LNCrawler

27. Territorio Marcados

El Precio Del Amor 18+ — booknet.com · All chapters

27. Territorio Marcados

Los días siguientes a aquella confrontación en la oficina de Danilo trajeron un cambio sutil, pero innegable, en la dinámica entre ellos. Lo que antes había sido una cuidadosa separación entre lo profesional y lo personal comenzaba a difuminarse; las líneas que Danilo había trazado con tanta insistencia se volvían cada vez más borrosas.

Ya no era solo el roce accidental de sus dedos al intercambiar documentos, o las miradas llenas de deseo que se prolongaban un segundo más de lo apropiado. Ahora había nuevos gestos: Danilo apoyando ligeramente su mano en la espalda baja de Juliette mientras caminaban por el pasillo, inclinándose demasiado cerca cuando revisaban informes juntos, dejando que su aliento cálido acariciara la nuca de ella mientras fingía señalar algo en la pantalla de su computadora.

Para Danilo, mantener la fachada de mera profesionalidad se había convertido en una tortura autoimpuesta que cada vez toleraba menos. Después de haber marcado su territorio tan claramente aquella mañana, después de haberle recordado a Juliette a quién pertenecía sobre ese mismo escritorio donde ahora discutían estrategias de mercado, la pretensión de indiferencia le resultaba casi imposible.

Juliette, por su parte, descubrió que le gustaba este nuevo juego. Había algo embriagador en el poder que sentía al percibir cómo la compostura legendaria de Danilo se agrietaba cuando ella, deliberadamente, se inclinaba un poco más de lo necesario para recoger un documento caído, o cuando humedecía sus labios mientras lo miraba directamente a los ojos durante una reunión.

Era un baile peligroso, una coreografía de provocaciones sutiles y control apenas mantenido que elevaba la tensión entre ellos a niveles casi insoportables.

—Necesito esos informes para la reunión de las tres —dijo Danilo una tarde, deteniéndose junto al escritorio de Juliette. En modo jefe, pero sus ojos comunicaban algo muy diferente mientras recorrían lentamente su rostro.

—Por supuesto, señor —respondió ella, sosteniendo su mirada con una confianza que nunca antes habría mostrado en la oficina. —¿Prefiere que se los lleve a su despacho… ahora?

La insinuación en su tono era leve, pero suficiente para que la mandíbula de Danilo se tensara visiblemente.

—Sí —respondió, con un tono mas ronco—Inmediatamente.

Juliette recogió la carpeta y siguió a Danilo hacia su oficina.

Una vez dentro del despacho, Danilo cerró la puerta. No la cerró con llave, no era necesario.

—Estás jugando con fuego, Juliette —murmuró, acercándose a ella con la gracia predatoria que reservaba para sus momentos privados.

—No sé a qué te refieres —respondió ella, extendiendo la carpeta hacia él con una inocencia fingida que ambos sabían era falsa.

Danilo tomó la carpeta, pero no se detuvo ahí. Sus dedos rozaron deliberadamente los de ella, manteniéndose en contacto más tiempo del necesario.

—Sabes exactamente a qué me refiero —declaró con la voz ronca—. Te he visto hoy en la sala de conferencias. La forma en que me mirabas mientras discutía con los accionistas. La forma en que cruzaste las piernas, sabiendo que no podía apartar mis ojos de ti.

Juliette sintió que el calor subía a sus mejillas, pero no apartó la mirada. —Solo hacía mi trabajo, señor. Tomando notas, como usted ordenó.

—¿Es eso lo que estabas haciendo? —Danilo dio un paso más, eliminando casi por completo el espacio entre ellos. Tan cerca que podía sentir el calor emanando de su cuerpo, oler su perfume mezclado con ese aroma que era únicamente suyo. —¿O estabas recordándome lo que tendré esta noche, en mi penthouse solos, tú y yo?

—Tal vez ambas cosas —admitió ella, sintiendo una gran satisfacción al ver cómo sus pupilas se dilataban ante su honestidad.

Danilo levantó una mano y acarició suavemente su mejilla, un gesto que nunca antes se habría permitido en la oficina, no importa cuán vacío estuviera el piso.

—Esta noche —murmuró, mientras su pulgar trazaba el contorno de su labio inferior— te haré pagar por cada segundo de tortura que me has hecho pasar hoy.

No era una amenaza; era una promesa que envió un escalofrío de anticipación por la espina dorsal de Juliette.

—Espero con ansias —respondió ella, sorprendiéndose a sí misma con su audacia.

Juliette sabía que debía retroceder, volver a su escritorio, mantener esa fachada de secretaria que tanto importaba a Danilo. Pero su cuerpo se negaba a moverse, atrapado en la gravitación del hombre frente a ella.

Fue en ese preciso momento, con Danilo inclinándose peligrosamente hacia ella, sus labios a centímetros de los suyos y su mano aún acariciando la pequeña cintura de Juliette, que la puerta se abrió sin previo aviso.

—Danilo, necesito hablar contigo sobre la propuesta de…

Gerardo se detuvo en seco, las palabras murieron en sus labios mientras sus ojos registraban la escena frente a él: Danilo y Juliette, demasiado cerca, en una posición que no dejaba lugar a interpretaciones inocentes.

Durante un instante eterno, los tres permanecieron congelados en un cuadro de sorpresa. Juliette fue la primera en reaccionar, alejándose rápidamente de Danilo; sus mejillas se encendieron por la vergüenza y la adrenalina.

—Disculpe, señor —murmuró, evitando su mirada. —Los dejo solos.

Intentó dirigirse hacia la puerta, pero para su sorpresa, Danilo la detuvo con un gesto sutil, colocando su mano brevemente en el brazo de ella. Un mensaje claro: no huyas.

—Gerardo —dijo Danilo con una calma que desmentía la tensión en el ambiente. —Deberías aprender a tocar antes de entrar.

No había vergüenza en su tono, ni prisa por explicar lo que Gerardo acababa de presenciar. Solo una fría irritación por la interrupción.

Gerardo miró alternativamente a Danilo y a Juliette.

—Claramente interrumpí algo —comentó, sin intentar ocultar los celos que sentía—. Mis disculpas.

—¿Qué necesitabas? —preguntó Danilo, ignorando la insinuación y manteniendo una mano ligeramente apoyada en la espalda baja de Juliette, un gesto que no pasó desapercibido para Gerardo.

—La propuesta para los inversores japoneses —respondió Gerardo, recuperando parte de su compostura profesional. —Pero veo que estás… ocupado. Podemos discutirlo más tarde.

—En efecto —asintió Danilo, sin negar que estaba ocupado con Juliette. —Pasa por mi oficina al final del día. Y la próxima vez, toca.

El despido era claro. Gerardo asintió brevemente, lanzó una última mirada evaluadora a Juliette y se retiró, cerrando la puerta tras de sí. Con una punzada de celos en su pecho y su rostro descompuesto que no pasó desapercibido para ninguno.

En cuanto estuvieron solos nuevamente, Juliette se giró hacia Danilo, con absoluto pánico visible en su rostro.

—Nos vio —susurró asustada—. Gerardo nos vio y él podría…

—No importa —interrumpió Danilo, sin alterarse—. De hecho, me alegra que lo hiciera.

—¿Qué? —Juliette lo miró incrédula. —Pero siempre has insistido en la discreción, en mantener nuestra… relación en secreto.

Danilo la estudió por un momento. —Gerardo es un caso especial —declaró—. Necesitaba entender ciertas… fronteras.

Juliette comprendió entonces: —Esto es por lo del otro día, ¿verdad? ¿Por el viaje a casa?

Una sonrisa sin humor curvó los labios de Danilo. —Eres perceptiva —concedió. —Sí, en parte. Gerardo necesitaba un recordatorio visual de qué líneas no debe cruzar.

La posesividad en su tono debería haberla alarmado, pero en cambio, Juliette sintió una extraña sensación de exasperación y algo cercano al placer. Era perturbador cuánto la excitaba esta faceta territorial de Danilo, a pesar de todas las banderas rojas que ondeaban en su mente.

—¿Y qué pasa con la discreción? —preguntó, intentando mantener el enfoque en las consecuencias prácticas. —¿Qué pasa si lo cuenta a alguien más?

—No lo hará —respondió Danilo con una certeza absoluta. —Me encargaré de ello. Ahora, vuelve a tu escritorio. Continuaremos esta… conversación esta noche.

La forma en que dijo “conversación” dejaba claro que tenía en mente actividades que requerían menos palabras y mucha más piel. Juliette asintió, aún procesando lo ocurrido, y salió de la oficina intentando proyectar una normalidad que estaba lejos de sentir.

El resto de la tarde transcurrió en una bruma de trabajo y nervios.

Al final del día, vio a Gerardo dirigirse a la oficina de Danilo como habían acordado. Sus miradas se cruzaron brevemente.

Dentro de la oficina, Danilo esperaba de pie junto a la ventana, contemplando la ciudad que se extendía ante sus ojos. No se giró cuando escuchó la puerta abrirse y cerrarse.

—Ahora entiendo por qué rechazaste tan categóricamente la propuesta de Victoria —comentó Gerardo, rompiendo el silencio. —Tienes gustos más… modestos.

Danilo se giró lentamente.

—Cuidado, Gerardo —advirtió en tono amenazante—. Estás entrando en terreno peligroso.

Gerardo se permitió una sonrisa tensa. —Solo constato un hecho. Aunque debo admitir que me sorprende. Siempre fuiste tan estricto con la política de no fraternización.

—No estamos aquí para discutir mis políticas personales —respondió Danilo, acercándose a su escritorio. —Estamos aquí para establecer claramente que Juliette está fuera de tus límites. Porque eso es realmente lo que más te molesta, ¿no es así?

La franqueza de la declaración pareció tomar a Gerardo por sorpresa. Se recuperó rápidamente; sin embargo, enmascaró su reacción bajo una capa de diversión forzada.

—¿Es esta la conversación donde me adviertes que me mantenga alejado de tu chica? —preguntó, intentando sonar despreocupado. —Porque si es así, me parece un poco melodramático, incluso para ti.

—Llámalo como quieras —respondió Danilo, imperturbable. —El resultado es el mismo. No más viajes a casa. No más conversaciones privadas. No más intentos de acercamiento bajo ningún pretexto.

Gerardo lo estudió por un momento, borrando su sonrisa gradualmente.

—Somos amigos desde hace tiempo, Danilo —dijo en tono serio—. Te mereces al menos mi honestidad. Sí, me interesa Juliette. Es inteligente, hermosa y tiene una fortaleza que pocas personas poseen. Pero si estás diciendo que entre ustedes hay algo real…

—Lo que haya o no entre Juliette y yo no es asunto tuyo —interrumpió Danilo—. Lo único que necesitas entender es que ella está fuera de tu alcance.

—¿Y ella sabe que estás aquí, marcando tu territorio como un perro alfa? ¿O es este otro de tus movimientos unilaterales de control?

La pregunta tocó un nervio, pero Danilo no permitió que se reflejara en su expresión. —Mi relación con Juliette es entre ella y yo.

—Por supuesto que lo es —respondió Gerardo con un deje de amargura. —Todo siempre es en tus términos, ¿verdad, Danilo? Negocios, amistades, relaciones… todo debe ajustarse a tu visión del mundo.

—Si tienes algo que decir, dilo directamente —lo desafió Danilo, mientras su paciencia se agotaba.

Gerardo pareció considerar sus opciones por un momento. Finalmente, exhaló lentamente, como resignándose.

—Solo diré esto —respondió, mirando directamente a Danilo. —Juliette merece más que ser un sucio secreto. Merece alguien que esté orgulloso de estar con ella a la luz del día, no solo detrás de puertas cerradas. Ella es una mujer para llevar de la mano, mostrarle al mundo entero; es una mujer hermosa y no solo por fuera. Si ella para ti es solo un objeto para saciar tus sucios placeres, no lo merece.

El comentario dio en el blanco, tocando las mismas dudas que a veces asaltaban a Danilo en la quietud de la noche. ¿Estaba siendo justo con Juliette? ¿Merecía ella más de lo que él estaba dispuesto o podía ofrecerle?

Pero esas dudas eran suyas para examinar en privado, no para ser expuestas ante Gerardo.

—Tu preocupación por el bienestar de Juliette es conmovedora —respondió con frialdad—, pero innecesaria. Lo que ella merece o no merece no es algo que tú debas determinar.

—Quizás —concedió Gerardo, dirigiéndose hacia la puerta. Se detuvo con la mano en el picaporte y miró por encima de su hombro. —Pero recuerda esto, Danilo: las personas no son propiedades. Y los secretos rara vez permanecen ocultos por mucho tiempo. Y el karma, Dios, el karma pega duro cuando toca.

Con esas palabras, salió de la oficina, dejando a Danilo solo con pensamientos que preferiría no haber tenido que confrontar.

Mientras tanto, Juliette esperaba en su escritorio, observando a Gerardo salir de la oficina de Danilo con una expresión indescifrable. Cuando sus miradas se cruzaron, él le ofreció una sonrisa triste y un pequeño asentimiento antes de dirigirse hacia los ascensores.

¿Qué habría ocurrido entre ellos? ¿Qué habría dicho Danilo? Y más importante aún, ¿cómo cambiaría esto la delicada telaraña de relaciones y secretos que se había tejido a su alrededor?

Con esas preguntas sonando en su mente, Juliette vio cómo la puerta de la oficina de Danilo se abría nuevamente, y él emergía con una expresión determinada que conocía bien.

—En el penthouse —dijo simplemente al pasar junto a su escritorio. —Ahora.

No era una solicitud, ni siquiera una invitación. Era una orden que envió un escalofrío por su columna. A pesar de las complicaciones, a pesar de los riesgos, a pesar de todo lo que sabía que debería preocuparle, Juliette solo podía pensar en una cosa: estaría con él como hacía tanto tiempo lo deseaba.

Porque por más que intentara negarlo, por más que supiera que debería resistirse, este juego peligroso, esta danza al borde del precipicio, la hacía sentir más viva de lo que jamás había estado.