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29. Almas destinadas

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29. Almas destinadas

Ninguno de los dos podía soportar más la tensión que había estado construyéndose entre ellos, primero en la oficina, luego en el auto, y ahora aquí, en la privacidad del penthouse donde podían finalmente abandonarse a sus instintos más básicos.

Juliette esperaba lo que ya conocía, esa mezcla de dominio y pasión a la que Danilo la había acostumbrado. Anhelaba sentirlo tomando el control, llevándola a esos lugares de placer donde solo él sabía guiarla. Pero esta noche había algo diferente en la forma en que la tocaba, en cómo sus manos recorrían su cuerpo con una intensidad que iba más allá del deseo físico.

Danilo la despojó de su ropa con una mezcla de reverencia y urgencia, cada prenda retirada revelando más de su piel que él reclamaba con besos ardientes. No eran solo caricias; eran marcas, declaraciones silenciosas de posesión. Sus labios trazaban senderos sobre su cuello, sus hombros, descendiendo hacia sus senos, deteniéndose en cada centímetro como si quisiera memorizar su sabor, su textura, asegurarse de que su esencia quedara impresa en ella. Quería recordarle a Juliette quien era su dueño, a quien pertenecía, al menos esos escasos ya dos meses que quedaban ya del contrato.

—Danilo —suspiró Juliette, con la voz entrecortada por el deseo, sus manos enredándose en el cabello de él mientras sus labios continuaban su exploración y le daba especial atención a su sexo caliente y apunto de explotar y, esa combustión aumentaba cuando los dientes de Danilo se encajaba de forma suave y a la vez fuerte en la carne sensible de ella.

Él levantó la mirada, y lo que Juliette vio en sus ojos la dejó sin aliento. No era solo lujuria, aunque estaba presente en las pupilas dilatadas y el brillo febril. Era algo más que solo ellos dos sabían, pero no lo podían gritar, algo peligroso para ambos. Como si no fuera él mismo hombre que le había dejado en claro que era solo un mero contrato, simples papeles.

Sin decir palabra, Danilo se alejó de ella dejándola al borde del abismo. Juliette suspiró mientras Danilo se levantaba así a medio vestir, solo con su pantalón y con una sonrisa de satisfacción, juguetona alcanzó el cajón de la mesita de noche y extrajo un par de esposas con interior forrado en suave cuero. Los ojos de Juliette se abrieron ligeramente ante la visión, una mezcla de anticipación y nerviosismo recorriéndola.

—¿Confías en mí? —preguntó él, en un susurro ronco que acarició su piel.

—Sí, señor —respondió ella sin dudar, porque era verdad. A pesar de todas las complejidades de su relación, confiaba en que Danilo nunca le haría daño, no de una manera que ella no deseara.

Con movimientos suaves, Danilo guio sus brazos por encima de su cabeza, asegurando sus muñecas a los barrotes del cabecero con las esposas. El metal frío contra su piel contrastaba con el calor que emanaba de su cuerpo, creando una sensación que amplificaba cada terminación nerviosa.

—Perfecta —murmuró él, retrocediendo para admirar la visión de Juliette extendida ante él, vulnerable, expuesta, completamente a su merced.

La vulnerabilidad de Juliette en su posición, lejos de asustarla, intensificó su excitación. Había algo liberador en esta rendición voluntaria, en saber que por los próximos minutos, horas quizás, no tenía que tomar decisiones, no tenía que mantener el control. Solo existir, sentir, recibir.

Danilo se alejó momentáneamente, dirigiéndose hacia el pequeño bar en la esquina de la habitación. Juliette lo siguió con la mirada, admirando la elegancia de sus movimientos incluso en este momento de pasión desenfrenada no podía evitar admirarlo, era demasiado alto, con una musculatura que cualquier jovencito desearía tener, su piel blanca, pero un poco bronceada y esas largas piernas que sujetaban unas impresionantes nalgas que hasta podría ser modelo de ropa interior, fácilmente. Cuando regresó, sostenía algo en su mano que ella no identificó de inmediato. Danilo dejó a un lado y le colocó una venda de cuero forrada con seda en su interior, le vendó los ojos, porque ese día, solo quería que ella sintiera todas las emociones y sensaciones sin necesidad de ver nada.

Solo cuando el frío intenso tocó su piel, justo en el hueco de su garganta, comprendió: hielo. Un cubo de hielo que Danilo deslizaba lentamente por su cuerpo, creando un camino helado que contrastaba violentamente con el calor que la consumía desde dentro.

—Danilo —gimió, su cuerpo arqueándose involuntariamente bajo la sensación.

—Shh —la silenció él, sus ojos nunca abandonaron el rosto de Juliette.

—Quiero ver cuánto puedes soportar. Quiero llevarte al límite —susurró nuevamente con esa voz ronca que enviaba millones de descargas sobre el sensible y pequeño cuerpo de Juliette.

El hielo descendió por su cuello, dejando un rastro húmedo que se enfriaba aún más con el aire, multiplicando las sensaciones. Cuando alcanzó el valle entre sus senos, Danilo lo movió en círculos lentos, acercándose a la areola sensible pero sin tocarla directamente, una provocación calculada que tenía a Juliette retorciéndose contra sus ataduras.

—Por favor —suplicó, aunque ni siquiera ella sabía exactamente qué estaba pidiendo. ¿Que se detuviera? ¿Que continuara? ¿Que acabara con esta dulce tortura y la tomara de una vez?

—¿Por favor qué? —preguntó Danilo, su voz era un rumor bajo que vibraba a través de ella. —Dime lo que quieres, Juliette. Dime exactamente lo que necesitas.

Pero antes de que pudiera formular una respuesta coherente, el hielo finalmente hizo contacto con su pezón erecto, arrancándole un grito de sorpresa y placer. La sensación era casi demasiado intensa, un shock eléctrico que recorrió todo su cuerpo hasta su centro, donde un calor líquido se acumulaba en respuesta.

Danilo observaba cada reacción con atención casi científica, calibrando sus movimientos según las respuestas de su cuerpo. El hielo continuó su descenso, trazando patrones sobre su abdomen, círculos alrededor de su ombligo, una línea recta hacia el sur que se detuvo justo antes de llegar a donde ella más lo anhelaba.

—Señor por favor —volvió a suplicar, su voz apenas reconocible incluso para ella misma.

—Paciencia —respondió él, pero había un temblor en su voz que traicionaba su propio control.

El hielo continuó su exploración, evitando deliberadamente su centro más sensible, desviándose hacia sus muslos internos, creando senderos helados que luego Danilo seguía con sus labios ardientes, el contraste de temperaturas llevando a Juliette cada vez más cerca del precipicio sin permitirle caer.

Era una tortura exquisita, un juego de sensaciones que ponía a prueba sus límites, que la obligaba a permanecer presente en cada segundo, en cada toque. El mundo exterior se había desvanecido por completo. No existía nada más allá de esta habitación, de este momento, de este hombre y lo que le estaba haciendo sentir.

Danilo observaba a Juliette entregada totalmente a las sensaciones que él provocaba, su cuerpo respondiendo con una honestidad que ninguna palabra podría igualar. La visión lo dejaba sin aliento. Había tenido otras sumisas antes, mujeres que habían compartido su cama y sus juegos de poder, pero ninguna había despertado en él lo que Juliette provocaba con su simple existencia.

La adoraba. No había otra palabra para describir lo que sentía mientras la contemplaba así, vulnerable y confiada.

Algo palpitaba en su pecho, un sentimiento que se negaba a nombrar pero que crecía con cada encuentro, con cada momento a su lado. Era aterrador en su intensidad, en cómo amenazaba con derribar todas las barreras que había construido cuidadosamente a lo largo de este tiempo.

Y junto a esa adoración, crecían los celos. Celos irracionales, que se apoderaban de él cuando imaginaba a Juliette en brazos de otro hombre. La imagen de Gerardo acercándose a ella, tocándola, haciéndola reír, despertaba una furia que Danilo creía haber enterrado hacía mucho tiempo.

No había sentido celos así desde Rebeca. Rebeca, la mujer que había jurado amarlo y respetarlo, solo para traicionarlo. Después de ese episodio, Danilo se había jurado nunca más permitir que una mujer tuviera tanto poder sobre sus emociones y Danilo había enterrado la experiencia bajo capas de control y distanciamiento emocional.

Hasta ahora. Hasta Juliette.

—Mía —murmuró, el pensamiento escapando de sus labios sin su permiso mientras el hielo, ya casi derretido, recorría el interior de su muslo.

—Tuya —confirmó ella, y esa simple palabra encendió algo primitivo dentro de Danilo.

Ya no podía contenerse más. Dejó caer lo que quedaba del hielo y se posicionó sobre ella, su cuerpo cubriendo el suyo, su boca reclamando la suya en un beso que era tanto una declaración como una súplica.

Sus manos recorrieron su cuerpo con urgencia, encontrando los lugares que sabía la hacían gemir, que la llevaban al borde. Cuando sus dedos finalmente alcanzaron su centro, encontraron una humedad que nada tenía que ver con el hielo derretido.

—Tan lista para mí —murmuró contra sus labios, sus dedos explorando, provocando, preparándola.

—Siempre —respondió ella, sus caderas elevándose instintivamente para encontrar su toque.

La combinación de su respuesta física y esa simple palabra —“siempre”— fue demasiado para el control de Danilo. Con movimientos rápidos pero cuidadosos, se deshizo de su pantalón liberando la evidencia física de su deseo que había estado contenida demasiado tiempo.

Se posicionó entre sus piernas, sus ojos fijos en El rostro de Juliette cuya tela aun cubría sus preciosos ojos.

Cuando finalmente se unieron, fue con una intensidad que arrancó gemidos simultáneos de ambas gargantas.

A pesar de la posición de Juliette, atada e inmovilizada, había un equilibrio perfecto en su interacción. Danilo podía tener el control físico, pero ella tenía un poder sobre él que iba más allá de lo corporal, un poder que se manifestaba en cómo respondía a cada uno de sus sonidos, a cada expresión de su rostro.

El ritmo aumentó gradualmente, sus cuerpos encontrando esa sincronía que habían perfeccionado en encuentros anteriores. Las manos de Danilo recorrían su cuerpo, tocando, acariciando, pellizcando suavemente, llevándola cada vez más cerca del precipicio.

Danilo le quitó la venda. Quería ver sus hermosos ojos, quería ver ese brillo intenso de su mirada. Ella poco a poco se recuperó a la luz.

—Mírame —ordenó cuando sintió que ella estaba cerca, sus ojos buscando los suyos. —Quiero verte cuando te corras para mí.

Y Juliette obedeció, sus ojos fijos en los suyos mientras la tensión en su interior alcanzaba su punto máximo y finalmente estallaba en oleadas de placer que sacudieron todo su cuerpo. El nombre de Danilo escapó de sus labios como una plegaria y una maldición, una entrega total que él recibió con reverencia.

La visión de Juliette en el clímax, vulnerable y hermosa en su abandono, fue suficiente para llevarlo al límite. Con unas pocas embestidas más, Danilo se unió a ella en ese espacio donde el tiempo se suspende y solo existe la sensación pura, su cuerpo tensándose antes de liberar toda la tensión acumulada, todo ese deseo ardiente que sentía por ella.

Durante unos momentos, permanecieron así, unidos, jadeantes, sus corazones latiendo al mismo ritmo, mientras regresaban lentamente a la realidad. Danilo fue el primero en moverse, alcanzando las esposas para liberarla, frotando suavemente sus muñecas para restablecer la circulación.

—¿Estás bien? —preguntó, una ternura inusual en su voz mientras la atraía hacia su pecho.

—Mejor que bien —respondió ella, acurrucándose contra él, su cuerpo moldeándose naturalmente al suyo como piezas de un rompecabezas destinadas a encajar.

Danilo la envolvió en sus brazos, sintiendo una paz que rara vez experimentaba. Por un momento fugaz, permitió que el sentimiento que palpitaba en su pecho se expandiera sin nombrarlo, sin analizarlo, simplemente existiendo en ese espacio entre ellos.

El reloj marcaba poco después de las ocho de la noche , y un silencio había reemplazado los gemidos y suspiros que habían llenado la habitación durante las horas anteriores.

Juliette estaba sentada en uno de los altos taburetes junto al mesón de la cocina, apoyando perezosamente su mentón sobre su mano mientras observaba a Danilo moverse por el espacio con una gracia y confianza que parecía traer consigo a cada aspecto de su vida. Llevaba puesta solo la camisa blanca de él, desabotonada lo suficiente para revelar el nacimiento de sus senos, y tan grande que le llegaba hasta la mitad de los muslos. Sus piernas desnudas colgaban del taburete, balanceándose ocasionalmente como las de una niña, aunque no había nada infantil en la mirada con que seguía cada movimiento de Danilo.

Y vaya espectáculo que era. El poderoso CEO, el dominante implacable que controlaba cada aspecto de su imperio corporativo, estaba ahora descalzo, vistiendo únicamente un chándal negro que colgaba peligrosamente bajo en sus caderas, revelando el perfecto V que desaparecía bajo la tela. Su torso desnudo, sus músculos definidos moviéndose bajo la piel bronceada mientras sus manos trabajaban con precisión sobre la tabla de cortar. Un repasador de cocina estaba colgado sobre su hombro, y su cabello húmedo lo hacía aun más sensual y provocativo.

Era una visión que pocas personas habían presenciado: Danilo, completamente relajado, en la cocina, creando algo con sus propias manos en lugar de dirigir a otros para que lo hicieran por él.

El aroma que emanaba de la cocina era deliciosa: el umami del arroz de sushi aderezado con vinagre, la frescura del pepino y el aguacate, el toque oceánico del nori y el pescado fresco. Danilo trabajaba con una precisión casi quirúrgica, extendiendo el arroz sobre las algas, colocando los rellenos en líneas perfectas, enrollando todo con la ayuda de una esterilla de bambú y luego cortando los rollos en piezas inmaculadas.

—¿Te gusta cocinar? —preguntó Juliette, hipnotizada por sus movimientos, por la concentración en su rostro, tan diferente de su rostro habitual de control empresarial o pasión dominante.

Danilo alzó la mirada brevemente, sus ojos se encontraron con los de ella.

—Amaba cocinar, antes cuando… —comenzó, pero se detuvo abruptamente. Una sombra cruzó su rostro, algún recuerdo que pareció sacudirlo momentáneamente de su zona de confort. Sacudió ligeramente la cabeza, como intentando desalojar un pensamiento no deseado. —Siempre me ha gustado —continuó, recuperando su compostura. —Hace tiempo dejé de hacerlo, así que siéntete afortunada. Estoy cocinando para ti.

Le guiñó un ojo y le dedicó una sonrisa, un gesto sorprendentemente juguetón que Juliette nunca vio en el. Juliette sintió sus mejillas arder y adquirir un color adorable.

Danilo notó su rubor y su sonrisa se ensanchó ligeramente, complacido por el efecto que tenía en ella. Sin interrumpir su trabajo, estiró un brazo y tomó una botella de vino blanco que había estado enfriando. Con movimientos expertos, la descorchó y sirvió dos copas, deslizando una hacia Juliette.

—Por nosotros —dijo, levantando su copa.

Juliette tomó la suya, sintiendo una extraña emoción ante ese “nosotros”

—Por nosotros —repitió, y bebió un sorbo del líquido fresco y afrutado.

Mientras observaba a Danilo completar los últimos rollos, Juliette se permitió reflexionar sobre cómo había cambiado su vida en tan poco tiempo. Hacía apenas dos días que se habían mudado al nuevo departamento que Danilo había conseguido para ella y su familia. El cambio había sido como pasar de la noche al día.

El apartamento era espacioso, luminoso, adaptado específicamente para las necesidades de su madre. Rampas suaves donde había escalones, barras de apoyo en los baños, una cama hospitalaria de última generación que podía ajustarse con controles electrónicos para mayor comodidad. Todo había sido pensado hasta el último detalle, como si Danilo hubiera consultado con expertos en movilidad reducida para asegurarse de que Elena tuviera todo lo que necesitaba.

Y Ellie… su hermana estaba extasiada. Tenía su propia habitación, algo que nunca antes había tenido, decorada exactamente como una niña de su edad soñaría: paredes en tonos pastel, una cama con dosel como de princesa, estanterías llenas de libros coloridos, y lo que más la había emocionado: una colección de peluches y muñecas Barbie que la había dejado sin palabras durante varios minutos antes de lanzarse a abrazar a Juliette con lágrimas de alegría.

Incluso Digna parecía más relajada en el nuevo entorno. Aunque había decidido mantener cierta distancia profesional —“No es mi lugar preguntar de dónde viene todo esto, niña,” le había dicho con una mirada que sugería que sabía más de lo que decía—, estaba evidentemente satisfecha con las nuevas condiciones de trabajo. El cuidado de Elena era físicamente menos exigente gracias a las adaptaciones del apartamento, y Danilo había insistido en que se le pagara generosamente por las horas extras cuando Juliette necesitaba ausentarse.

Y su padre… seguía en el hospital, pero según los médicos, estaba mostrando signos de mejoría. La idea de que pudiera recuperarse y volver a sus vidas generaba en Juliette sentimientos encontrados. Por un lado, una parte de ella —la niña que alguna vez había adorado a su padre antes de que el alcohol lo transformara— sentía alivio. Por otro, el temor de que pudiera regresar a sus viejos hábitos, de que pudiera amenazar la paz y seguridad que finalmente habían encontrado, la atormentaba.

Pero al menos por ahora, estaban a salvo. Fuera de aquella casa donde las paredes parecían impregnadas de gritos, lágrimas y miedo. Fuera del lugar donde su madre había caído, donde Ellie se escondía en armarios durante las noches de furia alcohólica, donde Juliette había aprendido demasiado joven a interponer su cuerpo entre la violencia y los más vulnerables.

—Estás muy callada —la voz de Danilo interrumpió sus pensamientos. Había terminado de preparar los rollos y ahora los disponía artísticamente en un plato de cerámica negra, junto con pequeños cuencos de salsa de soja, wasabi y jengibre encurtido. —¿En qué piensas?

Juliette lo miró, sorprendida por la pregunta. El Danilo que conocía en la oficina, e incluso el amante dominante que la llevaba a límites de placer inexplorados, rara vez mostraba interés en sus pensamientos internos.

—En mi familia —respondió honestamente. —En cómo has cambiado nuestras vidas.

Algo indescifrable cruzó el rostro de Danilo. Colocó el plato frente a ella y rodeó el mesón para sentarse en el taburete a su lado, tan cerca que sus rodillas se tocaban.

—¿Están cómodas? — preguntó, y había una sinceridad en su tono que Juliette rara vez escuchaba. —¿Tu madre tiene todo lo que necesita?

—Más de lo que jamás imaginamos —respondió Juliette, conmovida por su preocupación.

—El apartamento es… perfecto. Todas las adaptaciones, los detalles… debió costarte una fortuna.

Danilo hizo un gesto desestimando el comentario. —El dinero no es problema —dijo. —Lo importante es que funcione para ustedes.

Tomó un rollo de sushi con sus palillos y lo sumergió ligeramente en la salsa de soja antes de ofrecérselo directamente a Juliette. El gesto, íntimo y casi tierno, la tomó por sorpresa. Abrió los labios y aceptó el bocado, sus ojos fijos en los de Danilo.

El sabor explotó en su boca: el arroz perfectamente sazonado, la frescura del pescado, el toque crujiente del pepino, todo en perfecto equilibrio. Juliette no pudo contener un pequeño gemido de que hizo que los ojos de Danilo se oscurecieran momentáneamente.

—Está delicioso —dijo después de tragar. —No sabía que eras tan buen cocinero.

Una sonrisa melancólica curvó los labios de Danilo mientras tomaba un rollo para sí mismo. —Hay muchas cosas que no sabes de mí, Juliette.

Había algo en su tono, una invitación a preguntar, a explorar, que Juliette no pudo resistir.

—¿Cómo aprendiste a hacer sushi? —inquirió, tomando otro rollo con sus propios palillos.

Danilo masticó lentamente, como considerando cuánto revelar. —Viví en Japón durante un año — respondió finalmente. —Después de la universidad, antes de unirme al negocio familiar. Mi padre pensó que sería bueno que entendiera la cultura de negociación japonesa desde dentro.

—¿Y terminaste aprendiendo a hacer sushi?— preguntó Juliette, interesada en esta faceta previamente desconocida de él.

—Me quedé con una familia en Tokio —explicó, su mirada volviéndose distante, como si estuviera viendo algo más allá de las paredes del penthouse. —El padre era un chef retirado. Me enseñó no solo a hacer sushi, sino a entender la filosofía detrás de la cocina japonesa: respeto por los ingredientes, precisión, paciencia.

Juliette lo observó mientras hablaba, fascinada por este destello del hombre detrás del CEO, del dominante, del multimillonario. Un joven Danilo viviendo en Japón, aprendiendo humildemente de un maestro, tan diferente de la imagen de poder y control que proyectaba ahora.

—¿Por qué dejaste de cocinar? —preguntó, recordando su comentario anterior.

La expresión de Danilo se cerró ligeramente, y por un momento Juliette temió haber cruzado alguna línea invisible. Pero entonces él suspiró, girando la copa de vino entre sus dedos.

—Solía cocinar para Rebeca —dijo finalmente, mencionando a su ex esposa. —Era algo que disfrutábamos juntos, al menos yo creía que lo disfrutábamos. Después de lo que pasó… supongo que perdí el gusto por ello.

El hecho de que Danilo estuviera cocinando para ella, retomando algo que había abandonado debido al dolor, parecía un regalo más precioso que cualquier lujo material que pudiera ofrecerle.

—¿Aun la amas? —se atrevió Juliette a preguntar, Danilo giró a mirarla. Su ceño se arrugó ligeramente.

—Perdón, yo no, no debí preguntar eso.

—Es que, no lo sé —dijo Danilo y eso envió una punzada de dolor en el pecho de Juliette. Hubiera sido mejor no preguntar.

—Fueron muchos años, ella fue mi primer y único amor, su traición me marcó mucho —Danilo siguió jugando con el vino en la copa.

Juliette sintió que algo se rompía dentro. No entendía porque hizo semejante pregunta si no le gustaría la respuesta.

—Gracias —dijo suavemente, cubriendo su mano con la suya sobre el mesón. —No solo por la comida. Por confiar en mí lo suficiente para contarme esto.

Danilo la miró, realmente la miró, como si estuviera viendo algo en ella que ni siquiera ella conocía. Luego, con un movimiento suave, levantó su mano y besó sus nudillos, un gesto sorprendentemente caballeroso y tierno.

—Hay algo en ti, Juliette — murmuró contra su piel. —Algo que me hace querer… hablar. Compartir cosas que no he compartido con nadie en mucho tiempo.

El momento era tan íntimo. Este Danilo, vulnerable y abierto, era infinitamente más seductor que el dominante que la ataba a su cama o el poderoso CEO que comandaba corporaciones con un gesto de su mano.

—Me alegra que cocinaras para mí — dijo simplemente, no queriendo romper el momento con palabras demasiado intensas o expectativas demasiado grandes.

—Yo también — respondió él.

Continuaron comiendo en silencio, ocasionalmente compartiendo comentarios sobre la comida o anécdotas ligeras. No mencionaron la oficina, ni a Victoria, ni a Gerardo, ni los complicados arreglos de su relación. Por esta noche, eran simplemente un hombre y una mujer compartiendo una comida, disfrutando de la compañía del otro sin pretensiones ni roles predefinidos.

Un Danilo para comer y otro para llevar por favor. Así justo así sin ningún ingrediente que agregar.