que comenzaba a recorrer su cuerpo. Algo estaba mal, terriblemente mal.

Danilo ni siquiera se molestó en responder.

—A mi oficina. Ahora —exigió, con una autoridad que no admitía réplica.

Sin esperar confirmación, continuó hacia su despacho, dejando la puerta abierta tras él. Un claro mensaje: sígueme.

Juliette se levantó con piernas temblorosas que de repente parecían incapaces de sostenerla. Su mente corría, repasando frenéticamente los últimos días, buscando cualquier error, cualquier falla que pudiera haber provocado esta reacción. ¿Había olvidado alguna tarea importante? ¿Cometió algún error en los informes? ¿Dicho algo indebido a alguien?

Entró en la oficina con pasos vacilantes, como quien ingresa a la jaula de una bestia salvaje. Apenas había cruzado el umbral cuando escuchó el violento golpe de la puerta cerrándose tras ella. El sonido retumbó por toda la habitación, haciendo vibrar los cristales de las ventanas y enviando una descarga de adrenalina por su sistema.

Antes de que pudiera reaccionar, Danilo estaba sobre ella. No la tocó inmediatamente, pero la acorraló contra el borde de su escritorio, invadiendo su espacio personal con su imponente presencia. El aroma de su loción, generalmente un afrodisíaco para ella, ahora parecía sofocante.

—¿Cuáles eran las reglas clave de nuestro contrato? —preguntó con una voz baja y peligrosa, en tono amenazante.

Juliette tragó saliva, su mente rebuscando entre los términos que habían acordado.

—Honestidad y exclusividad —respondió temblorosa.

Una sonrisa sin humor curvó los labios de Danilo. —Exactamente. Honestidad y exclusividad. Apoyó ambas manos en el escritorio, a cada lado de ella, encerrándola efectivamente. —Entonces, ¿quieres explicarme qué carajos hacías subiéndote ayer al auto de Gerardo?

Así que era eso. De alguna manera, Danilo la había visto. ¿La estaba vigilando? ¿O había sido una coincidencia? El pensamiento de que pudiera estar monitoreando sus movimientos debería haberla alarmado, pero en ese momento, lo único que podía procesar era la intensidad de sus celos.

—Yo… yo… él me ofreció llevarme a casa —explicó, intentando mantener la voz firme. —Estaba por llover y la parada del autobús está lejos. Fue solo un viaje.

—¿Solo un viaje? —repitió Danilo, y de repente sus manos estaban en su cintura, atrayéndola hacia su cuerpo con una fuerza que bordeaba entre la pasión y la posesividad. —¿Y los ojos de cachorro con los que te miraba? ¿Y su mano en tu brazo cuando subiste al auto? ¿También era ‘solo un viaje’?

La proximidad de su cuerpo, el calor que emanaba, la firmeza de su agarre, todo combinaba para crear una confusa mezcla de miedo y excitación en Juliette. Esta faceta de Danilo, consumido por los celos, mostrando abiertamente cuánto le afectaba la idea de perderla, era tan aterradora como embriagadora.

—No significó nada —insistió; su corazón latía tan fuerte que estaba segura de que él podía sentirlo. —Apenas lo conozco. Solo estaba siendo amable.

—Gerardo no es ‘amable’ con una mujer sin tener una agenda —gruñó Danilo, con su rostro ahora tan cerca que podía sentir su aliento en sus labios. —Es mi amigo, lo conozco mejor que tú. Ha estado detrás de ti desde que empezaste a trabajar aquí, ¿o me dirás que nunca te diste cuenta de sus intenciones?

Esta revelación la sorprendió. ¿Gerardo había mostrado interés en ella antes? Nunca lo había notado, demasiado concentrada en sus responsabilidades y, posteriormente, en su complicada relación con Danilo.

—No lo sabía —respondió honestamente. —Y aunque así fuera, no estoy interesada en él.

Algo en sus palabras pareció penetrar la nube de furia que rodeaba a Danilo. Sus ojos se suavizaron ligeramente, pero su agarre en la cintura de Juliette se mantuvo firme.

—Eres mía, Juliette —declaró, ronco, esa voz que envió escalofríos por su columna. —No compartiré lo que es mío. Ni con Gerardo, ni con nadie.

La posesividad de sus palabras debería haberla ofendido. En cualquier otra circunstancia, con cualquier otro hombre, se habría rebelado contra tal declaración. Pero con Danilo, las reglas normales no aplicaban. Con él, esas palabras posesivas despertaban algo primitivo en ella, un deseo de pertenencia, de ser reclamada, de ser valorada lo suficiente como para provocar este tipo de reacción.

—Soy tuya —confirmó, sorprendiéndose a sí misma con su declaración. —Desde la primera vez, he sido solo tuya.

Un gruñido de satisfacción escapó de la garganta de Danilo. Sus manos se deslizaron desde su cintura hasta su espalda, atrayéndola aún más contra él, hasta que no quedó espacio entre sus cuerpos.

—Demuéstralo —exigió, y no era una petición sino una orden.

Sin darle tiempo a responder, sus labios capturaron los de ella en un beso que nada tenía de tierno. Era un beso de posesión, de reclamo, de dominio. Sus manos recorrían su cuerpo con una urgencia casi desesperada, como si necesitara reafirmar su propiedad sobre cada centímetro de ella.

Juliette respondió con igual fervor; sus propias manos se aferraron a los hombros de Danilo, su cuerpo se arqueó contra el suyo. En ese momento, todas las dudas, todos los celos por Victoria, todas las preocupaciones sobre la naturaleza de su relación se desvanecieron. Solo existía esta conexión especial entre ellos, esa necesidad mutua que trascendía cualquier cosa.

Danilo la levantó y la sentó sobre el escritorio, situándose entre sus piernas. Sus manos encontraron el borde de su falda y comenzaron a deslizarla hacia arriba, exponiendo la piel de sus muslos al aire fresco de la oficina.

—Alguien puede entrar y… —jadeó Juliette entre besos; su mente aún conservaba un vestigio de racionalidad.

—Nadie entrará sin mi permiso —respondió él, mientras sus labios trazaban un camino de besos por su cuello. —Además, cerré la puerta con llave.

Por supuesto que lo había hecho. Danilo siempre estaba un paso adelante, siempre en control, incluso cuando parecía estar perdiendo el control.

Sus manos continuaron su exploración, encontrando el borde de su ropa interior y rozando la evidencia de su excitación. Un gemido escapó de los labios de Juliette, y Danilo lo capturó con otro beso posesivo.

—Esto —murmuró contra sus labios, mientras sus dedos jugaban con el elástico de su ropa interior— es mío. Solo mío.

—Solo tuyo —confirmó ella con la voz entrecortada.

Lo que siguió fue una demostración de dominación y posesión. Danilo la tomó allí mismo, sobre su escritorio, abriéndola, desnudándola, dejando al descubierto sus hermosos senos que deleitaron su boca, con una mezcla de furia y pasión que dejó a Juliette jadeante y temblorosa. No fue tierno, no fue romántico, fue bestial y crudo, una reivindicación física de lo que él consideraba suyo.

Y cuando ambos alcanzaron el clímax, con sus cuerpos tensos y unidos, Juliette comprendió que, para bien o para mal, estaba completamente perdida. No importaba cuán confusa fuera su relación, cuán inconsistente fuera su comportamiento, cuánto dolor pudiera causarle con su indiferencia o sus secretos. Estaba atada a Danilo de una manera que trascendía la lógica y la razón.

Después, mientras se arreglaban la ropa en silencio, Danilo parecía haber recuperado parte de su compostura habitual. Su rostro había perdido esa expresión de furia descontrolada.

—Lo siento —dijo sorprendiéndola. Danilo rara vez se disculpaba. —No debí reaccionar así. Pero la idea de verte con él…

No terminó la frase, pero no era necesario. Juliette entendía perfectamente lo que estaba diciendo. Los celos eran un sentimiento universal, después de todo, incluso para alguien tan aparentemente invulnerable como Danilo.

—No hay nada entre Gerardo y yo —reafirmó ella, suavemente. —Ni lo habrá.

Danilo asintió, aceptando su palabra. Luego, como recordando algo importante, su expresión cambió.

—¿Hablaste con tu familia sobre la mudanza? —preguntó, volviendo a un tema más práctico.

—Aún no —admitió Juliette. —Ellie ha estado enferma. Tiene gripe y anoche tuvo fiebre. Pensaba llevarla al ambulatorio esta tarde.

—¿Es grave?

—No creo —respondió ella. —Pero quiero asegurarme.

Danilo pareció considerar algo por un momento. Luego, con decisión, dijo: —Tómate la tarde libre. Llévala al médico y luego descansa. Cuando termine la reunión con los europeos, puedes retirarte.

—Pero, señor, tengo mucho trabajo y…

—Pueden esperar —interrumpió él con firmeza. —Tu hermana es más importante.

Esas simples palabras causaron un impacto profundo en Juliette. Danilo, el hombre que apenas horas antes la había ignorado completamente, que había pasado tiempo a solas con Victoria, que la había tratado como a una empleada más, ahora estaba poniendo las necesidades de su familia por encima de los intereses de la empresa. Era un gesto que no podía ignorar ni minimizar.

—Gracias —contestó agradecida.

Danilo asintió, como si no fuera gran cosa. Luego, volviendo a su tono más profesional, añadió: —Respecto al departamento, necesito que te mudes lo antes posible. Este fin de semana, preferiblemente. Puedo enviar a alguien para que ayude con la mudanza.

—De acuerdo —accedió Juliette, sabiendo que tendría que encontrar la manera de explicarle a su madre y a Digna de dónde había salido repentinamente esta oportunidad.

—Una cosa más —dijo—. Si Gerardo vuelve a ofrecerte un viaje, o cualquier cosa, recházalo. No me importa si está diluviando o nevando. Me llamarás a mí y yo enviaré un chofer por ti.

No era una sugerencia ni una petición. Era una orden.

—Sí, señor —respondió Juliette, casi automáticamente, metiéndose fácilmente en el rol de sumisa que habían establecido en sus momentos íntimos.

Una sonrisa de satisfacción curvó los labios de Danilo ante su respuesta. Soltó su brazo y se alejó, dándole permiso silencioso para retirarse.

Juliette se dirigió hacia la puerta. Sin embargo, algo la detenía, un peso invisible que la anclaba al suelo de aquella oficina. Una pregunta que ardía en su garganta, exigiendo salir como sea.

Se detuvo con la mano en el picaporte; su corazón estaba martilleando contra su pecho. No podía irse así, no después de lo que acababa de ocurrir, no cuando él le exigía exclusividad con tanta vehemencia. Si Danilo demandaba honestidad, entonces merecía lo mismo a cambio.

Giró lentamente, encontrando a Danilo observándola desde detrás de su escritorio. Sus dedos se entrelazaron frente a ella, estrujándose nerviosamente mientras reunía el valor necesario.

Danilo captó su vacilación de inmediato, abandonó su posición y se acercó a ella. Cuando estuvo frente a ella, levantó su mano y con el dedo índice le elevó suavemente su mentón, obligándola a mirarlo directamente a los ojos.

—Honestidad, Juliette —dijo con una voz profunda y totalmente ronca, esa voz que volvía loca a Juliette. —Por sobre todas las cosas.

Era el momento. Las palabras que habían estado ardiendo en su interior desde ayer, consumiéndola lentamente.

—Usted dijo que lo más importante era la honestidad y la exclusividad —comenzó, mordiéndose el labio inferior, un gesto involuntario que siempre surgía cuando estaba nerviosa o insegura.

Danilo asintió. —Así es.

—¿Y qué hay entre usted y la señorita Victoria? —Las palabras salieron atropelladamente, como si temiera que, de demorarse, perdería la valentía. —¿Qué pasó ayer mientras estuvieron encerrados aquí por más de una hora, y luego tuvieron una cita?

Ahí estaba. La pregunta que la había atormentado, que había envenenado sus pensamientos, que la había mantenido despierta incluso cuando el cuidado de Ellie ya no lo requería.

Para su sorpresa, la reacción de Danilo no fue de ira ni de disgusto. En su lugar, una lenta sonrisa se extendió por su rostro, una sonrisa que mezclaba satisfacción y diversión.

Antes de que Juliette pudiera procesar lo que esa sonrisa significaba, Danilo tomó su rostro entre sus manos y la besó. No fue un beso tierno ni dulce; fue un beso lleno de deseo, de posesión, de hambre.

Finalmente, se separó de ella, dejándola jadeante y confundida.

—Solo quiero que te quede una sola cosa en claro —dijo y sus pulgares acariciaron suavemente sus mejillas. —Ella no me interesa como mujer. Victoria simplemente me sirve para negocios.

Hizo una pausa, sus ojos recorrieron el rostro de Juliette como si quisiera memorizar cada detalle, antes de continuar:

—Pero tú, Juliette, eres mi sucio y delicioso secreto. Y no hay nada que desee más que tú.