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28. Rendición

El Precio Del Amor 18+ — booknet.com · All chapters

28. Rendición

El ascensor descendió hacia el subsuelo, transportando a Juliette y Danilo en un silencio como si hubiera entre ellos un campo de electricidad. La tensión entre ellos casi se podía tocar con las manos, un campo magnético invisible que parecía reducir el oxígeno en el pequeño espacio. Juliette mantenía la mirada fija en los números que cambiaban en el panel, consciente de cada centímetro que los separaba, de cada respiración acelerada, de cada segundo que parecía alargarse eternamente.

Danilo, por su parte, se mantenía perfectamente erguido, su postura impecable. Pero Juliette podía sentir la intensidad de su mirada sobre ella, recorriéndola como si ya la estuviera desvistiendo, como si las paredes del ascensor no existieran y estuvieran ya en la intimidad de su penthouse.

Ninguno habló. No era necesario. Las palabras se habían vuelto superfluas frente a la comunicación silenciosa de sus cuerpos, a la promesa implícita que había entre ellos desde aquella interrupción en la oficina.

El ascensor finalmente se detuvo y las puertas se abrieron, revelando el estacionamiento subterráneo. El chofer de confianza de Danilo esperaba junto al Audi negro.

—Buenas noches, señor Montero —saludó, abriendo la puerta trasera del vehículo.

Danilo respondió con un breve asentimiento.

Juliette entró primero al auto, deslizándose sobre el suave cuero negro, seguida por Danilo, que tomó asiento junto a ella. Una distancia cuidadosamente medida los separaba, suficiente para mantener las apariencias, insuficiente para calmar el fuego que ardía entre ellos.

El chofer cerró la puerta y rodeó el vehículo para ocupar su lugar tras el volante.

—¿A dónde, señor? —preguntó, mirándolo brevemente por el espejo retrovisor.

—Al penthouse —ordenó Danilo; su voz parecía controlada, pero con un matiz de urgencia que no escapó a la percepción de Juliette. Esas dos simples palabras enviaron una descarga a la intimidad de Juliette; su sexo comenzaba a palpitar.

El auto comenzó a ascender por la rampa, dejando atrás la penumbra del subsuelo para emerger en la ciudad nocturna.

Fue entonces, justo cuando el auto se incorporaba al tráfico de la avenida, cuando la última barrera de control de Danilo finalmente cedió.

Con un movimiento repentino, su mano se deslizó hacia la nuca de Juliette, sus dedos se entrelazaron con su cabello, sujetándola con una firmeza que no admitía resistencia. La atrajo hacia él con una necesidad casi violenta; sus labios se pegaron a los suyos en un beso que nada tenía de tierno o tentativo.

Era hambre pura, deseo crudo, la culminación de horas o días de tensión acumulada que finalmente encontraba su liberación. Sus labios se movían sobre los de ella con una intensidad abrasadora; su lengua exigía entrada, reclamando territorio ya conquistado, pero nunca suficientemente explorado.

Juliette respondió con igual fervor. Todas las pretensiones de decoro, todas las preocupaciones sobre lo apropiado, se evaporaron bajo el calor de ese beso. Sin romper el contacto e impulsada por el deseo que sentía, se sentó sobre el regazo de Danilo, colocando sus piernas a horcajadas sobre las de él.

Su falda ajustada, pensada para la oficina y no para tales maniobras, se tensó y luego cedió, subiendo hacia arriba, exponiendo sus muslos y caderas.

Las manos de Danilo, libres ahora de cualquier restricción autoimpuesta, se deslizaron por su espalda, trazando su columna vertebral sobre la fina tela de su blusa hasta descender y posarse posesivamente sobre sus nalgas. Sus dedos se hundieron en la carne suave, atrayéndola más cerca, eliminando cualquier espacio que pudiera existir entre sus cuerpos.

La presencia del chofer, apenas separado de ellos por la división parcial entre los asientos delanteros y traseros, se desvaneció de la conciencia de ambos. En ese momento, el mundo exterior había dejado de existir. Solo estaban ellos, sus cuerpos entrelazados, el sabor y el tacto del otro, esa conexión que trascendía cualquier consideración racional.

Juliette se movió instintivamente sobre él. Sus manos recorrían el torso de Danilo sobre su camisa, sintiendo los músculos tensos bajo la tela, deseando arrancar cada botón para sentir su piel directamente.

Danilo rompió el beso solo para trazar un camino ardiente a lo largo de su mandíbula, descendiendo por su cuello, encontrando ese punto sensible justo debajo de su oreja que sabía la hacía estremecer. Sus dientes rozaron suavemente la piel delicada, provocando un gemido que Juliette intentó, sin éxito, contener.

El sonido pareció inflamar aún más a Danilo. Sus manos ascendieron por sus costados, rozando el contorno de sus senos sobre la blusa; sus pulgares trazaron círculos sobre la tela que cubría sus pezones ya endurecidos por el deseo.

—Danilo —suspiró ella, en algo que parecía un ruego. Si continuaban así, pronto cruzarían una línea que no habría manera de justificar incluso ante el más discreto de los choferes.

—Te necesito —respondió él contra su piel, un gruñido ronco que envió escalofríos por la columna de Juliette. —No puedo esperar.

—Pronto —prometió ella, tomando su rostro entre sus manos y besándolo nuevamente, esta vez más lenta, más profundamente, un beso que era un intento de calmar temporalmente el fuego que amenazaba con consumirlos a ambos.

Danilo aceptó la tregua momentánea, aunque sus manos continuaron tocándola, manteniendo viva la tensión, el deseo de lo que vendría una vez que estuvieran verdaderamente solos.

Lo que normalmente era un trayecto de veinte minutos pareció transcurrir en un instante, y a la vez, en una eternidad. Cuando el auto finalmente se detuvo frente al lujoso edificio donde se encontraba el penthouse de Danilo, ambos estaban jadeantes, con sus ropas desarregladas, sus labios hinchados por los besos.

El chofer de Danilo, profesional hasta el final, mantuvo la mirada fija al frente mientras abría la puerta para ellos. Si había escuchado los suspiros y gemidos ahogados, si había notado los movimientos inequívocos en el asiento trasero a través del espejo retrovisor, su rostro no mostraba ninguna reacción.

—¿Necesitará el auto más tarde, señor? —preguntó con perfecta neutralidad.

—No —respondió Danilo, mientras ayudaba a Juliette a salir del vehículo. —Puedes retirarte por hoy.

—Muy bien, señor. Que pase buena noche —respondió el chofer, permitiéndose finalmente una leve sonrisa que podría interpretarse de múltiples maneras.

Juliette, con las mejillas encendidas tanto por la actividad reciente como por la vergüenza tardía, intentó arreglar su falda y su cabello mientras Danilo la guiaba hacia la entrada del edificio. Sus piernas temblaban ligeramente, y no solo por la posición incómoda que había mantenido en el auto.

El portero los saludó con discreción, aunque Juliette no pudo evitar preguntarse si era evidente lo que habían estado haciendo, si llevaban escrito en sus rostros, en su ropa desarreglada, en el brillo de sus ojos, lo que habían estado haciendo.

El ascensor privado que conducía directamente al penthouse se cerró tras ellos, y antes de que Juliette pudiera siquiera respirar, Danilo la tenía nuevamente contra la pared, con su gran cuerpo aprisionando el suyo, mientras sus labios reclamaban los suyos con urgencia.

Esta vez no había nadie que pudiera interrumpirlos, nadie ante quien mantener una fachada. Solo ellos y el deseo incontrolable que habían estado reprimiendo durante demasiado tiempo.

—Mía —murmuró Danilo contra sus labios, deslizando sus manos bajo su blusa, tocando finalmente su piel. —Solo mía.

Era suya, completamente, sin reservas ni condiciones. Y él, a su manera, también le pertenecía a ella.

Las puertas del ascensor se abrieron directamente al penthouse, revelando el elegante espacio que Juliette ya conocía, pero que siempre lograba impresionarla. La ciudad brillaba a través de los enormes ventanales.

Con un esfuerzo casi sobrehumano, Danilo se separó de ella, creando un espacio mínimo entre sus cuerpos. Sus ojos, sin embargo, permanecían fijos en los de ella, oscurecidos por un deseo que parecía haber alcanzado su punto de ebullición.

—Necesitamos… calmarnos —dijo, con la voz ronca que contradecía completamente sus palabras. —O no llegaremos ni siquiera al dormitorio.

Juliette asintió, aunque su cuerpo protestaba ante la separación. Su piel ardía donde las manos de Danilo la habían tocado, sus labios palpitaban por la intensidad de sus besos, y cada célula de su ser anhelaba continuar lo que habían comenzado en el auto.

Danilo se dirigió hacia el bar en una esquina del amplio salón. Se movía con una elegancia felina, pero Juliette podía percibir la tensión en cada uno de sus músculos, el esfuerzo que le costaba mantener ese control. Sus ojos no pudieron evitar fijarse en la evidencia más visible de su deseo: el prominente bulto que tensaba la tela de sus pantalones, una prueba inequívoca de lo que la esperaba.

Danilo descorchó una botella de vino tinto y sirvió dos copas y le ofrecía una.

—Bebe —ordenó, recuperando ese tono de mando que usaba cuando adoptaba plenamente su rol dominante.

No era una sugerencia ni una invitación. Era una orden directa, y Juliette sintió que algo se derretía dentro de ella ante ese tono. Sin apartar sus ojos de los de él, tomó la copa y, en un movimiento que sorprendió a ambos, la vació de un solo trago.

El vino era exquisito, con notas de cereza y roble, pero apenas registró el sabor. Su mente estaba demasiado concentrada en Danilo, en la forma en que la observaba, en lo que vendría.

Danilo, percibiendo su intención incluso antes de que ella misma la concretara, tomó suavemente la copa vacía de sus manos, colocándola junto con la suya, aún llena, sobre la mesa más cercana.

Sin necesidad de palabras, sin esperar ninguna instrucción adicional, Juliette se dejó llevar por el impulso que había estado conteniéndose desde que vio a Danilo esa mañana en la oficina. Lentamente, manteniendo sus ojos fijos en los suyos, se arrodilló frente a él.

El mármol estaba frío bajo sus rodillas. Sus manos ascendieron por las piernas de Danilo, sintiendo la tensión de sus músculos a través de la tela fina de sus pantalones, hasta detenerse en su cinturón.

Danilo la observaba desde arriba, con la respiración cada vez más irregular, con sus pupilas dilatadas hasta casi eliminar el color de sus iris. La imagen de Juliette arrodillada ante él, sus manos trabajando en su cinturón, era demasiado para soportar.

—Juliette —su nombre escapó de sus labios como una súplica apenas disfrazada de control.

Ella sonrió, una sonrisa que mezclaba inocencia y perversión, mientras sus dedos desabrochaban hábilmente el cinturón, luego el botón y finalmente bajaban la cremallera con una lentitud exasperante para Danilo.

Con la misma lentitud calculada, Juliette deslizó sus manos dentro de la apertura, y sus dedos encontraron lo que buscaban a través de la tela de su ropa interior. Danilo contuvo el aliento cuando ella lo acarició suavemente, trazando su contorno, aprendiendo su forma a través del tacto.

—Por favor —murmuró Danilo, y esa simple petición, viniendo de un hombre que raramente pedía algo, que estaba acostumbrado a ordenar y ser obedecido, envió una ola de poder a través de Juliette.

Ella liberó su erección de su bóxer, contemplándola por un momento con admiración y deseo. Danilo era magnífico en todos los sentidos, y este aspecto de él no era una excepción.

Sin romper el contacto visual, Juliette se inclinó hacia adelante; sus labios rozaron primero la punta en un beso casi reverente. El gemido que escapó de la garganta de Danilo fue toda la confirmación que necesitaba. Gradualmente, sus labios se separaron, tomándolo más profundamente; su lengua exploró, descubriendo qué movimientos provocaban las reacciones más intensas en él.

Las manos de Danilo encontraron su camino hacia el sedoso cabello de Juliette, no para controlar sus movimientos, sino simplemente para anclarse a algo mientras las sensaciones lo inundaban. Había imaginado este momento durante todo el día, había anhelado la sensación de esos labios sobre él, y ahora que finalmente estaba ocurriendo, la realidad superaba cualquier fantasía.

—Perfecta —murmuró, con la voz totalmente ronca por el placer. —Eres perfecta.

Juliette intensificó sus atenciones, alentada por sus palabras, por los sonidos que él no podía contener, por la forma en que su cuerpo respondía a cada uno de sus movimientos. Había un poder embriagador en eso, en saber que ella, arrodillada ante él, tenía a este hombre poderoso completamente a su merced.

Los minutos se desdibujaron mientras continuaba, alternando entre movimientos suaves y más intensos, aprendiendo el ritmo que lo llevaba al límite solo para ralentizar, prolongando el placer, creando una tensión que crecía con cada segundo.

Finalmente, cuando Danilo sentía que no podría soportar más sin perder completamente el control, la detuvo con una mano firme en su hombro.

—Suficiente —sentenció con la voz apenas reconocible por el deseo. —No quiero terminar esto demasiado pronto.

Rápidamente la levantó del suelo hasta que estuvo de pie frente a él. Sus labios capturaron los suyos en un beso apasionado, sin importarle dónde habían estado momentos antes, saboreándose a sí mismo en su boca, una intimidad que trascendía cualquier barrera convencional.

Sin romper el beso, comenzó a guiarla hacia el dormitorio; sus manos comenzaban a quitar los botones de su blusa, ansioso por sentir su piel contra la suya.

—Ahora —murmuró contra sus labios mientras cruzaban el umbral de la habitación—, es mi turno de complacerte.