26. Solo negocios
Danilo observó su reflejo en el espejo de su auto. Su traje negro impecable, su corbata perfectamente anudada, la imagen misma del control y el poder. Nadie que lo viera ahora podría imaginar el tumulto que se agitaba bajo esa fachada compuesta.
El reloj marcaba las 8:15 p.m. Victoria Lamarque estaría esperándolo en el hotel Altamira a las 8:30 para ir a cenar a un lujoso restaurante solo ellos dos. Una cena de negocios, supuestamente. Aunque ambos sabían que la heredera del imperio farmacéutico Lamarque tenía otros intereses además de la propuesta de fusión que venían discutiendo.
Pero eso era lo último que ocupaba su mente en ese momento.
La imagen se repetía una y otra vez en su cabeza como una película tortuosa: Juliette, su Juliette, subiendo al auto de Gerardo. La había visto desde la ventana de su auto, mientras contemplaba la lluvia que comenzaba a caer sobre la ciudad. Al principio, pensó que se trataba de un error, una confusión. Pero no. Era ella, con su vestido azul marino y su cabello recogido en una coleta simple, entrando al vehículo de uno de los pocos hombres que Danilo apreciaba.
Sin pensarlo dos veces, pidió a su chofer que los siguiera. Los siguió a una distancia prudente, con sus manos apretadas en puños sobre sus piernas, sus nudillos blancos de apretar con demasiada fuerza las manos. Los vio detenerse frente a la modesta casa de Juliette. Vio la sonrisa que ella le dedicó mientras conversaban brevemente antes de bajarse del auto.
Algo posesivo y salvaje rugió dentro de su pecho. Algo que no había sentido jamás, ni siquiera en las negociaciones más brutales o las adquisiciones más hostiles. Algo que lo hacía querer salir del auto, arrancar a Juliette del lado de ese hombre y reclamarla como suya frente a todo el mundo.
No lo hizo, por supuesto. Danilo nunca perdía el control y menos por una mujer.
Pero ahora, horas después, ese sentimiento seguía ardiendo en su interior, una mezcla tóxica de furia y posesividad.
Su teléfono vibró en su bolsillo. Un mensaje de Victoria: “Ya te estoy esperando. No puedo esperar para discutir nuestra… colaboración.”
Danilo guardó el teléfono sin responder y bajó de su auto. Tendría que lidiar con Victoria y sus ambiciones, tanto comerciales como personales. La propuesta que le había presentado esa tarde en su oficina era interesante desde el punto de vista financiero. Lamarque Pharmaceuticals era un gigante en su campo, y una fusión estratégica podría abrir mercados internacionales que Danilo llevaba años intentando penetrar.
Pero las “condiciones adicionales” que Victoria había insinuado durante su reunión no eran negociables. “Siempre he creído que las mejores alianzas empresariales se construyen sobre relaciones personales sólidas”, había dicho ella, mientras su mano rozaba intencionadamente la suya sobre el escritorio. “Tal vez deberíamos explorar… posibilidades.”
En otro momento, quizás habría considerado la propuesta. Victoria era hermosa, inteligente y provenía del mismo mundo que él. Era el tipo de mujer con la que se esperaba que alguien en su posición se relacionara.
Pero desde que Juliette había entrado en su vida, desde aquella primera noche en Danilo había perdido interés en cualquier otra. Algo en ella, en su combinación de fragilidad y fortaleza, en la forma en que se entregaba completamente en la intimidad, pero mantenía una dignidad inquebrantable fuera de ella, lo había cautivado de una manera que nunca había experimentado.
Y ahora, imaginarla con Gerardo…
Mientras caminaba hacia la entrada, intentó ordenar sus pensamientos, separar los negocios del caos emocional que lo consumía. Era lo que siempre había hecho: compartimentar, controlar, dominar cada situación.
Pero esa noche era diferente. Esa noche, Juliette estaba bajo su piel como un veneno dulce que no podía ni quería expulsar.
Victoria lo vio acercarse y sonrió de forma exagerada.
—Danilo —sonrió ella, extendiendo su mano. —Comenzaba a pensar que me dejarías plantada.
—No podría —respondió Danilo intentando mostrar interés, uno que no tenía en absoluto.
Él tomó su mano brevemente, inclinando la cabeza en un saludo formal. —Mis disculpas por el retraso. El tráfico.
Era una mentira, pero Victoria no necesitaba saber que se había demorado porque no podía dejar de pensar en Juliette y Gerardo, imaginando escenarios cada vez más tortuosos.
Victoria llevaba un vestido rojo que realzaba su figura esbelta y su cabello negro recogido en un moño elegante. Objetivamente hermosa, calculadamente seductora.
—Vale la pena esperar por ti —respondió ella, con una sonrisa que insinuaba mucho más de lo que decía.
—¿Vamos? —le ofreció el brazo y ella, sonriendo, lo tomó para caminar hacia el auto de Danilo que esperaba.
Llegaron al restaurante, Victoria tomada del brazo de Danilo. La recepcionista los guio hasta una mesa privada al fondo del restaurante, apartada lo suficiente para garantizar discreción, pero visible para quienes importaban.
La cena comenzó con la rutina habitual: charla ligera sobre conocidos comunes, comentarios sobre el último evento social al que ambos habían asistido, observaciones superficiales sobre el estado de la economía. Victoria jugaba bien este juego, sabiendo exactamente cuándo reír, cuándo mostrar interés, cuándo desafiar sutilmente sus opiniones para mantener su atención.
Pero la mente de Danilo estaba en otra parte. ¿Y si Gerardo la hubiese llevado a algún hotel para hacerla suya? ¿Juliette estaba interesada en él?
—¿Danilo? ¿Me estás escuchando?
La voz de Victoria lo trajo de vuelta al presente. Ella lo observaba ya con irritación y algo de curiosidad al notarlo tan pensativo.
—Por supuesto —respondió automáticamente. —La propuesta de expansión hacia el mercado asiático.
Victoria entrecerró los ojos. —Estaba hablando de las cláusulas de exclusividad en el contrato de fusión.
—Ah. —Danilo dio un sorbo a su vino, ganando tiempo. —Continúa.
—¿Qué te pasa esta noche? —preguntó ella, inclinándose ligeramente hacia adelante, para que su escote atrajera su mirada. —Pareces… distante.
—Ha sido un día largo —se limitó a responder. —Continúa con los términos de la fusión.
Victoria lo estudió por un momento más antes de retomar la conversación comercial. Mientras ella detallaba porcentajes y cláusulas, la mente de Danilo seguía vagando hacia Juliette. La forma en que sus ojos se iluminaban cuando sonreía genuinamente, la suavidad de su piel bajo sus dedos, cómo se entregaba completamente cuando la tomaba, el aroma de su coño…
—Por supuesto, como mencioné esta tarde —la voz de Victoria adquirió un tono más íntimo, interrumpiendo sus pensamientos—, hay otros aspectos de nuestra potencial colaboración que me gustaría explorar.
Su pie rozó deliberadamente la pantorrilla de Danilo bajo la mesa.
—Victoria —dijo él, con su voz firme pero no agresiva—, creo que fui claro esta tarde. La fusión debe evaluarse exclusivamente por sus méritos comerciales.
Una expresión de disgusto cruzó brevemente el rostro de la mujer antes de ser reemplazada por una sonrisa calculada. —Por supuesto. Pero no puedes culparme por intentarlo. Siempre he admirado tu… determinación.
Su mirada recorrió el rostro de Danilo con una intensidad que habría halagado a la mayoría de los hombres. Pero él solo podía pensar en otros ojos, más honestos, más profundos.
—Una relación personal entre nosotros complicaría innecesariamente los negocios —dijo con finalidad.
—¿Hay alguien más? —preguntó Victoria directamente, su intuición comercial manifestándose también en lo personal. —Nunca has sido conocido por rechazar… oportunidades ventajosas.
La imagen de Juliette inundó nuevamente su mente: vulnerable y fuerte al mismo tiempo, entregada y reservada, suya y a la vez tan independiente.
—Mi vida personal no está en discusión —respondió secamente.
Victoria sonrió levemente, un poco ofendida —Interesante.
—Victoria —dijo; en tono de advertencia.
Ella levantó las manos en un gesto de rendición. —Está bien, está bien. Volvamos a los negocios. Aunque debo admitir que estoy intrigada. Debe ser alguien especial para tenerte tan… distraído.
El resto de la cena transcurrió en una bruma para Danilo. Discutieron términos, plazos, porcentajes, pero su mente seguía regresando obsesivamente a Juliette y Gerardo. Cada minuto que pasaba aumentaba su frustración, su necesidad de reclamarla, de recordarle a quién pertenecía realmente.
Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, la cena concluyó. Como el caballero que su padre le había enseñado a ser, Danilo acompañó a Victoria hasta su hotel, a pesar de que cada fibra de su ser quería dirigirse directamente a casa de Juliette y exigir explicaciones.
—Ha sido una noche… encantadora —comentó Victoria mientras se detenían frente al lujoso establecimiento.
—Continuaremos las negociaciones —respondió él, manteniendo la conversación estrictamente profesional.
Victoria lo estudió por un momento, su mirada astuta evaluándolo
—Por supuesto. Buenas noches, Danilo. —Se puso de puntillas sobre sus lujosos tacones para dejar un beso en la comisura de los labios de Danilo. Porque Victoria no se daría por vencida. Danilo sería suyo como sea.
Apenas Victoria desapareció dentro del hotel, Danilo aflojó el nudo de su corbata, sintiendo que podía respirar por primera vez en horas. Su primer impulso fue dirigirse directamente a casa de Juliette, irrumpir en su vida como una tormenta y exigirle que nunca, jamás, volviera a subir al auto de otro hombre.
Pero eso no era lo que hacía Danilo Brown. Él no perseguía; era perseguido. No suplicaba; ordenaba. No perdía el control; lo ejercía.
Con un esfuerzo supremo de voluntad, dirigió su auto hacia su propio penthouse esa noche, no a la casa que aún compartía con Rebeca, donde las luces de la ciudad lo recibieron con su indiferente belleza. Se sirvió un whisky y se acercó al ventanal donde tantas veces había tomado a Juliette, donde la había hecho suya contra el cristal, con la ciudad como testigo silencioso de su pasión.
El recuerdo solo avivó el fuego de sus celos. ¿A Juliette le gustaba Gerardo?
No, se dijo a sí mismo. Juliette no era así. Había visto demasiado de ella, había excavado demasiado profundo en su alma durante esas noches de intimidad como para no conocerla. Ella no lo traicionaría así.
Pero la semilla de la duda, una vez plantada, era difícil de erradicar.
Tomó su teléfono, contemplando la posibilidad de llamarla, de exigir explicaciones ahora mismo. Pero su dedo se detuvo sobre su nombre en la pantalla.
No. Mañana. Mañana la enfrentaría en la oficina, donde tenía el control, donde podía mantener sus emociones. Le recordaría los términos de su acuerdo, le dejaría claro que ella le pertenecía exclusivamente, le haría entender que no toleraría verla con nadie más, especialmente con Gerardo Rivera.
Y luego, cuando hubiera establecido nuevamente los límites, la tomaría hasta que ambos olvidaran todo excepto la sensación de sus cuerpos unidos, hasta que ella gritara su nombre como una plegaria.
Porque Juliette era suya. No importaba que Victoria Lamarque quisiera algo más que una fusión empresarial. No importaba que el mundo esperara que alguien como él terminara con alguien como ella. No importaba que mantener a Juliette como su secreto fuera necesario para protegerla y para protegerse a sí mismo de vulnerabilidades que nunca antes había permitido.
Lo único que importaba era que mañana, Juliette sabría exactamente a quién pertenecía. Y se aseguraría de que nunca, jamás, lo olvidara.